sábado, 19 de agosto de 2017

Domingo 20 del tiempo ordinario Año A. 20 de agosto de 2017.



Ø     Domingo 20 del tiempo ordinario, Año A. (2017). La fe de la mujer cananea.  La fe cristiana no

es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo.


v     Cfr. Domingo 20 del tiempo ordinario Año A. 20 de agosto de 2017.


Mateo 15, 21-28: 21 Después que Jesús partió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22 En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio. 23 Pero él no le respondió palabra. Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaban diciendo: Atiéndela y que se vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. 24 El respondió: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: ¡Señor, ayúdame! 26 El le respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. 27 Pero ella dijo: Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos. 28 Entonces Jesús le respondió: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel instante.

La mujer cananea se puso a gritar a Jesús: ¡Señor, apiádate de mí!
Este título – «Señor» - expresa respeto y confianza en Jesús
y esperanza de socorro y de curación.

La fe es, en esencia, el encuentro con Cristo.
(Joseph Ratzinger, Dios y el mundo, p. 235)

1. El título dado a Jesús - «Señor» - por la mujer cananea en el Catecismo de la Iglesia Católica.

v     a) Es una señal de respeto y de confianza, y, además, del reconocimiento del misterio divino de Jesús.

·         n.  448:  Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús
llamándole "Señor". Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mateo 8,2 Mateo 14,30 Mateo 15, 22, etc. ). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lucas 1,43 Lucas 2,11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: "Señor mío y Dios mío" (Juan 20,28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: "¡Es el Señor!" (Juan 21,7).

v     b) El mismo Jesús se atribuye este título

·         n. 447: El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando discute con los
fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (Mateo 22,41-46; cf. también Hechos 2, 34-36; Hebreos 1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus apóstoles (Juan 13, 13). (…)

v     c) El hecho de que reconozcamos que «Jesús es Señor» es una  acción del Espíritu Santo en nosotros.

·         n. 152: No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a
los hombres quién es Jesús. Porque "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Corintios 12,3). (…).

v     d) Confesar que "Jesús es Señor" es lo propio de la fe cristiana.

con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas (cf. Marcos 12,29-30). Deja al mismo tiempo entender que él mismo es "el Señor" (cf. Marcos 12,35-37). Confesar que "Jesús es Señor" es lo propio de la fe cristiana. Esto no es contrario a la fe en el Dios Único. Creer en el Espíritu Santo, "que es Señor y dador de vida", no introduce ninguna división en el Dios único.

2. La fe de la mujer cananea: un encuentro personal con Jesús

    Benedicto XVI, Angelus, 14 de agosto de 2011

v     La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, para vivir una relación personal con él.

o     Jesús queda admirado de la fe tan grande de esa mujer.

·        El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se
estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt 15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1:PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza — «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26) —, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

v     El conocimiento de la fe es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida.

·        Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con
libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

o     Cómo alimentar cada día nuestra fe

·        Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda
de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

3. La mujer hace un acto insólito de fe y de humildad

    Cfr. Juan Pablo II, Audiencia, 16 diciembre de 1987.

v     Dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”.

o     ¡Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

·        Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir la ayuda de
Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, Él le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cf. Mt 15,21-28).
¡Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

4. La fe humilde y confiada en su persona hace que Jesús escuche nuestra súplica.

     Hans Urs von Balthasar, Luz de la Palabra, Ed. Encuentro 1997, p. 97 
·        El evangelio de la mujer cananea tiene un tono extrañamente duro. En un primer momento Jesús
parece no querer oír la fervorosa súplica de la mujer; después dice que su misión concierne sólo a Israel, y una tercera sentencia lo subraya: el pan que él ha de dar pertenece a los hijos y no a los perros. Pero después viene la maravillosa respuesta de la mujer: «Tienes razón, Señor»; ella lo ve y lo admite, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. Ante semejante respuesta el Señor no puede resistirse, como tampoco pudo resistirse ante la respuesta del centurión pagano de Cafarnaún: la fe humilde y confiada en su persona se clava en el corazón de Jesús y la súplica es escuchada. En Cafarnaún se oyeron estas palabras: «Señor, no te molestes; yo no soy quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); aquí se produce la humilde aceptación del último lugar, bajo la mesa. En ambos casos se trata de la misma fe: «En ningún israelita he encontrado tanta fe» (Mt 8,10).

