sábado, 17 de diciembre de 2016

Dichosos los pobres de espíritu. También los ricos, si se sirven de sus riquezas para aliviar la miseria del prójimo.


Dichosos los pobres de espíritu. También los ricos, si se sirven de sus riquezas para aliviar la miseria del prójimo. Cfr. Liturgia de las Horas, Viernes XXII del tiempo ordinario, Del sermón de san León Magno (390-461), papa, sobre las bienaventuranzas (Sermón 95 2-3: PL 54, 462) Bienaventurada es aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos. El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo. Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres (cfr. Mateo 4, 19) y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que «un solo corazón una sola alma» (Hechos 4, 32), dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo. Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: «No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar» (Hechos 3,6). ¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud. Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro (cfr. Hechos, 4,4). Así aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo. www.parroquiasantamonica.com

Bienaventurados los pobres de espíritu. No depende de la carencia de bienes.


 Bienaventurados los pobres de espíritu. No depende de la carencia de bienes. Cfr. Liturgia de las Horas, Jueves XXII del tiempo ordinario. Comienza el sermón de san León Magno (390-461), papa, sobre las bienaventuranzas (Sermón 95,1-2: PL 54, 461-462) Amadísimos hermanos: Al predicar nuestro Señor Jesucristo el Evangelio del reino, y al curar por toda Galilea enfermedades de toda especie, la fama de sus milagros se había extendido por toda Siria, y, de toda la Judea, inmensas multitudes acudían al médico celestial. Como a la flaqueza humana le cuesta creer lo que no ve y esperar lo que ignora, hacía falta que la divina sabiduría les concediera gracias corporales y realizara visibles milagros, para animarles y fortalecerles, a fin de que, al palpar su poder bienhechor, pudieran reconocer que su doctrina era salvadora. El Señor quiso enseñar lo más sublime de su doctrina Queriendo, pues, el Señor convertir las curaciones externas en remedios internos y llegar, después de sanar los cuerpos, a la curación de las almas, apartándose de las turbas que lo rodeaban, y llevándose consigo a los apóstoles, buscó la soledad de un monte próximo. Quería enseñarles lo más sublime de su doctrina, y la mística cátedra y demás circunstancias que de propósito escogió daban a entender que era el mismo que en otro tiempo se dignó hablar a Moisés. Mostrando, entonces, más bien su terrible justicia; ahora, en cambio, su bondadosa clemencia. Y así se cumplía lo prometido, según las palabras de Jeremías: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. Después de aquellos días —oráculo del Señor— meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones (Jeremías 31, 31.33; cfr. Hebreos 8,8) Así, pues, el mismo que habló a Moisés fue el que habló a los apóstoles, y era también la ágil mano del Verbo la que grababa en lo íntimo de los corazones de sus discípulos los decretos del nuevo Testamento; sin que hubiera como en otro tiempo densos nubarrones que lo ocultaran, ni terribles truenos y relámpagos que aterrorizaran al pueblo, impidiéndole acercarse a la montaña, sino una sencilla charla que llegaba tranquilamente a los oídos de los circunstantes. Así era como el rigor de la ley se veía suplantado por la dulzura de la gracia, y el espíritu de hijos adoptivos sucedía al de esclavitud en el temor. Podría parecer que para merecer el reino de los cielos basta la simple miseria en que se ven tantos por pura necesidad, que tan gravosa y molesta les resulta. Pero da a entender que el reino de los cielos será de aquellos que lo han merecido más por la humildad de sus almas que por carencia de bienes. Las mismas divinas palabras de Cristo nos atestiguan cómo es la doctrina de Cristo, de modo que los que anhelan llegar a la bienaventuranza eterna puedan identificar los peldaños de esa dichosa subida. Y así dice: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5,3). Podría no entenderse de qué pobres hablaba la misma Verdad, si al decir: Dichosos los pobres, no hubiera añadido cómo había de entenderse esa pobreza; porque podría parecer que para merecer el reino de los cielos basta la simple miseria en que se ven tantos por pura necesidad, que tan gravosa y molesta les resulta. Pero, al decir: Dichosos los pobres en el espíritu, da a entender que el reino de los cielos será de aquellos que lo han merecido más por la humildad de sus almas que por carencia de bienes. www.parroquiasantamonica.com

Bienaventurados los afligidos


1 Bienaventurados los afligidos1 , porque ellos serán consolados. ¿Es bueno estar afligidos y llamar bienaventuranza a la aflicción? La aflicción de la que habla el Señor es el inconformismo con el mal, una denuncia que se opone al aturdimiento de las conciencias. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, La esfera de los libros 2007, pp. 114- 117 De los dos tipos de aflicción, se trata, en la bienaventuranza, de la aflicción provocada por la conmoción ante la verdad y que lleva al hombre a la conversión, a oponerse al mal. Volvamos a la segunda Bienaventuranza: «Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados». ¿Es bueno estar afligidos y llamar bienaventurada a la aflicción? Hay dos tipos de aflicción: una, que ha perdido la esperanza, que ya no confía en el amor y la verdad, y por ello abate y destruye al hombre por dentro; pero también existe la aflicción provocada por la conmoción ante la verdad y que lleva al hombre a la conversión, a oponerse al mal. Esta tristeza regenera, porque enseña a los hombres a esperar y amar de nuevo. Un ejemplo de la primera aflicción es Judas, quien — profundamente abatido por su caída— pierde la esperanza y lleno de desesperación se ahorca. Un ejemplo del segundo tipo de aflicción es Pedro que, conmovido ante la mirada del Señor, prorrumpe en un llanto salvador: las lágrimas labran la tierra de su alma. Comienza de nuevo y se transforma en un hombre nuevo. Esta aflicción se convierte en fuerza para combatir el poder del mal Este tipo positivo de aflicción, que se convierte en fuerza para combatir el poder del mal, queda reflejado de modo impresionante en Ezequiel 9, 4. Seis hombres reciben el encargo de castigar a Jerusalén, el país que estaba cubierto de sangre, la ciudad llena de violencia (cf. 9, 9). Pero antes, un hombre vestido de lino debe trazar una «tau» (una especie de cruz) en la frente de los «hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en la ciudad» (9, 4), y los marcados quedan excluidos del castigo. Son personas que no siguen la manada, que no se dejan llevar por el espíritu gregario para participar en una injusticia que se ha convertido en algo normal, sino que sufren por ello. Aunque no está en sus manos cambiar la situación en su conjunto, se enfrentan al dominio del mal mediante la resistencia pasiva del sufrimiento: la aflicción que pone límites al poder del mal. En un mundo plagado de crueldad, de cinismo o de connivencia provocada por el miedo, encontramos personas que se mantienen fieles; no pueden cambiar la desgracia, pero compartiendo el sufrimiento se ponen del lado del condenado, y con su amor compartido se ponen del lado de Dios, que es Amor La tradición nos ha dejado otro ejemplo de aflicción salvadora: María, al pie de la cruz junto con su hermana, la esposa de Cleofás, y con María Magdalena y Juan. En un mundo plagado de crueldad, de cinismo o de connivencia provocada por el miedo, encontramos de nuevo —como en la visión de Ezequiel— un pequeño grupo de personas que se mantienen fieles; no pueden cambiar la desgracia, pero compartiendo el sufrimiento se ponen del lado del condenado, y con su amor compartido se ponen del lado de Dios, que es Amor. Este sufrimiento compartido nos hace pensar en las palabras sublimes de san Bernardo de Claraval en su comentario al Cantar de los Cantares (Serm. 26, n.5): «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis», Dios no puede padecer, pero puede compadecerse. A los pies de la cruz de Jesús es donde mejor se entienden estas palabras: «Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados». Quien no endurece su corazón ante el dolor,ante la necesidad de los demás, quien no abre su alma al mal, sino que sufre bajo su opresión, dando razón así a la verdad, a Dios, ése abre la ventana del mundo de par en par para que entre la luz. A estos afligidos se les promete la gran consolación. En este sentido, la segunda Bienaventuranza guarda una estrecha relación con la octava: «Dichosos los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». La aflicción de la que habla el Señor es el inconformismo con el mal, una denuncia que se opone al aturdimiento de las conciencias. Los afligidos con perseguidos a causa de la justicia, y se les promete el Reino de Dios, que es el verdadero consuelo. 1 Otras traducciones dicen “lo que lloran”. 2 La aflicción de la que habla el Señor es el inconformismo con el mal, una forma de oponerse a lo que hacen todos y que se le impone al individuo como pauta de comportamiento. El mundo no soporta este tipo de resistencia, exige colaboracionismo. Esta aflicción le parece como una denuncia que se opone al aturdimiento de las conciencias, y lo es realmente. Por eso los afligidos son perseguidos a causa de la justicia. A los afligidos se les promete consuelo, a los perseguidos, el Reino de Dios; es la misma promesa que se hace a los pobres de espíritu. Las dos promesas son muy afines: el Reino de Dios, vivir bajo la protección del poder de Dios y cobijado en su amor, éste es el verdadero consuelo. Y a la inversa: sólo entonces será consolado el que sufre; cuando ninguna violencia homicida pueda ya amenazar a los hombres de este mundo que no tienen poder, sólo entonces se secarán sus lágrimas completamente; el consuelo será total sólo cuando también el sufrimiento incomprendido del pasado reciba la luz de Dios y adquiera por su bondad un significado de reconciliación; el verdadero consuelo se manifestará sólo cuando «el último enemigo», la muerte (cf. 1 Co 15, 26), sea aniquilado con todos sus cómplices. Así, la palabra sobre el consuelo nos ayuda a entender lo que significa el «Reino de Dios» (de los cielos) y, viceversa, el «Reino de Dios» nos da una idea del tipo de consuelo que el Señor tiene reservado a todos los que están afligidos o sufren en este mundo. www.parroquiasantamonica.com

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS.


