lunes, 26 de junio de 2017

30 domingo del tiempo ordinario. Ciclo C (2013). Buscad continuamente el Rostro del Señor. Salmo 104, Antífona de entrada de la Misa. El rostro del Señor en los salmos y en textos de Juan Pablo II y Benedicto XVI.






1 30 domingo del tiempo ordinario. Ciclo C (2013). Buscad continuamente el Rostro del Señor. Salmo 104, Antífona de entrada de la Misa. El rostro del Señor en los salmos y en textos de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Cfr. 30 domingo del tiempo ordinario (Año C). 27 octubre 2013. Lucas 18, 9-14; Sirácida 35, 12-14.16-18. Salmo 34 (33), 2-3; 17-18; 19-20; 2 Timoteo 4, 6-8.16-18. - Lucas 18, 9-14: 9 En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: 10 - «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. 11 El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. 12 Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." 13 El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. "14 Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» -Sirácida (Eclesiástico) 35, 12-14.16-18: El Señor es juez, y no cuenta para él la gloria de nadie.13 No hace acepción de personas contra el pobre, y escucha la plegaria del agraviado.14 No desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda, cuando derrama su lamento. 16 Quien sirve de buena gana, es aceptado, su plegaria sube hasta las nubes.17 La oración del humilde atraviesa las nubes, no se consuela hasta que no llega a su término.18 Y no desiste hasta que vuelve los ojos el Altísimo, hace justicia a los justos y ejecuta el juicio. -Salmo Responsorial: Salmo 34 (33), 2-3; 17-18; 19-20 - R.: 7ª Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha (otras traducciones: Cuando el pobre invoca al Señor, él lo escucha) 2 Bendigo al señor en todo tiempo; su alabanza está en mi boca de continuo.// 3 Mi alma se gloría en el Señor; que lo escuchen los humildes y se alegren.// 17 El rostro del Señor está contra los malhechores para borrar de la tierra su memoria. // 18 Claman y el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias // 19 El Señor está cerca de los contritos de corazón, y salva a los de espíritu abatido. 20 Muchas son las aflicciones del Justo, pero el Señor les libra de todas. -2 Timoteo 4, 6-8.16-18: 6 Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación, y el momento de mi partida es inminente. 7 He luchado en el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe; 8 por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que desean con amor su venida. 16 Nadie me asistió en mi primera defensa, sino que todos me abandonaron; que no les sea tenido en cuenta. 17 Pero el Señor me apoyó y me fortaleció para que, por medio de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. 18 El Señor me librará de todo mal, y me salvará para su reino celestial. A El la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro (Salmo 104, 3-4) (Antífona de entrada de la Misa) A. El rostro del Señor en los Salmos Salmo 4, 7-8 7 Muchos dicen: " ¿Quién nos hará ver la dicha? "¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro! Yahveh , 8 tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo. Salmo 13,2: 2 ¿Hasta cuándo, Yahveh , me olvidarás? ¿Por siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? Salmo 31 (30) 8 Yahveh , tu favor me afianzaba sobre fuertes montañas; mas retiras tu rostro y ya estoy conturbado. 16 Está en tus manos mi destino, líbrame de las manos de mis enemigos y perseguidores; 17 haz que alumbre a tu siervo tu semblante, ¡sálvame, por tu amor! Salmo 44,4 4 no por su espada conquistaron [nuestros padres] la tierra, ni su brazo les dio la victoria, sino que fueron tu diestra y tu brazo, y la luz de tu rostro, porque los amabas. Salmo 44,25 25 ¿Por qué ocultas tu rostro, olvidas nuestra opresión, nuestra miseria? Salmo 69, 18 18 no retires tu rostro de tu siervo, que en angustias estoy, pronto, respóndeme; Salmo 80, 4¡Oh Dios, haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos! 8 ¡Oh Dios Sebaot, haznos volver, y brille tu rostro, para que seamos salvos! Salmo 89 15 Justicia y Derecho, la base de tu trono, Amor y Verdad ante tu rostro marchan. 2 16 Dichoso el pueblo que la aclamación conoce, a la luz de tu rostro caminan, oh Yahveh ; Salmo 104 29 Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan. 30 Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra. Salmo 105 4 ¡Buscad a Yahveh y su fuerza, id tras su rostro sin descanso. El Salmo 27. Buscar su rostro: tratar de conocerlo, vivir en su presencia. 