5. La fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo.

Cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011  (6 de agosto de 2010).

v     Hemos de vivir «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Colosenses 2,7).

o     «Arraigado» evoca el árbol y las raíces que lo alimentan.

§         Jesús mismo se presenta como nuestra vida.
·        La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le
dan estabilidad y alimento. Sin las raíces, sería llevado por el viento, y moriría. ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir de verdad. «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia.

§         Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle?
No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.
·        Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con
su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar… En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.

o     «Edificado»  evoca a la casa construida sobre los cimientos.

§         La edificación de la vida sobre la Palabra de Dios.
·        Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la
casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los cimientos. En la historia sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han edificado su vida sobre la Palabra de Dios. El primero Abrahán. Nuestro padre en la fe obedeció a Dios, que le pedía dejar la casa paterna para encaminarse a un país desconocido. «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su haber. Y en otro pasaje se le llama “amigo de Dios”» (St 2, 23). Estar arraigados en Cristo significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra. Jesús mismo reprende a sus discípulos: «¿Por qué me llamáis: “¡Señor, Señor!”, y no hacéis lo que digo?» (Lc 6, 46). Y recurriendo a la imagen de la construcción de la casa, añade: «El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra… se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida» (Lc 6, 47-48).
§         Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida.
Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda. Convertíos en adultos en la fe.
·        Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y ahondó”. Intentad
también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

o     Firmes en la fe

Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada por la influencia de ciertas tendencias culturales de la época, que apartaban a los fieles del Evangelio. Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral.
El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados por las ideas contrarias al Evangelio, el poder de Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana. Todas las filosofías que lo ignoran, considerándolo “necedad” (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante las grandes preguntas presentes en el corazón del hombre. Por ello, también yo, como Sucesor del apóstol Pedro, deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32). Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso a los enemigos, y compartir este amor con los hermanos más pobres y en dificultad.
Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

v     Dónde encontramos a Jesús

o     a) El encuentro con Jesús en los Sacramentos de la Eucaristía, de la Penitencia; en el prójimo: en los pobres y en los enfermos, en los necesitados.

·        En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe del apóstol Tomás cuando acoge el misterio de
la cruz y resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus curaciones y milagros, escuchó sus palabras, vivió el desconcierto ante su muerte. En la tarde de Pascua, el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no está presente, y cuando le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido, dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25).
·        También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más intensamente aún
su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo, apareciéndose nuevamente a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.

o     b) El encuentro con Jesús en la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica, y en la oración. Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará.

§         Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia.
·        Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los
Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (Catecismo de la Iglesia Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

o     c) La fe en la Iglesia

§         «Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros».
·        (…) Nuestra fe personal en Cristo, nacida del diálogo con Él, está vinculada a la fe de la Iglesia: no
somos creyentes aislados, sino que, mediante el Bautismo, somos miembros de esta gran familia, y es la fe profesada por la Iglesia la que asegura nuestra fe personal. El Credo que proclamamos cada domingo en la Eucaristía nos protege precisamente del peligro de creer en un Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, 166). Agradezcamos siempre al Señor el don de la Iglesia; ella nos hace progresar con seguridad en la fe, que nos da la verdadera vida (cf. Jn 20, 31). (…)
            También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un
instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida,
que nace del encuentro con Cristo.

6. Todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo.

·        San Josemaría, Es Cristo que pasa, 110: (…) Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se
dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con El, para realizar —en el lugar donde estamos— su misión divina.
Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de
las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad.
·        San Josemaría, Es Cristo que pasa, 111: Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida
nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás. Cuando venga el Hijo del hombre con toda su majestad y acompañado de todos sus ángeles, sentarse ha entonces en el trono de su gloria, y hará comparecer delante de él a todas las naciones, y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, poniendo las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda.
Entonces el rey dirá a los que estarán a su derecha: venid, benditos de mi padre, a tomar posesión
del reino, que os está preparado desde el principio del mundo. Porque yo tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era peregrino, y me hospedasteis; estando desnudo, me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado, y vinisteis a verme. A lo cual los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos nosotros hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber?, ¿cuándo te hallamos de peregrino y te hospedamos, desnudo y te vestimos?, o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a visitarte? Y el rey en respuesta les dirá: en verdad os digo, siempre que lo hicisteis con algunos de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis.