1 SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS. HABÍA UNA MUCHEDUMBRE INMENSA, “Y GRITABAN CON FUERTE VOZ: «LA SALVACIÓN ES DE NUESTRO DIOS, QUE ESTÁ SENTADO EN EL TRONO, Y DEL CORDERO»” (APOCALIPSIS 7,10) (...) “SON LOS QUE HAN LAVADO SUS VESTIDURAS Y LAS HAN BLANQUEADO CON LA SANGRE DEL CORDERO” (APOCALIPSIS 7,14). Cfr. Solemnidad de Todos los Santos, 1 noviembre 2009, Año B. Apocalipsis 7, 2- 4.9-14; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12. Cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita Anno A,Cittá Nuova XI edizione giugno 2001, festa di tutti i santi; Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme 3ª edizione novembre 1995; La Casa de la Biblia, Comentario al Nuevo Testamento, 6ª edición 1995. Apocalipsis 7, 2-4, 9-14. 2 Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; Con fuerte voz gritó a los cuatro ángeles a los que se les había encargado hacer dañó a la tierra y al mar, 3 diciéndoles: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.» 4 Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. 9 Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. 10 Y gritaban con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.» 11 Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios 12 diciendo: Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, Amén» 13 Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?» 14 Yo les respondí: «Señor mío, tu lo sabrás.» Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.» 1 Juan 3, 1-3: 1 “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!. Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. 2 Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es. 3 Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica para ser como él, que es puro.” Mateo 5, 1-12: 1 “Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. 2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: 3 «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.» ” 1. Primera Lectura, del Libro del Apocalipsis: “Había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (7,9). “Y gritaban con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero»” (7,10) (...) “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero” ( 7,14). o Apocalipsis significa «revelación»: • Es «la revelación que Jesucristo resucitado y glorioso hace a su Iglesia a través del apóstol S. Juan». Entre otras cosas se refiere a “la exposición de los designios divinos relativos al futuro del mundo y de la Iglesia (4,1-22,21)”. Con un lenguaje simbólico (simbolismos del reino animal, de los números, de los astros, etc.). 2 o Algunas características de esa muchedumbre, según los versículos citados del capítulo 7. La muchedumbre es innumerable y universal • Se describen en este texto con precisión las características de esta muchedumbre: es innumerable, y universal: pertenece a todas las naciones, razas, lenguas ... Todos los comentadores de este texto afirman que es el “cumplimiento de la promesa hecha a Abrahán”, cuando Dios le promete que le colmará de bendiciones y acrecentará sus descendencia “como las estrellas del cielo y las arenas de la playa” (Cf Génesis 22, 15-18). La muchedumbre está de pie con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. • También se habla en este texto de varias actitudes de esa multitud: a) está de pié con vestiduras blancas, es decir, revestidos ya de la gloria de Cristo; b) está con palmas en sus manos: en señal de victoria contra el mal, esa muchedumbre participa ya de la resurrección de Cristo. • Juan Pablo II comenta así este pasaje (Homilía del 1 de noviembre de 1981): “Las personas vestidas de blanco, son los redimidos y constituyen una ‘muchedumbre inmensa’, cuyo número es incalculable y cuya proveniencia es variadísima. La sangre del cordero que se ha inmolado por todos, ha ejercitado en cada ángulo de la tierra su universal y eficacísima virtud redentora, aportando gracia y salvación a esa ‘muchedumbre inmensa’. Después de haber pasado por las pruebas y de ser purificados en la sangre de Cristo, ellos - los redimidos – están a salvo en el Reino de Dios y lo alaban y bendicen por los siglos”. Blancas, como representación de la divinidad. • Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno B, Piemme 1996. p. 393: “Han sido hechas blancas por un método a primera vista ``contradictorio’: «han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero». (...) en el simbolismo cromático de el Apocalipsis el blanco es la representación de la divinidad, de la luz perfecta, de la eternidad. Ella es conseguida a través de la sangre, es decir, a través del martirio, de la fidelidad también en la ‘gran tribulación’, en la persecución, en la prueba, en las angustias. Así tenemos, por tanto, la celebración de los mártires y también la de todos aquellos que, con fidelidad, llevan ‘todos los días’ la cruz (Lucas 9, 23), recordando las palabras de Pablo a Bernabé (Hechos 14,22): «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios». Las palmas, en señal de victoria. • Gianfranco Ravasi o.c. p. 393: “En el mundo romano se agitaba la palma con ocasión de los triunfos imperiales; era, por tanto, señal de victoria y de gloria. La felicidad es la meta de una existencia fiel; es la comunión con Dios que es el atracadero último de la vida del justo, como ya amonestaba el autor del libro de la Sabiduría (3, 2-3): 2 A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto; se tuvo por quebranto su salida, 3 y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz. 4 Aunque, a juicio de los hombres, hayan sufrido castigos, su esperanza estaba llena de inmortalidad 5 por una corta corrección recibirán largos beneficios pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí; 6 como oro en el crisol los probó y como holocausto los aceptó. o Cristo quien nos ha redimido, es quien nos salva. La redención nos viene ante todo por la sangre de la Cruz, aunque toda la vida de Cristo es Redención. Carta a los Hebreos, 9, 11-22 • A través de su propia sangre - no de la sangre de machos cabríos y becerros – entró de una vez para siempre en el Santuario y consiguió una redención eterna (v. 12); • Si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! (v. 13-14) • Sin derramamiento de sangre no hay remisión (v. 22) Un texto de San Pablo y otro de San Pedro • Toda la vida de Cristo es Redención y ésta nos viene ante todo por la sangre de la Cruz. Dos afirmaciones, entre otras, se pueden resaltar que se refieren a este hecho: San Pablo dice a los Efesios que “En él tenemos, por medio de su sangre, la redención” (1,7); San Pedro con tonos vibrantes expone a los primeros cristianos, ya desde el inicio de su primera Carta, que Cristo es el Redentor y que ha llevado a cabo esa redención con el derramamiento de su sangre: “Habéis sido rescatados de vuestra conducta vana, 3 heredada de vuestros mayores, no con bienes corruptibles, plata u oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha” (1, 18-19). En el Catecismo de la Iglesia Católica: • CEC 517: Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (Cf Efesios 1, 7; Colosenses 1, 13-14; 1 Pedro 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza (Cf 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento (Cf Lucas 2, 51); en su palabra que purifica a sus oyentes (182); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales «él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mateo 8, 17) (Cf Isaías 53, 4); en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica (Cf Romanos 4, 25). • CEC 613: La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (Cf 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del «cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29) (Cf 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (Cf 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (Cf Ex 24, 8) reconciliándole con El por «la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28) (Cf Lv 16, 15-16). Constitución Gaudium et spes: • Gaudium et spes, 22: “Cordero inocente, Él, con su sangre libremente derramada, nos ha merecido la vida y, en Él, Dios nos ha reconciliado consigo y entre nosotros (Cf. 2 Co 5,18-19; Col 1, 20-22) ; nos liberó de la esclavitud de Satanás y del pecado, de suerte que cada uno de nosotros puede repetir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gál 2,20).” o Murió por todos. • Ciertamente, nuestra colaboración es importante, pero lo decisivo es dejarse conducir por la gracia y el amor de Dios. El amor de Dios ha consistido en que “envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados” (1 Jn 4,10); en ese «nuestros pecados» se entiende que Cristo ha muerto por todos los hombres, sin excepción. Así es expuesto este punto de una manera breve y concisa en el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC 605): “Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (Cf Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (Cf 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc. Quiercy, año 853: DS 624).” 2. La sangre de Cristo – J. Ratzinger J. RATZINGER , Ser cristiano – Ed. Sígueme, Salamanca, 1967. Págs. 99-106 He aquí el madero de la Cruz MIRARÁN al que traspasaron» (Jn 19,37). (...) Mientras los corderos pascuales sangran en el templo, muere el Hijo de Dios, asesinado por los que creen honrar a Dios en el templo, y sustituye el culto infructuoso con la realidad de su amor Mientras los corderos pascuales sangran en el templo, muere un hombre fuera de la ciudad, muere el Hijo de Dios, asesinado por los que creen honrar a Dios en el templo. Dios muere como hombre; se entrega a sí mismo a los hombres, que no pueden dársele, sustituyendo así los cultos infructuosos con la realidad de su inmenso amor. (…) Lo que sucedió a los ojos del mundo como un hecho exclusivamente profano, como el juicio de un hombre condenado por seductor político, fue en realidad la única liturgia auténtica de la historia humana; la liturgia cósmica por la que Jesús, no en el limitado círculo de la actividad litúrgica —el templo—, sino ante todo el mundo, se presenta ante el Padre, a través de su muerte en el verdadero templo, sin necesitar la sangre de las víctimas, porque se entrega a sí mismo como corresponde al verdadero amor. La realidad del amor que se entrega a sí mismo termina con todos los sustitutivos. (…) La Iglesia nació del costado abierto de Cristo muerto. El costado abierto define a Cristo como al hombre que existe para los demás. 