sábado, 12 de agosto de 2017

“Señor, sálvame”: + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

Esas palabras –“Señor, sálvame”- resuenan de muchas maneras en la vida de un creyente.
Pedro las gritó llorando mientras se hundía en su mar de negaciones.
Yo las he gritado tantas veces que he perdido la cuenta de mis naufragios.
Mi fe es siempre demasiado pequeña para impedir que me hunda, pero es suficiente, Señor, para que aún te llame cuando empiezo a hundirme.
Al oír el evangelio de este día, no es el grito de Pedro lo que oigo, no es tampoco el mío: es el grito de los pobres, de los arrojados al mar por la codicia de unos, la legalidad de otros, la indiferencia de todos.
Hoy, dentro de mí, el evangelio no evoca el mar de Galilea, ni la imagen entrañable del mar de Arousa que me vio nacer, sino que evoca aguas que son de muerte para una humanidad sacudida por las olas de la desesperación.
Miles de manos tendidas en busca de pan, miles de miradas clavadas en la mía en busca de piedad, miles de palabras de humildes cuentacuentos, miles de esperanzas concentradas en una súplica, eso evoca hoy en mí el relato evangélico, eso entiendo que es un sencillo, creyente y sobreentendido: Señor, sálvame”.
Entonces recuerdo, necesito recordarlo, cuántas veces has extendido tu mano, me has agarrado y de nuevo me has subido contigo a la barca. Y me asombro de que hoy seas tú el que tiende la mano para que yo te agarre, para que yo te dé esperanza, para que yo te suba a la barca y puedas vivir.
Hoy tú y yo llevaremos a la Eucaristía nuestro grito y nuestro amor. Y volveremos a agarrarnos fuertemente: asombrado tú de mi poca fe, asombrado yo de poder amarte en tu cuerpo, en tu Iglesia, en tus pobres.
Yo sé que mañana sólo me preguntarás: “¿Me amas?”


Domingo 19 del tiempo ordinario, Año A, 13 agosto de 2017



Ø     Domingo 19 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). La presencia de Dios: se hace presente

 a través del susurro de una brisa suave (Primera Lectura). Su presencia en la vida ordinaria.


o        Cfr. Domingo 19 del tiempo ordinario, Año A, 13 agosto de 2017

                        13 de agosto de 2017
Mateo 14, 22-33: 22 Inmediatamente mandó  a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él  despedía a la gente. 23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. 24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a  gritar. 27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo» 28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.» 29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. 30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» 31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» 32 Subieron a la barca y amainó el viento. 33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
1 Reyes 19, 9.11-13: [Elías en el monte Horeb/Sinaí] 9 Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra del Señor, que le dijo: « ¿Qué haces  aquí Elías?» 11 Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante el Señor.» Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. 12 Después del temblor, fuego, pero no estaba el señor  en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. 13 Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz  que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»
           
¿Cómo se muestra el rostro de Dios?
Dónde está presente y dónde no.
La presencia del Señor, no en el huracán, ni en el temblor de tierra, ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave
(cfr. Primera Lectura, del libro de los Reyes)

1. Cuántas veces nuestra vida se asemeja a aquella barca «zarandeada por el viento contrario».

o        Las dificultades en el propio matrimonio, en la salud, en el trabajo …

                        Raniero Cantalamessa, Famiglia Cristiana, n. 32, 7 agosto 2005
·         “Cuántas veces nuestra vida se asemeja a aquella barca «zarandeada por el viento contrario». La
barca con dificultades puede ser el proprio matrimonio, los negocios, la salud … El «viento contrario» puede ser la hostilidad de las personas, un revés de fortuna, los obstáculos para encontrar un trabajo o la casa. Tal vez al inicio se afrontan con valentía las dificultades, decididos a no perder la fe, a confiar en el Señor. Por un poco de tiempo también nosotros hemos caminado sobre las aguas, confiando en la ayuda del Señor. Pero después, al ver que la  prueba se alarga y se endurece, nos parece que no conseguimos superarla, que nos hundimos. Y perdemos la valentía. Es el momento de acoger la palabra que  Jesús dirigió a los apóstoles  y sentirla como dirigida personalmente a nosotros: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo»”.

2. ¿Cómo se muestra el rostro de Dios? Es paciente, padre, maestro …

    Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme III edizione 1995, XIX
     Domenica  pp. 226-231

v     A. Dios no se presenta en medio de incendios, tempestades,  sino en la paz de la brisa de la tarde. Es paciente, padre, madre, esposo, guía .....  No quema etapas, sino que espera pacientemente la gestación del hombre nuevo.