7. Una invitación de Papa Francisco

v     Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.

·        Evangelii gaudium, n. 3: Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a
renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor» (Pablo VI, Exhort. ap. Gaudete in Domino,9 mayo 1975, 22). Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos.
·        Evangelii gaudium, n. 7: No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos
llevan al centro del Evangelio:
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Carta enc. Deus caritas est, 25 diciembre 2005, 1).


Vida Cristiana

viernes, 18 de agosto de 2017

“Ten compasión de mí, Señor”: + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

El evangelio sitúa hoy a Jesús fuera de su tierra, entre paganos, en “el país de Tiro y de Sidón”: El amor lo despojó de sí mismo y lo abajó desde la condición de Dios a la condición de esclavo.
Allí, una mujer, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor”.
La memoria de la comunidad creyente guarda aún el grito de los discípulos de Jesús en la barca sacudida por las olas; y tampoco hemos olvidado la súplica de Pedro que, desde el abismo del miedo y agarrado a su poca fe, había gritado: “¡Señor, sálvame!”
Ahora es una mujer la que, empujada por una gran necesidad y por una fe más grande que su necesidad, se postra ante Jesús para decirle: “Señor, socórreme”.
Más allá de los discípulos y de Pedro con sus miedos, más allá de la mujer con su necesidad, tu fe recuerda que grito y súplica los oyó en otro lugar y evocan en el corazón otro nombre: “A media tarde, gritó Jesús muy fuerte: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y un instante después: “Jesús dio otro fuerte grito y exhaló el espíritu”.
A ti, Señor del cielo y de la tierra, el amor te hizo semejante a nosotros, te dio una carne de debilidad como la nuestra, un cuerpo de suplicar gritando, de gritar creyendo, de creer confiando.
El amor, Cristo Jesús, te hizo carne compasiva y misericordiosa, evangelio para los pobres, libertad para los oprimidos, luz para los ciegos, resurrección para los muertos, alegría y paz para los amados de Dios.
El mismo amor que por el misterio de la encarnación te hizo pan y salvación para la humanidad, te hace hoy pan y salvación para tus fieles en el misterio de la eucaristía.
Por la encarnación y en la eucaristía, tú, Señor, has hecho tuyo el grito de la mujer –el grito de tu Iglesia, el grito de la humanidad-: “Ten compasión de mí”.
Y es también tuya y de hoy la palabra que llena de esperanza y de alegría el corazón de los pobres: “Que se cumpla lo que deseas”.
***
Hace unos días, en la catedral, un grupo de emigrantes se acercó para pedirme ayuda.
Las razones en las que fundamentaban la petición eran como siempre razones de pobres, pero ese día añadieron una “teológica”, y no fue que “en ellos” es Jesús quien pide –lo que a todos recuerdo con frecuencia-, sino que me sorprendieron diciendo que “en mí” era Jesús quien los ayudaba.
¡Sabiduría de los pobres!: En la Iglesia es Jesús quien pide y es Jesús quien da.

sábado, 12 de agosto de 2017

“Señor, sálvame”: + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

Esas palabras –“Señor, sálvame”- resuenan de muchas maneras en la vida de un creyente.
Pedro las gritó llorando mientras se hundía en su mar de negaciones.
Yo las he gritado tantas veces que he perdido la cuenta de mis naufragios.
Mi fe es siempre demasiado pequeña para impedir que me hunda, pero es suficiente, Señor, para que aún te llame cuando empiezo a hundirme.
Al oír el evangelio de este día, no es el grito de Pedro lo que oigo, no es tampoco el mío: es el grito de los pobres, de los arrojados al mar por la codicia de unos, la legalidad de otros, la indiferencia de todos.
Hoy, dentro de mí, el evangelio no evoca el mar de Galilea, ni la imagen entrañable del mar de Arousa que me vio nacer, sino que evoca aguas que son de muerte para una humanidad sacudida por las olas de la desesperación.
Miles de manos tendidas en busca de pan, miles de miradas clavadas en la mía en busca de piedad, miles de palabras de humildes cuentacuentos, miles de esperanzas concentradas en una súplica, eso evoca hoy en mí el relato evangélico, eso entiendo que es un sencillo, creyente y sobreentendido: Señor, sálvame”.
Entonces recuerdo, necesito recordarlo, cuántas veces has extendido tu mano, me has agarrado y de nuevo me has subido contigo a la barca. Y me asombro de que hoy seas tú el que tiende la mano para que yo te agarre, para que yo te dé esperanza, para que yo te suba a la barca y puedas vivir.
Hoy tú y yo llevaremos a la Eucaristía nuestro grito y nuestro amor. Y volveremos a agarrarnos fuertemente: asombrado tú de mi poca fe, asombrado yo de poder amarte en tu cuerpo, en tu Iglesia, en tus pobres.
Yo sé que mañana sólo me preguntarás: “¿Me amas?”


