sábado, 19 de noviembre de 2016

Jesús es el instrumento de la misericordia del Padre. Catequesis de Papa Francisco (7 de septiembre de 2016).



 Jesús es el instrumento de la misericordia del Padre. Catequesis de Papa Francisco (7 de septiembre
de 2016). Dios no mandó a su Hijo al mundo para castigar a los pecadores ni aniquilar a los malos. Por el contrario, a ellos se les dirige la invitación a la conversión para que, viendo los signos de la bondad divina, puedan encontrar el camino de vuelta. Comprometámonos a no interponer ningún obstáculo al obrar misericordioso del Padre, y pidamos el don de una fe grande para ser nosotros también signos e instrumentos de misericordia.
 Cfr. Papa Francisco, Audiencia general del 7 de septiembre de 2016
Hemos escuchado un texto del Evangelio de Mateo (11,2-6). La pretensión del evangelista es hacernos entrar más profundamente en el misterio de Jesús, para captar su bondad y su misericordia. El episodio es el siguiente: Juan Bautista manda a sus discípulos a Jesús —Juan estaba en la cárcel— para hacerle una pregunta muy clara: ¿Eres tú el que debe venir o debemos esperar a otro? Pasaba un momento de oscuridad… El Bautista esperaba con ansias al Mesías y, en su predicación, lo había descrito, cargando las tintas, como un juez que finalmente instauraría el reino de Dios y purificaría a su pueblo, premiando a los buenos y castigando a los malos. Predicaba así: Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto, será cortado y echado en el fuego. Ahora Jesús ha iniciado su misión pública con un estilo diferente; Juan sufre y en la doble oscuridad —en la oscuridad de la cárcel, de la celda, y en la oscuridad del corazón— no entiende ese estilo y quiere saber si es Él el Mesías, o si hay que esperar a otro.
Y la respuesta de Jesús parece a primera vista no corresponder a la petición del Bautista. Porque Jesús dice: Id y contad a Juan los que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí (vv. 4-6). Aquí queda clara la intención del Señor Jesús: responde que es el instrumento concreto de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos trayendo consuelo y salvación, y de ese modo manifiesta el juicio de Dios. Los ciegos, los cojos, los leprosos, los sordos, recuperan su dignidad y ya no son excluidos por su enfermedad, los muertos vuelven a vivir, mientras que a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y esta es la síntesis del obrar de Jesús, que de ese modo hace visible y tangible el mismo obrar de Dios.
El mensaje que la Iglesia recibe de este relato de la vida de Cristo es muy claro. Dios no mandó a su Hijo al mundo para castigar a los pecadores ni aniquilar a los malos. Por el contrario, a ellos se les dirige la invitación a la conversión para que, viendo los signos de la bondad divina, puedan encontrar el camino de vuelta. Como dice el Salmo: Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto (130,3-4).
La justicia que el Bautista ponía en el centro de su predicación, se manifiesta en Jesús en primer lugar como misericordia. Y las dudas del Precursor no hacen sino anticipar el desconcierto que Jesús suscitará luego con sus acciones y palabras. Se comprende, pues, la conclusión de la respuesta de Jesús. Dice: Bienaventurado el que no se escandalice de mí (v. 6). Escándalo significa obstáculo. Por eso, Jesús advierte de un particular peligro: si el obstáculo para creer son sobre todo sus acciones de misericordia, eso significa que se tiene una falsa imagen del Mesías. En cambio, bienaventurados los que, ante los gestos y palabras de Jesús, dan gloria al Padre que está en los cielos.
La advertencia de Jesús es siempre actual: también hoy el hombre construye imágenes de Dios que le impiden gustar su real presencia. Algunos se labran una fe a su medida, que reduce a Dios al espacio limitado de sus propios deseos y convicciones. Pero esa fe no es conversión al Señor que se revela; es más, les impide remover nuestra vida y nuestra conciencia. Otros reducen a Dios a un falso ídolo; usan su santo nombre para justificar sus propios intereses o incluso el odio y la violencia. Para otros Dios es solo un refugio psicológico donde estar tranquilos en los momentos difíciles: se trata de una fe encerrada en sí misma, impermeable a la fuerza del amor misericordioso de Jesús que empuja hacia los hermanos. Y otros consideran a Cristo solo un buen maestro de enseñanzas éticas, uno de tantos en la historia. Finalmente, hay quien ahoga la fe en un trato puramente intimista con Jesús, anulando su celo misionero, capaz de trasformar el mundo y la historia. Los cristianos creemos en el Dios de Jesucristo, y nuestro deseo es crecer en la experiencia viva de su misterio de amor.
Comprometámonos, pues, a no interponer ningún obstáculo al obrar misericordioso del Padre, y pidamos el don de una fe grande para ser nosotros también signos e instrumentos de misericordia.
www.parroquiasantamonica.com
Vida Cristiana

Nuevo grupo parroquial: Comunidad Santa Mónica


miércoles, 16 de noviembre de 2016

La infancia espiritual. Homilía de Papa Francisco en el Estado M. Meskhi, Tiflis, Georgia (1 de octubre 2016).