8 Dice de ti mi corazón: " Busca su rostro. "Sí, Yahveh , tu rostro busco: 9 No me ocultes tu rostro. No rechaces con cólera a tu siervo; tú eres mi auxilio. No me abandones, no me dejes, Dios de mi salvación. o Biblia de Jerusalén v. 8: Busca su rostro. La expresión (ver Amós 5,4), que en principio significaba «ir a consultar a Yaveh» en un santuario (2 Samuel 21, 1), tomó un sentido más general: tratar de conocerlo, vivir en su presencia. «Buscar a Yahvé», Deuteronomio 4, 29; Salmo 40. El salmo 67: el deseo insistente de la bendición divina 2 ¡Dios nos tenga piedad y nos bendiga, su rostro haga brillar sobre nosotros! 7 La tierra ha dado su cosecha: Dios, nuestro Dios, nos bendice. 8 ¡Dios nos bendiga, teman ante él todos los confines de la tierra! o Juan Pablo II, Catequesis del 9 de octubre de 2002 La bendición sobre Israel será como una semilla de gracia y de salvación 3. Al inicio y en la conclusión del Salmo, se expresa un insistente deseo de bendición divina: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros... Nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga» (versículos 2.7-8). Es fácil escuchar en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal enseñada, en nombre de Dios, por Moisés y Aarón a los descendientes de la tribu sacerdotal: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24-26). Pues bien, según el Salmista, esta bendición sobre Israel será como una semilla de gracia y de salvación que será enterrada en el mundo entero y en la historia, dispuesta a germinar y a convertirse en un árbol frondoso. El pensamiento recuerda también la promesa hecha por el Señor a Abraham en el día de su elección: «De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición... Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Génesis 12, 2-3). B. El rostro de Dios está en el rostro de Cristo San Juan 14, 5-11 5 Tomás le dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? 6 Le respondió Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí. 7 Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto. 8 Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.9 Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. 11 Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. C. Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos. Cfr. Discurso de Benedicto XVI en el santuario de la Santa Faz de Manoppello, 1 de septiembre de 2006 (…) o Para "ver a Dios" es preciso conocer a Cristo y dejarse modelar por su Espíritu, que guía a los creyentes "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13). Sólo después de su pasión, cuando se encontraron con él resucitado, cuando el Espíritu iluminó su mente y su corazón, los Apóstoles comprendieron el significado de las palabras que Jesús les había dicho y lo reconocieron como el Hijo de Dios, el Mesías prometido para la redención del mundo. 3 Cuando, hace poco, me encontraba orando, pensaba en los dos primeros Apóstoles, los cuales, impulsados por Juan Bautista, siguieron a Jesús junto al río Jordán, como leemos en el evangelio de san Juan (cf. Jn 1, 35-37). El evangelista narra que Jesús se volvió hacia ellos y les preguntó: "¿Qué buscáis?". Ellos respondieron: "Rabbí, ¿dónde vives?". Y él a su vez les dijo: "Venid y lo veréis" (Jn 1, 38-39). Ese mismo día los dos que lo siguieron hicieron una experiencia inolvidable, que los impulsó a decir: "Hemos encontrado al Mesías" (Jn 1, 41). Aquel a quien pocas horas antes consideraban un simple "rabbí", había adquirido una identidad muy precisa, la del Cristo esperado desde hacía siglos. Pero, en realidad, ¡cuán largo camino tenían aún por delante esos discípulos! No podían ni siquiera imaginar cuán profundo podía ser el misterio de Jesús de Nazaret; cuán insondable e inescrutable sería su "rostro"; hasta el punto de que, después de haber convivido con él durante tres años, Felipe, uno de ellos, escucharía de labios de Jesús estas palabras durante la última Cena: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?", y luego las palabras que expresan toda la novedad de la revelación de Jesús: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14, 9). Sólo después de su pasión, cuando se encontraron con él resucitado, cuando el Espíritu iluminó su mente y su corazón, los Apóstoles comprendieron el significado de las palabras que Jesús les había dicho y lo reconocieron como el Hijo de Dios, el Mesías prometido para la redención del mundo. Entonces se convirtieron en sus mensajeros incansables, en sus testigos valientes hasta el martirio. "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". Sí, queridos hermanos y hermanas, para "ver a Dios" es preciso conocer a Cristo y