sábado, 17 de febrero de 2018

Primer domingo de Cuaresma (2018).



Ø Primer domingo de Cuaresma (2018). Rezo del Angelus. Textos de san Juan Pablo II (1997), Benedicto XVI (2006) y Francisco (2015) .

 

Marcos 1, 12-15: 12 A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto. 13 Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. 14 Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; 15 decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».


Estamos llamados

a verificar nuestra acogida efectiva del Evangelio.


Ø Rezo del Angelus (1997). Palabras de san Juan Pablo II. El camino hacia la Pascua. Un

camino de penitencia, de revisión profunda de nuestra vida. Estamos llamados a verificar nuestra acogida efectiva del evangelio. 

v  Cfr. san Juan Pablo II, Rezo del Angelus

Domingo 16 de febrero de 1997

o   Estamos llamados a verificar nuestra acogida efectiva del Evangelio

1. «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Estas palabras de Jesús dan el tono a toda la Cuaresma, que ha comenzado el miércoles pasado, miércoles de Ceniza. La Iglesia se ha puesto en camino hacia la Pascua. Un camino de penitencia, o sea, de revisión profunda de nuestra vida. Estamos llamados a verificar nuestra acogida efectiva del Evangelio sabiendo que, antes incluso de ofrecer un proyecto de vida, es una nueva, más aún, como dice la misma palabra «evangelio», una buena nueva.

o   Se trata de pasar de una existencia superficial a una interioridad profunda, del egoísmo al amor, esforzándose por vivir a ejemplo de Cristo mismo.

Es la buena nueva de que Dios nos ama y se ha hecho solidario con nosotros en su Hijo encarnado, rescatándonos del pecado y de la muerte. Por tanto, el Evangelio es anuncio de liberación, de alegría y de plenitud de vida. Pero quien acoge en serio este anuncio no puede menos de asumir también el compromiso de una vida nueva, inspirada en los valores evangélicos. Se trata de pasar de una existencia superficial a una interioridad profunda, del egoísmo al amor, esforzándose por vivir a ejemplo de Cristo mismo.

o   Un itinerario que se sintetiza en tres palabras: oración, ayuno y limosna.

2. Para ayudarnos en este compromiso, la Iglesia nos señala un itinerario que se sintetiza en tres palabras: oración, ayuno y limosna.
La oración puede expresarse de varias maneras, personales y comunitarias. Pero debemos vivir, sobre todo, su esencia, poniéndonos a la escucha de Dios que nos habla, conversando con él como hijos, en un diálogo íntimo, lleno de confianza y amor.

El ayuno, además de ser una práctica externa, que consiste en sobriedad en la comida y en el tenor de vida, es un esfuerzo sincero por quitar de nuestro corazón todo lo que es fruto del pecado y nos inclina al mal.

La limosna, que no ha de reducirse a un ofrecimiento esporádico de dinero, consiste en tomar una actitud que nos lleve a compartir y acoger. Basta «abrir los ojos» para ver a tantos hermanos que sufren, material y espiritualmente, a nuestro alrededor. Por tanto, la Cuaresma es una fuerte invitación a la solidaridad.

La Cuaresma:

tiempo favorable para una atenta revisión de vida.


Ø Rezo del Angelus (2006). Palabras de Benedicto XVI. Cristo se retira cuarenta días al

desierto de Judá, donde supera las tentaciones de Satanás. Es preciso superar la tentación. La Cuaresma constituye un tiempo favorable para una atenta revisión de vida en el recogimiento, la oración y la penitencia.


v  Cfr. Benedicto XVI, Rezo del Angelus

Domingo 5 de marzo de 2006
  

o   También los cristianos entran espiritualmente en el desierto cuaresmal para afrontar junto con él "el combate contra el espíritu del mal".

El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma, y hoy celebramos el primer domingo de este
tiempo litúrgico, que estimula a los cristianos a comprometerse en un camino de preparación para la Pascua. Hoy el evangelio nos recuerda que Jesús, después de haber sido bautizado en el río Jordán, impulsado por el Espíritu Santo, que se había posado sobre él revelándolo como el Cristo, se retiró durante cuarenta días al desierto de Judá, donde superó las tentaciones de Satanás (cf. Mc 1, 12-13). Siguiendo a su Maestro y Señor, también los cristianos entran espiritualmente en el desierto cuaresmal para afrontar junto con él "el combate contra el espíritu del mal". 

o   El pueblo de Israel aprende a escuchar la voz de Dios que invita a la conversión.

La imagen del desierto es una metáfora muy elocuente de la condición humana. El libro
del Éxodo narra la experiencia del pueblo de Israel que, habiendo salido de Egipto, peregrinó por el desierto del Sinaí durante cuarenta años antes de llegar a la tierra prometida. A lo largo de aquel largo viaje, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducía a perder la confianza en el Señor y a volver atrás; pero, al mismo tiempo, gracias a la mediación de Moisés, aprendieron a escuchar la voz de Dios, que los invitaba a convertirse en su pueblo santo. 

o   Es preciso superar la tentación. La Cuaresma constituye un tiempo favorable para una atenta revisión de vida en el recogimiento, la oración y la penitencia.

Al meditar en esta página bíblica, comprendemos que, para realizar plenamente la vida en la libertad, es preciso superar la prueba que la misma libertad implica, es decir, la tentación. Sólo liberada de la esclavitud de la mentira y del pecado, la persona humana, gracias a la obediencia de la fe, que la abre a la verdad, encuentra el sentido pleno de su existencia y alcanza la paz, el amor y la alegría. 

Precisamente por eso, la Cuaresma constituye un tiempo favorable para una atenta revisión de vida en el recogimiento, la oración y la penitencia. Los ejercicios espirituales que, como es costumbre, tendrán lugar desde esta tarde hasta el sábado próximo aquí, en el palacio apostólico, me ayudarán a mí y a mis colaboradores de la Curia romana a entrar más conscientemente en este característico clima cuaresmal. (…)

Significado de este primer domingo de Cuaresma:

volver a situarnos decididamente en la senda de Jesús,

la senda que conduce a la vida.

Mirar a Jesús, lo que hizo Jesús, e ir con Él.