 La infancia espiritual. Homilía de Papa Francisco en el Estado M. Meskhi, Tiflis, Georgia (1 de
octubre 2016). El consuelo que necesitamos, en medio de las vicisitudes turbulentas de la vida, es la presencia de Dios en el corazón. Como una madre consuela, así os consolaré yo. Si queremos ser consolados, tenemos que dejar que el Señor entre en nuestra vida. Cuando hay comunión entre nosotros obra el consuelo de Dios. Podemos preguntarnos: Yo, que estoy en la Iglesia, ¿soy portador del consuelo de Dios? ¿Sé acoger al otro como huésped y consolar a quien veo cansado y desilusionado? Una condición fundamental para recibir el consuelo de Dios, y que hoy nos recuerda su Palabra: hacerse pequeños como niños. Dios realiza cosas grandes en quien no le ofrece resistencia, en quien es simple y sincero, sin dobleces. Somos, siempre y ante todo, hijos suyos: no dueños de la vida, sino hijos del Padre; no adultos autónomos y autosuficientes, sino niños que necesitan ser siempre llevados en brazos, recibir amor y perdón.
La infancia espiritual, ser como niños,
para recibir el consuelo de Dios.
(Papa Francisco, Homilía, en el Estadio M. Meskhi, Tiflis (Georgia)
 Cfr. Papa Francisco, Homilía en la Santa Misa, Viaje a Georgia y Azarbaiyán, sábado 1 de octubre de 2016
En el Estadio M. Meskhi, Tiflis (Georgia)
1. El valor que representan las mujeres
 Como una madre toma sobre sí el peso y el cansancio de sus hijos, así quiere Dios cargar con nuestros pecados e inquietudes.
o Como una madre consuela, así os consolaré yo.
 El consuelo que necesitamos, en medio de las vicisitudes turbulentas de la vida, es la presencia de Dios en el corazón.
Si queremos ser consolados, tenemos que dejar que el Señor entre en nuestra vida.
Entre los muchos tesoros de este espléndido país destaca el gran valor que representan las mujeres. Ellas —escribía santa Teresa del Niño Jesús, cuya memoria celebramos hoy— «aman a Dios en número mucho mayor que los hombres» (Manuscritos autobiográficos, Manuscrito A, 66). Aquí en Georgia, hay muchas abuelas y madres que siguen conservando y transmitiendo la fe, sembrada en esta tierra por santa Nino, y llevan el agua fresca del consuelo de Dios a muchas situaciones de desierto y conflicto.
Esto nos ayuda a comprender la belleza de lo que el Señor dice en la primera lectura de hoy: «Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo» (Is 66,13). Como una madre toma sobre sí el peso y el cansancio de sus hijos, así quiere Dios cargar con nuestros pecados e inquietudes; él, que nos conoce y ama infinitamente, es sensible a nuestra oración y sabe enjugar nuestras lágrimas. Cada vez que nos mira se conmueve y se enternece con un amor entrañable, porque, más allá del mal que podemos hacer, somos siempre sus hijos; desea tomarnos en brazos, protegernos, librarnos de los peligros y del mal. Dejemos que resuenen en nuestro corazón las palabras que hoy nos dirige: «Como una madre consuela, así os consolaré yo».
El consuelo que necesitamos, en medio de las vicisitudes turbulentas de la vida, es la presencia de Dios en el corazón. Porque su presencia en nosotros es la fuente del verdadero consuelo, que permanece, que libera del mal, que trae la paz y acrecienta la alegría. Por lo tanto, si queremos ser consolados, tenemos que dejar que el Señor entre en nuestra vida. Y para que el Señor habite establemente en nosotros, es necesario abrirle la puerta y no dejarlo fuera. Hay que tener siempre
abiertas las puertas del consuelo porque Jesús quiere entrar por ahí: por el Evangelio leído cada día y llevado siempre con nosotros, la oración silenciosa y de adoración, la Confesión y la Eucaristía. A través de estas puertas el Señor entra y hace que las cosas tengan un sabor nuevo. Pero cuando la puerta del corazón se cierra, su luz no llega y se queda a oscuras. Entonces nos acostumbramos al pesimismo, a lo que no funciona bien, a las realidades que nunca cambiarán. Y terminamos por encerrarnos dentro de nosotros mismos en la tristeza, en los sótanos de la angustia, solos. Si, por el contrario, abrimos de par en par las puertas del consuelo, entrará la luz del Señor.
2. Dios no nos consuela sólo en el corazón.
 Cuando estamos unidos, cuando hay comunión entre nosotros obra el consuelo de Dios.
o Podemos preguntarnos: Yo, que estoy en la Iglesia, ¿soy portador del consuelo de Dios? ¿Sé acoger al otro como huésped y consolar a quien veo cansado y desilusionado?
Pero Dios no nos consuela sólo en el corazón; por medio del profeta Isaías, añade: «En Jerusalén seréis consolados» (66,13). En Jerusalén, en la comunidad, es decir en la ciudad de Dios: cuando estamos unidos, cuando hay comunión entre nosotros obra el consuelo de Dios. En la Iglesia se encuentra consuelo, es la casa del consuelo: aquí Dios desea consolar. Podemos preguntarnos: Yo, que estoy en la Iglesia, ¿soy portador del consuelo de Dios? ¿Sé acoger al otro como huésped y consolar a quien veo cansado y desilusionado? El cristiano, incluso cuando padece aflicción y acoso, está siempre llamado a infundir esperanza a quien está resignado, a alentar a quien está desanimado, a llevar la luz de Jesús, el calor de su presencia y el alivio de su perdón. Muchos sufren, experimentan pruebas e injusticias, viven preocupados. Es necesaria la unción del corazón, el consuelo del Señor que no elimina los problemas, pero da la fuerza del amor, que ayuda a llevar con paz el dolor. Recibir y llevar el consuelo de Dios: esta misión de la Iglesia es urgente. Queridos hermanos y hermanas, sintámonos llamados a esto; no a fosilizarnos en lo que no funciona a nuestro alrededor o a entristecernos cuando vemos algún desacuerdo entre nosotros. No está bien que nos acostumbremos a un «microclima» eclesial cerrado, es bueno que compartamos horizontes de esperanza amplios y abiertos, viviendo el entusiasmo humilde de abrir las puertas y salir de nosotros mismos.
3. Una condición fundamental para recibir el consuelo de Dios, y que hoy nos recuerda su Palabra: hacerse pequeños como niños.
 La verdadera grandeza del hombre consiste en hacerse pequeño ante Dios. Porque a Dios no se le conoce con elevados pensamientos y muchos estudios, sino con la pequeñez de un corazón humilde y confiado.
o Dios realiza cosas grandes en quien no le ofrece resistencia, en quien es simple y sincero, sin dobleces.
 Somos, siempre y ante todo, hijos suyos: no dueños de la vida, sino hijos del Padre; no adultos autónomos y autosuficientes, sino niños que necesitan ser siempre llevados en brazos, recibir amor y perdón.
Pero hay una condición fundamental para recibir el consuelo de Dios, y que hoy nos recuerda su Palabra: hacerse pequeños como niños (cf. Mt 18,3-4), ser «como un niño en brazos de su madre» (Sal 130,2). Para acoger el amor de Dios es necesaria esta pequeñez del corazón: en efecto, sólo los pequeños pueden estar en brazos de su madre.
Quien se hace pequeño como un niño —nos dice Jesús— «es el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18,4). La verdadera grandeza del hombre consiste en hacerse pequeño ante Dios. Porque a Dios no se le conoce con elevados pensamientos y muchos estudios, sino con la pequeñez de un corazón humilde y confiado. Para ser grande ante el Altísimo no es necesario acumular honores y prestigios, bienes y éxitos terrenales, sino vaciarse de sí mismo. El niño es precisamente aquel que no tiene nada que dar y todo que recibir. Es frágil, depende del papá y de la mamá. Quien se hace pequeño como un niño se hace pobre de sí mismo, pero rico de Dios.
Los niños, que no tienen problemas para comprender a Dios, tienen mucho que enseñarnos: nos dicen que él realiza cosas grandes en quien no le ofrece resistencia, en quien es simple y sincero, sin dobleces. Nos lo muestra el Evangelio, donde se realizan grandes maravillas con pequeñas cosas: con unos pocos panes y dos peces (cf. Mt 14,15-20), con un grano de mostaza (cf. Mc 4,30-32), con un grano de trigo que cae en tierra y muere (cf. Jn 12,24), con un solo vaso de agua ofrecido (cf. Mt 10,42), con dos pequeñas monedas de una viuda pobre (cf. Lc 21, 1-4), con la humildad de María, la esclava del Señor (cf. Lc 1,46-55).
He aquí la sorprendente grandeza de Dios, un Dios lleno de sorpresas y que ama las sorpresas: nunca perdamos el deseo y la confianza en las sorpresas de Dios. Nos hará bien recordar que somos, siempre y ante todo, hijos suyos: no dueños de la vida, sino hijos del Padre; no adultos autónomos y autosuficientes, sino niños que necesitan ser siempre llevados en brazos, recibir amor y perdón. Dichosa las comunidades cristianas que viven esta genuina sencillez evangélica. Pobres de recursos, pero ricas de Dios. Dichosos los pastores que no se apuntan a la lógica del éxito mundano, sino que siguen la ley del amor: la acogida, la escucha y el servicio. Dichosa la Iglesia que no cede a los criterios del funcionalismo y de la eficiencia organizativa y no presta atención a su imagen. Pequeño y amado rebaño de Georgia, que tanto te dedicas a la caridad y a la formación, acoge el aliento que te infunde el Buen Pastor, confíate a Aquel que te lleva sobre sus hombros y te consuela.
4. Algunas palabras de santa Teresa del Niño Jesús, a quien recordamos hoy.
Quisiera resumir estas ideas con algunas palabras de santa Teresa del Niño Jesús, a quien recordamos hoy. Ella nos señala su «pequeño camino» hacia Dios, «el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre», porque «Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud» (Manuscritos autobiográficos, Manuscrito B, 1). Lamentablemente –como escribía entonces, y ocurre también hoy–, Dios encuentra «pocos corazones que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito» (ibíd.). La joven santa y Doctora de la Iglesia, por el contrario, era experta en la «ciencia del Amor» (ibíd.), y nos enseña que «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar»; nos recuerda también que «la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón» (Manuscrito C, 12). Pidamos hoy, todos juntos, la gracia de un corazón sencillo, que cree y vive en la fuerza bondadosa del amor, pidamos vivir con la serena y total confianza en la misericordia de Dios.
www.parroquiasantamonica.com
Vida Cristiana

martes, 15 de noviembre de 2016

La presencia y la bondad de Dios. Catequesis de Papa Francisco sobre la misericordia de Dios (14- septiembre-2016).