4 El segundo texto del Antiguo Testamento, incluido en la escena de la lanzada, deja más claro aún lo que hemos dicho, aunque es difícil de entender en sí mismo. Juan dice que un soldado abrió el costado de Jesús con una lanza (Juan, 19,34). (…) La Iglesia nació del costado abierto de Cristo muerto; dicho de otra forma menos simbólica: la muerte del Señor, la radicalidad de su amor, que alcanza hasta la entrega definitiva, es precisamente la que fundamenta sus frutos. Al no quererse encerrar en el egoísmo del que sólo vive para sí y se sitúa por encima de todos los otros, se abrió y salió de sí mismo a fin de existir para los demás, con lo que sus méritos se extienden a todas las épocas. El costado abierto es, pues, el símbolo de una nueva imagen del hombre, de un nuevo Adán; define a Cristo como al hombre que existe para los demás. Es posible que sólo a partir de aquí se comprendan las profundas afirmaciones de la fe sobre Jesucristo, igual que a partir de aquí resulta clara la misión inmediata del crucificado en nuestras vidas. Jesucristo existe para los demás; hacerse cristiano significa existir para los otros. (…) Precisamente porque existe para los demás es, totalmente, él mismo, meta de la verdadera esencia humana. Hacerse cristiano significa hacerse hombre, existir para los otros y existir a partir de Dios. El costado abierto del crucificado, la herida mortal del nuevo Adán, es el punto de partida del verdadero ser hombre del hombre. «Mirarán al que traspasaron». Brotaron sangre y agua o La mirada al costado abierto de Cristo nos mantendrá orientados en medio del laberinto de las callejuelas de la vida. La sangre y el agua que brotaron, que representan los sacramentos de la eucaristía y del bautismo, nos introducen en la vida de Cristo. Miremos de nuevo el costado abierto de Cristo crucificado, ya que esta mirada es el sentido íntimo del viernes santo, que desea apartar nuestra vista de los atractivos del mundo, de la Fata Morgana de sus ofrecimientos y promesas, y dirigirla hacia el verdadero punto que puede mantenernos orientados a través del laberinto de callejuelas que sólo sirven para hacernos dar vueltas. Juan piensa que la Iglesia, en el fondo, toma su origen del costado traspasado de Cristo, incluso de otra forma distinta a como se ha expresado hasta ahora. Indica que de la herida del costado brotaron sangre y agua. Sangre y agua representan para él los dos sacramentos fundamentales, eucaristía y bautismo, que, a su vez, significan el contenido auténtico de la esencia de la Iglesia. Bautismo y eucaristía son las dos formas como los hombres se introducen en el ámbito vital de Cristo. Significado del bautismo: la inmersión de mi vida en la de Cristo, que se convierte en ámbito de misericordia. Porque el bautismo significa que un hombre se hace cristiano, que se sitúa bajo el nombre de Jesucristo. Y este situarse bajo un nombre representa mucho más que un juego de palabras; podemos comprender su sentido a través del hecho del matrimonio y de la comunidad de nombres que se origina entre dos personas, como expresión de la unión de sus seres. El bautismo, que como plenitud sacramental nos liga al nombre de Cristo, significa, pues, un hecho muy parecido al del matrimonio: penetración de nuestra existencia por la suya, inmersión de mi vida en la suya, que se convierte así en medida y ámbito de misericordia. Significado de la eucaristía: al comer el cuerpo del Señor, nos saca de nosotros mismos y nos introduce en él. La eucaristía significa sentarse a la mesa con Cristo, uniéndonos a todos los hombres, ya que al comer el mismo pan, el cuerpo del Señor, no sólo lo recibimos, sino que nos saca de nosotros mismos y nos introduce en él, con lo que forma realmente su Iglesia. Juan relaciona ambos sacramentos con la cruz, los ve brotar del costado abierto del Señor y encuentra que aquí se cumple lo dicho por él en el discurso de despedida: me voy y vuelvo a vosotros (Juan 14, 28). (…) En la muerte del Señor se ha realizado el destino del grano de trigo que nos alimenta en la eucaristía, comunicación inagotable del amor de Jesucristo. De este modo, en la muerte del Señor se ha realizado el destino del grano de trigo (Juan 12,24). Si éste no cae a tierra queda solo; pero si cae en la tierra y muere produce gran fruto. Todavía nos alimentamos de este fruto del grano de trigo muerto: el pan de la eucaristía es la comunicación inagotable del amor de Jesucristo, suficientemente rico para saciar el hambre de todos los siglos y que, naturalmente, exige también nuestra cooperación en favor de esta multiplicación de los panes. El par de panes de cebada de nuestra vida puede parecer inútil, pero el Señor los necesita y los exige. Los sacramentos son frutos del grano de trigo muerto. Exigen de nosotros perdernos a nosotros mismos, sin lo cual es imposible encontrarse con Cristo. Los sacramentos de la Iglesia son, como ella misma, frutos del grano de trigo muerto. El recibirlos exige de nosotros que nos introduzcamos en ese movimiento del que ellos proceden. Exige de nosotros 5 ese perderse a sí mismo, sin el que es imposible encontrarse: «El que quiera guardar su vida la perderá; pero el que quiera perderla por mí y por el evangelio, la encontrará». Estas palabras del Señor son la fórmula fundamental de la vida cristiana. En definitiva, creer no es otra cosa que decir sí a esta santa aventura del perderse, lo que en su núcleo más íntimo se reduce al amor verdadero. De esta forma, la vida cristiana adquiere todo su esplendor a partir de la cruz de Jesucristo; y la apertura cristiana al mundo, de la que tanto oímos hablar hoy día, sólo puede encontrar su verdadera imagen en el costado abierto del Señor, expresión de aquel amor radical que es el único que puede salvarnos. Agua y sangre brotaron del cuerpo traspasado del crucificado. Así, lo que es primordialmente señal de su muerte, de su caída en el abismo, es, al mismo tiempo, un nuevo comienzo: el crucificado resucitará y no volverá a morir. De las profundidades de la muerte brota la promesa de la vida eterna. Sobre la cruz de Jesucristo brilla ya el resplandor glorioso de la mañana de pascua. Vivir con él de la cruz significa, pues, vivir bajo la promesa de la alegría pascual. 3. Cristo quiere asociarnos a su sacrificio redentor; el cristiano debe reproducir la vida de Cristo. Nos llama a tomar su cruz y a seguirle • Por otra parte, quiere asociarnos a su sacrificio redentor y nos llama a «tomar su cruz y a seguirle» (Mateo 16,24; Cf Lucas 9, 23), porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Pedro 2,21). Esto es lo que expresa San Pablo en su Carta de los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo que es la Iglesia» (1,24). Con estas palabras, San Pablo no quiere indicar que la mediación de Cristo no sea perfecta - por el contrario, muchas veces en sus Cartas proclama la perfecta mediación de Cristo -, sino que tiene conciencia de que él, en su vida cristiana, debe reproducir la vida de Cristo. • Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 562): “Los discípulos de Cristo deben asemejarse a El hasta que El crezca y se forme en ellos. (Cf Gálatas 4, 19) «Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con El estamos identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con El». (Lumen Gentium, 7)”. Dado que formamos con Cristo un Cuerpo místico y la cabeza de este Cuerpo ya ha sufrido para la salvación de todos, ahora los miembros debemos seguir su suerte. • Gaudium et spes, 22: “Al padecer por nosotros, no solamente dio ejemplo para que sigamos sus huellas (Cf. 1 Pedro 2,21; Mateo 16,24; Lucas 14,27), sino que también nos abrió un camino en cuyo recorrido la vida y la muerte son santificadas a la par que revisten un nuevo significado”. En los momentos duros de la vida, cuando Dios permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, difamaciones .... • San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 302; cfr. n. 301: “Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus Llagas. Y en esos tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder, necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas Santísimas Heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa Sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura (Cfr. Cantar de los Cantares 2,14), se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo: y veremos que su modo de conversar es apacible y su rostro hermoso (Cfr. Cantar de los Cantares 2, 14), porque los que conocen que su voz es suave y grata, son los que recibieron la gracia del Evangelio, que les hace decir: Tú tienes palabras de vida eterna. (S. Gregorio Niseno, In Canticum Canticorum homiliae, 5). 4. Nuestra esperanza está en la fuerza de la Redención: en el encuentro con Cristo • En esta solemnidad todos podemos fomentar nuestra esperanza de llegar a estar, al final de nuestra existencia en esta tierra, en esa “multitud numerosa”; y ello porque esperamos en la fuerza de la Redención, sabemos que, si nos acercamos al Señor, si nos encontramos con Cristo, todos podemos “lavar las vestiduras y blanquearlas con la sangre del Cordero”. Por tanto, la diferencia entre nosotros y los componentes de esa ‘muchedumbre numerosa’, es que ellos son bienaventurados porque ya poseen la gloria, y nosotros somos bienaventurados - felices, alegres – «en la esperanza» (Cf. Romanos 12,12). 6 o Lugares de encuentro con Cristo • Juan Pablo II señala (Exhortación Apostólica «Ecclesia in America, 22-I-1999, n. 12) tres lugares de encuentro con Cristo: en la lectura de la Sagrada Escritura; en los Sacramentos; en las personas, especialmente si están necesitadas. En primer lugar, « la Sagrada Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración ».(24) Se ha recomendado fomentar el conocimiento de los Evangelios, en los que se proclama, con palabras fácilmente accesibles a todos, el modo como Jesús vivió entre los hombres. La lectura de estos textos sagrados, cuando se escucha con la misma atención con que las multitudes escuchaban a Jesús en la ladera del monte de las Bienaventuranzas o en la orilla del lago de Tiberíades mientras predicaba desde la barca, produce verdaderos frutos de conversión del corazón. Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es la sagrada Liturgia.(25) Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima exposición de las múltiples presencias de Cristo en la Liturgia, cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una constante predicación: Cristo está presente en el celebrante que renueva en el altar el mismo y único sacrificio de la Cruz; está presente en los Sacramentos en los que actúa su fuerza eficaz. Cuando se proclama su palabra, es Él mismo quien nos habla. Está presente además en la comunidad, en virtud de su promesa: « Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20). Está presente « sobre todo bajo las especies eucarísticas ».(26) Mi predecesor Pablo VI creyó necesario explicar la singularidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que « se llama “real” no por exclusión, como si las otras presencias no fueran “reales”, sino por antonomasia, porque es substancial ».(27) Bajo las especies de pan y vino, « Cristo todo entero está presente en su “realidad física” aún corporalmente ».(28) La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo, están sugeridas en el relato de la aparición del Resucitado a los dos discípulos de Emaús. Además, el texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el que se afirma que seremos juzgados sobre el amor a los necesitados, en quienes misteriosamente está presente el Señor Jesús, indica que no se debe descuidar un tercer lugar de encuentro con Cristo: « Las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica ».(29) Como recordaba el Papa Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II, « en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del hombre ».(30) o Vivimos la esperanza cristiana cuando vivimos como «pobres de espíritu» (cf Mt 5,3), que ponen toda su confianza en el Señor. • Vivimos esa esperanza cristiana cuando vivimos como “pobres de espíritu” (Cf. Mateo 5,3, Evangelio de hoy). El “pobre de espíritu” (`anawîm) no es solamente quien vive desprendido, sino el que pone toda su confianza en el Señor. Tiene mucho que ver con la infancia espiritual y con la verdadera humildad, necesarias para entrar en el Reino de los Cielos. Sobre el pobre se extiende el manto protector de Dios. En el Antiguo Testamento se dice que su abogado defensor es Dios mismo “padre de los huérfanos y defensor de las viudas” (Sal 68,6). Toda ofensa, abuso u opresión del pobre, es sacrilegio, blasfemia, pecado contra el Señor. “El grito del pobre atraviesa las nubes, hasta que no llega a su término él no se consuela. No desiste hasta que el Altísimo le atiende, juzga a los justos y les hace justicia” (Eclesiásico 35, 17-18). “Has visto la pena y la tristeza, las miras y las tomas en tu mano: el desvalido en ti se abandona, tú eres el auxilio del huérfano” (Sal 10,14). Este salmo es un simple ejemplo de lo que aparece en general en todos los salmos, por lo que se refiere al comportamiento del Señor con los “pobres de espíritu”: Dios protege, defiende, salva, rescata, no olvida, hace justicia, escucha, acoge, guía. o La debilidad y la fuerza de quien confía sólo en el poder de Dios. Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general 29 octubre 2008 • Para san Pablo la cruz tiene un primado fundamental en la historia de la humanidad; representa el punto central de su teología, porque decir cruz quiere decir salvación como gracia dada a toda criatura. El tema de la cruz de Cristo se convierte en un elemento esencial y primario de la predicación del Apóstol: el ejemplo más claro es la comunidad de Corinto. Frente a una Iglesia donde había, de forma preocupante, desórdenes y escándalos, donde la comunión estaba amenazada por partidos y divisiones internas que ponían en peligro la unidad del Cuerpo de Cristo, san Pablo se presenta no con sublimidad de palabras o de sabiduría, sino con el anuncio de Cristo, de Cristo crucificado. Su fuerza no es el lenguaje persuasivo sino, paradójicamente, la debilidad y la humildad de quien confía sólo en el "poder de Dios" (cf. 1 Corintios 2, 1- 5). La cruz: escándalo (para los judíos) y necedad (para los griegos, los paganos, gentiles). • La cruz, por todo lo que representa y también por el mensaje teológico que contiene, es escándalo y necedad. Lo afirma el Apóstol con una fuerza impresionante, que conviene escuchar de sus mismas palabras: "La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para 7 nosotros— es fuerza de Dios. (...) Quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Corintios 1, 18-23). La lógica griega es también la lógica de nuestro tiempo: el anuncio cristiano es considerado insípido, irrelevante, en el plano de la lógica racional. • Para los paganos, el criterio de juicio para oponerse a la cruz es la razón. En efecto, para estos últimos la cruz es moría, necedad, literalmente insipidez, un alimento sin sal; por tanto, más que un error, es un insulto al buen sentido. San Pablo mismo, en más de una ocasión, sufrió la amarga experiencia del rechazo del anuncio cristiano considerado "insípido", irrelevante, ni siquiera digno de ser tomado en cuenta en el plano de la lógica racional. Para quienes, como los griegos, veían la perfección en el espíritu, en el pensamiento puro, ya era inaceptable que Dios se hiciera hombre, sumergiéndose en todos los límites del espacio y del tiempo. Por tanto, era totalmente inconcebible creer que un Dios pudiera acabar en una cruz. Y esta lógica griega es también la lógica común de nuestro tiempo. El concepto de apátheia indiferencia, como ausencia de pasiones en Dios, ¿cómo habría podido comprender a un Dios hecho hombre y derrotado, que incluso habría recuperado luego su cuerpo para vivir como resucitado? "Te escucharemos sobre esto en otra ocasión" (Hch 17, 32), le dijeron despectivamente los atenienses a san Pablo, cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos. Creían que la perfección consistía en liberarse del cuerpo, concebido como una prisión. ¿Cómo no iban a considerar una aberración recuperar el cuerpo? En la cultura antigua no parecía haber espacio para el mensaje del Dios encarnado. Todo el acontecimiento "Jesús de Nazaret" parecía estar marcado por la más total necedad y ciertamente la cruz era el aspecto más emblemático. 5. Las bienaventuranzas (Evangelio de hoy): para saber cuál es el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles a la montaña de las bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la Solemnidad todos los Santos, 1 noviembre 2000: “Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Pero para saber cuál es el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles a la montaña de las bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También hoy nos repite: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Maestro divino proclama "bienaventurados" y, podríamos decir, "canoniza" ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de prejuicios y condicionamientos y, por tanto, están dispuestos a cumplir en todo la voluntad divina. La adhesión total y confiada a Dios supone el desprendimiento y el desapego coherente de sí mismo. Bienaventurados los que lloran. Es la bienaventuranza no sólo de quienes sufren por las numerosas miserias inherentes a la condición humana mortal, sino también de cuantos aceptan con valentía los sufrimientos que derivan de la profesión sincera de la moral evangélica. Bienaventurados los limpios de corazón. Cristo proclama bienaventurados a los que no se contentan con la pureza exterior o ritual, sino que buscan la absoluta rectitud interior que excluye toda mentira y toda doblez. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. La justicia humana ya es una meta altísima, que ennoblece el alma de quien aspira a ella, pero el pensamiento de Jesús se refiere a una justicia más grande, que consiste en la búsqueda de la voluntad salvífica de Dios: es bienaventurado sobre todo quien tiene hambre y sed de esta justicia. En efecto, dice Jesús: "Entrará en el reino de los cielos el que cumpla la voluntad de mi Padre" (Mt 7, 21)”. Bienaventurados los misericordiosos. Son felices cuantos vencen la dureza de corazón y la indiferencia, para reconocer concretamente el primado del amor compasivo, siguiendo el ejemplo del buen samaritano y, en definitiva, del Padre "rico en misericordia" (Ef 2, 4). Bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz, síntesis de los bienes mesiánicos, es una tarea exigente. En un mundo que presenta tremendos antagonismos y obstáculos, es preciso promover una 8 convivencia fraterna inspirada en el amor y en la comunión, superando enemistades y contrastes. Bienaventurados los que se comprometen en esta nobilísima empresa. Bienaventurados los misericordiosos. Son felices cuantos vencen la dureza de corazón y la indiferencia, para reconocer concretamente el primado del amor compasivo, siguiendo el ejemplo del buen samaritano y, en definitiva, del Padre "rico en misericordia" (Ef 2, 4). Bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz, síntesis de los bienes mesiánicos, es una tarea exigente. En un mundo que presenta tremendos antagonismos y obstáculos, es preciso promover una convivencia fraterna inspirada en el amor y en la comunión, superando enemistades y contrastes. Bienaventurados los que se comprometen en esta nobilísima empresa. Los santos, a pesar de las pruebas, las sombras y los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. • Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su "felicidad" vendría de traducirlas concretamente en su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria con la experiencia: a pesar de las pruebas, las sombras y los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del reino de Dios. Esto lo descubrió, de modo particular, María santísima, que vivió una comunión única con el Verbo encarnado, entregándose sin reservas a su designio salvífico. Por esta razón se le concedió escuchar, con anticipación respecto al "sermón de la montaña", la bienaventuranza que resume todas las demás: "¡Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!" (Lc 1, 45). www.parroquiasantamonica.com