            Elías, en su itinerario para descubrir el verdadero rostro de Dios [1], estaba acostumbrado a imaginar a Dios según los esquemas “tempestuosos” y “sinaíticos”, a verlo como potencia implacable y triunfal.
            En la soledad de la montaña, Elías, “profeta semejante al fuego”, busca a Dios en el viento impetuoso que azota los montes, en el fuego o en el terremoto, es decir, según esquemas personales y tradicionales.
            En efecto, incendios, tempestades, trastornos telúricos y erupciones de volcanes,  eran el marco popular dentro del cual se colocaban las apariciones divinas: “El Señor hará oír su voz majestuosa y mostrará el golpe de su brazo con el furor de su ira, con las llamas de fuego devorador, con truenos, tormenta y pedrisco” (Isaías 30,30). También el salmo más antiguo, el 29, tiene como coreografía la explosión de una tempestad que ciega [2].
Dios elige presentarse a Elías en la tranquilidad y en la paz de la brisa de la tarde.
            Pero este Dios que ha sido soñado según la propia imagen o según las esperanzas personales, no se presenta a la cita con el hombre. Dios, en efecto, elige presentarse a Elías en la tranquilidad y en la paz de la brisa de la tarde. 
            Y el profeta, poniéndose un velo en el rostro, “porque nadie puede verme y seguir con vida” (Éxodo 33,20) [3], conoce que el Señor es sencillez, intimidad, dulzura, paciente y tierna presencia, espíritu y vida. Dios no comparte la actitud de cruzada y la impaciencia, como Cristo no acoge la indignación de los hijos de Zebedeo ante las puertas bloqueadas del pueblo samaritano: «Señor ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero, volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo» (Lucas 9, 54-55).
            El Dios de la Biblia es, por el contrario, paciente, no duda definirse también padre, madre, esposo, maestro, guía; retrasa siempre el juicio porque “Él no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta de su conducta y viva” (Ezequiel 18,23).
            Él no quema etapas sino que espera pacientemente la fatigosa gestación del hombre nuevo, invitando sus fieles a compartir los mismos sentimientos de amor y de dulzura.  
§         Dios abandona el camino espectacular para manifestarse como una brisa.
En definitiva, se puede decir que la novedad para un hombre de la antigua alianza es que Dios entra en la historia, en la vida de los hombres, no como un huracán sino como un soplo benéfico, una brisa mañanera o de la tarde, tan esperada en el caliente clima oriental. Se trata de una agradable sorpresa.

3. Sólo cuando se escuchó «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro, porque el Señor estaba presente

Cfr. Hans Urs von Balthasar – Luz de la Palabra - Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C  - Ediciones Encuentro, Madrid 1994.Pág. 95 s.
            En la primera lectura, Elías, en un simbolismo sumamente misterioso, es iniciado precisamente en esta fe. Se le ha ordenado aguardar en el monte la manifestación de la majestad de Dios, que va a pasar ante él. Y el profeta tendrá que experimentar que las grandes fuerzas de la naturaleza, que otrora anunciaban la presencia de Dios en el Sinaí, la misma tempestad violenta de la que los discípulos son testigos en el lago, el terremoto que en los Salmos es un signo de su proximidad, el fuego que le reveló antaño en la zarza ardiendo, son a lo sumo sus precursores, pero no su presencia misma. Sólo cuando se escuchó «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro con el manto; esta suavidad inefable es como un presentimiento de la encarnación del Hijo: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará» (Is 42,2-3). 

4. El rostro de Dios se encuentra en el rostro de Cristo

v     Evangelio según San Juan: 14, 5-11

o        “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”.

-          5 Tomás le dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? 6 Le
respondió Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí. 7 Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto. 8 Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.9 Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. 11 Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas.

v     El reconocimiento de Cristo dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias

              cfr. San Juan Pablo II, «Novo millennio ineunte», nn. 6 y 17
- En los acontecimientos de la vida y en el rostro de los demás, a través de la oración y de la meditación de la Palabra de Dios,  sobre todo en la Eucaristía. 
§         Saliendo  al paso de todos los sufrimientos humanos
- “A la beata Teresa de Calcuta le gustaba entregar una «tarjeta de visita» en la que estaba escrito: «Fruto del silencio es la oración; fruto de la oración la fe, fruto de la fe el amor, fruto del amor al servicio, fruto del servicio la paz». Este es el camino del encuentro con Jesús. Salid al paso de todos los sufrimientos humanos con el empuje de vuestra generosidad y con el amor que Dios infunde en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40). ¡El mundo tiene necesidad urgente del gran signo profético de la caridad fraterna!”

5. La voz serena de Cristo y su mano: sustituyen al aullido del viento y dan seguridad y esperanza.

 Cfr. G. Ravasi o.c. p. 228
            También envuelven la escena evangélica un viento borrascoso, olas impetuosas y miedos. Pero la voz serena de Cristo, en una especie de aparición pascual, sustituye el aullido del viento y el hundimiento de Pedro: «¡Animo, que soy yo; no temáis!». (...) La mano de Cristo glorioso, «Señor» del cosmos y de la historia, da seguridad e infunde esperanza y alegría en la Iglesia que se encuentra en crisis y en actitud de búsqueda, suspendida sobre el caos del mal  o sobre el mar de la duda. La mano extendida hacia Pedro no es solamente su salvación sino también la nuestra.

o        El Señor llegará cuando el camino de las tinieblas está ya avanzado [4].