 La presencia y la bondad de Dios. Catequesis de Papa Francisco sobre la misericordia de Dios (14-
septiembre-2016). Comentario al texto de San Mateo 11/28/30: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. (Mateo 11, 28-30). Tres imperativos: «Venid a mí», «cargad con mi yugo» y «aprended de mí».
 Cfr. Papa Francisco, Catequesis del miércoles 14 de septiembre de 2016
Durante este Jubileo hemos reflexionado varias veces en que Jesús se expresa con una ternura única, signo de la presencia y de la bondad de Dios. Hoy nos detenemos en un pasaje emocionante del Evangelio (cfr. Mt 11,28-30), en el que Jesús dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. La invitación del Señor es sorprendente: llama a seguirle a personas sencillas cargadas de una vida difícil, llama a seguirle a personas que tienen tantas necesitadas y les promete que en Él encontrarán reposo y alivio. La invitación se dirige de forma imperativa: «venid a mí», «cargad con mi yugo», y «aprended de mí». ¡Ojalá todos los líderes del mundo pudieran decir esto! Procuremos comprender el significado de estas expresiones.
El primer imperativo es: Venid a mí. Dirigiéndose a los que están cansados y agobiados, Jesús se presenta como el Siervo del Señor descrito en el libro del profeta Isaías, que dice: “El Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado” (50,4). De los cansados por la vida, el Evangelio se suele referir también a los pobres (cfr. Mt 11,5) y a los pequeños (cfr. Mt 18,6). Se trata de los que no pueden contar con medios propios, ni con amistades importantes. Solo pueden confiar en Dios. Conscientes de su humilde y mísera condición, saben que dependen de la misericordia del Señor, esperando de Él la única ayuda posible. En la invitación de Jesús encuentran finalmente respuesta a su espera: haciéndose sus discípulos, reciben la promesa de encontrar descanso para toda la vida. Una promesa que, al final del Evangelio, se extiende a todas las gentes: “Id, pues, –dice Jesús a los Apóstoles– y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19). Acogiendo la invitación a celebrar este año de gracia del Jubileo, en todo el mundo los peregrinos atraviesan la Puerta de la Misericordia abierta en las catedrales y santuarios, y en tantas iglesias del mundo; en hospitales, en cárceles… ¿Para qué pasan por esa Puerta de la Misericordia? Para encontrar a Jesús, para hallar la amistad de Jesús, para encontrar el descanso que solo da Jesús. Ese camino expresa la conversión de cada discípulo que se propone a seguir a Jesús. Y la conversión consiste siempre en descubrir la misericordia del Señor. Y esa misericordia es infinita e inagotable: ¡es grande la misericordia del Señor! Así, atravesando la Puerta Santa profesamos “que el amor está presente en el mundo y que ese amor es más poderoso que cualquier tipo de mal en que el hombre, la humanidad, el mundo están envueltos” (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 7).
El segundo imperativo dice: Cargad con mi yugo. En el contexto de la Alianza, la tradición bíblica utiliza la imagen del yugo para indicar el estrecho vínculo que une el pueblo a Dios y, en consecuencia, la sumisión a su voluntad expresada en la Ley. En polémica con los escribas y doctores de la ley, Jesús pone a sus discípulos su yugo, en el que la Ley encuentra su cumplimiento. Quiere enseñarles que descubrirán la voluntad de Dios mediante su persona: mediante Jesús, no mediante leyes y prescripciones frías que el mismo Jesús condena (podemos leer el capítulo 23 de Mateo). Él está en el centro de su relación con Dios, está en el corazón de las relaciones entre los discípulos y se pone como punto de apoyo de la vida de cada uno. Recibiendo el “yugo de Jesús” cada discípulo entra así en comunión con Él y se hace partícipe del misterio de su cruz y de su destino de salvación.
Sigue el tercer imperativo: Aprended de mí. A sus discípulos, Jesús proyecta un camino de conocimiento e imitación. Jesús no es un maestro que con severidad impone a otros pesos que él no lleva: esa era la acusación que hacía a los doctores de la ley. Él se dirige a los humildes, a los pequeños, a los pobres, a los necesitados porque Él mismo se hizo pequeño y humilde. Comprende a los pobres y a los que sufren porque Él mismo es pobre y sintió dolores. Para salvar a la humanidad, Jesús no recorrió una senda fácil; al contrario, su camino fue doloroso y difícil. Como recuerda la Carta a los Filipenses: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (2,8). El yugo que los pobres y oprimidos cargan es el mismo yugo que Él cargó antes que ellos: por eso es un yugo ligero. Él cargó en sus hombros los dolores y pecados de toda la humanidad. Para el discípulo, pues, recibir el yugo de Jesús significa recibir su revelación y acogerla: en Él la misericordia de Dios se hizo cargo de las pobrezas de los hombres, dando así a todos la posibilidad de la salvación. Pero, ¿por qué Jesús es capaz de decir estas cosas? ¡Porque Él se hizo todo para todos, cerca de todos, de los más pobres! Era un pastor que estaba entre la gente, entre los pobres… Trabajaba todo el día con ellos. Jesús no era un príncipe. Es feo para la Iglesia cuando los pastores se vuelven príncipes, alejados de la gente, alejados de los más pobres: ¡ese no es el espíritu de Jesús! A esos pastores Jesús les reprende, y sobre esos pastores Jesús decía a la gente: “Haced lo que ellos dicen, pero no lo que hacen” (Mt 23,3).
Queridos hermanos y hermanas, también para nosotros hay momentos de cansancio y desilusión. Entonces recordemos estas palabras del Señor, que nos dan tanto consuelo y nos hacen entender si estamos poniendo nuestras fuerzas al servicio del bien. De hecho, a veces nuestro cansancio está causado por haber puesto la confianza en cosas que no son lo esencial, porque nos hemos alejado de lo que realmente vale en la vida. El Señor nos enseña a no tener miedo a seguirle, porque la esperanza que ponemos en Él no quedará defraudada. Estamos llamados a aprender de Él lo que significa vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia. Vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia: vivir de misericordia es sentirse necesitado de la misericordia de Jesús, y cuando nos sentimos necesitados de perdón, de consuelo, de la misericordia de Jesús, aprendemos a ser misericordiosos con los demás.
Tener fija la mirada en el Hijo de Dios nos hace comprender cuánto camino nos queda por hacer; pero al mismo tiempo nos infunde la alegría de saber que estamos caminando con Él y nunca estamos solos. ¡Ánimo, pues! ¡Ánimo! No nos dejemos quitar la alegría de ser discípulos del Señor. Pero, Padre, yo soy pecador, soy una pecadora, ¿qué puedo hacer? Dejaos mirar por el Señor, abre tu corazón, siente sobre ti su mirada, su misericordia, y tu corazón se llenará de alegría, de la alegría del perdón, si te acercas a pedir perdón. No nos dejemos robar la esperanza de vivir esta vida junto a Él y con la fuerza de su consuelo. Gracias.
www.parroquiasantamonica.com
Vida Cristiana

lunes, 14 de noviembre de 2016

Domingo 28 del tiempo ordinario, Ciclo C (2016).Cfr. 28 Ordinario ciclo C, 9 de octubre de 2016.