Las bienaventuranzas. Domingo 6º del tiempo ordinario. Año C.


1 Las bienaventuranzas. Domingo 6º del tiempo ordinario. Año C. La pobreza de espíritu. El evangelista propone a nuestra atención más que una condición social de pobreza, una actitud que es propia de quien confía exclusivamente en Dios. Acogen el reino de Dios, sobre todo, quienes tienen un corazón libre y disponible. Pobre es quien confía en el Señor, quien no busca la seguridad en sí mismo. Dichoso/Bienaventurado el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Cfr. 6º Domingo tiempo ordinario Año C 14 febrero 2010 Jeremías 17, 5-8; Salmo 1, 1-2.3.4-6; 1 Corintios 15, 12.16-20; Lucas 6, 17.20-26 1. Introducción El Discurso de la Montaña (en Mateo caps. 5-7) es el primero de los cinco grandes discursos en los que S. Mateo reúne las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. En este primero aparece una síntesis de quiénes son los que pertenecen al Reino de Dios (5, 1-12) y qué actitudes deben guardar con respecto a la Ley (5, 17-48; 6, 16-18), a Dios (6, 25-34), al prójimo (6, 1-4; 7, 1-5), y en la oración (6,7-14; 7, 7-11). (Cfr. Nuevo Testamento, Eunsa Mt 5, 1,7-7,29). Las bienaventuranzas (Mateo 5, 1-11) son el «pórtico» del Discurso de la Montaña. CCE 1717: Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos. La «bienaventuranza» era una forma literaria que en el AT se usaba para celebrar la felicidad del justo que confía su vida al camino indicado por Dios, sin dejarse seducir por la fascinación del mal. “Feliz quien no sigue el consejo de malvados .. sino que se recrea en la ley de Yahvé, susurrando su ley día y noche. Será como árbol plantado entre acequias, da su fruto en sazón, su fronda no se agosta”. (Salmo 1). 2. Textos de la liturgia 6º C Texto de Jeremías (605 a.C y siguientes): primera lectura • Jeremías 17, 5-8: 5 Así dice Yahveh: Maldito sea quien confía en el hombre, que en él [en la carne] pone su fuerza, y aparta de Yahveh en su corazón. 6 Será como un cardo en la estepa, que no disfruta del agua cuando llueve, vivirá en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable.7 Bendito sea aquel que fía en Yahveh, y en él pone su confianza. 8 Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos. Sal 1,1-2. 3. 4 y 6 R/. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. 1 Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, 2 sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. 3 Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. 4 No así los impíos, no así: serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, 6 pero el camino de los impíos acaba mal. • Es Cristo que pasa, 119: El justo encuentra en la ley de Yavé su complacencia y a acomodarse a esa 2 ley tiende, durante el día y durante la noche (Salmo 1,2). Por la mañana pienso en ti (Cf. Salmo 62,7); y, por la tarde, se dirige hacia ti mi oración como el incienso (Cf. Salmo 140,2). Toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche. Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración (Cf. Deuteronomio 6, 6 y 7). Texto del Evangelio • Lucas 6, 17.20-26: 20 Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. 21 Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. 22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del hombre. 23 Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas. 24 «Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya habéis recibido vuestro consuelo. 25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque gemiréis y lloraréis. 26 ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo se comportaban sus padres con los falsos profetas. 3. Comentarios al texto del Evangelio. o Algunas consecuencias de la fe en el Dios único en el Catecismo: - n. 226: Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el Único, nos lleva a usar de todo lo que no es El en la medida en que nos acerca a El, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de El (Cf Mateo 5, 29- 30; 16, 24; 19, 23-24): Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a ti (S. Nicolás de Flüe, oración). - n. 227: Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: Nada te turbe, / Nada te espante, Todo se pasa, / Dios no se muda, La paciencia / Todo lo alcanza; Quien a Dios tiene / Nada le falta: ö Sólo Dios basta (Poes. 30). Pobres. S. Mateo añade: «de espíritu». (Mateo 5,3) • El evangelista propone a nuestra atención más que una condición social de pobreza, una actitud de humildad, que es propia de quien confía exclusivamente en Dios. 4. Acogen el reino de Dios, sobre todo, quienes tienen un corazón libre y disponible. • Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme 1999, p. 178: “La provocación de Jesús es evidente. El no quiere tanto exaltar un estado social que sobre todo humilla al hombre y que él mismo ha intentado sanar durante su itinerario terrenal. Jesús quiere, por el contrario, hacer ver que el escuchar y acoger el reino de Dios se da, sobre todo, entre los últimos y los humildes, porque ellos tienen el corazón libre y disponible. Los ricos, los que se han saciado, los que están satisfechos, los poderosos están demasiado llenos de sí y de las cosas, de modo que no consiguen acoger algo más; en concreto, no saben hacer florecer sobre el terreno demasiado exuberante de su conciencia el árbol del Reino de Dios y del amor. Y ésta es, por el contrario, la capacidad de los «pobres del Señor», que saben acoger y donar, escuchar y poner en práctica, creer y amar. Es éste un tema apreciado por Lucas, que en la riqueza, símbolo de toda posesión egoísta y de todo poder orgulloso, ve el obstáculo radical para acceder al Reino de Dios”. 5. Dos modos de concebir la vida: o en función exclusivamente de esta vida, o en función también de la vida eterna. • Raniero Cantalamessa, Passa Gesù di Nazaret, Piemme 1999, p. 73: “Jesús subraya, en esta página, dos modos de concebir la vida: o «para el reino de Dios», o «para la propia consolación»; es decir, o en función exclusivamente de esta vida, o en función también de la vida eterna. Esto es lo que resalta el esquema d Lucas: «Bienaventurados vosotros - «ay de vosotros». «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios ... ¡Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ... Dos categorías, dos mundos. (...) Jesús no canoniza simplemente todos los pobres, los hambrientos, los que lloran o los que son 3 perseguidos, como no demoniza simplemente a todos los ricos, los que viven saciados, los que ríen o los que son aplaudidos. La distinción es más profunda; se trata de saber sobre lo que cada uno funda la propia seguridad, sobre qué terreno está construyendo el edificio de su vida: si sobre lo que es pasajero o sobre lo que no es pasajero. Una pista valiosa para entender las Bienaventuranzas se encuentra en la primera Lectura, donde Jeremías dice: «5 Maldito sea quien confía en el hombre, que en él [en la carne] pone su fuerza, y aparta de Yahveh en su corazón. 6 Será como un cardo en la estepa .... 7 Bendito sea aquel que fía en Yahveh, y en él pone su confianza. 8 Es como árbol plantado a las orillas del agua ... 6. Comentario al texto de la primera lectura de Jeremías o El sentido de las bienaventuranzas se refiere a una pregunta fundamental que nos podemos hacer todos: ¿dónde pongo mi corazón en esta vida? a) Este texto de la primera lectura, nos ayuda a comprender la radicalidad y el sentido de las bienaventuranzas, que se refieren a una pregunta fundamental en la vida del hombre: ¿dónde pongo mi corazón?, ¿dónde pongo mi esperanza para vivir, para trabajar, para encontrar la felicidad? b) Confiar en la carne, es decir confiar en uno mismo, en el hombre, es buscar la seguridad en esta vida exclusivamente en una situación social limitada: en la situación económica, en el prestigio, en la familia, etc. La carne en sentido bíblico es el hombre con sus límites, en su debilidad, en la caducidad y corruptibilidad. c) La misma sabiduría encontramos en el salmo número 1, el salmo responsorial: también se nos dice que es “dichoso el hombre que confía en el Señor”. (vid. el texto). d)Toda condición social, económica, etc. debe ser valorada a la luz del Reino de Dios. El bien y el mal derivan del uso que hacemos, según que esas realidades sean instrumento o bien obstáculo para la salvación. Desprenderse o renunciar a las realidades terrenas cuando sea necesario es indispensable en la medida en que obstaculicen la propia salvación. e) El amor humano, la abundancia de bienes, la técnica la ciencia, la cultura .... deberían ser un bien para todos, para la felicidad de cada uno y de los pueblos, pero no serán suficientes para satisfacer las aspiraciones del corazón. 7. Los «pobres» o «humildes» en la Biblia. La pobreza viene a parecerse a la «infancia espiritual» necesaria para entrar en el Reino. Pobre es quien confía en el Señor, no busca la seguridad en sí mismo. a) Pobre de espíritu: quien confía en el Señor, no en sus bienes, etc. • "Los pobres en el espíritu" son aquellos, a los que se refiere el Profeta Sofonías (1ª Lectura), diciendo: "el pueblo pobre y humilde, que confia en el Señor". No es posible vivir las Bienaventuranzas sin confiar en el Señor. No es simplemente el miserable, porque se puede ser indigente y egoísta apegado a la única moneda que se posee. Es quien no fundamenta su seguridad y su confianza en los bienes que posee, en el triunfo, en el orgullo, en los ídolos del oro y del poder. Su corazón está abierto a Dios y a los hermanos. A esto se refiere San Pablo (1 Cor 1, 26-31) cuando dice: “26 Considerad, si no hermanos, vuestra vocación; porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; 28 escogió Dios a lo vil, a los despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir a lo que es, 29 de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios”. “Pobres” son los que se sienten nada sin Dios, los que se saben que nada pueden sin Dios. La pobreza espiritual es lo contrario a la auto-suficiencia, al orgullo, al creer que todo se puede lograr, y que basta proponérselo. “Quien es soberbio no es pobre de espíritu: por tanto el humilde es el pobre de espíritu. Es alto el reino de los cielos: «pero quien se humilla será exaltado” (Lc 14,11). (San Agustín, Sermón 53, 1-6.9) b) Pobre de espíritu es quien se somete a la voluntad de Dios. Sofonías 2,3: “«Humildes»o «pobres», en hebreo ‘anawîm’. Los pobres tienen gran importancia en la Biblia. Si la literatura sapiencial tiende a considerar la pobreza, rêš, como efecto de la pereza (Pr 10,4 – pero ver Pr 14,21; 18,12-), los profetas saben que los pobres son ante todo los oprimidos, ‘aniyyîm; reclaman justicia para los débiles y pequeños, dal-lîm, y los indigentes, ‘eboyônîm’ (Am 2,6; Is 10,2; ver Jb 34, 28ss; Si 4,1 s.). El Deuteronomio, siguiendo a Ex 22,20-26; 23,6, les hace eco con su legislación humanitaria, Dt 24, 10s. Con 4 Sofonías, el vocabulario de la pobreza toma un colorido moral y escatológico (3, 11s; ver Is 49,13; 57, 14,21; 66,2; Sal 22,27; 34, 3s.; 37,11s; 69,34; 74,19; 149,4; ver también Mt 5,3+; Lc 1,52; 6,20; 7,22. Los ‘anawîm son en una palabra los israelitas sumisos a la voluntad divina. (...) A los pobres es a quienes será enviado el Mesías (Is 61,1; ver 11,4; Sal 72,12s; Lc 4,18). Él mismo será humilde y manso (Za 9,9; ver Mt 11,29; 21,5), y será incluso oprimido (Is 53,4; Sal 22,25). (Biblia de Jerusalén). c) La pobreza viene a parecerse a la infancia espiritual. Mateo 5,3: “Cristo recoge la palabra «pobre» con el matiz moral perceptible ya en Sofonías (ver So 2,3+)), hecho aquí explícito por la expresión «de espíritu», ausente en Lc 6,20. Indefensos y oprimidos, los «pobres» o los «humildes» están a punto para el Reino de los Cielos; tal es el tema de la Bienaventuranzas (ver Lc 4,18; 7,22=Mt 11,5; Lc 14,13; St 2,5). La pobreza viene a parecerse a la «infancia espiritual» necesaria para entrar en el Reino (Mt 18, 1s;Mc 9,33s; ver Lc 9,46; Mt 19,13sp; 11,25sp (el misterio revelado a los «pequeños», nêpioi, ver Lc 12,32; 1 Cor 1,26). A los «pobres», ptojôi, corresponden también los «humildes», tapeinoi, Lc 1,48.52; 14,11; 18,14; Mt 23,12; 18,4, los «últimos» opuestos a los «primeros», Mc 5,35, los «pequeños» opuestos a los «grandes» (Lc 9,48; ver Mt 19,30p; 20, 26p – ver Lc 17,10). Si bien la fórmula de Mt 5,3 subraya el espíritu de pobreza, tanto en el rico como en el pobre, a lo que Cristo se refiere generalmente es a una pobreza efectiva, en especial para sus discípulos (Mt 16, 19s; ver Lc 12, 33s; Mt 6, 25p; 4, 18 sp – ver Lc 5 1s -; 9,9p; 19,21 p; 19,27 – ver Mc 10, 28p -; ver Hch 2,44s; 4,32s -). Él mismo da ejemplo de pobreza (Lc 2,7; Mt 8,20p), y de humildad (Mt 11,29; 20,28p; 21,5; Jn 13,12s; ver 2 Co 8,9; Flp 2,7s). Se identifica con los pequeños y los desdichados (Mt 25,45; ver 18,5sp). 8. No poner la esperanza en ..... • 1 Timoteo 6, 17-19: 17 A los ricos de este mundo ordénales que no sean engreídos y que no pongan su esperanza en las riquezas perecederas, sino en Dios, que nos provee de todo con abundancia para que lo disfrutemos; 18 que practiquen el bien, que se enriquezcan en buenas obras, que sean generosos al dar y hacer a otros partícipes de sus bienes, 19 que atesoren para el futuro unos sólidos fondos con los que ganar la vida verdadera. 9. San Agustín (354-430), De civit. Dei, 1,29 o La certeza de los cristianos: el cristiano usa de los bienes terrenos sin hacerse esclavo. • “La familia del sumo y verdadero Dios tiene su consuelo, no engañoso, no fundado en la esperanza de bienes caducos e incierto; y no debe angustiarse por la misma vida temporal en la que viene amaestrada para la vida eterna; como peregrina, usa de los bienes terrenos sin hacerse esclava, mientras los males de la tierra son para ella prueba o corrección. Pero los que se quejan por esta prueba y cuando sufren algún dolor temporal se preguntan «¿Dónde está tu Dios?» (Salmo 42/41), respondan ellos mismos dónde están sus dioses a los cuales adoran o pretenden que todos los adoren, cuando sufren aquellos males que pretenden evitar. La familia de Dios responde: mi Dios está presente en todas las partes, está todo en cada lugar y en ningún lugar está encerrado; puede estar presente en lo secreto y puede estar lejos sin moverse. Cuando El me pone a prueba con las adversidades, o examina mis méritos o castiga mis pecados, y me reserva un premio eterno por los males que he soportado piadosamente aquí.” 10. San Beda el Venerable (673-875), benedictino inglés, doctor de la Iglesia , In Luc 2,24 ss. o La condena no trata de la riqueza sino del amor a la riqueza. • “La incriminación no se refiere tanto a la riqueza como al amor a la riqueza. En efecto, no todos los que tienen riquezas, sino, como dice el Qoèlet (Eclesiastés) : «quien ama las riquezas no se harta de ellas» (5,9), porque aquel que no sabe desprender el ánimo de los los bienes temporales e no sabe hacer participar de ellos a los pobres, por el momento sí goza con su uso, pero quedará para siempre privado del fruto que podría haber adquirido si los hubiese donado. Y leemos también en otro sitio: «Bienaventurado el rico que es hallado sin tacha y que no se afana tras el oro» (Siracide/Eclesiástico) 31, 8). www.parroquiasantamonica.com