dejarse modelar por su Espíritu, que guía a los creyentes "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13). El que encuentra a Jesús, el que se deja atraer por él y está dispuesto a seguirlo hasta el sacrificio de la vida, experimenta personalmente, como hizo él en la cruz, que sólo el "grano de trigo" que cae en tierra y muere da "mucho fruto" (cf. Jn 12, 24). Este es el camino de Cristo, el camino del amor total, que vence a la muerte: el que lo recorre y "el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 25). Es decir, vive en Dios ya en esta tierra, atraído y transformado por el resplandor de su rostro. o Los santos han reconocido y amado en los hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados, el rostro de aquel Dios largamente contemplado con amor en la oración. ¿Quiénes buscan el rostro de Dios? Los que tienen “manos inocentes y puro corazón”. Los que no dicen mentiras ni juran contra el prójimo en falso (cf. vv. 3-4). Esta es la experiencia de los verdaderos amigos de Dios, los santos, que han reconocido y amado en los hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados, el rostro de aquel Dios largamente contemplado con amor en la oración. Ellos son para nosotros ejemplos estimulantes, dignos de imitar; nos aseguran que si recorremos con fidelidad ese camino, el camino del amor, también nosotros, como canta el salmista, nos saciaremos de gozo en la presencia de Dios (cf. Sal 16, 15). "Jesu... quam bonus te quaerentibus", "Jesús, qué bondadoso eres con los que te buscan". Así hemos cantado hace poco, entonando el antiguo canto "Jesu, dulcis memoria", que algunos atribuyen a san Bernardo. Es un himno que adquiere un significado especial en este santuario dedicado a la Santa Faz y que nos trae a la mente el salmo 23: "Esta es la generación de los que lo buscan, los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob" (v. 6). Pero, ¿cuál es la "generación" que busca el rostro de Dios?, ¿cuál es la generación digna de "subir al monte del Señor", de "estar en el recinto sacro"? Explica el salmista: son los que tienen "manos inocentes y puro corazón", los que no dicen mentiras ni juran contra el prójimo en falso (cf. vv. 3-4). Así pues, para entrar en comunión con Cristo y contemplar su rostro, para reconocer el rostro del Señor en el de los hermanos y en las vicisitudes de todos los días, es preciso tener "manos inocentes y puro corazón". "Manos inocentes" quiere decir existencias iluminadas por la verdad del amor, que vence a la indiferencia, la duda, la mentira y el egoísmo. Además, hay que tener un corazón puro, un corazón arrebatado por la belleza divina, como dice santa Teresa de Lisieux en su oración a la Santa Faz; un corazón que lleve impresa la faz de Cristo. Queridos sacerdotes, si queda impresa en vosotros, pastores de la grey de Cristo, la santidad de su rostro, no tengáis miedo: también los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral se contagiarán y transformarán. Y vosotros, seminaristas, que os preparáis para ser guías responsables del pueblo cristiano, no os dejéis atraer por nada que no sea Jesús y el deseo de servir a su Iglesia. Lo mismo os digo a vosotros, religiosos y religiosas, para que todas vuestras actividades sean reflejo visible de la bondad y de la misericordia divina. 4 o Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos "Busco tu rostro, Señor". Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos, pues nosotros somos "la generación" que en este tiempo busca su rostro, el rostro del "Dios de Jacob". Si perseveramos en la búsqueda del rostro del Señor, al final de nuestra peregrinación terrena será él, Jesús, nuestro gozo eterno, nuestra recompensa y gloria para siempre: "Sis Jesu nostrum gaudium, qui es futurus praemium: sit nostra in te gloria, per cuncta semper saecula". Esta es la certeza que ha impulsado a los santos de vuestra región, entre los cuales me complace citar en particular a Gabriel de la Dolorosa y Camilo de Lelis; a ellos va nuestro recuerdo reverente y nuestra oración. Pero ahora queremos dirigir un pensamiento de especial devoción a la "Reina de todos los santos", la Virgen María, a la que veneráis en diversos santuarios y capillas esparcidas por los valles y los montes de los Abruzos. Que la Virgen, en cuyo rostro, más que en cualquier otra criatura, se ven los rasgos del Verbo encarnado, vele sobre las familias y las parroquias, sobre las ciudades y las naciones del mundo entero. Que la Madre del Creador nos ayude a respetar también la naturaleza, gran don de Dios que aquí podemos admirar contemplando las estupendas montañas que nos rodean. Este don, sin embargo, siempre corre un serio peligro de degradación ambiental y por tanto es preciso defenderlo y protegerlo. Se trata de una urgencia que, como decía mons. Forte, pone muy bien de relieve la Jornada de reflexión y oración para la salvaguardia de la creación, que celebra precisamente hoy la Iglesia en Italia. Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os doy nuevamente las gracias por vuestra presencia y por vuestros dones, invoco sobre todos vosotros y sobre vuestros seres queridos la bendición de Dios con la antigua fórmula bíblica: "El Señor os bendiga y os guarde; ilumine su rostro sobre vosotros y os sea propicio; el Señor os muestre su rostro y os conceda la paz" (cf. Nm 6, 24-26). D. «El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro». Cfr. Discurso de Juan Pablo II a los jóvenes suizos, en el Palacio del Hielo de Berna, 6 de junio de 2004 o El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro: Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre. No es un simple libro de cultura o una ideología, tampoco es un mero sistema de valores o de principios, por más elevados que sean. 1. «Steh auf! Lève-toi! Alzati! Sto se!» --Levántate-- (Lucas 7, 14). ¡Esta palabra del Señor dirigida al joven de Naím resuena hoy con fuerza en nuestra asamblea y se dirige a vosotros, queridos jóvenes amigos, chicas y chicos católicos de Suiza! (...) 2. El Evangelio de Lucas narra un encuentro: por una parte aparece el apesadumbrado cortejo que acompaña al cementerio al joven hijo de una madre viuda; por otra, el grupo festivo de los discípulos que siguen a Jesús y le escuchan. También hoy, queridos jóvenes, es posible formar parte de ese triste cortejo que avanza por la calle del pueblo de Naím. Esto sucede si os dejáis llevar por la desesperación, si los espejismos de la sociedad de consumo os seducen y os distraen de la verdadera alegría para devoraros en placeres pasajeros, si la indiferencia y la superficialidad os rodean, si ante el mal y el sufrimiento dudáis de la presencia de Dios y de su amor por cada persona, si buscáis en la deriva de una afectividad desordenada la respuesta a la sed interior de amor verdadero y puro. Precisamente en estos momentos Cristo se acerca a cada uno de vosotros y, como el muchacho de Naím, dirige la palabra que sacude y despierta: «Levántate». «¡Acepta la invitación que te vuelve a poner de pie!». No se trata de meras palabras: el mismo Jesús está ante vosotros, el Verbo de Dios hecho carne. Él es la «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Juan 1, 9), la verdad que nos hace libres (Cf. Juan 14, 6), la vida que nos da en abundancia el Padre (Cf. Juan 10, 10). El cristianismo no es un simple libro de cultura o una ideología, tampoco es un mero sistema de valores o de principios, por más elevados que sean. El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro: Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre. o Lugares donde encontrar a Cristo En la lectura atenta y disponible de la Sagrada Escritura, en la oración personal y comunitaria; buscadle en la participación activa en la Eucaristía; buscadle al encontraros con un sacerdote en el sacramento de la Reconciliación; buscadlo en la Iglesia. Buscadlo en el rostro del hermano que sufre, que tiene necesidad o que es extranjero. 5 3. Pues bien, yo os digo a vosotros, queridos jóvenes: no tengáis miedo de encontraros con Jesús. Es más, buscadle en la lectura atenta y disponible de la Sagrada Escritura, en la oración personal y comunitaria; buscadle en la participación activa en la Eucaristía; buscadle al encontraros con un sacerdote en el sacramento de la Reconciliación; buscadlo en la Iglesia, que se os manifiesta en los grupos parroquiales, en los movimientos y en las asociaciones; buscadlo en el rostro del hermano que sufre, que tiene necesidad o que es extranjero. Esta búsqueda caracteriza la existencia de muchos jóvenes de vuestra edad en camino hacia la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Colonia en verano del próximo Ya desde ahora os invito también a vosotros a esta gran cita de fe y de testimonio. Como vosotros, yo también tuve veinte años. Me gustaba el deporte, esquiar, hacer teatro. Estudiaba y trabajaba. Tenía deseos y preocupaciones. En aquellos años que ya son lejanos, en tiempos en los que mi tierra natal estaba herida por la guerra y después por el régimen totalitario, buscaba el sentido que debía dar a mi vida. Lo encontré en el seguimiento del Señor Jesús. o El entrenamiento en la difícil disciplina de la escucha Escucha la voz del