 Domingo 28 del tiempo ordinario, Ciclo C (2016). Dos milagros de Jesús. Dos extranjeros en
Israel que son curados por Jesús y se convierten, llegan a la fe. Naamán, un general sirio del siglo IX
antes de Cristo (primera Lectura), y un samaritano perteneciente a un pueblo considerado por los
judíos como Impío (Evangelio). Los milagros atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado, y
fortalecen la fe en el Hijo de Dios. Los milagros no pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos
mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de
obrar movido por los demonios.
 Cfr. 28 Ordinario ciclo C, 9 de octubre de 2016.
Evangelio: Lucas 17, 11-19; 1ª Lectura: 2 Reyes 5, 14-17; 2ª Lectura: 2 Timoteo 2, 8-13
Lucas 17, 11-19: 11 Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. 12 Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia 13 y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». 14 Al verlos, Jesús les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados. 15 Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta 16 y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. 17 Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?». 19 Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
2 Reyes 5, 14-17: 14 En aquellos días, Naamán de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó libre de la lepra, como la de un niño. 15 Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor”. 16 Pero Eliseo replicó: “Por la vida del Señor, a quien sirvo, no aceptaré nada”. Naamán le insistió para que aceptara, pero él se negó. 17 Naamán dijo entonces: “De acuerdo; pero permite al menos que le den a tu servidor un poco de esta tierra, la carga de dos mulas, porque tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses, fuera del Señor.
Los milagros de Jesús no son prodigios de carácter mágico,
sino que están ordenados y ligados a la llamada a la fe en Él como enviado del Padre:
o bien porque la fe en Jesús es condición para que se realice un determinado milagro,
o bien porque el milagro provoca esa fe en quienes lo han recibido o lo han visto.
Uno de los leprosos, al comprobar que estaba curado,
volvió alabando a Dios en voz alta,
y se arrojó a los pies de Jesús, con el rostro en tierra, dándole gracias.
1. Los milagros fortalecen la fe en el Hijo de Dios.
 No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos.
- Catecismo de la Iglesia Católica, n. 548: “Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le
Ha enviado (Cf Juan 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (Cf Juan 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (Cf Marcos 5, 25-34; 10, 52; e. a). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (Cf Juan 10, 31-38). Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mateo 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (Cf Juan 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (Cf Marcos 3, 22)”.
- Diccionario de Teología, EUNSA, septiembre de 2006, Revelación III Credibilidad, p. 884):
“Teológicamente, los milagros tienen la finalidad de hacer reconocer la acción de Dios, mostrando su
amor y su misericordia; son, por tanto, signos que empujan a ver la acción ininterrumpida del Padre por el bien de sus hijos. (…) Atestiguan la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros y sus frutos más evidentes.
Los milagros de Jesús pueden ser sometidos a una exhaustiva crítica literaria, histórica y teológica, mediante la cual se puede alcanzar el estrato más antiguo del relato y su historicidad. Se muestra, en efecto, que son relatos fieles y n o unas narraciones mitológicas fruto de la comunidad primitiva.
Por lo que se refiere a los milagros después de la resurrección de Jesús, (…) son signos para la fe y no prodigios para la curiosidad o frutos de la magia”.
- Francisco Varo, Rabí Jesús de Nazaret, BAC, Madrid 2005, pp. 173-175: “Se podría afirmar que los
milagros de Jesús no eran simplemente prodigios. Eran mucho más. Juan, de hecho, los denomina «signos, señales». Constituían, por tanto, un signo, una señal de una realidad más profunda: testimonio de que el Reino de Dios ha llegado con Él y de que Él es el Mesías que obra portentos, tal como lo atestiguaban las profecías.
Los diversos milagros de los que hablan los evangelios – curaciones, exorcismos, milagros sobre la naturaleza – manifiestan distintas características de su mesianismo. Así, por ejemplo, milagros como la tempestad calmada son señales de que el poder divino que actúa en Jesús se extiende más allá del mundo humano y se manifiesta como poder de domino también sobre las fuerzas de la naturaleza. Los milagros de curación y los exorcismos son señales de que Jesús ha manifestado su poder de salvar al hombre del mal que amenaza al alma.
Asimismo, esos milagros son signos de otras realidades espirituales: las curaciones del cuerpo – la liberación de la esclavitud de la enfermedad – significan la curación del alma de la esclavitud del pecado; el poder de expulsar a los demonios indica la victoria de Jesús sobre el mal; la multiplicación de los panes alude al don de la Eucaristía; la tempestad calmada invita a confiar en Jesús en los momentos borrascosos y difíciles; la resurrección de Lázaro anuncia la resurrección de Jesús y es figura de la resurrección final. Y así sucesivamente.
En algunos aspectos el contraste con lo que manifiestan los escritos de la época respecto a otros maestros es notable. Por ejemplo, resulta significativo que en el evangelio se cuente la curación de un paralítico en Cafarnaún ante todo como testimonio del poder que Jesús tiene para perdonar los pecados: cfr. Marcos 2, 1-12). (…)
Así pues, los milagros de Jesús (…) no son prodigios de carácter mágico, sino que están ordenados y ligados a la llamada a la fe en Él como enviado del Padre: o bien porque la fe en Jesús es condición para que se realice un determinado milagro, o bien porque el milagro provoca esa fe en quienes lo han recibido o lo han visto”.