                        Orígenes (185-253), uno de los primeros teólogos cristianos. Comentario a la
                        escena del evangelio.  cfr. Ibídem. p. 228
“Si un día nos encontramos con inevitables e implacables tentaciones, recordemos que Jesús nos ha obligado a embarcarnos y quiere que le precedamos solos hacia la rivera opuesta. Cuando, en medio de las tempestades de los sufrimientos, habremos pasado las tres cuartas partes de la noche oscura que reina en los momentos de la tentación, luchando del mejor modo posible y vigilando para evitar el naufragio de la fe, estemos seguros de que, cuando llegue el último cuarto de la noche, cuando el camino de las tinieblas estará ya avanzado y el día cercano, llegará junto a nosotros el Hijo de Dios caminando sobre las ondas, para darnos un mar benigno. Y también nosotros caminaremos con Él sobre las ondas de la tentación, del dolor y del mal”.

o        La mano tendida del Señor a San Pedro.

Se trata de un gesto que el Señor repetirá siempre a quien se dirige a Él. La fe no ahorra pruebas, dificultades, crisis, pero el evangelista nos hace saber que «al final» Jesús vendrá, se hará ver. El camina con nosotros encima de las aguas, pero pueden percibirlo solamente los que creen. 

6. Metidos en las limitaciones de la vida, debemos dirigir nuestra mirada a Cristo.

 Cfr. G. Ravasi, o.c. pp. 226-231
            Metidos  en los remolinos del mal, de los sufrimientos, de la limitación y de la muerte, debemos dirigir, como Pedro,  nuestra mirada, la voz y la mano, hacia Cristo, el único que vence el mar del mal. Él nos elevará y hará que «caminemos» sobre las olas. No en vano en la Jerusalén celestial, sede del nuevo mundo y de la humanidad resucitada, el mar desaparecerá: “Vi un cielo nuevo y una nueva tierra, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya” (Apocalipsis 21,1).   

7. Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos

    Discurso de Benedicto XVI en el santuario de la Santa Faz de Manoppello, 1 de
    septiembre de 2006
-          “Busco tu rostro, Señor”. Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos, pues
nosotros somos “la generación” que en este tiempo busca su rostro, el rostro del “Dios de Jacob”. Si perseveramos en la búsqueda del rostro del Señor, al final de nuestra peregrinación terrena será él, Jesús, nuestro gozo eterno, nuestra recompensa y gloria para siempre: “Sis Jesu nostrum gaudium, qui es futurus praemium: sit nostra in te gloria, per cuncta semper saecula”.

8. Jesucristo  es la «piedra» sobre la cual debemos construir. Que nuestros ojos estén fijos en Jesucristo.

 Papa Francisco, Homilía, 22 de febrero de 2026.
-          “Hagamos nuestras las palabras de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16).
Que nuestro pensamiento y nuestros ojos estén fijos en Jesucristo, inicio y fin de cada acción de la Iglesia. Él es el fundamento y nadie puede poner otro cimiento (1 Cor 3, 11). Él es la «piedra» sobre la cual debemos construir. Lo recuerda con palabras expresivas san Agustín cuando escribe que la Iglesia, que viéndose agitada y sacudida por las vicisitudes de la historia, «no se cae, porque está cimentada sobre la piedra de donde Pedro tomó el nombre, pues “piedra” no viene de “Pedro”, sino “Pedro” de “piedra”; como tampoco “Cristo” viene de “cristiano”, sino “cristiano” de “Cristo”. […] La roca es el Mesías, cimiento sobre el que también Pedro mismo está edificado» (In Joh 124, 5: pl 35, 1972).

9. Presencia de Dios, encuentro con Cristo en la vida ordinaria.

    Tres textos breves de la homilía «Amar al mundo apasionadamente», pronunciada por San
     Josemaría Escrivá en el campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967

o     En vuestras aspiraciones, en vuestro trabajo, en vuestros amores está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo.

(…) Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres. (…)

o     Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.

Debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (…)

o     O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original  sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.

10. La grandeza y la debilidad de san Pedro: su fe y sus dificultades para creer.

 Cfr. Biblia de Navarra, Nota a Mateo 14, 22-33.

v     Presumió del Señor y pudo por el Señor, pero titubeó como hombre, y entonces se volvió hacia el Señor (San Agustín).

·         “Las tempestades en el lago de Genesaret son frecuentes: las aguas se arremolinan con grave
peligro para las embarcaciones. El episodio de Jesús andando sobre el mar (vv. 25-27) lo relatan también Marcos 6,48-50 y Juan 6,19-21. En cambio, San Mateo es el único que narra el caminar de San Pedro sobre las aguas (vv. 28-31). (…) En este caso, el episodio muestra la grandeza y la debilidad del Apóstol, su fe y sus dificultades para creer: «Así también dice Pedro: Mándame ir a ti sobre las aguas. (...) Y Él dijo: ¡Ven! Se bajó y pudo caminar sobre las aguas (...). Eso es lo que podía Pedro en el Señor. ¿Y qué podía en sí mismo? Sintiendo un fuerte viento, temió y comenzó a hundirse y exclamó: ¡Señor, perezco, líbrame! Presumió del Señor y pudo por el Señor, pero titubeó como hombre, y entonces se volvió hacia el Señor» (S. Agustín, Sermones 76,8).

v     El episodio ilumina la vida cristiana. El Señor levanta y sustenta la esperanza que vacila.

o        No temeremos, si caminamos agarrados de su mano (San Gregorio de Nisa).