Las bienaventuranzas. La compañía de Dios en el sufrimiento.


1 Las bienaventuranzas. La compañía de Dios en el sufrimiento. 5 testimonios. Cuando tú lo pasas mal, Yo te llevo en brazos. Dios estaba ahí, conmigo. El dolor, un camino hacia dios. Si Tú lo quieres, yo lo quiero. O echas mano de Él, o no te queda nada. El sentido del silencio de Dios. Cfr. La compañía de Dios en el sufrimiento Alfa y Omega, n. 676 11-II-2010 o Cuando tú lo pasas mal, Yo te llevo en brazos El terremoto de Haití, al igual que el que devastó Lisboa en 1755, ha sacado a la luz la pregunta sobre la existencia de Dios: ¿dónde está, qué hace ante tanto dolor? Hoy, cuando toda la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Enfermo, los siguientes testimonios son la prueba de que Dios sigue en la Cruz, sufriendo con los que sufren Testimonios recogidos por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo Esther Sáez, víctima del 11-M Dios estaba ahí, conmigo Uno llega a la estación de Atocha desde Alcalá de Henares, en uno de aquellos que llamaron los trenes de la muerte del 11-M, y se detiene en uno de esos puestos de venta de libros para viajeros con prisas. Allí, entre multitud de títulos en los que se abre paso la superchería de la nueva era, destaca uno con un nombre llamativo: Dios no es bueno. Y claro, cuando uno viene de hablar con Esther Sáez, que viajaba en uno de aquellos trenes, no se lo cree. Casada y madre de dos chicos, David e Ismael, que en el momento del 11-M tenían 3 años y un año y medio, recuerda cómo vivió el atentado: «En ese momento, mi concepción de la vida cambió. Fue cuando realmente me di cuenta de que la vida es perecedera. Uno siempre piensa: A mí nunca me va a pasar. Ese contacto con la realidad es muy duro, pero, sin saber por qué, en ese momento, no me sentía sola. No perdí la conciencia en ningún momento, y a pesar de todos los dolores tan horribles que sentía, por fuera y por dentro, en ese momento tuve una paz muy distinta a lo que había vivido antes. Esa tranquilidad y esa serenidad mucha gente no las entiende. Las da absolutamente Dios, la confianza en Dios. No brota de ti, de decir simplemente: Voy a confiar en Dios. Viene de Él mismo, del descanso en sus manos que Él mismo produce: Cuando tú lo pasas mal, Yo te llevo en brazos». Por eso, cuando el terremoto de Haití ha vuelto a despertar la pregunta sobre Dios -sobre su existencia y sobre su bondad-, Esther explica, basándose en su propia experiencia: «Muchos, con lo de Haití, se preguntan: ¿Dónde está Dios en estos momentos? ¿No era tan bueno? No saben lo que están diciendo. Los eruditos de hoy en día son los que piensan que se puede construir la vida sin Dios. Me han dicho que en Haití han sacado gente de los escombros e inmediatamente se han puesto a rezar: ellos son los sabios de verdad. Cuando uno lo pasa mal, Dios es el único que está. Yo, cuando estaba en la Unidad de Críticos, no me podía mover, estaba sorda, sin apenas ver, con un respirador para poder respirar..., me sentía sola. Pero es una soledad que sólo en ella eres capaz de ver a Dios cara a cara. ¿Dónde estaba Dios? Dios estaba ahí, conmigo». ¿Y cómo conjugar entonces la bondad de Dios con la maldad de los hombres? Esther cuenta lo que hace cuando piensa en los terroristas que llevaron a cabo los atentados del 11-M: «Rezo el Padrenuestro, porque resume el amor a los hermanos, amigos y no tan amigos. No tengo rencor. Me pregunto qué tipo de vida han llevado para acabar haciendo eso. No debemos juzgar, porque no sabemos cómo han vivido. Seguramente han crecido con mucho odio alrededor, con mensajes contra la vida de los demás, gente que seguramente está vacía. A mí me han destrozado la vida, pero tengo una Vida aparte. ¿Y ellos?» 2 Esther hace un ejercicio de teodicea práctica, basada en la experiencia, al afirmar que «muchas desgracias son producto del hombre; es muy fácil echarle la culpa a Dios. El terremoto de Haití, si hubiera pasado en Japón, no habría causado tantas víctimas. No es culpa de Dios que esa gente haya vivido en las condiciones en las que viven. Con el atentado del 11-M pasa lo mismo: ¿es que fue Dios el que puso la bomba? El regalo más hermoso que nos ha dado Dios, aparte de la vida, es la libertad». Aunque viéndola nadie lo diría, por la paz que vive y que transmite al hablar, las secuelas del atentado persisten. Son ya once operaciones las que lleva encima, y también vive momentos de dolor y de noches oscuras: «Suelo tener un salmo marcado en la Biblia, que rezo cuando estoy en las horas un poco más bajas. Es el salmo 121, que dice: El auxilio me viene del Señor. Porque no es fácil tener, a los 38 años, los mismos dolores que una persona de 80. Tengo un rosario tan grande de secuelas... Son momentos duros, que vivo desde la perspectiva de Dios. No hay que tener miedo de decirle a Cristo: Mira, Señor, estoy mal, estoy triste. O me ayudas, o me hundo. Y cuando tú hablas al Señor así, desde el corazón, Él te ayuda. Además, alguien me enseñó una vez que la oración de los enfermos tiene mucho valor. Y eso me ayuda a pensar que a alguien le está ayudando lo que yo paso». Ana Fernández, la vida buscando y ofreciendo al Señor El dolor, un camino hacia Dios «Hace 25 años tuve un cáncer, y nadie daba por mí un duro»: así comienza su historia Ana Fernández, que hoy está plenamente implicada en el acompañamiento de enfermos, a través del ministerio de sanitarios, de la Renovación Carismática Católica. Pero para llegar hasta aquí recorrió un duro camino, lleno de dudas y de pasos en falso de los que ha aprendido el inmenso valor del sufrimiento como vía para llegar a Dios. Cuenta que ese cáncer «me pilló de sorpresa, sin entender lo que pasaba, y me preguntaba: ¿Por qué a mí? Entonces tuve una experiencia importante del bien de la oración, porque había mucha gente rezando por mí, amigos, compañeros de trabajo... Yo me sentía muy arropada, y veía que Cristo estaba allí, conmigo». Cuando logró salir de ésa, empezó a dar vueltas preguntándose por el sentido de lo que había vivido: «Me puse a buscar explicaciones, y empecé a leer libros de autoayuda, sobre el poder de la mente, etc. No encontraba nada, y nada me convencía. Iba de vez en cuando a la iglesia, pero mi vida espiritual era muy solitaria». Al cabo de unos años, desarrolló una hernia de disco, que la obligaba a permanecer de pie o tumbada, porque sentarse le hacía padecer fuertes dolores. Y, como no quería operarse, siguió un montón de terapias alternativas. «Yo me veía totalmente paralizada. Una amiga mía, que era carismática, me ofreció la posibilidad de ir a que rezaran por mí, y me dio un libro para que leyera, de un cura llamado Emiliano Tardiff, a quien habían desahuciado y que, tras recibir la visita de un grupo de carismáticos que rezó por él, se recuperó. Yo leí su historia y no paraba de llorar, sin saber por qué. Me invitaron a ir a una Asamblea Nacional de los carismáticos, en la que hablaba este mismo cura. Yo me quedé cerca de la puerta, para poder marcharme en cuanto quisiera, y siempre estirada, porque seguía sin poder sentarme. Al día siguiente, volví a ir a la Asamblea, y allí fue mi conversión; comencé a llorar de nuevo, e hice una confesión como nunca en la vida. Y, poco a poco, comencé a poder sentarme. Y así, hasta hoy». Y hoy, tranquilamente sentada en el salón de su casa, cuenta que entonces le preguntaba a Dios: Si me ibas a sanar, ¿para qué me hiciste pasar por ese sufrimiento? Y adelanta la respuesta: Ése fue el momento de mi conversión. Si no hubiera sido así, no me habría convertido». Dice que aquellos momentos supusieron para ella una vivencia de dolor y de soledad, y se da cuenta de que «no se aprovechan. Al enfermo se le dicen cosas humanas que no tienen sustancia: No te preocupes, te vas a poner bien...» Después de su enfermedad, decidió implicarse