 En breve
- El milagro debe llevar a la conversión (Cfr. Mateo 11, 20-24) En el caso de Naamán, el general
sirio, la cumbre de la narración se encuentra en la profesión final de fe: «Ahora conozco que no hay Dios en la tierra, a no ser en Israel». (Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme 1999, p. 304).
- Dios obra milagros para romper la routine de su pueblo. El milagro sirve para confundir la
«sabiduría de los sabios», es decir para poner en una crisis saludable la pretensión de la razón de explicar todo, y de rechazar todo lo que no se sabe explicar. Hay quien busca los milagros a toda costa, quien está a la caza de hecho extraordinarios; y quien lo mira con fastidio, como si se tratase de una manifestación deteriorada de la religiosidad. (Cfr. Raniero Cantalamessa, Passa Gesù di Nazaret, Piemme 1991, pp. 272-276).
- La fe es un acto profundamente personal: yo conozco a Cristo, me encuentro con Cristo y pongo mi
confianza en él. (Cfr. Benedicto XVI, Encuentro con el Clero de Roma, 23 de febrero de 2012).
2. Un texto de San Agustín: Importancia de los milagros para la fe
 S. Agustín: Tratado 24 sobre el evangelio de S. Juan 1
o Los milagros que realizó nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras divinas, que invitan a la mente humana a elevarse a la inteligencia de Dios por el espectáculo de las cosas visibles.
 Los milagros con los que rige el mundo y gobierna toda criatura han perdido su valor por su asiduidad, hasta el punto que casi nadie mira con atención las maravillosas y estupendas obras de Dios en un grano de semilla cualquiera.
Los milagros que realizó nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras divinas, que invitan a la mente humana a elevarse a la inteligencia de Dios por el espectáculo de las cosas visibles. Dios no es una substancia tal que con los ojos se pueda ver; y los milagros con los que rige el mundo y gobierna toda
criatura han perdido su valor por su asiduidad, hasta el punto que casi nadie mira con atención las maravillosas y estupendas obras de Dios en un grano de semilla cualquiera; y por eso se reservó en su misericordia algunas para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso habitual y de las leyes de la naturaleza, con el fin de que viendo, no obras mayores, sino nuevas, asombrasen a quienes no impresionan ya las obras de todos los días.
Porque mayor milagro es el gobierno del mundo que la acción de saciar a cinco mil hombres con cinco panes. Sin embargo, en aquél nadie se fija ni nadie lo admira; en ésta, en cambio, se fijan todos con admiración, no porque sea mayor, sino porque es rara, porque es nueva.
¿Quién es el que alimenta ahora también al mundo entero sino el mismo que hace que de pocos granos broten mieses abundantes? Obró, pues, como Dios. Porque lo que hace que de pocos granos se produzcan mieses abundantes, es lo mismo que multiplica en manos de Cristo los cinco panes. El poder en las manos de Cristo existía; aquellos cinco panes eran como semillas, no sembradas en la tierra, sino multiplicadas por el mismo que hizo la tierra.
Ese hecho impresiona a nuestros sentidos y nos obliga a elevar nuestra mente; ese prodigio, realizado delante de nuestros ojos, nos empuja a forzar el entendimiento, con el fin de admirar, a través de las obras visibles, a Dios invisible; y con el fin de desear, después de haber sido elevados hasta la fe y de haber sido purificados por la misma fe, conseguir ver a Dios, cuya naturaleza invisible hemos conocido a través de las obras visibles.
3. Romano Guardini, El Señor, Ed. Cristiandad 2ª edición 2005, p. 88
 Sus milagros de curación están siempre en relación con la fe.
o Los discípulos no pueden curar al joven epiléptico porque tienen poca fe y la fuerza que debe actuar en virtud del Espíritu Santo se ve coartada (Mateo 17,14-21).
 Las curaciones de Jesús hacen referencia a la fe, revelan la realidad de un Dios que ama. La auténtica finalidad de esas curaciones consiste en que los hombres descubran la realidad de la fe, se abran a ella y se identifiquen con ella.
Las curaciones de Jesús son obra de Dios, revelación de Dios, camino hacia Dios. Sus milagros de curación están siempre en relación con la fe. En Nazaret no pudo hacer ningún milagro, porque sus compatriotas no creían. Imponer un milagro sería destruir su mismo sentido, pues siempre hace referencia a la fe (Lucas 4,23-30). Los discípulos no pueden curar al joven epiléptico porque tienen poca fe y la fuerza que debe actuar en virtud del Espíritu Santo se ve coartada (Mateo 17,14-21).
Cuando traen al paralítico, en un primer momento da la impresión de que Jesús no se interesa en absoluto por la enfermedad del paciente. Lo que ve, sobre todo, es su fe. Por eso le promete, en primer lugar, el perdón de sus pecados, y sólo como culminación de todo el proceso le cura la parálisis (Marcos 2,1 -12). Al padre del niño epiléptico le pregunta: «¿Crees que puedo hacerlo?». Y el milagro sólo se produce cuando el corazón está dispuesto a dejarse guiar hasta la fe (Marcos 9,23-25). El centurión dice con simplicidad militar:
«Yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure, porque si yo le digo a uno de mis subordinados que se vaya, se va; y a otro que venga, y viene; y a mi criado, que haga algo, y lo hace». Por eso, oye un elogio maravilloso: «Os aseguro que en ningún israelita he encontrado tanta fe» (Mateo 8,5-13).
Y el ciego puede escuchar estas palabras: «Tu fe te ha curado» (Marcos 10,46-52).
Las curaciones de Jesús hacen referencia a la fe, igual que el anuncio del mensaje; y al mismo tiempo revelan la realidad de un Dios que ama. La auténtica finalidad de esas curaciones consiste en que los hombres descubran la realidad de la fe, se abran a ella y se identifiquen con ella.
www.parroquiasantamonica.com
Vida Cristiana