Ø Rezo del Angelus (2015). Palabras de Papa Francisco. Escribe san Marcos en el Evangelio de

hoy: «El Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. El sentido de este tiempo, que es un tiempo de combate de combate espiritual contra el espíritu del mal. La escucha de la voz de Dios. La escuchamos en su Palabra, leyendo cada día el Evangelio, meditarlo un poco, diez minutos.

v  Cfr. Papa Francisco, Rezo del Angelus

Domingo 22 de febrero de 2015

o   Los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, siendo tentado por Satanás.

§  Desenmascaró sus tentaciones y lo venció.
El sentido de este tiempo, que es un tiempo de combate de combate espiritual contra el espíritu del mal (cf. Oración colecta del Miércoles de Ceniza).

El miércoles pasado, con el rito de la Ceniza, inició la Cuaresma, y hoy es el primer domingo de este tiempo litúrgico que hace referencia a los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, después del bautismo en el río Jordán. Escribe san Marcos en el Evangelio de hoy: «El Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían» (1, 12-13).

Con estas escuetas palabras el evangelista describe la prueba que Jesús afrontó voluntariamente, antes de iniciar su misión mesiánica. Es una prueba de la que el Señor sale victorioso y que lo prepara para anunciar el Evangelio del Reino de Dios. Él, en esos cuarenta días de soledad, se enfrentó a Satanás «cuerpo a cuerpo», desenmascaró sus tentaciones y lo venció. Y en Él hemos vencido todos, pero a nosotros nos toca proteger esta victoria en nuestra vida diaria.

La Iglesia nos hace recordar ese misterio al inicio de la Cuaresma, porque nos da la perspectiva y el sentido de este tiempo, que es un tiempo de combate —en Cuaresma se debe combatir—, un tiempo de combate espiritual contra el espíritu del mal (cf. Oración colecta del Miércoles de Ceniza). Y mientras atravesamos el «desierto» cuaresmal, mantengamos la mirada dirigida a la Pascua, que es la victoria definitiva de Jesús contra el Maligno, contra el pecado y contra la muerte. He aquí entonces el significado de este primer domingo de Cuaresma: volver a situarnos decididamente en la senda de Jesús, la senda que conduce a la vida. Mirar a Jesús, lo que hizo Jesús, e ir con Él.

o   La escucha de la voz de Dios.

§  La escuchamos en su Palabra, leyendo cada día el Evangelio, meditarlo un poco, diez minutos.

Y este camino de Jesús pasa a través del desierto. El desierto es el lugar donde se puede escuchar la voz de Dios y la voz del tentador. En el rumor, en la confusión esto no se puede hacer; se oyen sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto podemos bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su Palabra. Por eso es importante conocer las Escrituras, porque de otro modo no sabremos responder a las asechanzas del maligno. Y aquí quisiera volver a mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio, meditarlo, un poco, diez minutos; y llevarlo incluso siempre con nosotros: en el bolsillo, en la cartera... Pero tener el Evangelio al alcance de la mano. El desierto cuaresmal nos ayuda a decir no a la mundanidad, a los «ídolos», nos ayuda a hacer elecciones valientes conformes al Evangelio y a reforzar la solidaridad con los hermanos.

Entonces entramos en el desierto sin miedo, porque no estamos solos: estamos con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Es más, como lo fue para Jesús, es precisamente el Espíritu Santo quien nos guía por el camino cuaresmal, el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús y que recibimos en el Bautismo. La Cuaresma, por ello, es un tiempo propicio que debe conducirnos a tomar cada vez más conciencia de cuánto el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, obró y puede obrar en nosotros. Y al final del itinerario cuaresmal, en la Vigilia pascual, podremos renovar con mayor consciencia la alianza bautismal y los compromisos que de ella derivan.

Que la Virgen santa, modelo de docilidad al Espíritu, nos ayude a dejarnos conducir por Él, que quiere hacer de cada uno de nosotros una «nueva creatura». (…)

Vida Cristiana







Domingo 2º de Cuaresma, Año B (2018). La Transfiguración del Señor.




Ø Domingo 2º de Cuaresma, Año B (2018). La Transfiguración  del Señor. Tiene por finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión.


v  Cfr. 2º Domingo de Cuaresma, Año B, 25 de febrero de 2018

Génesis 22,1-2. 9-13.15-18; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10  

Génesis 22,1-2. 9-13.15-18: En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: - «¡Abrahán!» Él respondió: - «Aquí me tienes.» Dios le dijo: - «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.» Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán! Abrahán!» Él contestó:- «Aquí me tienes.» El ángel le ordenó: - «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo tu único hijo.» Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: -- «Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Marcos 9, 2-10: En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a un monte alto y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: - «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: - «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».  De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: - «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».


La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad
fortalecer la fe de los Apóstoles
 ante la proximidad de la Pasión
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 568)

1. La Transfiguración.

-          Los apóstoles vieron, por un instante, la gloria de Jesús, y enseguida volvieron a la «cuaresma de

la vida»: al riesgo de la fe, al silencio de Dios, a las pruebas. La perplejidad no ha sido eliminada, pero podemos continuar la búsqueda, caminar y esperar.  


En el breve espacio de tiempo de la Transfiguración Jesús desveló su gloria, reveló a los tres discípulos la realidad que estaba velada bajo la humanidad: la gloria de la divinidad.

En ese brevísimo espacio de tiempo de la Transfiguración, que Pedro quería que se hubiese eternizado, Jesús desveló su gloria, les hizo ver  la realidad que estaba velada bajo la humanidad, es decir, que Él es “resplandor de la gloria del Padre” (Cf. Hebreos 1,3), “Imagen de Dios invisible” (Colosenses 1,15).

Esta realidad queda reflejada  - casi inmediatamente antes de la Pasión - en un diálogo entre Jesús y Felipe (Cf. Juan 14, 7-10): “Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre  y nos basta». Le dice Jesús: « ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?  El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?”.