Domingo 19 del tiempo ordinario, Año A, 13 agosto de 2017



Ø     Domingo 19 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). La presencia de Dios: se hace presente

 a través del susurro de una brisa suave (Primera Lectura). Su presencia en la vida ordinaria.


o        Cfr. Domingo 19 del tiempo ordinario, Año A, 13 agosto de 2017

                        13 de agosto de 2017
Mateo 14, 22-33: 22 Inmediatamente mandó  a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él  despedía a la gente. 23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. 24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a  gritar. 27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo» 28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.» 29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. 30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» 31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» 32 Subieron a la barca y amainó el viento. 33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
1 Reyes 19, 9.11-13: [Elías en el monte Horeb/Sinaí] 9 Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra del Señor, que le dijo: « ¿Qué haces  aquí Elías?» 11 Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante el Señor.» Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. 12 Después del temblor, fuego, pero no estaba el señor  en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. 13 Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz  que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»
           
¿Cómo se muestra el rostro de Dios?
Dónde está presente y dónde no.
La presencia del Señor, no en el huracán, ni en el temblor de tierra, ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave
(cfr. Primera Lectura, del libro de los Reyes)

1. Cuántas veces nuestra vida se asemeja a aquella barca «zarandeada por el viento contrario».

o        Las dificultades en el propio matrimonio, en la salud, en el trabajo …

                        Raniero Cantalamessa, Famiglia Cristiana, n. 32, 7 agosto 2005
·         “Cuántas veces nuestra vida se asemeja a aquella barca «zarandeada por el viento contrario». La
barca con dificultades puede ser el proprio matrimonio, los negocios, la salud … El «viento contrario» puede ser la hostilidad de las personas, un revés de fortuna, los obstáculos para encontrar un trabajo o la casa. Tal vez al inicio se afrontan con valentía las dificultades, decididos a no perder la fe, a confiar en el Señor. Por un poco de tiempo también nosotros hemos caminado sobre las aguas, confiando en la ayuda del Señor. Pero después, al ver que la  prueba se alarga y se endurece, nos parece que no conseguimos superarla, que nos hundimos. Y perdemos la valentía. Es el momento de acoger la palabra que  Jesús dirigió a los apóstoles  y sentirla como dirigida personalmente a nosotros: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo»”.

2. ¿Cómo se muestra el rostro de Dios? Es paciente, padre, maestro …

    Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme III edizione 1995, XIX
     Domenica  pp. 226-231

v     A. Dios no se presenta en medio de incendios, tempestades,  sino en la paz de la brisa de la tarde. Es paciente, padre, madre, esposo, guía .....  No quema etapas, sino que espera pacientemente la gestación del hombre nuevo.