domingo, 13 de noviembre de 2016

Cfr. Benedicto XVI, Catequesis, el 22 de julio de 1987



 La oración de Jesús. En la oración el Hijo está íntimamente unido al Padre, esté dedicado a Él,
se dirige a Él con toda su existencia humana. Jesús de Nazaret “oraba en todo tiempo sin desfallecer” (cf. Lc Lc 18,1).Hay pasajes en los Evangelios que ponen de relieve la oración de Jesús, declarando explícitamente que “Jesús rezaba”. Esto sucede en diversos momentos del día y de la noche y en varias circunstancias. Los evangelistas subrayan el hecho de que la oración acompañe los acontecimientos de particular importancia en la vida de Cristo.
 Cfr. Benedicto XVI, Catequesis, el 22 de julio de 1987
1. Jesucristo es el Hijo íntimamente unido al Padre; el Hijo que “vive totalmente para el Padre” (cf. Jn 6,57); el Hijo, cuya existencia terrena total se da al Padre sin reservas. A estos temas desarrollados en las últimas catequesis, se une estrechamente el de la oración de Jesús: tema de la catequesis de hoy. Es, pues, en la oración donde encuentra su particular expresión el hecho de que el Hijo esté íntimamente unido al Padre, esté dedicado a Él, se dirija a Él con toda su existencia humana. Esto significa que el tema de la oración de Jesús ya está contenido implícitamente en los temas precedentes, de modo que podemos decir perfectamente que Jesús de Nazaret “oraba en todo tiempo sin desfallecer” (cf. Lc 18,1). La oración era la vida de su alma, y toda su vida era oración. La historia de la humanidad no conoce ningún otro personaje que con esa plenitud —de ese modo— se relacionara con Dios en la oración como Jesús de Nazaret, Hijo del hombre, y al mismo tiempo Hijo de Dios, “de la misma naturaleza que el Padre”. 2. Sin embargo, hay pasajes en los Evangelios que ponen de relieve la oración de Jesús, declarando explícitamente que “Jesús rezaba”. Esto sucede en diversos momentos del día y de la noche y en varias circunstancias. He aquí algunas: “A la mañana, mucho antes de amanecer, se levantó, salió y se fue aún lugar desierto, y allí oraba” (Mc 1,35). No sólo lo hacía al comenzar el día (la “oración de la mañana”), sino también durante el día y por la tarde, y especialmente de noche. En efecto, leemos: “Concurrían numerosas muchedumbres para oírle y ser curados de sus enfermedades, pero Él se retiraba a lugares solitarios y se daba a la oración” (Lc 5,15-16). Y en otra ocasión: “Una vez que despidió a la muchedumbre, subió a un monte apartado para orar, y llegada la noche, estaba allí solo” (Mt 14,23). 3. Los evangelistas subrayan el hecho de que la oración acompañe los acontecimientos de particular importancia en la vida de Cristo: “Aconteció, pues, que, bautizado Jesús y orando, se abrió el cielo...” (Lc 3,21), y continúa la descripción de la teofanía que tuvo lugar durante el bautismo de Jesús en el Jordán. De forma análoga, la oración hizo de introducción en la teofanía del monte de la transfiguración: “...tomando a Pedro, a Juan y a Santiago, subió a un monte para orar. Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó...” (Lc 9,28-29). 4. La oración también constituía la preparación para decisiones importantes y para momentos de gran relevancia de cara a la misión mesiánica de Cristo. Así, en el momento de comenzar su ministerio público, se retira al desierto a ayunar y rezar (cf. Mt 4,1-11 y paral.); y también, antes de la elección de los Apóstoles, “Jesús salió hacia la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sí a los discípulos y escogió a doce de ellos, a quienes dio el nombre de apóstoles” (Lc 6,12)13). Así también, antes de la confesión de Pedro, cerca de Cesarea de Filipo: “...aconteció que orando Jesús a solas, estaban con Él los discípulos, a los cuales preguntó: ¿Quién dicen las muchedumbres que soy yo? Respondiendo ellos, le dijeron: 'Juan Bautista; otros Elías; otros, que uno de los antiguos Profetas ha resucitado'. Díjoles Él: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Respondiendo Pedro, dijo: “El Ungido de Dios” (Lc 9,18-20). 5. Profundamente conmovedora es la oración de antes de la resurrección de Lázaro: “Y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: ¡Padre: te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que tú me has enviados!” (Jn 11,41-42). 6. La oración en la última Cena (la llamada oración sacerdotal), habría que citarla toda entera. Intentaremos al menos tomar en consideración los pasajes que no hemos citado en las anteriores catequesis. Son éstos: “...Levantando sus ojos al cielo, añadió (Jesús): 'Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo para que tu hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, para que a todos los que tú le diste les dé Él la vida eterna'“ (Jn 17,1-2). Jesús reza por la finalidad esencial de su misión: la gloria de Dios y la salvación de los
hombres. Y añade: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios Verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra,llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, tú, Padre glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese” (
Jn 17,3-5). 7. Continuando la oración, el Hijo casi rinde cuentas al Padre por su misión en la tierra: “He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran, y tú me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti” (Jn 17,6-7) Después añade: “Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste, porque son tuyos...” (Jn 17,9). Ellos son los que “acogieron” la palabra de Cristo, los que “creyeron” que el Padre lo envió. Jesús ruega sobre todo por ellos, porque “ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti” (Jn 17,11). Ruega para que “sean uno”, para que “no perezca ninguno de ellos” (y aquí el Maestro recuerda “al hijo de la perdición”), para que “tengan mi gozo cumplido en sí mismos” (Jn 17,13): En la perspectiva de su partida, mientras los discípulos han de permanecer en el mundo y estarán expuestos al odio porque “ellos no son del mundo”, igual que su Maestro, Jesús ruega: “No pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal” (Jn 17,15). 8. También en la oración del cenáculo. Jesús pide por sus discípulos: “Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17,17-19). A continuación Jesús abraza con la misma oración a las futuras generacionesde sus discípulos. Sobre todo ruega por la unidad, para que “conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como tú me amaste a mí” (Jn 17,25). Al final de su invocación, Jesús vuelve a los pensamientos principales dichos antes, poniendo todavía más de relieve su importancia. En ese contexto pide por todos los que el Padre le “ha dado” para que “estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado; porque me amaste antes de la creación del mundo” (Jn 17,24). 9. Verdaderamente la “oración sacerdotal” de Jesús es la síntesis de esa autorrevelación de Dios en el Hijo, que se encuentra en el centro de los Evangelios. El Hijo haba al Padre en el nombre de esa unidad que forma con Él (“Tú, Padre, estás en mí y yo en ti” Jn 17,21). Y al mismo tiempo ruega para que se propaguen entre los hombres los frutos de la misión salvífica por la que vino al mundo. De este modo revela el mysterium Ecclesiae, que nace de su misión salvífica, y reza por su futuro desarrollo en medio del “mundo”. Abre la perspectiva de la gloria, a la que están llamados con Él todos los que “acogen” su palabra. 10. Si en la oración de la última Cena se oye a Jesús hablar al Padre como Hijo suyo “consubstancial”, en la oración del Huerto, que viene a continuación, resalta sobre todo su verdad de Hijo del Hombre. “Triste está mi alma hasta la muerte. Permaneced aquí y velad” (Mc 14,34), dice a sus amigos al llegar al huerto de los olivos. Una vez solo, se postra en tierra y las palabras de su oración manifiestan la profundidad del sufrimiento. Pues dice: “Abbá, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz, mas no se haga lo que yo quiero sino lo que tú quieres” (Mt 14,36). 11. Parece que se refieren a esta oración de Getsemaní las palabras de la Carta a los Hebreos. “Él ofreció en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte”. Y aquí el Autor de la Carta añade que “fue escuchado por su reverencial temor” (He 5,7). Sí. También la oración de Getsemaní fue escuchada, porque también en ella —con toda la verdad de su actitud humana de cara al sufrimiento—se hace sentir sobre todo la unión de Jesús con el Padre en la voluntad de redimir al mundo, que constituye el origen de su misión salvífica. 12. Ciertamente Jesús oraba en las distintas circunstancias que surgían de la tradición y de la ley religiosa y de Israel, como cuando, al tener doce años, subió con los padres al templo de Jerusalén (cf. Lc 2,41 ss.), o cuando, como refieren los evangelistas, entraba “los sábados en la sinagoga, según la costumbre” (cf. Lc 4,16). Sin embargo, merece una atención especial lo que dicen los Evangelios de la oración personal de Cristo. La Iglesia nunca lo ha olvidado y vuelve a encontrar en el diálogo personal de Cristo con Dios la fuente, la inspiración, la fuerza de su misma oración. En Jesús orante, pues, se expresa del modo más personal el misterio del Hijo, que “vive totalmente para el Padre”, en íntima unión con Él.
www.parroquiasantamonica.com
Vida Cristiana

29 domingo del tiempo ordinario, ciclo C (16/10/2016).