Poco antes de ese milagro, Jesús ha predicho su pasión delante de  sus discípulos: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a muerte ....” (Marcos 8,31; Cf. Mateo 16, 21-28; Lucas 9, 22-27). Y sabemos cuál fue la reacción de Pedro: “Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo: - «¡Apártate de mí Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres” (Marcos 8, 32-33).
La dificultad que tiene  Pedro para aceptar el anuncio del Señor, también la tienen los otros apóstoles, según narra el Evangelio un poco más adelante: cuando el Señor predice – por segunda vez - su pasión tampoco ellos lo comprenden. Mateo nos dice en su Evangelio que “se pusieron muy tristes” (17,23), y Lucas afirma que “ellos no entendían este lenguaje, y les resultaba tan oscuro, que no lo comprendían; y temían preguntarle sobre este asunto” (9,45). (Cf. Catecismo n. 554). Sin embargo,  «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hechos 14,22) (Cf. Catecismo n. 556). 

Bastantes años después, San Pedro recordará el hecho de la Transfiguración en su segunda Carta (1,16-18): “Os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo”. [Cf. Mt 17,5).

·         Juan Pablo II, en su documento sobre el Rosario [1], propone la Transfiguración del Señor como uno de
los misterios de Luz, y resalta la misma finalidad del Catecismo, es decir, que los discípulos  se dispongan con la Transfiguración a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión: “Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo” (n. 21).

·         Josef  Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret [2]: «Su rostro resplandecía como el sol y
sus vestidos se volvieron blancos como la luz»

o   Jesús es Luz de Luz. Las vestiduras blancas: que llevarán los que serán salvados, porque han sido lavadas en la sangre del Cordero.

§  Las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero. A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.
«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29).La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo. (…)
Las vestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Lc 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

·         Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture [3]:  Los ojos de los apóstoles se asomaron, aunque sea por
un instante, al misterio escondido bajo la fisonomía histórica de ese hombre”.
“Podemos considerar la transfiguración como una epifanía que, en la mitad de la de la historia terrenal de Jesús de Nazaret, levanta el velo de su misterio. Este predicador ambulante que realiza actos extraños, cuya palabra es incandescente, que asombra, que escandaliza y fascina, es «el Hijo predilecto de Dios», como atestigua la voz que desciende de la  nube (p. 77).  (...)
El énfasis sobre sus vestidos deslumbrantes y muy blancos, que Marcos colorea pintorescamente con una de sus típicas anotaciones («tanto, que ningún batanero [4] en la tierra puede dejarlos así de blancos»), evoca un símbolo de la entronización del Hijo del hombre, figura mesiánica presentada en el libro de Daniel: en él Dios es representado con un «vestido blanco como nieve, el cabello  de su cabeza como lana pura» (7,9). Cristo, por tanto, participa del resplandecer de la divinidad y los ojos de los apóstoles se asoman, aunque sea por un instante, al misterio escondido bajo la fisonomía histórica de ese hombre. Y sus oídos escuchan la “voz venida del cielo estando con él en el monte santo” (2 Pedro 1,18) (p. 77).
§  Pero la visión dura como un relámpago, y enseguida vuelve el riesgo de la fe aunque ya se ha encendido algo en el corazón de los discípulos. La noche y la perplejidad no son eliminadas, pero podemos continuar la búsqueda, caminar y esperar.
Pero esta visión, que disipa dudas  e indecisiones con su luminosidad, dura sólo como un relámpago e inmediatamente vuelve el riesgo de la fe, la larga cuaresma de la búsqueda: «Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie: sólo a Jesús con ellos». Es  más, descendiendo del monte, Jesús  les ordenará que no cuenten a nadie aquella experiencia emocionante, y que piensen más bien al camino de la cruz que les espera, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Co 1,23).  Jesús vuelve a ser un  hombre como los demás, más aún, un condenado a muerte que se está encaminando hacia un patíbulo infame. Y, sin embargo, algo se ha encendido en el corazón de los discípulos. Su camino ya no es el camino detrás de un predicador o de un curandero o de un personaje conocido, no es ni siquiera el seguimiento de un maestro o del Mesías que Israel consideraba solamente una criatura, aunque fuese alta y gloriosa.
Ahora los apóstoles tienen en los ojos la luz y en los oídos aquella voz: es como tener una lámpara secreta que no elimina la noche, la perplejidad, las dudas, pero que permite continuar la búsqueda, caminar y esperar. (...) La Pascua terrena que celebramos es como una transfiguración, en la espera de la Pascua perfecta que celebraremos en la liturgia celeste y que no conocerá ya  la vuelta a la meseta. Con la luz en los ojos y con aquella voz en el corazón, continuamos nuestro camino hacia Jerusalén.” (pp. 77-78)

2. También, hoy día, el cristiano pedirá al Señor la esperanza de  que llegará a la vida eterna - a la gloria -  pasando por las pruebas de esta vida: la vida del cristiano es una participación en la vida de Cristo.


o   No se puede cancelar la “cuaresma de la vida”

·         La iluminación que tuvieron los tres apóstoles testigos de la Transfiguración, fue breve, casi fugaz.
Después, bajaron del monte y continuó su vida cotidiana, no obstante que Pedro había hecho su famosa e ingenua petición al Señor para quedarse en el monte: «¡ que bien estamos aquí, hagamos tres tiendas ....»! (Cf  Marcos 9,5). Pedro “habría deseado estar inmediatamente en la paz y en la gloria de la Pascua, cancelando la cuaresma de la vida con su camino doloroso y oscuro, con el silencio de Dios, con la pasión y con la muerte”. (cfr. Gianfranco Ravasi, p. 75).   
·         Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno B, Piemme 1996, II domenica di Quaresima, pp.
75- 76:   “Pedro nos representa  a todos cuando queremos que no exista el camino de la Cruz, cuando soñamos con un hatajo fácil que nos lleve enseguida al monte de la transfiguración, es decir, a los momentos de luz y de paz, a la Pascua definitiva. Sin embargo tendremos que recorrer los valles oscuros de las pruebas, como Abrahán; como Cristo debemos descender a la llanura cotidiana de  Galilea, preparados para subir al pico alto de la prueba, que es el monte Moria [donde Abrahán iba a ofrecer a su hijo] y el Calvario, donde se encenderá la luz de la promesa y de la Pascua. En épocas antiguas, se pensaba que las perlas eran fruto de una enfermedad de las ostras, y que eran más preciosas cuando la enfermedad era más grave.  Sí, la belleza más pura nace frecuentemente del dolor más profundo”. 

o   La pasión es camino de la resurrección

·         Acerca del camino del cristiano, encontramos en la liturgia cuaresmal, en el Prefacio del II Domingo de
Cuaresma, una indicación muy precisa: “Porque Cristo nuestro Señor, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”.

o   Dolor, reparación, desagravio y participación en el destino y en la vida de Jesús

·         Es Cristo que pasa, 168: “La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles.
Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana. No os puedo ocultar —con alegría, porque siempre he predicado y he procurado vivir que, donde está la Cruz, está Cristo, el Amor— que el dolor ha aparecido frecuentemente en mi vida; y más de una vez he tenido ganas de llorar. En otras ocasiones, he sentido que crecía mi disgusto ante la injusticia y el mal. Y he paladeado la desazón de ver que no podía hacer nada, que —a pesar de mis deseos y de mis esfuerzos— no conseguía mejorar aquellas inicuas situaciones.
Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si —ante la realidad del sufrimiento— sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.
Porque las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que el es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.
El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas 22,42). En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.
Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.”