            Elías, en su itinerario para descubrir el verdadero rostro de Dios [1], estaba acostumbrado a imaginar a Dios según los esquemas “tempestuosos” y “sinaíticos”, a verlo como potencia implacable y triunfal.
            En la soledad de la montaña, Elías, “profeta semejante al fuego”, busca a Dios en el viento impetuoso que azota los montes, en el fuego o en el terremoto, es decir, según esquemas personales y tradicionales.
            En efecto, incendios, tempestades, trastornos telúricos y erupciones de volcanes,  eran el marco popular dentro del cual se colocaban las apariciones divinas: “El Señor hará oír su voz majestuosa y mostrará el golpe de su brazo con el furor de su ira, con las llamas de fuego devorador, con truenos, tormenta y pedrisco” (Isaías 30,30). También el salmo más antiguo, el 29, tiene como coreografía la explosión de una tempestad que ciega [2].
Dios elige presentarse a Elías en la tranquilidad y en la paz de la brisa de la tarde.
            Pero este Dios que ha sido soñado según la propia imagen o según las esperanzas personales, no se presenta a la cita con el hombre. Dios, en efecto, elige presentarse a Elías en la tranquilidad y en la paz de la brisa de la tarde. 
            Y el profeta, poniéndose un velo en el rostro, “porque nadie puede verme y seguir con vida” (Éxodo 33,20) [3], conoce que el Señor es sencillez, intimidad, dulzura, paciente y tierna presencia, espíritu y vida. Dios no comparte la actitud de cruzada y la impaciencia, como Cristo no acoge la indignación de los hijos de Zebedeo ante las puertas bloqueadas del pueblo samaritano: «Señor ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero, volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo» (Lucas 9, 54-55).
            El Dios de la Biblia es, por el contrario, paciente, no duda definirse también padre, madre, esposo, maestro, guía; retrasa siempre el juicio porque “Él no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta de su conducta y viva” (Ezequiel 18,23).
            Él no quema etapas sino que espera pacientemente la fatigosa gestación del hombre nuevo, invitando sus fieles a compartir los mismos sentimientos de amor y de dulzura.  
§         Dios abandona el camino espectacular para manifestarse como una brisa.
En definitiva, se puede decir que la novedad para un hombre de la antigua alianza es que Dios entra en la historia, en la vida de los hombres, no como un huracán sino como un soplo benéfico, una brisa mañanera o de la tarde, tan esperada en el caliente clima oriental. Se trata de una agradable sorpresa.

3. Sólo cuando se escuchó «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro, porque el Señor estaba presente

Cfr. Hans Urs von Balthasar – Luz de la Palabra - Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C  - Ediciones Encuentro, Madrid 1994.Pág. 95 s.
            En la primera lectura, Elías, en un simbolismo sumamente misterioso, es iniciado precisamente en esta fe. Se le ha ordenado aguardar en el monte la manifestación de la majestad de Dios, que va a pasar ante él. Y el profeta tendrá que experimentar que las grandes fuerzas de la naturaleza, que otrora anunciaban la presencia de Dios en el Sinaí, la misma tempestad violenta de la que los discípulos son testigos en el lago, el terremoto que en los Salmos es un signo de su proximidad, el fuego que le reveló antaño en la zarza ardiendo, son a lo sumo sus precursores, pero no su presencia misma. Sólo cuando se escuchó «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro con el manto; esta suavidad inefable es como un presentimiento de la encarnación del Hijo: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará» (Is 42,2-3). 

4. El rostro de Dios se encuentra en el rostro de Cristo

v     Evangelio según San Juan: 14, 5-11

o        “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”.

-          5 Tomás le dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? 6 Le
respondió Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí. 7 Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto. 8 Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.9 Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. 11 Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas.

v     El reconocimiento de Cristo dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias

              cfr. San Juan Pablo II, «Novo millennio ineunte», nn. 6 y 17
- En los acontecimientos de la vida y en el rostro de los demás, a través de la oración y de la meditación de la Palabra de Dios,  sobre todo en la Eucaristía. 
§         Saliendo  al paso de todos los sufrimientos humanos
- “A la beata Teresa de Calcuta le gustaba entregar una «tarjeta de visita» en la que estaba escrito: «Fruto del silencio es la oración; fruto de la oración la fe, fruto de la fe el amor, fruto del amor al servicio, fruto del servicio la paz». Este es el camino del encuentro con Jesús. Salid al paso de todos los sufrimientos humanos con el empuje de vuestra generosidad y con el amor que Dios infunde en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40). ¡El mundo tiene necesidad urgente del gran signo profético de la caridad fraterna!”

5. La voz serena de Cristo y su mano: sustituyen al aullido del viento y dan seguridad y esperanza.

 Cfr. G. Ravasi o.c. p. 228
            También envuelven la escena evangélica un viento borrascoso, olas impetuosas y miedos. Pero la voz serena de Cristo, en una especie de aparición pascual, sustituye el aullido del viento y el hundimiento de Pedro: «¡Animo, que soy yo; no temáis!». (...) La mano de Cristo glorioso, «Señor» del cosmos y de la historia, da seguridad e infunde esperanza y alegría en la Iglesia que se encuentra en crisis y en actitud de búsqueda, suspendida sobre el caos del mal  o sobre el mar de la duda. La mano extendida hacia Pedro no es solamente su salvación sino también la nuestra.

o        El Señor llegará cuando el camino de las tinieblas está ya avanzado [4].