 29 domingo del tiempo ordinario, ciclo C (16/10/2016). La oración. Es el espejo fiel de la vida.
Una actitud de verdadera oración no se improvisa; es fruto de la atención a Dios, de fidelidad en las cosas pequeñas, de ascética. La primera lectura nos ha hecho contemplar a Moisés mientras reza, en el monte con los brazos levantados. Cuando sus brazos están levantados Israel es más fuerte que Amalec; cuando sus brazos, cansados, se bajan, Amalec es más fuerte y vence a Israel. Ésta es una parábola. Amalec es el símbolo de las fuerzas hostiles (el mal, el pecado, el mundo) que se oponen al pueblo de Dios. Cualidades de la oración.
Éxodo 17, 8-13; 2 Tim 3, 14-4,2; Lucas 18, 1-8 - Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme I Edizione economica, 1999, XXIX Domenica. pp. 309-314; Cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Anno C, Città Nuova pp. 381-388.
Éxodo 17, 8-13: 8 Vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidim. 9 Moisés dijo a Josué: « Elígete algunos hombres, y sal mañana a combatir contra Amalec. Yo me pondré en la cima del monte, con el cayado de Dios en mi mano. » 10 Josué cumplió las órdenes de Moisés, y salió a combatir contra Amalec. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte. 11 Y sucedió que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. 12 Se le cansaron las manos a Moisés, y entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol. 13 Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a filo de espada.
Lucas 18, 1-8: 1 En aquel tiempo, Jesús, les propuso una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer, 2 diciendo: - «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. 3 En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." 4 Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, 5 como esta viuda está molestándome, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."» 6 Y el Señor añadió: - «Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7 pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? 8. Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
Jesús les propuso una parábola
sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer.
(Lucas 18,1)
Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?
(Lucas, 18, 7)
1. La oración es el espejo fiel de la vida. (Cfr. Raniero Cantalamessa o.c. pp. 386-388)
 Una actitud de verdadera oración no se improvisa; es fruto de la atención a Dios, de fidelidad en las cosas pequeñas, de ascética.
o La primera lectura nos ha hecho contemplar a Moisés mientras reza, en el monte con los brazos levantados.
 Cuando sus brazos están levantados Israel es más fuerte que Amalec; cuando sus brazos, cansados, se bajan, Amalec es más fuerte y vence a Israel. Ésta es una parábola.
Amalec es el símbolo de las fuerzas hostiles (el mal, el pecado, el
mundo) que se oponen al pueblo de Dios.
• Raniero Cantalamessa o.c.: “La oración es el espejo fiel de la vida. Una actitud de verdadera oración no
se improvisa; es fruto de la atención a Dios, de fidelidad en las cosas pequeñas, de ascética. ¡Hace falta rezar antes de rezar! Es decir, comenzar a invocar a Dios «desde lejos», antes del tiempo que intentamos dedicar a la oración, para que él disponga el corazón y la mente y comience a atraernos hacia sí. Después, cuando llega el momento, hacer un corte neto con la ocupación que teníamos y con los pensamientos anteriores (¡como quien atraviesa descalzo un río, dejando todo su equipaje en la orilla!), para ofrecerse todo entero al diálogo con Dios. Hay un espléndido texto del profeta Habacuc (2,1): «estaré en mi puesto de guardia, me mantendré en pie sobre la fortaleza vigilando para ver qué me dice, que responde a mi queja». En pie, sobre los
bastiones de una fortaleza, teniendo ante sí solamente el cielo y todo lo demás detrás de sí: éste es la actitud ideal para una oración personal, verdaderamente profunda.
Subir sobre los bastiones quiere decir entrar en una actitud más que en un lugar. Sin embargo, de vez en cuando, es necesario entrar también en un lugar. Jesús nos lo aconseja directamente: cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu padre, que está en lo oculto (Mt 6,6).
La primera lectura nos ha hecho contemplar a Moisés mientras reza, en el monte, con los brazos levantados; cuando sus brazos están levantados Israel es más fuerte que Amalec; cuando sus brazos, cansados, se bajan, Amalec es más fuerte y vence a Israel. Ésta es una parábola. Algunos Padres de la Iglesia (por ejemplo, Orígenes) han hecho, desde hace tiempo, una interpretación espiritual. Amalec es el símbolo de las fuerzas hostiles (el mal, el pecado, el mundo) que se oponen al pueblo de Dios. Cuando el creyente reza, es más fuerte del mal que hay dentro de él y a su alrededor, nadie lo puede vencer; en todos los campos - en el dolor, en la contrariedad, en la persecución, en la duda y en el cansancio – él es «más que un vencedor». Pero cuando baja las manos - cuando cesa de rezar – es un vencido; Amalec, es decir la sensualidad, la pereza, la ira, la codicia, son más potentes que él y lo arrollan. Su vida espiritual se asemeja a una pequeña barca que ha perdido la vela y el timón, y está parada en medio del mar, expuesta a todas las tormentas.
 Muchas exigencias de la vida cristiana parecen imposibles y superiores a las fuerzas humanas (¡y lo son!), pero se convierten en posibles con ayuda de la oración.
Muchas exigencias de la vida cristiana parecen imposibles y superiores a las fuerzas humanas (¡y lo son!), pero se convierten en posibles con ayuda de la oración. Sucede, en la oración, algo semejante a lo que sucede en el árbol, gracias al proceso de la clorofila: el árbol vive y florece porque sus hojas, expuestas a la luz, fijan el oxígeno del aire; el creyente vive y se renueva cuando en la oración se «expone» a la luz de Dios y «fija» en su alma al Espíritu Santo. La oración es nuestro oxígeno espiritual”.
2. Tres personas
Cfr. Gianfranco Ravasi o.c.
 Moisés: primera Lectura
• Ravasi o.c. p. 312: «La figura orante de Moisés, con las manos alzadas hacia el cielo, es el telón de
fondo ideal en esta liturgia de la Palabra que tiene come centro una parábola de Jesús que solamente encontramos en Lucas. Mientras Israel afronta a los amalecitas en la llanura de Refidim, Moisés es como la personificación de todo el pueblo de Dios en oración. Sin esta vigilancia orante, en vano confiamos en el compromiso y la fuerza humanos. Es lo que expresa sugestivamente el Salmo 127: “Si el Señor no edifica la casa, en vano se afanan los constructores. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas”. La eficacia y la constancia en la oración en la hora de la espera, constituyen también el tema que sostiene la narración del juez y la viuda».
o La oración de Moisés mientras Josué y sus hombres afrontan en el campo a sus adversarios.
Cfr. Benedicto XVI, Homilía, en Nápoles el 21 de octubre de 2007
 La oración elevada con fe al verdadero Dios fue lo que determinó el desenlace de aquella dura batalla.
Parece increíble, pero es así: Dios necesita las manos levantadas de su
siervo.
• (…) La oración elevada con fe al verdadero Dios fue lo que determinó el desenlace de aquella dura
batalla. Mientras Josué y sus hombres afrontaban en el campo a sus adversarios, en la cima del monte Moisés tenía levantadas las manos, en la posición de la persona en oración. Las manos levantadas del gran caudillo garantizaron la victoria de Israel. Dios estaba con su pueblo, quería su victoria, pero condicionaba su intervención a que Moisés tuviera en alto las manos.
Parece increíble, pero es así: Dios necesita las manos levantadas de su siervo. Los brazos elevados de
Moisés hacen pensar en los de Jesús en la cruz: brazos extendidos y clavados con los que el Redentor venció
la batalla decisiva contra el enemigo infernal. Su lucha, sus manos alzadas hacia el Padre y extendidas sobre
el mundo piden otros brazos, otros corazones que sigan ofreciéndose con su mismo amor, hasta el fin del
mundo.
 El juez: evangelio
• Ravasi o.c. p. 312: «El juez es un individuo sin fe (“no temía a Dios”), y sin caridad (“no le