Vida Cristiana



[1] Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae», 16 octubre 2002
[2] La esfera de los libros, 2007, pp. 361-362 
[3] Piemme 4 edizione, settembre 1996, pp. 76-78:  p. 77
[4] Batanero es el hombre que trata los tejidos de lana, para que se vuelvan compactos, mediante el uso de jabones especiales y presión y frotamiento.

jueves, 15 de febrero de 2018

En tus manos un mundo nuevo : por Santiago Agrelo



Autovía TangerMed-Ceuta; zona de Beliones: También mi compañero camerunés se quedó frío... Aquellos hermanos perdiéndose en el bosque, en la niebla, en la noche… arrancados de la vista, de nosotros…
En el bosque se perdían los “impuros”, los excluidos, los ilegales, los irregulares, los condenados a la soledad y a la intemperie… los leprosos que para los que no hay lugar en nuestro campamento…
Se han ido ateridos… empapados… envueltos en una nube de escalofríos…
Lluvia y viento… Lo que para todos es vida, para ellos es también sufrimiento, enfermedad, miedo, noche…
Aquella tarde vimos ropas que ya no arropaban, vimos a niños que ya no eran niños –habían vivido vidas enteras antes de llegar a este horror-, vimos sueños empapelados de tristeza, miedos somatizados que parasitan la mente y roban la vida.
Al volver, rezamos... Los dos lo necesitábamos...
Pateras: Días antes, mientras el grupo de emigrantes intentaba hacerse con un lugar en la patera, en el agobio del momento, una niña cayó de los brazos de su padre... cayó y -¿se  ahogó?- murió... y han arrestado al padre...
Al otro lado de la frontera: Si tomas nota de lo que es noticia, desde hace una eternidad y sin días para una tregua, se habla de robo, corrupción, violencia, nacional-insolidaridad, frivolidad…
La política ha degenerado en arte de alcanzar el poder, servirse de él en beneficio propio, y adquirir la capacidad de seducir a la sociedad lo suficiente para eternizarse en él.
La economía, desde tiempo inmemorial, pone el capital por encima del trabajo, lo financiero por encima de lo humano, y, entre dinero y dignidad, se queda siempre al lado del dinero.
Para ese mundo surrealista resulta imprescindible el circo, la evasión, el diversivo, de modo que, ocupados en interpretar el humor de las estrellas, olvidemos con tranquilidad de conciencia a los hambrientos de la tierra.
Abolida la esclavitud obligada, nos hemos vuelto esclavos voluntarios. Y en nuestra jaula dorada, puede que reclamemos más alpiste, pero hemos olvidado el sabor de la  libertad.
Pascua: Los de la autovía, los de las pateras, los de la jaula, todos necesitamos salir de la opresión, de la esclavitud; para todos es tiempo de éxodo, para todos es posible un mundo nuevo, todos somos llamados a hacernos humanidad nueva; para todos se ha hecho posible la vida, la libertad, la Pascua…
Dios a todos nos ha hecho capaces de Dios.
En Cristo Jesús, se nos ha revelado y se ha hecho posible para el hombre el mundo de Dios… el mundo de la libertad que es Dios.
Cristo Jesús es el camino que lleva a Dios: Síguelo, imítalo, haz tuyos sus sentimientos, comúlgalo.
Si él vive en ti, si en ti él continúa partiendo con el hambriento el pan de su vida, “brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”… “serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña”. Entonces en ti la liberación, el mundo nuevo, el evangelio, el reino de Dios, se hará cercano a los pobres.
Sólo nos falta convertirnos y creer.

martes, 6 de febrero de 2018

La muerte. Homilía del Papa Francisco en Santa Marta (1 de febrero de 2018).


Ø La muerte. Homilía del Papa Francisco en Santa Marta (1 de febrero de 2018). No somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. La muerte es un hecho, es una herencia, es una memoria.


v  Homilía del Papa Francisco en Santa Marta,  sobre la muerte

Jueves, 1 de febrero de 2018
1 Reyes 2, 1-4.10-12; Marcos 6, 7-13

§  No somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba.
La primera lectura nos habla de la muerte: la muerte del rey David (cfr. 1Re 2,1-4.10- 12). Los días de David se acercaban a la muerte, porque hasta él, el gran rey, el hombre que precisamente había consolidado el reino, debe morir, porque no es el dueño del tiempo: el tiempo continúa, y él también continua en otro estilo de tiempo, pero continúa. Está en camino.
Además, no somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. Y esto nos hace pensar que es bueno rezar y pedir la gracia del sentido del tiempo, para no volvernos prisioneros del momento, que siempre está encerrado en sí mismo. Así pues, ante este pasaje del primer libro de los Reyes que relata la
muerte de David, quisiera proponer tres ideas: la muerte es un hecho, la muerte es una herencia y la muerte es una memoria.

o   La muerte es un hecho

§  El ejercicio de la buena muerte cada uno puede hacerlo dentro de sí: yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré.
Repetir esto ayuda: es un dato puramente real, que nos salva de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido.