El episodio ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. En las pruebas de fe y de fidelidad, en el combate del cristiano por mantenerse firme cuando las fuerzas flaquean, el Señor nos anima (v. 27), nos estimula a pedir (v. 30), y nos tiende la mano (v. 31). Entonces, como ahora, brota la confesión de la fe que proclama el cristiano: «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (v. 33): «El Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas. Por tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra, si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos agarrados de su mano» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6).”

o        El creyente busca  las huellas de la presencia de Dios en las vicisitudes de la vida.   

-          Es importante leer las vicisitudes de la vida con transparencia, buscando las huellas de la
 presencia  de  Dios. Esto forma parte del compromiso del creyente. Este compromiso será considerado no como algo “obligatorio”, gravoso, sino como una tarea gozosa, como un desafío que cambia el horizonte de la vida y que facilita el nacimiento de la alegría genuina que nace, precisamente, de la percepción de la presencia de Dios.


Vida Cristiana




[1] Elías  emprende el viaje hacia el monte Horeb (Sinaí) huyendo (cfr. 1 Re 19,3);  teme por su vida ante las asechanzas de la Reina Jezabel, que no le perdona el hecho de que haya derrotado a los sacerdotes de Baal (Cf 1 Reyes 18, 20-40). En este viaje encuentra tantas dificultades (la sed, la inclemencia del sol en el desierto, etc.) que desea la muerte: "Basta, Señor, toma mi vida, que yo no soy mejor que mis padres". Sin embargo, el Señor lo reanima por medio de un ángel,  le proporciona  alimento y le responde: "Levántate y come porque el camino es superior a tus fuerzas" (1 Re 19, 1-8). Reemprendió la marcha y caminó cuarenta días con cuarenta noches hasta llegar al monte Horeb, en donde sucede un encuentro misterioso con Yahveh. La manifestación de Dios (teofanía)  que presenciará Elías es diferente  a la que tuvo lugar en el tiempo de Moisés, ya que  esta vez no hubo truenos, relámpagos y fuego. Dios se manifestó a Elías en una brisa de la tarde, en el silencio, en la soledad de la montaña.
[2] Biblia de Jerusalén, Salmo 29/28: La tormenta (ver Éxodo 13, 22+ y Éxodo 19,16+), evoca el poder y la gloria divinos, que causan pavor a los enemigos de Israel y aseguran la paz al pueblo de Dios. 
[3]  [Nota del traductor]. He aquí el texto en el que se explica que Moisés, cuando estaba también en el Monte Horeb para hacer la Alianza del Sinaí entre Dios y su pueblo, hizo una petición al Señor que no fue atendida (Éxodo 33, 18-23): Entonces dijo Moisés: «Déjame ver, por favor, tu gloria.» 19 Él le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahveh; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia con quien tengo misericordia.» 20 Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.» 21 Luego dijo Yahveh: «Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. 22Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. 23 Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver.»
[4] La barca se ve "sacudida por las olas", expuesta a un "viento contrario";  pasado un tiempo,  “en la cuarta vigilia”, hacia las 4 de la madrugada, Jesús "va hacia ellos caminando sobre el mar".

sábado, 5 de agosto de 2017

Seremos semejantes a él: Monseñor Agrelo (Arzobispo de Tánger)

Son muchas las comunidades eclesiales puestas bajo el patrocinio del divino Salvador, y hoy es su día: la fiesta de la Transfiguración del Señor.
Fíjate en Jesús mientras lleva a sus discípulos “a una montaña alta”: él está llegando al fin del camino por donde baja hasta la muerte, y una muerte de cruz. Él, “un hijo de hombre”, está bajando a su infierno. ¡Él es el hombre!
Fíjate en Jesús, fíjate en el hombre, y que nadie separe de Jesús al hombre, que nadie separe lo que Dios ha unido.
De Jesús lo dice la Sublime Gloria que le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto». Y la fe lo entiende del hombre, sobre todo del que pudiera parecer más olvidado, menos hijo, menos de Dios: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto».
Es a ese hombre, al bebé que esta mañana nació muerto para desolación de su madre y de su padre,  al adulto que encuentras horadando la basura en busca de algo que cambiar por pan, al joven que encerraron sin papeles en un espacio que no mira al futuro, al marginado a quien nada se le debe porque nada produce, al que trabaja horas interminables por un salario que no da para matar el hambre, al lázaro que los perros lamen en la soledad de nuestros portales, es a ese hombre al que la fe ve transfigurado: resplandeciente más que el sol, limpio más que la luz, amado como hijo predilecto, en Cristo Jesús muerto y resucitado.
La liturgia nos recuerda que la claridad de la transfiguración brillará un día en todo el cuerpo de Cristo. Y yo necesito recordar que esa luz, aunque no la veamos, está ya encendida en el cuerpo de Cristo que son los pobres
A ellos, a los sin nombre, a los sin papeles, a los sepultados en el mar del olvido, a los reducidos a cifra en una lápida o en una página de periódico, a ellos de manera del todo particular se refiere el canto de nuestra comunión: “Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”.
Y mientras llega el día de la luminosa manifestación de Cristo, vivamos esperanzados la oscuridad de la comunión con Cristo.
Feliz domingo.


viernes, 4 de agosto de 2017

Domingo 18 del Tiempo Ordinario, Año A (6 de agosto de 2017). La compasión de Jesús.