Señor que te habla a través de acontecimientos de la vida cotidiana, a través de las alegrías y sufrimientos que la acompañan, a través de las personas que están a tu lado, a través de la voz de la conciencia sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y belleza. Si sabes abrir el corazón y la mente con disponibilidad, descubrirás «tu vocación», es decir, ese proyecto que Dios, en su amor, ha pensado desde siempre para ti. 4. La juventud es el momento en el que también tú, querido muchacho, querida muchacha, te preguntas qué tienes que hacer con tu vida, cómo puedes contribuir a hacer un mundo algo mejor, cómo promover la justicia y construir la paz. Esta es la segunda invitación que te dirijo: «¡Escucha!». No te canses de entrenarte en la difícil disciplina de la escucha. Escucha la voz del Señor que te habla a través de acontecimientos de la vida cotidiana, a través de las alegrías y sufrimientos que la acompañan, a través de las personas que están a tu lado, a través de la voz de la conciencia sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y belleza. Si sabes abrir el corazón y la mente con disponibilidad, descubrirás «tu vocación», es decir, ese proyecto que Dios, en su amor, ha pensado desde siempre para ti. 5. Y podrás construir una familia, fundada sobre el matrimonio como pacto de amor entre un hombre y una mujer que se comprometen en una comunión de vida estable y fiel. Podrás afirmar con tu testimonio personal que, a pesar de todas las dificultades y obstáculos, es posible vivir en plenitud el matrimonio cristiano como experiencia llena de sentido y como «buena noticia» para todas las familias. Si es tu llamada, podrás ser sacerdote, religioso o religiosa, entregando tu vida a Cristo y a la Iglesia con un corazón sin divisiones y convirtiéndote de este modo en signo de la presencia amorosa de Dios en el mundo de hoy. Podrás ser, al igual que lo han sido otros muchos antes que tú, apóstol intrépido e incansable, vigilante en la oración, alegre y acogedor en el servicio de la comunidad. Sí, ¡también tú podrías ser uno de éstos! Sé bien que ante a una propuesta así experimentas dudas. Pero te digo: ¡No tengas miedo! ¡Dios no se deja vencer en generosidad! Después de casi sesenta años de sacerdocio, estoy contento de ofrecer aquí, ante todos vosotros, mi testimonio: ¡es bello poder entregarse hasta el final por la causa del Reino de Dios! o No te contentes con discutir, haz el bien 6. Tengo, además, una tercera invitación: joven de Suiza, «¡Ponte en camino!». No te contentes con discutir; no esperes ocasiones que quizá no lleguen nunca para hacer el bien. ¡Ha llegado la hora de la acción! A inicios de este tercer milenio, también vosotros, jóvenes, estáis llamados a proclamar el mensaje del Evangelio con el testimonio de la vida. La Iglesia tiene necesidad de vuestras energías, de vuestro entusiasmo, de vuestros ideales juveniles para hacer que el Evangelio penetre en el tejido de la sociedad y suscite una civilización de justicia auténtica y de amor sin discriminaciones. En estos momentos más que nunca, en un mundo al que con frecuencia le falta luz y la valentía de nobles ideales, no es hora de avergonzarse del Evangelio (Cf. Romanos 1, 16). Ha llegado más bien la hora de salir a predicarlo desde los tejados (Cf. Mateos 10, 27). El Papa, vuestros obispos, la comunidad cristiana entera cuentan con vuestro compromiso, con vuestra generosidad y os siguen con confianza y esperanza: jóvenes de Suiza, ¡poneos en marcha! El Señor camina con vosotros. 6 Llevad en la mano la Cruz de Cristo, en los labios, las palabras de la Vida. ¡En el corazón la gracia salvífica del Señor resucitado! «Steh auf! Lève-toi! Alzati! Sto se!» --Levántate-- Es Cristo quien os habla. ¡Escuchadle! E. ¿Qué hemos de hacer hermanos? (Hechos 2, 37). Un rostro para contemplar en el Tercer milenio. Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica «Novo Millennio Ineunte», cap. II 1. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura. La mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor. 16. «Queremos ver a Jesús » (Jn 12,21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo « hablar » de Cristo, sino en cierto modo hacérselo « ver ». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor. El testimonio de los Evangelios 17. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: « Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo ».8 Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible. 9 o En los Evangelios emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro. 18. En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial. Sobre la base de estos testimonios iniciales ellos, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo, descubrieron el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal de Jesús de María, esposa de José. De quienes lo habían conocido durante los casi treinta años transcurridos por él en Nazaret (cf. Lc 3,23), recogieron los datos sobre su vida de « hijo del carpintero » (Mt 13,55) y también como « carpintero », en medio de sus parientes (cf. Mc 6,3). Hablaron de su religiosidad, que lo movía a ir con los suyos en peregrinación anual al templo de Jerusalén (cf. Lc 2,41) y sobre todo porque acudía de forma habitual a la sinagoga de su ciudad (cf. Lc 4,16). Después los relatos serán más extensos, aún sin ser una narración orgánica y detallada, en el período del ministerio público, a partir del momento en que el joven galileo se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado por el testimonio de lo alto, con la conciencia de ser el « Hijo amado » (cf. Lc 3,22), inicia su predicación de la venida del Reino de Dios, enseñando sus exigencias y su fuerza mediante palabras y signos de gracia y misericordia. Los Evangelios nos lo presentan así en camino por ciudades y aldeas, acompañado por doce Apóstoles elegidos por él (cf. Mc 3,13-19), por un grupo de mujeres que los ayudan (cf. Lc 8,2-3), por muchedumbres que lo buscan y lo siguen, por enfermos que imploran su poder de curación, por interlocutores que escuchan, con diferente eco, sus palabras. 7 La narración de los Evangelios coincide además en mostrar la creciente tensión que hay entre Jesús y los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisis final, que tiene su epílogo dramático en el Gólgota. Es la hora de las tinieblas, a la que seguirá una nueva, radiante y definitiva aurora. En efecto, las narraciones evangélicas terminan mostrando al Nazareno victorioso sobre la muerte, señalan la tumba vacía y lo siguen en el ciclo de las apariciones, en las cuales los discípulos, perplejos y atónitos antes, llenos de indecible gozo después, lo experimentan vivo y radiante, y de él reciben el don del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22) y el mandato de anunciar el Evangelio a « todas las gentes » (Mt 28,19). 2. Sólo la fe puede franquear el misterio del rostro de Cristo El camino de la fe 19. «Los discípulos se alegraron de ver al Señor » (Jn 20,20). El rostro que los Apóstoles contemplaron después de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían vivido unos tres años, y que ahora los convencía de la verdad asombrosa de su nueva vida mostrándoles « las manos y el costado » (ibíd.). Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del espíritu (cf. Lc 24,13-35). El apóstol Tomás creyó únicamente después de haber comprobado el prodigio (cf. Jn 20,24-29). En realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro. Ésta era una experiencia que los discípulos debían haber hecho ya en la vida histórica de Cristo, con las preguntas que afloraban en su mente cada vez que se sentían interpelados por sus gestos y por sus palabras. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quién dice la « gente » que es él, recibiendo como respuesta: « Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas » (Mt 16,14). Respuesta elevada, pero distante aún —¡y cuánto!— de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los « suyos »: « Y vosotros ¿quién decís que soy yo? » (Mt 16,15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: « Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo » (Mt 16,16). 3. Es necesaria la gracia de la «revelación» Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio. 20. ¿Cómo llegó Pedro a esta fe? ¿Y qué se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro: « No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos » (16,17). La expresión « carne y sangre » evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús, no basta. Es necesaria una gracia de « revelación » que viene del Padre (cf. ibíd.). Lucas nos ofrece un dato que sigue la misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los discípulos se desarrolló mientras Jesús « estaba orando a solas » (Lc 9,18). Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: « Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad » (Jn 1,14). 