en el acompañamiento de enfermos, «para ayudarlos en todo lo que pueda, y al mismo tiempo para presentarles a Dios. He visto conversiones impresionantes. Cojo lo que llamo el kit de emergencia: el agua bendita, el rosario y la Biblia, voy a acompañarlos y me ofrezco a rezar por ellos». También se presentan a los médicos para dar mayor profundidad a su labor: «Los médicos sólo 3 cuentan con medios científicos; se les exige curar todo, y eso provoca a veces mucha desesperación. Los médicos también necesitan mucho acompañamiento y mucho sentido del dolor y de la trascendencia». Con toda esta experiencia a cuestas, Ana ve el sufrimiento como «un camino para llegar a Dios, y me da mucha pena que se desaproveche. No tiene nada que ver la enfermedad con Dios y sin Dios, ni tampoco la muerte. Dentro de todo el dolor que eso supone, la fe te hace decir: Qué maravilla. Cuando te pasa algo, o echas manos de Él, o no te queda nada». Ignacio Ciprés, un trasplante, tres bypass y una fe que mueve montañas Si Tú lo quieres, yo lo quiero Don Ignacio lleva un tiempo recuperándose en el Hospital y centro de cuidados sanitarios Laguna, en Madrid, porque su cuerpo tiene ya muchas heridas de guerra. Es de Javier, en Navarra, y lleva 48 años casado. «Y feliz», apostilla al comenzar el relato de su vida: «Yo tenía un restaurante en Pamplona, y me olvidé de la caja. Me robaron, y tuve que volver a comenzar. Yo decía: Señor, si Tú lo has permitido, por algo será». Y tuvo que volver a comenzar, en Tarragona: «Allí es cuando comienza mi lucha, siempre junto a Dios y la Virgen». En 1993, le hacen un triple bypass, y cinco años después le dijeron que tenía que hacerse un trasplante de corazón. Fue entonces cuando tuvo la ocasión de vivir lo que él llama la vivencia más bonita de su vida: «Yo tenía un íntimo amigo, que no quería tener nada que ver con la religión. Él acompañaba a su mujer a misa y esperaba fuera. Yo me encontraba esperando el corazón, siempre en un sillón sentado, ya que simplemente el ir al baño me provocaba constantes anginas de pecho. Mi amigo cayó enfermo y un cura amigo mío me llevó al hospital, nunca a más de 60 km/h., porque me podía quedar en el sitio. Antes de entrar en el hospital, le pedía al Señor que me ayudara a hablar a mi amigo. Y le dije cuando le vi: Cuando estés en el cielo, reza por mí. Y él: Yo no voy a ir al cielo. Luego, cuando me iba a marchar, le abracé y le dije: Todo lo que estoy sufriendo, lo ofrezco para que tú te confieses. Luego me contaron que, nada más marcharme yo, pidió confesarse. No lo hacía desde la Primera Comunión. Aquel día, nada más confesarse y recibir la Unción de enfermos, moría. Y al día siguiente, durante el entierro, me llaman del hospital: Ignacio, tienes un corazón esperando». Al cabo de unos años tuvieron que operarle de la vesícula, y tras la operación el cirujano avisó a su familia: «Tengan los móviles encendidos, que Ignacio no pasa de esta noche». Y añade Ignacio: «Pero el médico no sabía que estaba rezando por mí yo creo que media España». Y hoy piensa: «Los que no tienen a Dios, los que no conocen a Dios, los que atacan a Dios, si les ocurriera lo que a mí... ¡qué angustia! Porque yo sólo Le decía: Estoy en tus manos. Lo que Tú quieras, yo lo quiero». Poco después entró en coma diabético, y volvió a entrar en el hospital. «Mi mujer le dijo a mi hija: Busca el seguro de papá, que no pasa de esta noche. Y aquí me tenéis». Cada año celebra lo que él llama su cumpleaños segundo, el aniversario de su trasplante de corazón. Pero no se despide sin afirmar con fe: «Yo he tenido siempre presente al Señor. He tenido dolores de volverse uno loco, pero he cogido el crucifijo en la mano, lo he apretado y le he dicho al Señor: Señor, me uno a tu cruz, me uno a Ti en la cruz. Y Él me ha ayudado a llevarla. Señor, Tú lo quieres, yo lo quiero. Lo he pasado mal, pero nunca he perdido la fe en Dios, nunca, nunca, nunca». Alfonso López Quintás El sentido del silencio de Dios 4 Se han dado, en estos días, diversas respuestas a la pregunta sobre dónde estaba Dios cuando Haití se desplomó. Todas ellas expresan puntos de vista valiosos, que pueden inspirar sentimientos de conformidad y mover a la aceptación de la cruz. Pero se quedan un tanto cortas, por la profunda razón de que los acontecimientos de la vida espiritual son complejos, y su sentido profundo sólo lo captamos cuando vemos conjuntamente las diversas facetas que presentan. En este sentido, cabe decir que la verdad es polifónica (R. Guardini) e, incluso, sinfónica (H. Urs von Baltasar). Cuando la tragedia y el dolor nos oprimen, solemos preguntar cómo permite Dios tales males, si es un Padre providente y bueno. Celebraríamos, entonces, que tuvieran lugar -por parte de Dios- golpes de efecto que dejaran patente la conexión entre su carácter amoroso y la marcha del mundo. Ello nos permitiría palpar lo religioso y convertirlo en una experiencia irrefutable. Pedimos signos, y éstos permanecen ausentes. Todo parece llevarnos a la convicción de que debemos arreglar la vida por nuestra cuenta, pues Dios guarda silencio ante nuestras súplicas. ¿Cómo explicar este silencio de Dios? A esta inquietante pregunta quisiéramos los creyentes dar una respuesta contundente, tan sencilla como clara e inapelable. Pero, debido a la complejidad del tema, hemos de poner en relación varias ideas, dejar que se enriquezcan mutuamente y hagan surgir el sentido de aquello que deseamos clarificar. Tales ideas son -entre otras- las siguientes: 1) Dios quiere revelarnos su existencia, pero lo hace de forma velada para que no sea forzosa su aceptación. 2) Por eso creó el mundo de tal forma que pueda explicarse por leyes internas, de modo que parezca innecesaria una intervención divina. 3) Jesús -en quien se realiza la revelación perfecta de Dios Padre- cumplió en silencio la voluntad del Padre, que pareció desoír su oración en el Huerto y dejarlo a su suerte. 4) Jesús, velando su divinidad -es decir, guardando silencio- dio la vida por amor. 5) Al hacerlo, nos reveló con toda claridad que Dios -en sus tres personas- nos ama hasta el extremo. 6) Este amor absoluto nos inspira una confianza absoluta en el Dios que guarda silencio. Tal confianza nos inspira una fe firme, capaz de superar la amargura que nos produce pensar que no somos escuchados por el Altísimo. Entrevemos, así, que el silencio de Dios no implica indiferencia sino amor, un amor que respeta la libertad del amado y da la vida por él. 7) Este amor lo hizo palpable el Padre al resucitar a Jesús a una vida nueva, transfigurada, invulnerable. La resurrección de Jesús -y, con Él- la de los creyentes fieles a su fe es la última palabra de Dios, ciertamente; pero es una palabra que cobra toda su fuerza expresiva al ser oída al mismo tiempo que los mensajes contenidos en los puntos anteriores. Hagamos el esfuerzo de pensar los siete puntos en su interna conexión y veremos surgir el sentido del llamado silencio de Dios, pues bien sabemos que el sentido de un acontecimiento brota siempre en el contexto en que se da. El significado es algo simple, siempre el mismo. El sentido es algo complejo, y cambia en los diferentes contextos. Cuando ese sentido se alumbra en la mente, se obtiene respuesta a la pregunta sobre dónde está Dios cuando el hombre sufre. El silencio de Dios -visto en su contexto- no sólo no nos aleja de la fe cristiana, sino que nos lleva a admirar como nunca la figura de Jesucristo muerto y resucitado. Entonces sí que obtenemos una respuesta luminosa y consoladora a la pregunta que al principio nos torturaba. «En realidad, el dolor es una revelación. Uno entiende lo que antes nunca entendió, y contempla la Historia desde una posición distinta»: esto escribió Oscar Wilde en su libro De profundis (Desde lo hondo), tras un tiempo de dolorosa y fecunda purificación.