Ø     Domingo 18 del Tiempo Ordinario, Año A (6 de agosto de 2017). La compasión de Jesús. En el Evangelio y en el Catecismo de la Iglesia Católica. En nuestra civilización, herida de anonimato y enferma de curiosidad malsana, es necesaria la mirada cercana para para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. Jesucristo resume y compendia toda la historia de la misericordia divina. La compasión en el lenguaje común.

 

v     Cfr. Domingo 18 del Tiempo Ordinario, Año A.

6 de agosto de 2017
Isaías 55, 1-3; Sal 144,8-9. 15-16. 17-18; Mateo 14, 13-21.

Mateo 14, 13-21: 13 Jesús, se alejó de allí en una barca hacia un lugar desierto él solo. Cuando se enteraron las multitudes le siguieron a pie desde las ciudades. 14 Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. 15 Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: El lugar es desierto y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. 16 Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de ir, dadles vosotros de comer.17 Ellos le respondieron: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.
18 Él les dijo: Traédmelos aquí.19 Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. 20 Comieron todos hasta que quedaron  satisfechos, y recogieron de los trozos sobrantes doce cestos llenos.21 Los que comieron eran como unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Sal 144,8-9. 15-16. 17-18: R/. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.

Jesús al desembarcar vio una gran multitud
y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos.
(Mateo 14, 14)

1. Sinónimos y antónimos de la compasión

·         Sinónimos: lástima, conmiseración, misericordia, piedad, caridad;
·         Antónimos: la  mofa, la impiedad, crueldad, la inhumanidad y la insensibilidad".

v     Salmo responsorial de hoy

o     El Señor es misericordioso, rico en piedad, bondadoso, está cerca de los que le invocan …

·         Sal 144,8-9. 15-16. 17-18: R/. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.

2. Otros textos acerca de la compasión de Jesús en la Escritura y en el Catecismo de la Iglesia Católica


v     En el Evangelio

·         Mateo 9, 36-38: “Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban
vejados  y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.»”.
·         Marcos 6, 31-34: “Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario,
para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.” 
·         Marcos 8, 1-3: “Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no teniendo qué comer,
llama Jesús a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos.»”

v     En el Catecismo de la Iglesia Católica

(Resumen de los aspectos más interesantes)

o     Aspectos de la compasión de Jesús y lo que pide a sus discípulos

·         Con compasión, Cristo proclama que «es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una
vida  en vez de destruirla» (Marcos 3, 4) (2173).
·         La compasión de Cristo  hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos (n. 1503).
·         Jesús hace participar a sus discípulos  de su ministerio de compasión y de curación  (n. 1506).
·         Su mirada nos enseña a ver  todo a la luz de su verdad y de su compasión por  todos los hombres (n.
2715).
·         Aunque no está en nuestra mano no sentir  la ofensa y olvidarla, sin embargo el corazón que se ofrece al
Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión (n. 2843).
·         Por otra parte es notable la relación que establece el Catecismo entre el don de la oración y la
compasión: este don no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina (n. 2844).
·         “Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por
último, la muerte-, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador” (n. 2448).

3. En nuestra civilización, herida de anonimato y enferma de curiosidad malsana, es

necesaria  la mirada  cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro

cuantas veces sea necesario.

     Cfr. Francisco, Evangelii gaudium

v     Con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.

·         n. 169:  En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los
detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos –sacerdotes, religiosos y laicos– en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.
·         n. 179: (…)  “Así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de
esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve”.

4. Jesucristo resume y compendia toda la historia de la misericordia divina.

San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, Homilía La Vocación cristiana,  n. 7

v     En las Escrituras descubrimos constantemente la presencia de la misericordia de Dios.

·         (…) Ahora, que se acerca el tiempo de la salvación, consuela escuchar de los labios de San Pablo
que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia (Tito 3,5).
Si recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra (Salmo 32, 5), se extiende a todos sus hijos, super omnem carnem (Eclesiástico  18,12); nos rodea (Salmo 21, 10), nos antecede (Salmo 58,11), se multiplica para ayudarnos (Salmo 33,8), y continuamente ha sido confirmada (Salmo 116, 2). Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia (Salmo 24, 7): una misericordia suave (Salmo 108, 21), hermosa como nube de lluvia (Eclesiástico 25, 26).

v     Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina.

Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5,7). Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lucas 6, 36). Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím  (Lucas 7, 1-17). ¡Cuántas razones de justicia para explicar este gran prodigio! Ha muerto el hijo único de aquella pobre viuda, el que daba sentido a su vida, el que podía ayudarle en su vejez. Pero Cristo no obra el milagro por justicia; lo hace por compasión, porque interiormente se conmueve  ante el dolor humano.

v     La conmiseración del Señor nos produce seguridad.

¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor! Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso (Éxodo  32, 27). Es una invitación, una promesa que no dejará de cumplir. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia y el auxilio de la gracia en el tiempo oportuno (Hebreos  4, 16). Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si —por nuestra culpa y nuestra debilidad— caemos, el Señor nos socorre y nos levanta. Habías aprendido a evitar la negligencia, a alejar de ti la arrogancia, a adquirir la piedad, a no ser prisionero de las cuestiones mundanas, a no preferir lo caduco a lo eterno. Pero, como la debilidad humana no puede mantener un paso decidido en un mundo resbaladizo, el buen médico te ha indicado también remedios contra la desorientación, y el juez misericordioso no te ha negado la esperanza del perdón (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, 7).

5. La compasión en el lenguaje común

·         Es un movimiento interior que nos hace sensibles al mal que padece otro ser. Suele estar unido al
deseo de aliviar o bien de  reducir el sufrimiento del prójimo. Se considera también que la compasión es el motivo de la solidaridad. En su raíz, por tanto,  es contraria al individualismo que tan frecuentemente encontramos en la sociedad  actual desarrollada, por el que muchas personas son insensibles -  e incluso despiadadas – cuando contemplan el dolor ajeno.
·         Es un sentimiento humano que se manifiesta a partir y comprendiendo el sufrimiento de otro ser. Más
intensa que la empatía, la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar, reducir o eliminar por completo tal sufrimiento” (Wikipedia).


Vida Cristiana

Benedicto XVI, Angelus del 31 de julio de 2011, domingo 18 del tiempo ordinario. Compasión y eucaristía.




Ø     Compasión y Eucaristía. Palabras de Benedicto XVI en el  Angelus del 31 de julio de 2011,

Domingo 18 del tiempo ordinario, Ciclo A. El milagro de la  multiplicación de los panes.

 

Compasión y Eucaristía


v     Cfr. Benedicto XVI, Angelus del 31 de julio de 2011, domingo 18 del tiempo ordinario. Compasión y eucaristía.


Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de este domingo describe el milagro de la multiplicación de los panes, que Jesús realiza para una multitud de personas que lo seguían para escucharlo y ser curados de diversas enfermedades (cf. Mt 14, 14). Al atardecer, los discípulos sugieren a Jesús que despida a la multitud, para que puedan ir a comer. Pero el Señor tiene en mente otra cosa: «Dadles vosotros de comer» (Mt14, 16). Ellos, sin embargo, no tienen «más que cinco panes y dos peces». Jesús entonces realiza un gesto que hace pensar en el sacramento de la Eucaristía: «Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14, 19). El milagro consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.
En este signo prodigioso se entrelazan la encarnación de Dios y la obra de la redención. Jesús, de hecho, «baja» de la barca para encontrar a los hombres. San Máximo el Confesor afirma que el Verbo de Dios «se dignó, por amor nuestro, hacerse presente en la carne, derivada de nosotros y conforme a nosotros, menos en el pecado, y exponernos la enseñanza con palabras y ejemplos convenientes a nosotros» (Ambiguum 33: PG 91, 1285 C). El Señor nos da aquí un ejemplo elocuente de su compasión hacia la gente. Esto nos lleva a pensar en tantos hermanos y hermanas que en estos días, en el Cuerno de África, sufren las dramáticas consecuencias de la carestía, agravadas por la guerra y por la falta de instituciones sólidas. Cristo está atento a la necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre «tiene hambre de algo más, necesita algo más» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 315). En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el encuentro con él «nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”» (ib., p. 316). Queridos amigos, «en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo» (Sacramentum caritatis88). Nos lo testimonia también san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, de quien hoy la Iglesia hace memoria. En efecto, Ignacio eligió vivir «buscando a Dios en todas las cosas, y amándolo en todas las criaturas» (cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, III, 1, 26). Confiemos a la Virgen María nuestra oración, para que abra nuestro corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.



Vida Cristiana

sábado, 29 de julio de 2017

No dejes de buscar a Cristo. Monseñor Agrelo (Arzobispo de Tánger)