4. La encarnación La profundidad del misterio 21. ¡La Palabra y la carne, la gloria divina y su morada entre los hombres! En la unión íntima e inseparable de estas dos polaridades está la identidad de Cristo, según la formulación clásica del Concilio de Calcedonia (a. 451): « Una persona en dos naturalezas ». La persona es aquélla, y sólo aquélla, la Palabra eterna, el hijo del Padre. Sus dos naturalezas, sin confusión alguna, pero sin separación alguna posible, son la divina y la humana.10 Somos conscientes de los límites de nuestros conceptos y palabras. La fórmula, aunque siempre humana, está sin embargo expresada cuidadosamente en su contenido doctrinal y nos permite asomarnos, en cierto modo, a la profundidad del misterio. Ciertamente, ¡Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre! Como el apóstol Tomás, la 8 Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada por la resurrección: « Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado » (Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡« Señor mío y Dios mío »! (Jn 20,28). 22. « La Palabra se hizo carne » (Jn 1,14). Esta espléndida presentación joánica del misterio de Cristo está confirmada por todo el Nuevo Testamento. En este sentido se sitúa también el apóstol Pablo cuando afirma que el Hijo de Dios nació de la estirpe de David « según la carne » (Rm 1,3; cf. 9,5). Si hoy, con el racionalismo que reina en gran parte de la cultura contemporánea, es sobre todo la fe en la divinidad de Cristo lo que constituye un problema, en otros contextos históricos y culturales hubo más bien la tendencia a rebajar o desconocer el aspecto histórico concreto de la humanidad de Jesús. Pero para la fe de la Iglesia es esencial e irrenunciable afirmar que realmente la Palabra « se hizo carne » y asumió todas las características del ser humano, excepto el pecado (cf. Hb 4,15). En esta perspectiva, la Encarnación es verdaderamente una kenosis, un "despojarse", por parte del Hijo de Dios, de la gloria que tiene desde la eternidad (cf. Flp 2,6-8; 1 P 3,18). Por otra parte, este rebajarse del Hijo de Dios no es un fin en sí mismo; tiende más bien a la plena glorificación de Cristo, incluso en su humanidad. « Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un Nombre sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre » (Flp 2,9-11). En Cristo ha hecho « brillar su rostro sobre nosotros » y Cristo nos revela también el auténtico rostro del hombre, « manifiesta plenamente el hombre al propio hombre » 23. «Señor, busco tu rostro » (Sal 27/26,8). El antiguo anhelo del Salmista no podía recibir una respuesta mejor y sorprendente más que en la contemplación del rostro de Cristo. En él Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho « brillar su rostro sobre nosotros » (Sal 67/66,3). Al mismo tiempo, Dios y hombre como es, Cristo nos revela también el auténtico rostro del hombre, « manifiesta plenamente el hombre al propio hombre ».11 Jesús es el « hombre nuevo » (cf. Ef 4,24; Col 3,10) que llama a participar de su vida divina a la humanidad redimida. En el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo, más aún, hacia la meta de la « divinización », a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria. Sobre esta dimensión salvífica del misterio de la Encarnación los Padres han insistido mucho: sólo porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en él y por medio de él, llegar a ser realmente hijo de Dios. 12 (8) « Ignoratio enim Scripturarum ignoratio Christi est »: Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17. (9) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 19. (10) « Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre [...] uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, [...] no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo y Señor Jesucristo »: DS 301-302. (11) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22. (12) A este respecto observa san Atanasio: « El hombre no podía ser divinizado permaneciendo unido a una criatura, si el Hijo no fuese verdaderamente Dios », Discurso II contra los Arrianos 70: PG 26, 425 B - 426 G. El rostro del Hijo cfr. n. 24 El rostro doliente cfr. nn. 25-27 El rostro del resucitado cfr. n. 28 F. Caminar desde Cristo cap. III Algunas prioridades pastorales o La santidad nn. 30-31 o La oración nn. 32-34 o La Eucaristía dominical nn. 35-36 o El sacramento de la Reconciliación n. 37 o Primacía de la gracia n. 38 o Escucha de la Palabra n. 39 o Anuncio de la Palabra n. 40-41 G. Testigos del amor cap. IV 9 o «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros » (Jn 13,35) n. 42 o Espiritualidad de comunión n. 43-45 o Promoción de vocaciones n. 46 o Pastoral de la familia n. 47 o Promover la comunión en el campo ecuménico n. 48 www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana 

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