                        Orígenes (185-253), uno de los primeros teólogos cristianos. Comentario a la
                        escena del evangelio.  cfr. Ibídem. p. 228
“Si un día nos encontramos con inevitables e implacables tentaciones, recordemos que Jesús nos ha obligado a embarcarnos y quiere que le precedamos solos hacia la rivera opuesta. Cuando, en medio de las tempestades de los sufrimientos, habremos pasado las tres cuartas partes de la noche oscura que reina en los momentos de la tentación, luchando del mejor modo posible y vigilando para evitar el naufragio de la fe, estemos seguros de que, cuando llegue el último cuarto de la noche, cuando el camino de las tinieblas estará ya avanzado y el día cercano, llegará junto a nosotros el Hijo de Dios caminando sobre las ondas, para darnos un mar benigno. Y también nosotros caminaremos con Él sobre las ondas de la tentación, del dolor y del mal”.

o        La mano tendida del Señor a San Pedro.

Se trata de un gesto que el Señor repetirá siempre a quien se dirige a Él. La fe no ahorra pruebas, dificultades, crisis, pero el evangelista nos hace saber que «al final» Jesús vendrá, se hará ver. El camina con nosotros encima de las aguas, pero pueden percibirlo solamente los que creen. 

6. Metidos en las limitaciones de la vida, debemos dirigir nuestra mirada a Cristo.

 Cfr. G. Ravasi, o.c. pp. 226-231
            Metidos  en los remolinos del mal, de los sufrimientos, de la limitación y de la muerte, debemos dirigir, como Pedro,  nuestra mirada, la voz y la mano, hacia Cristo, el único que vence el mar del mal. Él nos elevará y hará que «caminemos» sobre las olas. No en vano en la Jerusalén celestial, sede del nuevo mundo y de la humanidad resucitada, el mar desaparecerá: “Vi un cielo nuevo y una nueva tierra, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya” (Apocalipsis 21,1).   

7. Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos

    Discurso de Benedicto XVI en el santuario de la Santa Faz de Manoppello, 1 de
    septiembre de 2006
-          “Busco tu rostro, Señor”. Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos, pues
nosotros somos “la generación” que en este tiempo busca su rostro, el rostro del “Dios de Jacob”. Si perseveramos en la búsqueda del rostro del Señor, al final de nuestra peregrinación terrena será él, Jesús, nuestro gozo eterno, nuestra recompensa y gloria para siempre: “Sis Jesu nostrum gaudium, qui es futurus praemium: sit nostra in te gloria, per cuncta semper saecula”.

8. Jesucristo  es la «piedra» sobre la cual debemos construir. Que nuestros ojos estén fijos en Jesucristo.

 Papa Francisco, Homilía, 22 de febrero de 2026.
-          “Hagamos nuestras las palabras de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16).
Que nuestro pensamiento y nuestros ojos estén fijos en Jesucristo, inicio y fin de cada acción de la Iglesia. Él es el fundamento y nadie puede poner otro cimiento (1 Cor 3, 11). Él es la «piedra» sobre la cual debemos construir. Lo recuerda con palabras expresivas san Agustín cuando escribe que la Iglesia, que viéndose agitada y sacudida por las vicisitudes de la historia, «no se cae, porque está cimentada sobre la piedra de donde Pedro tomó el nombre, pues “piedra” no viene de “Pedro”, sino “Pedro” de “piedra”; como tampoco “Cristo” viene de “cristiano”, sino “cristiano” de “Cristo”. […] La roca es el Mesías, cimiento sobre el que también Pedro mismo está edificado» (In Joh 124, 5: pl 35, 1972).

9. Presencia de Dios, encuentro con Cristo en la vida ordinaria.

    Tres textos breves de la homilía «Amar al mundo apasionadamente», pronunciada por San
     Josemaría Escrivá en el campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967

o     En vuestras aspiraciones, en vuestro trabajo, en vuestros amores está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo.

(…) Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres. (…)

o     Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.

Debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (…)

o     O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original  sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.

10. La grandeza y la debilidad de san Pedro: su fe y sus dificultades para creer.

 Cfr. Biblia de Navarra, Nota a Mateo 14, 22-33.

v     Presumió del Señor y pudo por el Señor, pero titubeó como hombre, y entonces se volvió hacia el Señor (San Agustín).