En primer lugar, la muerte es un hecho: podemos pensar muchas cosas, incluso imaginarnos que somos eternos, pero el hecho llega. Antes o después llega, y es un hecho que nos toca a todos. Porque estamos en camino, no somos ni errantes ni encerrados en un laberinto. No, estamos en camino, y hay que hacerlo. Pero existe la tentación del momento, que se adueña de la vida y te lleva a dar vueltas en ese laberinto egoísta del momento sin futuro, siempre ida y vuelta, ida y vuelta. ¡Pero el camino acaba en la muerte: todos lo sabemos! Por esa razón, la Iglesia siempre ha procurado que pensemos en ese final nuestro: la muerte.
A este propósito, recuerdo que, cuando estábamos en el seminario, nos obligaban a hacer el ejercicio de la buena muerte [1] : asustaba un poco, porque parecía una morgue… Pero el ejercicio de la buena muerte cada uno puede hacerlo dentro de sí: yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré.
Repetir esto ayuda, porque es un dato puramente real que nos salva de la ilusión del momento, de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido. En cambio, la realidad es que estoy en camino y debo mirar adelante.
Me acuerdo también que aprendí a leer con cuatro años, y una de las primeras cosas que aprendí a leer, porque mi abuela me lo hizo leer, era un letrero que ella tenía debajo del cristal de la cómoda y decía así: «Piensa que te mira Dios. / Piensa que te está observando. / Piensa que morirás / y tú no sabes cuándo». Esa frase la recuerdo todavía y me ha hecho mucho bien, especialmente en los momentos de suficiencia, de encerramiento, donde el momento era el rey. Así pues, el tiempo, el hecho: ¡todos moriremos! Al acercarse la muerte, David dice a su hijo: «Yo emprendo el viaje de todos». Y así fue.

o   La muerte es una herencia

§  Hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro.
En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio de vida, del buen ejemplo: ¿qué herencia dejo yo?.
La segunda idea es la herencia. Sucede a menudo que cuando, al morir, hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro. Y esta historia es tan antigua como la historia del mundo. En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio: ¿qué herencia dejo yo? Volviendo al pasaje bíblico de hoy, ¿qué
herencia deja David? David también fue un gran pecador: ¡cometió muchos! Pero fue también un gran arrepentido, hasta llegar a ser un santo, a pesar de las cosas gordas que hizo. Y David es santo precisamente porque la herencia es esa actitud de arrepentirse, de adorar a Dios antes que a uno mismo, de volver a Dios: la herencia del testimonio, del buen ejemplo.
Por eso, siempre es oportuno que nos preguntemos: ¿qué herencia dejaré a los míos?
Seguramente la herencia material, que es buena, porque es el fruto del trabajo. Pero, ¿qué herencia personal, qué ejemplo dejo? ¿Como la de David, o una vacía? Por eso, a la pregunta “¿qué dejo?” no se debe responder solo señalando las propiedades, sino principalmente el testimonio de la vida.
Es cierto que, si vamos a un velatorio, el muerto siempre “era un santo”, tanto que hay dos sitios para canonizar a la gente: ¡la Plaza de San Pedro y los velatorios, porque siempre “era un santo” y porque ya no será una amenaza!
La herencia verdadera es el testimonio de la vida. Es oportuno preguntarse: ¿qué herencia dejo si Dios me llamase hoy? ¿Qué herencia dejaré como testimonio de vida? Es una buena pregunta para hacerse, e irnos preparando, porque todos —ninguno quedará “de reliquia”, no—, todos iremos por esa senda, con la cuestión fundamental: ¿Cuál será la herencia que dejaré como
testimonio de vida?

o   La muerte es una memoria

§  Cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy?
La tercera idea —junto al «hecho» y la «herencia»— es «la memoria». Porque también el pensamiento de la muerte es memoria, pero memoria anticipada, memoria hacia atrás. Memoria y también luz en este momento de la vida. Y la pregunta que hacerse es: cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy? Es una
memoria anticipada que ilumina el momento de hoy. Se trata, en definitiva, de iluminar con el hecho de la muerte las decisiones que debo tomar cada día.
Es bonito este pasaje del segundo capítulo del primer libro de los Reyes. Si hoy tenéis tiempo leedlo, es bellísimo, y os hará bien. Pensar: estoy en camino, y es un hecho que moriré; cuál será la herencia que dejaré y cómo me sirve la luz, la memoria anticipada de la muerte, sobre las decisiones que debo tomar hoy. Una meditación que nos vendrá bien a todos.



Vida Cristiana



[1] Don Bosco llamaba al retiro mensual “ejercicio de la buena muerte”, en el que invitaba a
enfrentarse a lo verdaderamente esencial: los verdaderos valores que están por encima de la
misma muerte, aunque la vida de cada día los olvide. La mejor manera de encontrarse
dispuesto a vivir bien, es vivir como si se estuviera dispuesto a morir en cualquier momento
(ndt).

Curación del leproso. Homilía de Papa Francisco (Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo B)


[Chiesa/Omelie1/Lepra/6B18LeprosoCuraciónCompasiónJesúsAnteMarginaciónVoluntaDeIntegraciónHomilíaFrancisco]

Ø Curación del leproso. Homilía de Papa Francisco (Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo B). La compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración.      


v  Cfr. Homilía de Papa Francisco, en San Pedro, Santa Misa.  