El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo”. Con la palabra ‘tesoro’, no se indica sólo la abundancia y el valor inestimable de unos bienes, sino también el hecho de que esos bienes abundantes y preciosos están reunidos y guardados.
El Reino de Dios encierra bienes preciosos, riquezas incalculables, “lo que ojo nunca vio, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado”, cosas que Dios ha escondido a los sabios y entendidos, y ha revelado a la gente sencilla.
Si encuentras el tesoro del Reino, en comparación con él, todo lo demás que puedas poseer o desear te parecerá de valor insignificante.
Considera cuál es para el rey Salomón el tesoro deseado y pedido: “Un corazón dócil para gobernar al pueblo de Dios” es para el rey un tesoro más estimable que una vida larga, más que las riquezas, más que el sometimiento de los enemigos.
Considera cuál es el tesoro que en su vida ha reunido y guardado el salmista: “Mi porción es el Señor… mis delicias, tu voluntad… amo tus mandatos… tus preceptos son admirables”; y fíjate ahora en los bienes con los que compara su tesoro: “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo”.
Ese mismo tesoro puede ser llamado Sabiduría: “Yo la amé y la rondé desde muchacho; la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura… Si en la vida la riqueza es un bien deseable, ¿que cosa más rica que la Sabiduría que todo lo hace?”
No es éste un tesoro que cause preocupación o desasosiego, no es riqueza que cause temor, pues a sus bienes no llegan ni el ladrón ni la polilla.
Del tesoro que es Dios, su voluntad, sus promesas, proceden sabiduría e inteligencia, luz para gobernar, discernimiento para juzgar, consuelo en la aflicción, dicha en la adversidad, descanso en la fatiga.
Ahora sólo necesitamos descubrir dónde se halla el tesoro del Reino de los cielos.
Escucha las palabras del ángel del Señor a María de Nazaret: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. Escucha las palabras del mensajero celeste a los pastores del campo de Belén: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”. Escucha las palabras del justo Simeón, cuando en el templo de Jerusalén, tomó en brazos al niño Jesús y bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu sacramento de salvación”.
Si escuchas, entenderás que el tesoro que buscas está en Cristo Jesús. Para la Virgen María, para los pastores de Belén y para todo el pueblo, para el justo Simeón y para todos los que esperan la consolación de Israel, el tesoro de la salvación se halla escondido y revelado en Cristo Jesús. Quien encuentra a Jesús, encuentra al Hijo del Altísimo, al rey eterno, al ungido de Dios; quien encuentra a Jesús, encuentra la salvación que necesita y la alegría que es compañera inseparable de la salvación; quien encuentra por la fe a Jesús, ha encontrado en él la redención, la consolación y la paz.
Escucha todavía las palabras del Apóstol: En Cristo Jesús, “Dios nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales”; en Cristo “tenemos, por medio de su sangre, la redención, el perdón de los pecados”; en Cristo “fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. Es como si te dijese: En el campo que es Cristo hallarás todas las riquezas del Reino de los cielos.
Escucha finalmente al mismo Cristo Jesús: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”; “yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed”; “yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”; “yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas… Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí”; “yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”.
Ya empiezas a intuir que en Cristo hallas todos los bienes de Dios porque Cristo es para ti todo bien y toda bendición. “El que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”.
No te sorprendas de que, a propósito del tesoro que hallas en el campo, se te diga, “lo vuelve a esconder”, pues son muchas las cosas que en tu relación con Cristo pertenecen al “secreto del Rey”, son muchas las cosas que, al modo de la Virgen María, has de guardar cuidadosamente en tu corazón, son muchas las cosas que habrás de esconder y que sólo al Señor corresponde desvelar.
Ya sólo me queda, Iglesia amada del Señor, salir contigo al encuentro de quien es para nosotros el Reino de los cielos. Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la palabra de Dios que nos ilumina, nos consuela y nos da vida.
Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la asamblea eucarística reunida en el nombre del Señor, asamblea santa, pueblo sacerdotal, en quien el Señor ora, a quien el Señor ama, con quien el Señor camina.
Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la Eucaristía que recibimos, pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación.
Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en los enfermos que visitamos, en los emigrantes que acogemos, en los pobres que con amor acudimos.
Oh admirable comercio: Si das de tu pan a los pobres, habrás dado de tu pan a Cristo, y de Cristo recibirás la herencia del Reino que el Padre Dios ha preparado para ti desde antes de la creación del mundo.

Feliz comunión con Cristo y con los pobres. Feliz domingo.

Sabiduría. Capítulo 9 de Libro de la Sabiduría. Catequesis de san Juan Pablo II.


Ø     Domingo 17 del Tiempo Ordinario, Año A (2017). Sabiduría. Capítulo 9 de Libro de la Sabiduría. Catequesis de san Juan Pablo II. No es la simple inteligencia o habilidad práctica, sino más bien la participación en la mente misma de Dios, que "con su sabiduría formó al hombre". Es la capacidad de penetrar en el sentido profundo del ser, de la vida y de la historia, traspasando la superficie de las cosas y de los acontecimientos para descubrir en ellos el significado último, querido por el Señor.


v     Cfr. Domingo 17 del Tiempo Ordinario, Año A, 30  de julio 2017.


1ª Lectura, 1Re 3,5.7-12: 5 En Gabaón el Señor se apareció a Salomón en sueños durante la noche y le dijo: «Pide lo que quieras y yo te lo daré».  Y Salomón respondió: 7 Ahora bien, Señor, Dios mío, me has hecho rey a mí, tu  siervo, en lugar de mi padre, David; pero yo soy muy  joven y no sé cómo actuar.  8 Estoy al frente del pueblo  que te elegiste, pueblo numeroso, que no se puede contar  ni calcular por su multitud.  9 Concédeme un corazón  prudente para gobernar [otras traducciones: atento para juzgar] a tu pueblo y saber discernir entre  lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar  a este tu pueblo tan grande?».  10 El Señor vio con buenos ojos que Salomón hubiese  pedido tal cosa,  11 y por eso le dijo: «Ya que me has  hecho esta petición, y no has pedido para ti una vida  larga, ni has pedido riquezas, ni has pedido la muerte de  tus enemigos, sino que me has pedido sabiduría para  gobernar con justicia,  12 hago lo que has dicho. Te doy  un corazón sabio y prudente, como no hubo antes de ti ni  lo habrá después.  