4º Domingo del Tiempo Ordinario (2011).



1 4º Domingo del Tiempo Ordinario (2011). Las Bienaventuranzas. Bienaventurados los pobres de espíritu. Pobre es quien confía en el Señor, quien no busca la seguridad en sí mismo. Se complace en la Ley del Señor y medita en ella noche y día. Esta bienaventuranza de ningún modo puede convertirse en justificación de la pobreza que es fruto de la injusticia de los hombres y que, por tanto, no es querida por Dios, y contra la que hemos de luchar. A la cultura del tener hay que contraponer la cultura de la libertad interior, creando las condiciones para la justicia social. Cfr. Domingo 4 del Tiempo Ordinario, Ciclo A 30 enero 2011 Mateo 5, 1-12; Sofonías 2,3; 3,12-13 - 1 Corintios 1, 26,31 Sofonías 2, 3; 3, 12-13: 3 Buscad al Señor, vosotros, humildes de la tierra, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá encontréis cobijo el Día de la ira del Señor. 12 «Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que se cobijará al amparo de Yahvé. 13 El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera. Se apacentarán y reposarán sin que nadie los turbe.» 1 Corintios 1, 26-31: 26 Considerad, si no, hermanos, vuestra vocación; porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. 28 Aún más, ha escogido a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada para destruir lo que es, 29 de modo que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios. 30 De Él os viene que estéis en Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, 31 para que, como está escrito: «el que se gloría, que se gloríe en el Señor». Mateo 5, 1-12: 1 En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; 2 y él se puso a hablar, enseñándoles: 3 «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. 1. Introducción al Discurso de la Montaña y a las bienaventuranzas.. a) El Discurso de la Montaña (Mateo, capítulos 5-7) El Discurso de la Montaña es el primero de los cinco grandes discursos en los que S. Mateo reúne las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. En este primero aparece una síntesis de quiénes son los que pertenecen al Reino de Dios (5, 1-12) y qué actitudes deben guardar con respecto a la Ley (5, 17-48; 6, 16-18), a Dios (6, 25-34), al prójimo (6, 1-4; 7, 1-5), y en la oración (6,7-14; 7, 7-11). (Cfr. Nuevo Testamento, Eunsa Mateo 5, 1,7-7,29). b) Las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-11) • Son el «pórtico» del Discurso de la Montaña. • CEC 1717: Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos. • La «bienaventuranza» era una forma literaria que en el AT se usaba para celebrar la felicidad del justo que confía su vida al camino indicado por Dios, sin dejarse seducir por la fascinación del mal. “Feliz quien no sigue el consejo de malvados .. sino que se recrea en la ley de Yahvé, susurrando su ley día y noche. Será como árbol plantado entre acequias, da su fruto en sazón, su fronda no se agosta”. (Salmo 1). o Benedicto XVI, Jesús de Nazaret Las bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo: no se puede explicar de modo puramente teórico sino proclamarlo en la vida del discípulo que sigue plenamente al Señor p. 101 • (...) las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo. Se hacen más concretas y reales cuanto más se entregan los discípulos a su misión, como hemos podido comprobar de un modo ejemplar en Pablo. Lo que significan no se puede explicar de un modo puramente teórico; se proclama en la vida, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría del discípulo que sigue plenamente al Señor. Esto deja claro un segundo aspecto: el carácter cristológico de las Bienaventuranzas. El discípulo está unido al misterio de Cristo y su vida 2 está inmersa en la comunión con El: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí(Ga2, 20). Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo. Pero son válidas para los discípulos porque primero se han hecho realidad en Cristo como prototipo. 2. Los «pobres» o «humildes». La pobreza se parece a la «infancia espiritual» necesaria para entrar en el Reino. Pobre es quien confía en el Señor, quien no busca la seguridad en sí mismo. A. Pobre de espíritu: es quien confía en el Señor. • "Los pobres en el espíritu" son aquellos, a los que se refiere el Profeta Sofonías (1ª Lectura), diciendo: "el pueblo pobre y humilde, que confia en el Señor". No es posible vivir las Bienaventuranzas sin confiar en el Señor. • San Pablo, en la segunda Lectura de hoy (1,Cor 1, 26-31), dice: “ 26 Considerad, si no hermanos, vuestra vocación; porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; 28 escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir a lo que es, 29 de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios”. • “Pobres” son los que se sienten nada sin Dios, los que se saben que nada pueden sin Dios. La pobreza espiritual es lo contrario a la auto-suficiencia, al orgullo, al creer que todo se puede lograr, y que basta proponérselo. • “Quien es soberbio no es pobre de espíritu: por tanto el humilde es el pobre de espíritu. Es alto el reino de los cielos: «pero quien se humilla será exaltado” (Lc 14,11). (San Agustín, Sermón 53, 1-6.9) o Benedicto XVI, Jesús de Nazaret Los pobres de espíritu no alardean de sus méritos ante Dios pp. 103-104 Aquí también ha madurado calladamente esa actitud ante Dios que Pablo desarrolló después en su teología de la justificación: son hombres que no alardean de sus méritos ante Dios. No se presentan ante El como si fueran socios en pie de igualdad, que reclaman la compensación correspondiente a su aportación. Son hombres que se saben pobres también en su interior, personas que aman, que aceptan con sencillez lo que Dios les da, y precisamente por eso viven en íntima conformidad con la esencia y la palabra de Dios. Las palabras de santa Teresa de Lisieux de que un día se presentaría ante Dios con las manos vacías y las tendería abiertas hacia El, describen el espíritu de estos pobres de Dios: llegan con las manos vacías, no con manos que agarran y sujetan, sino con manos que se abren y dan, y así están preparadas para la bondad de Dios que da. B. Pobre de espíritu es quien se somete a la voluntad de Dios. • Sofonías 2,3, Biblia de Jerusalén: (...) Con Sofonías, el vocabulario de la pobreza toma un colorido moral y escatológico (3, 11s; ver Isaías 49,13; 57, 14-21; 66,2; Salmo 22,27; 34, 3s.; 37,11s; 69,34; 74,19; 149,4; ver también Mateo 5,3+; Lucas 1,52; 6,20; 7,22. Los ‘anawîm son en una palabra los israelitas sumisos a la voluntad divina. (...) A los pobres es a quienes será enviado el Mesías (Isaías 61,1; ver 11,4; Salmo 72,12s; Lucas 4,18). Él mismo será humilde y manso (Zacarías 9,9; ver Mateo 11,29; 21,5), y será incluso oprimido (Isaías 53,4; Salmo 22,25)”. C. La pobreza se parece a la infancia espiritual y también corresponde a los humildes. • Mateo 5,3, Biblia de Jerusalén: “Cristo recoge la palabra «pobre» con el matiz moral perceptible ya en Sofonías (ver Sofonías 2,3+), hecho aquí explícito por la expresión «de espíritu», ausente en Lc 6,20. Indefensos y oprimidos, los «pobres» o los «humildes» están a punto para el Reino de los Cielos; tal es el tema de la Bienaventuranzas (ver Lucas 4,18; 7,22=Mateo 11,5; Lucas 14,13; St 2,5). La pobreza viene a parecerse a la «infancia espiritual» necesaria para entrar en el Reino (Mateo 18, 1s=Marcos 9,33s; ver Lucas 9,46; Mateo 19,13sp; 11,25sp (el misterio revelado a los «pequeños», nêpioi, ver Lucas 12,32; 1 Corintios 1,26). A los «pobres», ptôjoi, corresponden también los «humildes», tapeinoi, Lc 1,48.52; 14,11; 18,14; Mt 23,12; 18,4, los «últimos» opuestos a los «primeros», Mc 5,35, los «pequeños» opuestos a los «grandes» (Lc 9,48; ver Mt 19,30p; 20, 26p – ver Lc 17,10). Si bien la fórmula de Mt 5,3 subraya el espíritu de pobreza, tanto en el rico como en el pobre, a lo que Cristo se refiere generalmente es a una pobreza efectiva, en especial para sus discípulos (Mt 16, 19s; ver Lc 12, 33s; Mt 6, 25p; 4, 18 sp – ver Lc 5 1s -; 9,9p; 19,21 p; 19,27 – ver Mc 10, 28p -; ver Hch 2,44s; 4,32s -). Él mismo da ejemplo de pobreza (Lc 2,7; Mt 8,20p), y de humildad (Mt 11,29; 20,28p; 21,5; Jn 13,12s; ver 2 Co 8,9; Flp 2,7s). Se identifica con los pequeños y los desdichados (Mt 25,45; ver 18,5sp). 3 3. Otros aspectos de la pobreza de espíritu La bienaventuranza de ningún modo puede convertirse en justificación de la pobreza que es fruto de la injusticia de los hombres, que, por tanto, no es querida por Dios, y contra la que hemos de luchar. • Se ha escrito que la expresión «pobreza de espíritu» no debe llevarnos «a aguar su fuerza social» ya que la pobreza cristiana si, por una parte, abraza lo más profundo de la persona y no se puede reducir a una situación sociológica fruto de la necesidad, por otra no es solamente un sentimiento de desprendimiento de carácter interior. La bienaventuranza de ningún modo puede convertirse en justificación de la pobreza que es fruto de la injusticia de los hombres, que, por tanto, no es querida por Dios, y contra la que hemos de luchar. o A. Catecismo de la Iglesia Católica El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta • En el Catecismo de la Iglesia Católica se habla con claridad en varios números acerca de diversos aspectos y consecuencias implicados en el amor a los pobres (cfr. nn. 2443; 2444; 2445; 2446). He aquí uno de esos cuatro números: • n. 2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta: Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (Santiago 5,1-6). o B. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, varios aspectos que no se contradicen: a) La pobreza no es un simple fenómeno material pp. 104-105 Estando así las cosas, no hay contradicción alguna entre Mateo —que habla de los pobres en espíritu— y Lucas, según el cual el Señor se dirige simplemente a los «pobres». Se ha dicho que Mateo ha espiritualizado el concepto de pobreza, entendido por Lucas originalmente en sentido exclusivamente material y real, y que de ese modo lo ha privado de su radicalidad. Quien lee el Evangelio de Lucas sabe perfectamente que es él precisamente quien nos presenta a los «pobres en espíritu», que eran, por así decirlo, el grupo sociológico en el que pudo comenzar el camino terreno de Jesús y de su mensaje. Y, al contrario, está claro que Mateo se mantiene totalmente en la tradición de la piedad de los Salmos y, por tanto, en la visión del verdadero Israel que en ellos había hallado expresión. La pobreza de que se habla nunca es un simple fenómeno material. La pobreza puramente material no salva, aun cuando sea cierto que los más perjudicados de este mundo pueden contar de un modo especial con la bondad de Dios. Pero el corazón de los que no poseen nada puede endurecerse, envenenarse, ser malvado, estar por dentro lleno de afán de poseer, olvidando a Dios y codiciando sólo bienes materiales. b) La pobreza tampoco es simplemente una actitud espiritual. Pero a la cultura del tener hay que contraponer la cultura de la libertad interior, creando las condiciones para la justicia social. El poseer es un servicio. p. 105 Por otro lado, la pobreza de que se habla aquí tampoco es simplemente una actitud espiritual. Ciertamente, la radicalidad que se nos propone en la vida de tantos cristianos auténticos, desde el padre del monacato Antonio hasta Francisco de Asís y los pobres ejemplares de nuestro siglo, no es para todos. Pero la Iglesia, para ser comunidad de los pobres de Jesús, necesita siempre figuras capaces de grandes renuncias; necesita comunidades que le sigan, que vivan la pobreza y la sencillez, y con ello muestren la verdad de las Bienaventuranzas para despertar la conciencia de todos, a fin de que entiendan el poseer sólo como servicio y, frente a la cultura del tener, contrapongan la cultura de la libertad interior, creando así las condiciones de la justicia social. c) No es un programa social: pero la fuerza de la renuncia y de la responsabilidad por el prójimo y por la sociedad surge como fruto de la fe: sólo allí puede crecer la justicia social. p. 105 El Sermón de la Montaña como tal no es un programa social, eso es cierto. Pero sólo donde la gran orientación que nos da se mantiene viva en el sentimiento y en la acción, sólo donde la fuerza de la renuncia y la responsabilidad por el prójimo y por toda la sociedad surge como fruto de la fe, sólo allí puede crecer 4 también la justicia social. Y la Iglesia en su conjunto debe ser consciente de que ha de seguir siendo reconocible como la comunidad de los pobres de Dios. Igual que el Antiguo Testamento se ha abierto a la renovación con respecto a la Nueva Alianza a partir de los pobres de Dios, toda nueva renovación de la Iglesia puede partir sólo de aquellos en los que vive la misma humildad decidida y la misma bondad dispuesta al servicio. o C. San Josemaría, Conversaciones n. 110 La pobreza no es simple renuncia. • Haciéndome eco de una expresión del profeta Isaías —discite benefacere (1, 17)—, me gusta decir que hay que aprender a vivir toda virtud, y quizá muy especialmente la pobreza. Hay que aprender a vivirla, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. Hay que hacer ver que la pobreza es invitación que el Señor dirige a cada cristiano, y que es —por tanto— llamada concreta que debe informar toda la vida de la humanidad. Pobreza no es miseria, y mucho menos suciedad. En primer lugar, porque lo que define al cristiano no son tanto las condiciones exteriores de su existencia, cuanto la actitud de su corazón. Pero además, y aquí nos acercamos a un punto muy importante del que depende una recta comprensión de la vocación laical, porque la pobreza no se define por la simple renuncia. En determinadas ocasiones el testimonio de pobreza que a los cristianos se pide puede ser el de abandonarlo todo, el de enfrentarse con un ambiente que no tiene otros horizontes que los del bienestar material, y proclamar así, con un gesto estentóreo, que nada es bueno si se lo prefiere a Dios. Pero ¿es ése el testimonio que de ordinario pide hoy la Iglesia? ¿No es verdad que exige que se dé también testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres? La utilización de todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana y facilitar el desarrollo de las personas y de las comunidades. • Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas—, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades. o D. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno A ed. Piemme, terza edizione, novembre 1995, Tempo Ordinario, IV Domenica El pobre no fundamenta su seguridad y confianza sobre los bienes, y está abierto a Dios y a sus hermanos. • “La figura del «pobre» en la Biblia tiene más rostros de los que sugiere la misma palabra. El término original hebreo (‘anawîm) indica los que están “curvados”, es decir, los oprimidos en manos de los potentes, las víctimas indefensas, una multitud inmensa distribuida en todos los siglos y en todas las regiones de nuestro planeta. Sin embargo, este retrato del pobre es incompleto porque, como se ve también en Sofonías, ‘anawîm son también los justos, los mansos, los humildes, los fieles a Dios. Precisamente, son los «pobres en el espíritu» de Mateo. En efecto, esta frase - que con frecuencia ha sido fuente de equívocos como si Jesús predicase un vago desprendimiento interior aunque se posea todo y demasiado -, es la plena definición del pobre bíblico. No es simplemente el miserable porque se puede ser indigentes y egoístas, agarrados a la única moneda que se posee. En cambio, es quien se desprende concretamente e interiormente de las cosas, es quien no fundamenta su seguridad y su confianza sobre los bienes, sobre el triunfo, sobre el orgullo, sobre los fríos ídolos del oro y del poder. Su corazón no está cerrado y endurecido, su cuello no está erguido – como frecuentemente se pinta en la Biblia la soberbia y la arrogancia – sino que está abierto a Dios y a los hermanos”. El pobre se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita en su Ley. • La Bienaventuranza era una forma literaria usada también en el Antiguo Testamento para celebrar la felicidad del justo que confía su vida al camino indicado por Dios y no se deja seducir por la perversa fascinación del mal. Es una fórmula que resuena hasta 26 veces en los Salmos y 31 veces en el resto del Antiguo Testamento. Es suficiente con abrir la primera página del libro de los Salmos: «Bienaventurado el hombre que no sigue el consejo de impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni toma asiento con los farsantes, sino que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita en su Ley» (Salmo 1,1-2).

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