                  Domingo 15 de febrero de 2015 – Domingo 6º del tiempo ordinario. Ciclo B
«Señor, si quieres, puedes limpiarme…» Jesús, sintiendo lástima; extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio» (cf. Mc 1,40-41). La compasión de Jesús. Ese padecer con que lo acercaba a cada persona que sufre. Jesús, se da completamente, se involucra en el dolor y la necesidad de la gente… simplemente, porque Él sabe y quiere padecer con, porque tiene un corazón que no se avergüenza de tener compasión.
«No podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado» (Mc 1, 45). Esto significa que, además de curar al leproso, Jesús ha tomado sobre sí la marginación que la ley de Moisés imponía (cf. Lv 13,1-2. 45-46). Jesús no tiene miedo del riesgo que supone asumir el sufrimiento de otro, pero paga el precio con todas las consecuencias (cf. Is 53,4).
La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado. Y éstos son los tres conceptos claves que la Iglesia nos propone hoy en la liturgia de la palabra: la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración.
Marginación: Moisés, tratando jurídicamente la cuestión de los leprosos, pide que sean alejados y marginados por la comunidad, mientras dure su mal, y los declara: «Impuros» (cf. Lv 13,1-2. 45.46).
Imaginad cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía de sentir un leproso: físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable, castigado por sus pecados. Es un muerto viviente, como «si su padre le hubiera escupido en la cara» (Nm 12,14).
Además, el leproso infunde miedo, desprecio, disgusto y por esto viene abandonado por los propios familiares, evitado por las otras personas, marginado por la sociedad, es más, la misma sociedad lo expulsa y lo fuerza a vivir en lugares alejados de los sanos, lo excluye. Y esto hasta el punto de que si un individuo sano se hubiese acercado a un leproso, habría sido severamente castigado y, muchas veces, tratado, a su vez, como un leproso.
Es verdad, la finalidad de esa norma era la de salvar a los sanosproteger a los justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro, tratando sin piedad al contagiado. De aquí, que el Sumo Sacerdote Caifás exclamase: «Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera» (Jn 11,50).
Integración: Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. Él, sin embargo, no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud (cf. Mt 5, 17), declarando, por ejemplo, la ineficacia contraproducente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del Sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla sin piedad, pretendiendo aplicar la Ley de Moisés. Jesús revoluciona también las conciencias en el Discurso de la montaña (cf. Mt 5) abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios. La lógica del amor que no se basa en el miedo sino en la libertad, en la caridad, en el sano celo y en el deseo salvífico de Dios, Nuestro Salvador, «que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). «Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 12,7; Os 6,6).
Jesús, nuevo Moisés, ha querido curar al leproso, ha querido tocar, ha querido reintegrar en la comunidad, sin autolimitarse  por los prejuicios; sin adecuarse a la mentalidad dominante de la gente; sin preocuparse para nada del contagio. Jesús responde a la súplica del leproso sin dilación y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situación y todas sus eventuales consecuencias. Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos.
Y Jesús no tiene miedo de este tipo de escándalo. Él no piensa en las personas obtusas que se escandalizan incluso de una curación, que se escandalizan de cualquier apertura, a cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales, a cualquier caricia o ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista. Él ha querido integrar a los marginados, salvar a los que están fuera del campamento (cf. Jn 10).
Son dos lógicas de pensamiento y de fe: el miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos. Hoy también nos encontramos en la encrucijada de estas dos lógicas: a veces, la de los doctores de la ley, o sea, alejarse del peligro apartándose de la persona contagiada, y la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio.
Estas dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar. San Pablo, dando cumplimiento al mandamiento del Señor de llevar el anuncio del Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. Mt 28,19), escandalizó y encontró una fuerte resistencia y una gran hostilidad sobre todo de parte de aquellos que exigían una incondicional observancia de la Ley mosaica, incluso a los paganos convertidos. También san Pedro fue duramente criticado por la comunidad cuando entró en la casa de Cornelio, el centurión pagano (cf. Hch 10).
El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado; actuar decididamente y no quedarse mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo. El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las “periferias” esenciales de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios; el de seguir al Maestro que dice: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Lc5,31-32).
Curando al leproso, Jesús no hace ningún daño al que está sano, es más, lo libra del miedo; no lo expone a un peligro sino que le da un hermano; no desprecia la Ley sino que valora al hombre, para el cual Dios ha inspirado la Ley. En efecto, Jesús libra a los sanos de la tentación del «hermano mayor» (cf. Lc 15,11-32) y del peso de la envidia y de la murmuración de los trabajadores que han soportado el peso de la jornada y el calor (cf. Mt 20,1-16).
En consecuencia: la caridad no puede ser neutra, aséptica, indiferente, tibia o imparcial. La caridad contagia, apasiona, arriesga y compromete. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita (cf. 1Cor 13). La caridad es creativa en la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. Encontrar el lenguaje justo… El contacto es el auténtico lenguaje que transmite, fue el lenguaje afectivo, el que proporcionó la curación al leproso. ¡Cuántas curaciones podemos realizar y transmitir aprendiendo este lenguaje del contacto! Era un leproso y se ha convertido en mensajero del amor de Dios. Dice el Evangelio: «Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho» (Mc 1,45).
(…) Esta es la lógica de Jesús, éste es el camino de la Iglesia: no sólo acoger y integrar, con valor evangélico, aquellos que llaman a la puerta, sino salir, ir a buscar, sin prejuicios y sin miedos, a los lejanos, manifestándoles gratuitamente aquello que también nosotros hemos recibido gratuitamente. «Quien dice que permanece en Él debe caminar como Él caminó» (1Jn 2,6). ¡La disponibilidad total para servir a los demás es nuestro signo distintivo, es nuestro único título de honor!
(…) Invoquemos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, que sufrió en primera persona la marginación causada por las calumnias (cf. Jn 8,41) y el exilio (cf. Mt 2,13-23), para que nos conceda el ser siervos fieles de Dios. Ella, que es la Madre, nos enseñe a no tener miedo de acoger con ternura a los marginados; a no tener miedo de la ternura. Cuántas veces tenemos miedo de la ternura. Que Ella nos enseñe a no tener miedo de la ternura y de la compasión; nos revista de paciencia para acompañarlos en su camino, sin buscar los resultados del éxito mundano; nos muestre a Jesús y nos haga caminar como Él.
(…) Mirando a Jesús y a nuestra Madre, os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos –edificados por nuestro testimonio– no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial. Os invito a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Señor que está en el leproso – de cuerpo o de alma -, que está discriminado. No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado. Recordemos siempre la imagen de san Francisco que no tuvo miedo de abrazar al leproso y de acoger a aquellos que sufren cualquier tipo de marginación. En realidad, queridos hermanos, sobre el evangelio de los marginados, se juega y se descubre y se revela  nuestra credibilidad.