·         “Las tempestades en el lago de Genesaret son frecuentes: las aguas se arremolinan con grave
peligro para las embarcaciones. El episodio de Jesús andando sobre el mar (vv. 25-27) lo relatan también Marcos 6,48-50 y Juan 6,19-21. En cambio, San Mateo es el único que narra el caminar de San Pedro sobre las aguas (vv. 28-31). (…) En este caso, el episodio muestra la grandeza y la debilidad del Apóstol, su fe y sus dificultades para creer: «Así también dice Pedro: Mándame ir a ti sobre las aguas. (...) Y Él dijo: ¡Ven! Se bajó y pudo caminar sobre las aguas (...). Eso es lo que podía Pedro en el Señor. ¿Y qué podía en sí mismo? Sintiendo un fuerte viento, temió y comenzó a hundirse y exclamó: ¡Señor, perezco, líbrame! Presumió del Señor y pudo por el Señor, pero titubeó como hombre, y entonces se volvió hacia el Señor» (S. Agustín, Sermones 76,8).

v     El episodio ilumina la vida cristiana. El Señor levanta y sustenta la esperanza que vacila.

o        No temeremos, si caminamos agarrados de su mano (San Gregorio de Nisa).

El episodio ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. En las pruebas de fe y de fidelidad, en el combate del cristiano por mantenerse firme cuando las fuerzas flaquean, el Señor nos anima (v. 27), nos estimula a pedir (v. 30), y nos tiende la mano (v. 31). Entonces, como ahora, brota la confesión de la fe que proclama el cristiano: «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (v. 33): «El Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas. Por tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra, si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos agarrados de su mano» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6).”

o        El creyente busca  las huellas de la presencia de Dios en las vicisitudes de la vida.   

-          Es importante leer las vicisitudes de la vida con transparencia, buscando las huellas de la
 presencia  de  Dios. Esto forma parte del compromiso del creyente. Este compromiso será considerado no como algo “obligatorio”, gravoso, sino como una tarea gozosa, como un desafío que cambia el horizonte de la vida y que facilita el nacimiento de la alegría genuina que nace, precisamente, de la percepción de la presencia de Dios.


Vida Cristiana




[1] Elías  emprende el viaje hacia el monte Horeb (Sinaí) huyendo (cfr. 1 Re 19,3);  teme por su vida ante las asechanzas de la Reina Jezabel, que no le perdona el hecho de que haya derrotado a los sacerdotes de Baal (Cf 1 Reyes 18, 20-40). En este viaje encuentra tantas dificultades (la sed, la inclemencia del sol en el desierto, etc.) que desea la muerte: "Basta, Señor, toma mi vida, que yo no soy mejor que mis padres". Sin embargo, el Señor lo reanima por medio de un ángel,  le proporciona  alimento y le responde: "Levántate y come porque el camino es superior a tus fuerzas" (1 Re 19, 1-8). Reemprendió la marcha y caminó cuarenta días con cuarenta noches hasta llegar al monte Horeb, en donde sucede un encuentro misterioso con Yahveh. La manifestación de Dios (teofanía)  que presenciará Elías es diferente  a la que tuvo lugar en el tiempo de Moisés, ya que  esta vez no hubo truenos, relámpagos y fuego. Dios se manifestó a Elías en una brisa de la tarde, en el silencio, en la soledad de la montaña.
[2] Biblia de Jerusalén, Salmo 29/28: La tormenta (ver Éxodo 13, 22+ y Éxodo 19,16+), evoca el poder y la gloria divinos, que causan pavor a los enemigos de Israel y aseguran la paz al pueblo de Dios. 
[3]  [Nota del traductor]. He aquí el texto en el que se explica que Moisés, cuando estaba también en el Monte Horeb para hacer la Alianza del Sinaí entre Dios y su pueblo, hizo una petición al Señor que no fue atendida (Éxodo 33, 18-23): Entonces dijo Moisés: «Déjame ver, por favor, tu gloria.» 19 Él le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahveh; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia con quien tengo misericordia.» 20 Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.» 21 Luego dijo Yahveh: «Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. 22Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. 23 Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver.»
[4] La barca se ve "sacudida por las olas", expuesta a un "viento contrario";  pasado un tiempo,  “en la cuarta vigilia”, hacia las 4 de la madrugada, Jesús "va hacia ellos caminando sobre el mar".

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