lunes, 29 de mayo de 2017

Familia. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (7), 18 de febrero de 2015. El papel de los hermanos. La familia escuela de fraternidad. El vínculo de fraternidad que se da en la familia, entre los hijos, se forma en un clima de educación en la apertura a los demás, es la gran escuela de libertad y de paz. En la familia, entre los hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en la sociedad. La fraternidad en la familia brilla de modo especial cuando vemos el primor, la paciencia, el cariño que rodean al hermano o a la hermana más débiles, enfermos o con alguna discapacidad. Los hermanos y hermanas que hacen esto son muchísimos en todo el mundo, y quizá no apreciamos bastante su generosidad. No privemos ligeramente a nuestras familias, por temor o miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraterna de hijos e hijas.



1 Familia. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (7), 18 de febrero de 2015. El papel de los hermanos. La familia escuela de fraternidad. El vínculo de fraternidad que se da en la familia, entre los hijos, se forma en un clima de educación en la apertura a los demás, es la gran escuela de libertad y de paz. En la familia, entre los hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en la sociedad. La fraternidad en la familia brilla de modo especial cuando vemos el primor, la paciencia, el cariño que rodean al hermano o a la hermana más débiles, enfermos o con alguna discapacidad. Los hermanos y hermanas que hacen esto son muchísimos en todo el mundo, y quizá no apreciamos bastante su generosidad. No privemos ligeramente a nuestras familias, por temor o miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraterna de hijos e hijas. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (7), 18 de febrero de 2015 El papel de los hermanos. La familia escuela de fraternidad. En nuestro camino de catequesis sobre la familia, después de haber considerado el papel de la madre, del padre y de los hijos, hoy nos toca hablar de los hermanos. Hermano y hermana son palabras que el cristianismo ama mucho. Y, gracias a la experiencia familiar, son palabras que todas las culturas y todas las épocas comprenden. El vínculo fraterno ocupa un lugar especial en la historia del pueblo de Dios, que recibe su revelación en lo más vivo de la experiencia humana. El salmista canta la belleza del vínculo fraterno: ¡Mirad qué bueno y alegre es que los hermanos vivan juntos! (Sal 133,1). Y eso es verdad, ¡la fraternidad es hermosa! Jesucristo llevó a plenitud también la experiencia humana de ser hermanos y hermanas, asumiéndola en el amor trinitario y potenciándola de modo que vaya mucho más allá de los lazos de parentesco y pueda superar todo muro de separación. Sabemos que cuando el trato fraterno se rompe, cuando se estropea ese trato entre hermanos, se abre el camino a experiencias dolorosas de conflicto, traición y odio. El relato bíblico de Caín y Abel constituye el ejemplo de ese resultado negativo. Tras matar a Abel, Dios pregunta a Caín: ¿Dónde está Abel, tu hermano? (Gn 4,9a). Es una pregunta que el Señor nos repite a cada generación. Y, desgraciadamente en cada generación, no deja de repetirse también la dramática respuesta de Caín: No lo sé. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano? (Gn 4,9b). Cuando se rompe el vínculo entre hermanos, la cosa se pone muy fea, incluso para la humanidad. Y lo mismo en la familia, cuántos hermanos se pelean por pequeñeces, o por una herencia, y luego ya no se hablan ni se saludan… ¡Eso es muy feo! La fraternidad es algo grande: pensar que los dos, todos los hermanos han estado en el seno de la misma madre durante nueve meses, que ¡provienen de la carne de su madre! ¡No se puede romper la fraternidad! Pensemos un poco: todos conocemos familias que tienen hermanos distanciados, que se pelean… Pensemos un poco, y pidamos al Señor por esas familias —quizá en nuestra familia hay algunos casos— para que el Señor nos ayude a reunir a los hermanos, a reconstituir la familia. La fraternidad no se debe romper y, si se rompe, sucede lo que le pasó a Caín y Abel. Y cuando el Señor pregunta a Caín dónde está su hermano: Y yo qué sé, a mí no me importa mi hermano. Qué feo, es algo muy, muy doloroso escucharlo. Así que, en nuestras oraciones, pidamos siempre por los hermanos que estén peleados. El vínculo de fraternidad que se da en la familia, entre los hijos, se forma en un clima de educación en la apertura a los demás, es la gran escuela de libertad y de paz. En la familia, entre los hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en la sociedad. A lo mejor no siempre son conscientes, pero ¡es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el 2 mundo! A partir de esa primera experiencia de fraternidad, alimentada por los afectos y la educación familiar, el estilo de la fraternidad se irradia como una promesa a toda la sociedad y a las relaciones entre los pueblos. La bendición que Dios, en Jesucristo, derrama sobre el vínculo de fraternidad, lo dilata de modo inimaginable, haciéndolo capaz de superar cualquier diferencia de nación, de lengua, de cultura, e incluso de religión. Pensad lo qué puede llegar a ser el vínculo entre los hombres, tan distintos entre sí, cuando pueden decir de otro: ¡Este es como un hermano, esta es como una hermana, para mí! ¡Qué bonito es esto, qué bonito! Además, la historia ha demostrado de sobra que hasta la libertad y la igualdad, sin fraternidad, pueden llenarse de individualismo y de conformismo, e incluso de interés personal. La fraternidad en la familia brilla de modo especial cuando vemos el primor, la paciencia, el cariño que rodean al hermano o a la hermana más débiles, enfermos o con alguna discapacidad. Los hermanos y hermanas que hacen esto son muchísimos en todo el mundo, y quizá no apreciamos bastante su generosidad. Y cuando los hermanos son muchos en la familia —hoy he saludado a una familia que tiene nueve hijos—, el mayor o la mayor ayudan a papá y a mamá a cuidar de los más pequeños. ¡Qué hermoso es este trabajo de ayuda entre los hermanos! Tener un hermano, una hermana que te quiere es una experiencia fuerte, impagable, insustituible. Lo mismo pasa con la fraternidad cristiana. Los más pequeños, los más débiles, los más pobres nos deben enternecer: tiene derecho a tomarnos el alma y el corazón. Sí, son nuestros hermanos y, como tales, debemos amarlos y tratarlos. Cuando pasa esto, cuando los pobres son como de la familia, nuestra misma fraternidad cristiana retoma vida. Los cristianos van al encuentro de los pobres y débiles no por obedecer a un programa ideológico, sino porque la palabra y el ejemplo del Señor nos dicen que todos somos hermanos. Este es el principio del amor de Dios y de toda justicia entre los hombres. Os sugiero una cosa antes de acabar: cada uno en silencio, pensemos en nuestros hermanos y hermanas. Pensemos en silencio y, en silencio, desde el corazón, recemos por ellos. Un instante de silencio (todos rezan en silencio). Ya está, con esta oración les hemos traído a todos, hermanos y hermanas, con el pensamiento, con el corazón, a la Plaza de San Pedro para recibir la bendición. Hoy es más necesario que nunca volver a poner la fraternidad en el centro de nuestra sociedad tecnocrática y burocrática: y, entonces, hasta la libertad y la igualdad tendrán su justa entonación. Por eso, no privemos ligeramente a nuestras familias, por temor o miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraterna de hijos e hijas. Y no perdamos nuestra confianza en la amplitud de horizonte que la fe es capaz de sacar de esta experiencia, iluminada por la bendición de Dios. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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