Vida Cristiana

Domingo 6º Tiempo Ordinario Ciclo B 11 febrero 2018


[Chiesa/Omelie1/Peccato/6B18LepraSímboloPecadoAbsoluciónEncuentroMisericordiaDios]

Ø La lepra es un símbolo  del pecado que también cura el Señor.  El sacramento de la penitencia es un encuentro con la misericordia de Dios. Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al Padre. La lepra en la antigüedad y en la tradición cristiana. La actitud ejemplar del leproso. Algunos números del Catecismo de la Iglesia católica sobre la absolución en la confesión.


v  Cfr. Domingo 6º Tiempo Ordinario  Ciclo B  11 febrero 2018  

                   Marcos 1, 40-45; 1 Corintios 10, 31-11,1; Levítico 13, 1-2; 44,46

Marcos 1, 40-45: 40 En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: - «Si quieres, puedes limpiarme.» 41 Sintiendo compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio.» 42 La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. 43 Enseguida le conminó y le despidió. 44 Le dijo:  «No se lo digas a nadie; pero anda,  preséntate al sacerdote y ofrece por tu curación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Sin embargo, en cuanto se fue, empezó a proclamar ya a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Salmo 32/31, 1-2; 5; 11: 1 De David. Poema. ¡Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado!
2 Dichoso el hombre a quien Yahveh no le cuenta el delito, y en cuyo espíritu no hay fraude. 5 Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: "Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías." Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado.
11 ¡Alegraos en Yahveh, oh justos, exultad, gritad de gozo, todos los de recto corazón!

1.    La lepra en la antigüedad y en la tradición cristiana


v  En la antigüedad era una enfermedad considerada repugnante, cuya desaparición era un signo de la llegada del Mesías.

·         En la antigüedad, no sólo era considerada una enfermedad repugnante, sino que se consideraba como
un castigo de Dios (Cf. Números 12, 10-15; Levítico 13 ss). Además, el enfermo era declarado impuro por la Ley, y debía vivir aislado, para no transmitir la impureza a las personas y a las cosas que tocaba (Números 5,12; 12,14ss).
·         La desaparición de esta enfermedad era considerada como una de las bendiciones  o signos de la
llegada del Mesías. Véase, por ejemplo, la respuesta que da el mismo Señor a los discípulos de Juan el Bautista, cuando se acercan a él para preguntarle, de parte del Bautista: «¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?» “Y Jesús le respondió: «Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan» (Mateo 11, 3-5).

v  En la tradición cristiana la lepra es un símbolo del pecado que también cura el Señor.

·         Por otra parte, la tradición cristiana ha considerado la lepra como un símbolo de la enfermedad del
pecado. Y, por tanto, la liberación de la lepra como un símbolo de la liberación de la lepra del pecado. El mismo Señor declara expresamente que él cura del mal físico o de la muerte para que sepamos que puede curarnos de ese otro mal más radical y profundo que es el pecado: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados - se dirigió entonces al paralítico - , levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y él se levantó y se fue a su casa”. (Marcos 2, 1ss).

o   Jesucristo vino para liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado

·         En el Evangelio, de un modo u otro, aparece la finalidad principal de los milagros que es la de mostrar la
identidad divina de Jesucristo, además de que también se compadece del dolor humano.  El Mesías “no vino para abolir todos los males aquí abajo (Cf Lucas 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (Cf Juan 8, 34-36)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 549).

o   El perdón del pecado es una bienaventuranza: “Dichoso el que es perdonado de la culpa…”

·         El salmo responsorial que nos propone hoy la liturgia (32/31, 1-2.5.11), resalta la bienaventuranza del
perdón del pecado que ha sido confesado:  “Dichoso el que es perdonado de la culpa .... Dichoso el hombre a quien el Señor no le imputa delito y en cuyo espíritu no hay dolo  ... Te declaré mi pecado, no te oculté mi delito. Dije «Confesaré mis culpas al Señor». Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. ... Alegraos justos, y regocijaos en el Señor, exultad todos los rectos de corazón”.
·         Sagrada Biblia, Libros poéticos y sapienciales, Eunsa 2001, nota a Sal 32, 1-2:  “El hombre
encuentra la dicha cuando recibe el perdón divino y puede presentarse ante Dios con sinceridad de corazón”

2.    La absolución en el sacramento de la penitencia es un encuentro  con la misericordia de Dios.


o   En el momento de la absolución sacramental, el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios.

§  La confesión se convierte en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura.
·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 31: “La fórmula sacramental: “Yo te absuelvo...”, y la
imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo penitente como «misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa», según la definición  de la Encíclica «Dives in misericordia»”.
·         Benedicto XVI: Discurso a los penitenciarios de las cuatro basílicas papales de Roma, 19/02/07:
“En el gesto de la absolución, pronunciada en nombre y por cuenta de la Iglesia, el confesor se convierte en el medio consciente de un maravilloso acontecimiento de gracia. Al adherir con docilidad al Magisterio de la Iglesia, se convierte en ministro de la consoladora misericordia de Dios, pone de manifiesto la realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada potencia renovadora del amor divino, amor que vuelve a dar la vida. La confesión se convierte, por tanto, en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura. Este milagro de gracia sólo puede realizarlo Dios, y lo cumple a través de las palabras y de los gestos del sacerdote. Al experimentar la ternura y el perdón del Señor, el penitente reconoce más fácilmente la gravedad del pecado, y refuerza su decisión para evitarlo y para permanecer y crecer en la reanudada amistad con Él”. 

o   Dios concede su perdón con el signo de la absolución

·         Rito de la Penitencia, n.6: Al pecador, que en la Confesión sacramental manifiesta al ministro de
la Iglesia su conversión, Dios concede su perdón con el signo de la absolución; de este modo, el sacramento de la Penitencia es completo en todas sus partes. Dios quiere servirse de signos sensibles para conferirnos la salvación, y renovar la alianza rota: todo entra en el conjunto de la economía divina que ha llevado a la manifestación visible de la bondad de Dios, nuestro Salvador y de su amor por nosotros (cf. Tito, 3, 4-5).

o   La absolución sacerdotal es también un juicio en el que Dios, Padre misericordioso, se vuelve benévolo al pecador por la muerte y resurrección de Jesucristo

·         Conferencia Episcopal Alemana: Catecismo católico de adultos:  La absolución sacerdotal en el
sacramento de la penitencia no es solamente el anuncio del Evangelio en relación al perdón de los pecados una declaración de que Dios ha perdonado los pecados; ella es, en cuanto reasunción en la plena comunión eclesial (como dice la doctrina cristiana) un verdadero acto judicial que corresponde únicamente a aquel que en nombre de Jesucristo puede actuar por la entera comunidad eclesial (cf. DS, 1685, 1709-10). El sacramento de la penitencia, como juicio, es ciertamente un juicio de gracia, en el que Dios, Padre misericordioso, se dirige benévolamente al pecador en virtud de la muerte y resurrección de Jesucristo, en el Espíritu Santo. El confesor asume, por esto, de igual modo, el lugar de un juez y de un médico. Debe actuar como un padre y como un hermano. Representa a Jesucristo, que ha derramado en la cruz su sangre por el pecador. Por esto, debe anunciar y explicar al penitente el mensaje de la remisión de los pecados, ayudarlo con su consejo para una nueva vida, orar por él, hacer penitencia en lugar suyo, y darle por la absolución, en nombre de Jesucristo, la remisión de sus pecados.

o   ¡Dios perdona siempre!

