sábado, 25 de febrero de 2017

Domingo 8 Tiempo Ordinario Año A




Ø     Domingo 8º del Tiempo Ordinario, Ciclo A (26 de febrero de 2017). La esperanza cristiana. ¿Qué
quiere decir el Señor con las palabras “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”? La búsqueda del Reino de Dios incluye también  nobles realidades humanas. Aquellas palabras del Señor, que ordena a los siervos de la parábola: “Negociad los talentos hasta que vuelva” (Lc 19, 13), no pueden ser entendidas en un sentido meramente espiritualista, como si el hombre fuera sólo alma. El abandono en la providencia de Dios y el desprendimiento, no suponen una alienación del mundo sino el descubrimiento de valores más profundos. La auténtica fe implica un profundo deseo de cambiar el mundo. Cristo nos previene frente al peligro de trastocar el orden de valores y amar a las criaturas por encima del Creador. Pero también nos advierte del peligro de la pereza y de la cobardía, del peligro de enterrar en tierra el talento otorgado por el Señor. En el desarrollo humano todos debemos ser protagonistas. El trabajo: vínculo de unión con los demás y participación en la obra creadora de Dios. 

v     Cfr. Domingo 8º  del Tiempo Ordinario Ciclo A

26 de febrero  de 2017
Isaías 49, 14-15; Salmo 61; 1 Corintios 4, 1-5; Mateo 6, 24-34

Mateo 6, 24-34: 24 Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. 25 Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? 26 Fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? 27 ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? 28 Y acerca del vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, 29 y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. 30 Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! 31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? 32 Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados.33 Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. 34 Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad.

Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia,
y todo lo demás se os dará por añadidura.
(Mateo 6, 33)
Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré
(Salmo responsorial, 61, 2-3.6-7. 8-9AB)

1.  LA ESPERANZA CRISTIANA

      Cfr. San Juan Pablo II, Homilía para las familias indígenas, Viaje a México, 11 de mayo de 1990

v     Jesús nos habla, en el evangelio de hoy, de la providencia divina y de la esperanza.

            Cfr. Mateo 6, 24-34
De esta providencia divina nos habla también Jesús en el evangelio: “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta... Observad los lirios del campo, cómo crecen... Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?” (Mt 6, 26. 28. 30).
Estas palabras de Cristo constituyen un llamado a la esperanza. Si Dios se preocupa con paterna solicitud de las aves del cielo; si Dios viste a las hierbas del campo, ¿cómo dejará de preocuparse por el hombre? ¿Cómo podría abandonar a la única criatura de la tierra que ha amado por sí misma? (cf. Gaudium et spes, 24)

o     La esperanza cristiana tiene una meta que está más allá de esta vida, pero es también esperanza para esta vida. Nada de lo que se puede y debe realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer " más humana " la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido en vano.

§         “La Iglesia sabe bien que ninguna realidad temporal se identifica con el Reino de Dios, pero que todas ellas no hacen más que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de ese Reino, que esperamos al final de la historia, cuando el Señor vuelva.
Pero la espera no podrá ser nunca una excusa para desentenderse de los hombres en su situación personal concreta y en su vida.
La esperanza cristiana tiene, ante todo, una meta que está más allá de esta vida; es la virtud por la que ponemos nuestra confianza en Dios, el cual nos dará las gracias que necesitamos para llegar al cielo. Es allí, sobre todo, donde se harán realidad las palabras: “Convertiré todos mis montes en caminos, y mis calzadas serán levantadas” (Is 49, 11). “No tendrán hambre ni sed, ni les hará daño el bochorno ni el sol, pues el que tiene piedad de ellos los conducirá y a manantiales de agua los guiará” (Ibíd. 49, 10).
Sin embargo, la esperanza cristiana es también esperanza para esta vida. Dios quiere la felicidad de sus hijos, también aquí en este mundo.  
“La Iglesia —he escrito en la Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”— sabe bien que ninguna realidad temporal se identifica con el Reino de Dios, pero que todas ellas no hacen más que reflejar y en cierto modo anticipar la gloria de ese Reino, que esperamos al final de la historia, cuando el Señor vuelva. Pero la espera no podrá ser nunca una excusa para desentenderse de los hombres en su situación personal concreta y en su vida social, nacional e internacional, en la medida en que ésta —sobre todo ahora— condiciona a aquella. Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se puede y debe realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer " más humana " la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido en vano” (Sollicitudo Rei Socialis, 48).

v     ¿Qué quiere decir el Señor con las palabras “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”?.

o     La búsqueda del Reino de Dios incluye también  nobles realidades humanas. Aquellas palabras del Señor, que ordena a los siervos de la parábola: “Negociad los talentos hasta que vuelva” (Lc 19, 13), no pueden ser entendidas en un sentido meramente espiritualista, como si el hombre fuera sólo alma.