importaban los hombres”). Es la representación de la arrogancia del poder, una presencia constante, por desgracia, en la historia, que ya denunció de modo lapidario el profeta Isaías (10, 1-2): “1 ¡Ay! los que decretan decretos inicuos, y los escribientes que escriben vejaciones, 2 excluyendo del juicio a los débiles, atropellando el derecho de los míseros de mi pueblo, haciendo de las viudas su botín, y despojando a los huérfanos”. El jurista “laico” Piero Calamandrei (1889-1956) se lamentaba de que el Crucifijo estuviese en las aulas judiciales en la espaldas de los jueces y delante solamente de las personas juzgadas como señal dolorosa de los errores procesales. Y escribía: “Por el contrario, debería estar ante la cara de los jueces, bien visible en la pared de enfrente, para que lo contemplen con humildad mientras juzgan, y no olviden jamás que sobre ellos incumbe el terrible peligro de condenar un inocente”».
 La viuda: evangelio
• Ravasi o.c. p. 313: «La viuda, sobre todo en el pasado, era la persona más expuesta al abuso, de tal
manera que Dios mismo es invocado en el Antiguo Testamento como “el defensor de las viudas”, que estaban privadas de la tutela del marido (salmo 68,6), y los profetas amonestaban: “aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, defended la causa de la viuda” (Isaías 1, 17). Pero, en la parábola, la viuda tiene una característica decisiva. Efectivamente es víctima, pero no resignada o desesperada. Su coraje no se debilita y reclama continuamente su derecho conculcado ante el juez arrogante e indiferente. Su incansable perseverancia no se rompe ante la puerta cerrada, el rechazo aburrido, la reacción irritada. Su pretensión resuena en las heladas aulas judiciales con una advertencia inexorable: “Hazme justicia”. Y, al fin, hay un viraje en la actitud del juez. Se da cuenta de que no hay nada que podrá apagar el ansia de justicia y, aún ignorando el respeto por la ética de su profesión, él, cansado por la insistencia, decide librarse de ella haciendo justicia. Es curioso, a este respecto, el original griego de Lucas, que es muy realista. El razonamiento del juez se puede traducir de varias maneras: “para que no venga a importunarme continuamente”; “para que no venga finalmente a golpearme en la cara”; “para que, finalmente, exasperada, no me rompa la cara”. Se trata de una vigorosa y pintoresca nota de indignación del evangelista de los pobres, Lucas, en relación con los poderosos y los vulgares burócratas, inertes y provocadores ».
3. Las cualidades de la oración pp. 310-311
Cfr. Gianfranco Ravasi o.c.
 Constancia, lucha, fidelidad
 Implacable constancia
• «La cualidad fundamental de la viuda es su implacable constancia, que ignora el silencio del juez, la
amargura de su indiferencia e incluso la dureza de su larvada hostilidad.
 La oración tiene frecuentemente, en la Biblia, la fisonomía de una lucha: fidelidad en los momentos del silencio de Dios y en los tiempos de aridez y de oscuridad.
• » Rezar no es tan fácil como pronunciar una fórmula mágica que todo lo allana y lo resuelve.
»La oración es una aventura misteriosa que, en la Biblia, tiene frecuentemente la fisonomía de una lucha:
»pensemos en el célebre episodio de la lucha de Jacob con Dios a lo largo de la orilla del río Yaboc (Gn 32, 23-33) 1; »en la lucha que el profeta Oseas interpreta, en efecto, como un símbolo de la oración (12, 4-6).
»Pensemos en también en aquella extraña frase usada por Pablo en la carta a los Romanos: “Os suplico, hermanos, a luchar conmigo en vuestras oraciones” (15,30). En griego, el Apóstol usa la palabra ‘agonia’, es decir, combate decisivo y supremo. Cualidad indispensable de la oración es, por tanto, la fidelidad también en los momentos del silencio de Dios, en los tiempos de aridez y de oscuridad” ».
 La certeza de ser escuchados 2 p. 311
• «Esto es desarrollado por medio de una técnica de razonamientos que se suele definir a fortiori: si un
juez corrompido e injusto como el de la parábola está dispuesto a ceder ante la constancia de una viuda indefensa e implorante, cuanto más los hará el Juez justo y perfecto que es Dios 3.
1 CEC 2573: Dios renueva su promesa a Jacob, origen de las doce tribus de Israel (Cf Génesis 28, 10-22). Antes de enfrentarse con su hermano Esaú, lucha una noche entera con «alguien» misterioso que rehúsa revelar su nombre, pero que le bendice antes de dejarle, al alba. La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia (Cf Génesis 32, 25-31; Lucas 18, 1-8).
2 Acerca de la certeza de ser amados – previa a la de ser escuchados - gracias al poder del Espíritu: vid. CEC 2778 y Efesios 3, 12; Hebreos 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Juan 2, 28; 3, 21; 5, 14
3 CEC 2592: La oración de Abraham y de Jacob aparece como una lucha de fe vivida en la confianza a la fidelidad de Dios, y en la certeza de la victoria prometida a quienes perseveran. CEC 2752: La oración supone un esfuerzo y una
» Lucas había ya presentado la misma consideración - también sobre el tema de la oración – en una bella frase de Jesús: “Si vosotros siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (11,13).
» Aparece así un nuevo aspecto, bastante sorprendente en el contexto de esta parábola tan helada: la fe en la paternidad de Dios es la raíz de la oración e impone el estilo y la atmósfera. En su Diario, en la fecha del 6 de enero de 1839, el grande filósofo y creyente danés S. Kierkegaard escribía: “Padre celeste, cuando se despierta el pensamiento sobre ti en nuestra oración, haz que no se despierte como un pájaro sobrecogido y desorientado que revolotea aquí y allí, sino como un niño que se despierta con su sonrisa celestial”. No es en vano el que el texto bíblico que representa de la manera más luminosa la relación orante entre Dios y el hombre, el Salmo 131, usa como imagen la de un niño en el regazo de su madre, que se abandona totalmente en ella.
» La frase final que Jesús pronuncia [vv. 7-8] sintetiza idealmente las dos tesis de la lección sobre la oración que Jesús nos ha impartido hoy: por una parte, está nuestro grito ‘día y noche’, un grito que es, por tanto, constante y confiado; por otra, está Dios que ‘hará justicia a sus elegidos’».
• Ravasi o.c. p. 314: «La invitación a la vigilancia orante, a la perseverancia confiada, lleva consigo
también la certeza de que el obrar divino es con frecuencia misterioso, que sigue caminos que no son nuestros caminos, son pensamientos que no encajan con los nuestros, pero la meta de llegada está en la luz y no en el abismo de la nada y del mal».
4. Una oración viva
Cfr. Amigos de Dios, n. 310
310. Me alzaré y rodearé la ciudad: por las calles y las plazas buscaré al que amo... (Cant III,2). Y no sólo la ciudad: correré de una parte a otra del mundo —por todas las naciones, por todos los pueblos, por senderos y trochas— para alcanzar la paz de mi alma. Y la descubro en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo; que son —al contrario— vereda y motivo para amar más y más, y más y más unirme a Dios.
Y cuando nos acecha —violenta—la tentación del desánimo, de los contrastes, de la lucha, de la tribulación, de una nueva noche en el alma, nos pone el salmista en los labios y en la inteligencia aquellas palabras: con El estoy en el tiempo de la adversidad (Ps XC,15). ¿Qué vale, Jesús, ante tu Cruz, la mía; ante tus heridas mis rasguños? ¿Qué vale, ante tu Amor inmenso, puro e infinito, esta pobrecita pesadumbre que has cargado Tú sobre mis espaldas? Y los corazones vuestros, y el mío, se llenan de una santa avidez, confesándole —con obras— que morimos de Amor (Cfr. Cant V,8).
Nace una sed de Dios, un ansia de comprender sus lágrimas; de ver su sonrisa, su rostro... Considero que el mejor modo de expresarlo es volver a repetir, con la Escritura: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío! (Ps XLI, 2). Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el cristiano viajero sediento, que abre su boca a las aguas de la fuente (Cfr. Ecclo XXVI, 15).
5. En breve. La oración de Jesús en el Catecismo de la Iglesia Católica
Es una entrega, humilde y confiada,
a la voluntad amorosa de Dios Padre.
• n. 2600: La oración de Jesús (…) es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la
voluntad amorosa del Padre.
• n. 2603: (…) Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al
«misterio de la voluntad» del Padre (Efesios 1, 9).
www.parroquiasantamonica.com
Vida Cristiana
lucha contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador. El combate de la oración es inseparable del «combate espiritual» necesario para actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo: Se ora como se vive porque se vive como se ora.

Printfriendly