·         Camino, 309: ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios
humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona.
¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!

3.    Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación y los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio del perdón  [1] .

 

o   Jesús ha transmitido el poder que tiene de perdonar los pecados a simples hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado

·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 29: “En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios,
viniendo como el Cordero que quita y carga sobre el pecado del mundo ( Cf. Juan 1, 29; Is 53, 7. 12), aparece como el que tiene el poder tanto de juzgar (Cf Jn 5, 27) como el de perdonar los pecados,( Cf. Mateo 9, 2-7; Lc 5, 18-25; 7, 47-49; Marcos 2, 3-12) y que ha venido no para condenar, sino para perdonar y salvar.( Cf. Juan 3, 16 s.; 1 Juan 3, 5. 8)
Ahora bien, este poder de perdonar los pecados Jesús lo confiere, mediante el Espíritu Santo, a simples hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado, es decir a sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos».( Juan 20, 22; Mt 18, 18; cf. también, por lo que se refiere a Pedro, Mt 16, 19. El B. Isaac de la Estrella subraya en un discurso la plena comunión de Cristo con su Iglesia en la remisión de los pecados: « Nada puede perdonar la Iglesia sin Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin la Iglesia. Nada puede perdonar la Iglesia sino a quien es penitente, es decir a quien Cristo ha tocado con su gracia; Cristo nada quiere considerar como perdonado a quien desprecia a la Iglesia »: Sermo 11 (In dominica III post Epiphaniam, I): PL 194, 1729) Es ésta una de las novedades evangélicas más notables. Jesús confirió tal poder a los Apóstoles incluso como transmisible —así lo ha en tendido la Iglesia desde sus comienzos— a sus sucesores, investidos por los mismos Apóstoles de la misión y responsabilidad de continuar su obra de anunciadores del Evangelio y de ministros de la obra redentora de Cristo”.

o   Como en los demás sacramentos, el sacerdote actúa «in  persona Christi». Por su medio Cristo aparece como hermano del hombre, pontífice misericordioso, fiel y compasivo  ....

·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 29: “Aquí se revela en toda su grandeza la figura del
ministro del Sacramento de la Penitencia, llamado, por costumbre antiquísima, el confesor.
Como en el altar donde celebra la Eucaristía y como en cada uno de los Sacramentos, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa «in persona Christi». Cristo, a quien él hace presente, y por su medio realiza el misterio de la remisión de los pecados, es el que aparece como hermano del hombre,( Cf. Mateo12, 49 s.; Mc 3, 33 s.; Lucas 8, 20 s.; Romanos 8, 29: «... primogénito entre muchos hermanos») pontífice misericordioso, fiel y compasivo,(Cf. Hebreos 2, 17; 4, 15) pastor decidido a buscar la oveja perdida,(Cf. Mateo 18, 12 s.; Lc 15, 4-6) médico que cura y conforta,(Cf. Lucas 5, 31 s) maestro único que enseña la verdad e indica los caminos de Dios,(Cf. Mt 22, 16) juez de los vivos y de los muertos,(Cf. Hechos 10, 42) que juzga según la verdad y no según las apariencias.(Cf. Juan 8, 16)”. 

4.    La  actitud ejemplar del leproso

o   Reconoce claramente y con sencillez su mal y pide con fe su curación.

·         La tradición cristiana también ha resaltado la actitud ejemplar del leproso que reconoce claramente y
con sencillez su mal y pide con fe su curación - «rogándole de rodillas, le decía: Si quieres puedes curarme» -, para reflexionar sobre el hecho de que los hombres encontramos el perdón divino cuando recurrimos al Señor, confesando nuestros pecados. Se ha escrito mucho sobre las cualidades de ese reconocimiento de los propios pecados: claro, sencillo, confiado, etc. etc. Confesarse es “el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la  misericordia que perdona” (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31) 

5. Algunos números del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la absolución en el sacramento de la Penitencia.


v  Elementos de la celebración del sacramento de la Penitencia

-          n. 1480 XI. LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA - Como todos
los sacramentos, la Penitencia es una acción litúrgica. Ordinariamente los elementos de su celebración son: saludo y bendición del sacerdote, lectura de la Palabra de Dios para iluminar la conciencia y suscitar la contrición, y exhortación al arrepentimiento; la confesión que reconoce los pecados y los manifiesta al sacerdote; la imposición y la aceptación de la penitencia; la absolución del sacerdote; alabanza de acción de gracias y despedida con la bendición del sacerdote.

v  La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión.

-          n. 1484 "La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo
ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión" (OP 31). Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: "Hijo, tus pecados están perdonados" (Mc 2, 5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él (cf Mc 2, 17) para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

-          n. 1483 En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la
reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en su debido tiempo (CIC can. 962, 1). Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución general (CIC can. 961, 2). Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave.

o   La fórmula de la absolución indica que el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón.

-          n. 1449: La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de
este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia:
"Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Ordo poenitentiae 102).

v  Los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados.

-          n. 1461 EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO - Puesto que Cristo confió a sus apóstoles
el ministerio de la reconciliación (cf Jn 20, 23; 2Co 5, 18), los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1442: Cristo (…)  confió el ejercicio del poder de
absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Corintios 5, 18). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Corintios 5, 20).

v  Relación entre la absolución y la penitencia que impone el confesor (llamada también satisfacción).

o   La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó.

§  Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados.
-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1459: La satisfacción - Muchos pecados causan daño al
prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (Cf Cc. de Trento: DS 1712). Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia».





Vida Cristiana



[1] Sobre la confesión de los pecados, cfr. Julio Atienza – Pedro Jesús Lasanta,  La alegría del perdón, Edibesa 1998, pp. 157-173.

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