“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. (Mt 6, 33) ¿Qué quiere decir el Señor con estas palabras? ¿En qué consiste este objetivo primordial? ¿Qué hemos de hacer para buscar, en primer lugar, el Reino de Dios?
Conocéis bien la respuesta. Sabéis que para alcanzar la vida eterna es preciso cumplir los mandamientos, es preciso vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, que nos son transmitidas continuamente por su Iglesia. Por eso, queridos hermanos, os animo a comportaros siempre como buenos cristianos, a cumplir los mandamientos, a asistir a misa los domingos, a cuidar vuestra formación cristiana acudiendo a las catequesis que vuestros pastores imparten, a confesaros con frecuencia, a trabajar, a ser buenos padres y esposos fieles, a ser buenos hijos. No caigáis en la seducción de los vicios, como el abuso del alcohol, que tantos estragos causa: ni prestéis vuestra colaboración al narcotráfico, causa de la destrucción de tantas personas en el mundo.  
Y, acompañando ese esfuerzo por vivir cristianamente, habrá también un empeño por mejorar vuestra situación humana en sus más variados aspectos: cultural, económico, social y político. La búsqueda del Reino de Dios incluye también esas nobles realidades humanas. Aquellas palabras del Señor, que ordena a los siervos de la parábola: “Negociad los talentos hasta que vuelva” (Lc 19, 13), no pueden ser entendidas en un sentido meramente espiritualista, como si el hombre fuera sólo alma.
§         Cristo nos previene frente al peligro de trastocar el orden de valores y amar a las criaturas por encima del Creador. Pero también nos advierte del peligro de la pereza y de la cobardía, del peligro de enterrar en tierra el talento otorgado por el Señor. En el desarrollo humano todos debemos ser protagonistas.
Cristo nos previene frente al peligro de trastocar el orden de valores y amar a las criaturas por encima del Creador: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24); pero también nos advierte del peligro de la pereza y de la cobardía, del peligro de enterrar en tierra el talento otorgado por el Señor (cf. Ibíd. 25, 25). El desarrollo humano contribuye a la instauración del Reino (Gaudium et spes, 39). Y en ese desarrollo, cada uno debe ser protagonista (Populorum progressio, 55).
Deben serlo en primer lugar, aquellos a quienes incumbe una mayor responsabilidad social o posibilidades económicas. Estos han de recordar que son sólo administradores de esos bienes y que deberán dar cuenta de su administración (cf. Lc 16, 2).
Han de ser igualmente protagonistas los menos favorecidos. Lo que he escrito en la Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” haciendo referencia a los países (cf. Sollicitudo Rei Socialis, 44) , ha de aplicarse también a los individuos: el desarrollo humano exige espíritu de iniciativa por parte de las mismas personas que lo necesitan. Cada uno debe actuar de acuerdo con su propia responsabilidad, sin esperar todo de las estructuras sociales, asistenciales, o políticas, o de la ayuda de otras personas con más posibilidades. “Cada uno debe descubrir y aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia libertad. Cada uno debería llegar a ser capaz de iniciativas que respondan a las propias exigencias de la sociedad” (Ibíd.).
Por tanto, queridos hermanos y hermanas, habéis de esforzaros en poner los medios que estén a vuestro alcance sabiendo, por otra parte, que hemos puesto en Dios toda nuestra confianza: “¿Quién de vosotros puede por más que se preocupe, añadir una hora al tiempo de su vida?” (Mt 6, 27).

2.  El trabajo: vínculo de unión con los demás. Fuente de recursos para  sostener la propia familia y medio de contribuir a la mejora de la sociedad.

v     El trabajo: participación en la obra creadora de Dios

            Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 47
El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.
Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.
Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Génesis 1,28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.

v     El trabajo: ayuda a quien tiene necesidad

            Cfr. Ibid. Es Cristo que pasa, 49
El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Éfeso, sobre cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad (Efesios 4, 28).. Los hombres tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones. Con  vuestro trabajo mismo, con las iniciativas  que se promuevan a partir de esa tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis concretar ese precepto apostólico.
Si trabajamos con este espíritu, nuestra vida, en medio de las limitaciones propias de la condición terrena, será un anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con Dios y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la entrega, la fidelidad, la amistad, la alegría. En vuestra ocupación profesional, ordinaria y corriente, encontraréis la materia —real, consistente, valiosa— para realizar toda la vida cristiana, para actualizar la gracia que nos viene de Cristo.
En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios.

3. La auténtica fe implica un profundo deseo de cambiar el mundo

     Cfr. Papa Francisco, Evangelii gaudium, n. 183
·         “Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el
mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est , n. 28, 25 diciembre 2005). Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo”. 

Vida Cristiana


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