Concédeme discernir entre lo bueno y lo malo
(Primera Lectura 1 Reyes 3,9)
¡Señor, dame sabiduría!
Cfr. San Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General 29 de enero de 2003.

1. El cántico que se nos propone hoy nos presenta la mayor parte de una amplia oración puesta en labios de Salomón, al que la tradición bíblica considera el rey justo y el sabio por excelencia. Se encuentra en el capítulo 9 del libro de la Sabiduría, un texto del Antiguo Testamento compuesto en griego, tal vez en Alejandría de Egipto, en los umbrales de la era cristiana. En él se refleja el judaísmo vivo y abierto de la diáspora hebrea en el mundo helenístico.

v     Las tres líneas de pensamiento teológico que nos propone el libro de la Sabiduría


            Son fundamentalmente tres las líneas de pensamiento teológico que este libro nos propone: la inmortalidad feliz, como meta final de la existencia del justo (cf. capítulos 1-5); la sabiduría como don divino y guía de la vida y de las opciones de los fieles (cf. capítulos 6-9); la historia de la salvación, sobre todo el acontecimiento fundamental del éxodo de la opresión egipcia, como signo de la lucha entre el bien y el mal, que desemboca en una salvación y redención plena (cf. capítulos 10-19).

v     Salomón pide a Dios un corazón prudente para discernir entre el bien y el mal


2. Salomón vivió aproximadamente diez siglos antes del autor inspirado del libro de la Sabiduría, pero ha sido considerado el fundador y el artífice ideal de toda la reflexión sapiencial posterior. La oración del himno puesto en sus labios es una invocación solemne dirigida al "Dios de los padres y Señor de la misericordia" (Sabiduría 9,1), para que conceda el don valiosísimo de la sabiduría.
            Es evidente en nuestro texto la alusión a la escena narrada en el primer libro de los Reyes, cuando Salomón, al inicio de su reinado, se dirige al alto de Gabaón, donde se alzaba un santuario, y, después de celebrar un grandioso sacrificio, durante la noche tiene un sueño-revelación. A Dios, que lo invita a pedirle un don, responde: "Concede, pues, a tu siervo, un corazón prudente para gobernar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal" (1 Reyes 3,9).

3. La idea que sugiere esta invocación de Salomón se desarrolla en nuestro cántico mediante una serie de peticiones dirigidas al Señor, para que conceda ese tesoro insustituible que es la sabiduría.
            En el pasaje, recortado por la liturgia de Laudes, encontramos estas dos imploraciones: "Dame la sabiduría. (...) Mándala de tus santos cielos, de tu trono de gloria" (Sabiduría 9,4; Sabiduría  9,10). El fiel es consciente de que sin este don carece de guía, de una estrella polar que le oriente en las opciones morales de la existencia: "Soy hombre débil y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes. (...) Sin la sabiduría, que procede de ti, (el hombre) será estimado en nada" (Sabiduría 9, 5-6).

v     Sabiduría es la capacidad de penetrar en el sentido profundo del ser, de la vida y de la historia, traspasando la superficie de las cosas y de los acontecimientos para descubrir en ellos el significado último, querido por el Señor.



4. La sabiduría es como una lámpara que ilumina nuestras opciones morales de cada día y nos lleva por el camino recto, "para saber lo que es grato al Señor y lo que es recto según sus preceptos" (cf. Sabiduría 9,9). Por eso, la liturgia nos hace orar con las palabras del libro de la Sabiduría al inicio de una jornada, precisamente para que Dios, con su sabiduría, esté a nuestro lado y "nos asista en nuestros trabajos" de cada día (cf. Sabiduría 9, 10), mostrándonos el bien y el mal, lo justo y lo injusto.
            Cuando la Sabiduría divina nos lleva de la mano, nos adentramos con confianza en el mundo. A ella nos asimos, amándola con un amor esponsal, a ejemplo de Salomón, el cual, siempre según el libro de la Sabiduría, confesaba: "Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza" (
Sabiduría 8,2).

v     Cristo es la sabiduría de Dios


5. Los Padres de la Iglesia identificaron a Cristo con la Sabiduría de Dios, siguiendo a san Pablo, que definió a Cristo "fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Corintios 1,24).
            Concluyamos con una oración de san Ambrosio, que se dirige a Cristo así: "Enséñame las palabras llenas de sabiduría, porque tú eres la Sabiduría. Abre mi corazón, tú que abriste el Libro.
Ábreme la puerta del cielo, porque tú eres la Puerta. Si entramos por ti, poseeremos el reino eterno; si entramos por ti, no quedaremos defraudados, porque no puede equivocarse quien entra en la morada de la Verdad" (Commento al Salmo 118, 1: SAEMO 9, p. 377).



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