jueves, 1 de junio de 2017

Domingo 11 del tiempo ordinario, Ciclo C (2016). La fe, en san Pablo, no es una teoría, es la experiencia de ser amado por Jesucristo de una manera totalmente personal. Es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. Y así, esta misma fe es amor por Jesucristo. Así debe ser la fe de todos los bautizados. Cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí. El ser humano necesita un amor incondicionado. La fe no es simplemente un conjunto de proposiciones, es una decisión que afecta a toda la existencia; implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (cf. Gálatas 2,20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos.


1 Domingo 11 del tiempo ordinario, Ciclo C (2016). La fe, en san Pablo, no es una teoría, es la experiencia de ser amado por Jesucristo de una manera totalmente personal. Es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. Y así, esta misma fe es amor por Jesucristo. Así debe ser la fe de todos los bautizados. Cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí. El ser humano necesita un amor incondicionado. La fe no es simplemente un conjunto de proposiciones, es una decisión que afecta a toda la existencia; implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (cf. Gálatas 2,20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos.  Cfr. Domingo 11 del Tiempo Ordinario, Año C 12 de junio de 2016 Segundo Libro de Samuel 12, 7-10.13; Gálatas 2, 16.19-21; Lucas 7, 36-8,3 Gálatas 2, 16 Hermanos, sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por medio de la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley, ya que por las obras de la Ley ningún hombre será justificado. 19 Porque yo por la Ley he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy crucificado: 20 vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a si mismo por mí.21 No anulo la gracia de Dios; pues si la justicia viene por medio de la Ley, entonces Cristo murió en vano. La vida que vivo ahora en la carne la vivo de la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a si mismo por mí. (Gálatas 2, 20) La fe cristiana es fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo. «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él » (1 Juan 4,16). (Cfr. Papa Francisco, Encíclica «Lumen Fidei», n. 15) 1. La fe, en san Pablo, no es una teoría, es la experiencia de ser amado por Jesucristo de una manera totalmente personal. Cfr. Benedicto XVI, Homilía el 28 de junio de 2008, durante las primeras vísperas de la solemnidad de los Santos apóstoles Pedro y Pablo, en la Basílica de San Pablo Extramuros, inauguración del Año Paulino.  Es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. o Es la conciencia del hecho que Cristo ha enfrentado la muerte no por algo anónimo, sino por amor él. Y así, esta misma fe es amor por Jesucristo. En la Carta a los Gálatas, él nos ha donado una profesión de fe muy personal, en la cual abre su corazón frente a los lectores de todos los tiempos y revela cual es el resorte más íntimo de su vida "Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí". Todo aquello que hace Pablo, parte de este centro. Su fe es la experiencia del ser amado por Jesucristo de manera totalmente personal; es la conciencia del hecho que Cristo ha enfrentado la muerte no por algo anónimo, sino por amor a él- a Pablo- y que, como resucitado, lo ama todavía, que Cristo se ha donado por él. Su fe es el ser alcanzado por el amor de Jesucristo, un amor que lo perturba hasta lo más íntimo y lo transforma. Su fe no es una teoría, una opinión sobre Dios o sobre el mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. Y así, esta misma fe es amor por Jesucristo. 2. Cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2,20). • Gaudium et spes, 22: El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que 2 ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajo con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amo con corazón de hombre. Nacido de la Virgen Maria, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2,20).  El ser humano necesita un amor incondicionado o Necesita esa certeza que le hace decir: « Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro » • Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 26: No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de « redención » que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: « Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro » (Romanos 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es « redimido », suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha « redimido ». Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana « causa primera » del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: « Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí » (Gálatas 2,20).  La fe no es simplemente un conjunto de proposiciones, es una decisión que afecta a toda la existencia; implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (cf. Gálatas 2,20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos. o La fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, se convierte en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, sin este fruto, no sería verdadera fe. Sería fe muerta”. • Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, 89: Urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida. Pero, una palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La fe es una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, camino, verdad y vida (cf. Juan 14,6). Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (cf. Gálatas 2,20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos. • Benedicto XVI, Catequesis sobre la justificación, 26 de noviembre de 2008: “Esta fe [la que nos hace justos] no es un pensamiento, una opinión o una idea. Esta fe es comunión con Cristo, que el Señor nos concede y por eso se convierte en vida, en conformidad con él. O, con otras palabras, la fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, se convierte en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, sin este fruto, no sería verdadera fe. Sería fe muerta”.  La alegría, fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5, 20), la fuerza y el sostén de nuestras vidas, deben partir de Jesús que nos amó y se entregó por nosotros. • Juan Pablo II, Discurso a estudiantes, 1-III-1980: “Sólo de Él, cada uno de nosotros puede decir con plena verdad, junto con San Pablo: Me amó y se entregó por mí (Gálatas 2,20). De ahí debe partir vuestra 3 alegría más profunda, de ahí ha de venir también vuestra fuerza y vuestro sostén. Si vosotros, por desgracia, debéis encontrar amarguras, padecer sufrimientos, experimentar incomprensiones y hasta caer en pecado, que rápidamente vuestro pensamiento se dirija hacia Aquel que os ama siempre y que con su amor ilimitado, como de Dios, hace superar toda prueba, llena todos vuestros vacíos, perdona todos nuestros pecados y empuja con entusiasmo hacia un camino nuevamente seguro y alegre”. 3. Creer es, sobre todo, vivir en comunión con Cristo cfr. Gianfranco Ravasi, Avvenire, 5 abril 2007 La fe no es saber/que el otro existe/ es vivir dentro de él/ calor en sus venas/ sueño en sus pensamientos. /Aquí vagar durmiendo/en él despertarse. (Lalla Romano) (…) Ciertamente, creer es también un poco saber, pero es, sobre todo, comunión de vida con el Otro, es vivir dentro de él, pulsando en su corazón, recorriendo su pensamiento, abandonándose a Él en el sueño, conscientes - como dice la mujer del Cantar de los Cantares – de que “yo duermo, pero mi corazón vigila./ La voz de mi amado llama a la puerta/ (5,2). Sí, la fe es hermana del amor y es precisamente con el lenguaje amoroso con el que los místicos han descrito los secretos del creer en Dios. Por tanto superemos una religiosidad hecha solamente de saber y de deber, aunque sea necesario como primera etapa, e introduzcámonos en el camino de la intimidad y de la comunión, “viviendo dentro de Él”, haciendo que Él viva en nosotros, como confesó san Pablo: “Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20). 4. El mejor testimonio de fe es que se respire dentro de la Iglesia el clima de auténtica caridad. San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 226 El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio? Resulta muy fácil, muy a la moda, afirmar con la boca que se ama a todas las criaturas, creyentes y no creyentes. Pero si el que habla así maltrata a los hermanos en la fe, dudo de que en su conducta exista algo distinto de una palabrería hipócrita. En cambio, cuando amamos en el Corazón de Cristo a los que somos hijos de un mismo Padre, estamos asociados en una misma fe y somos herederos de una misma esperanza, nuestra alma se engrandece y arde con el afán de que todos se acerquen a Nuestro Señor. 5. El amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Cfr. Papa Francisco, Angelus del Domingo 26 de octubre de 2014. o Ya no podemos separar la vida religiosa —la vida de piedad— del servicio a los demás, a los hermanos concretos que nos vamos encontrando. • El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. El evangelista Mateo cuenta que algunos fariseos se pusieron de acuerdo para poner a prueba a Jesús (cfr. Mt 22,34-35). Uno de ellos, doctor de la ley, le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mayor mandamiento de la Ley?» (v. 36). Jesús, citando el Deuteronomio, responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más grande de los mandamientos» (vv. 37-38). Y podría haberse quedado ahí. En cambio, Jesús añade algo que no había preguntado el doctor de la ley. Y dice: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39). Tampoco inventa Jesús este segundo mandamiento, sino que lo toma del Levítico. Su novedad consiste en poner juntos los dos mandamientos —el amor a Dios y el amor al prójimo—, revelando que son inseparables y complementarios, como las dos caras de la misma moneda. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, ni se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos dejó un bellísimo comentario en su primera Encíclica Deus caritas est (nn. 16-18). (…) A la luz de las palabras de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa —la vida de piedad— del servicio a los demás, a los hermanos concretos que nos vamos encontrando. Ya no podemos separar la oración —el encuentro con Dios en los 4 Sacramentos— de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Acordaos de esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Que cada uno se responda. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo ame. Y la fe es el alma del amor. En medio de la espesa selva de preceptos y prescripciones —legalismos de ayer y hoy—, Jesús abre un hueco que permite descubrir dos caras: el rostro del Padre y el del hermano. No nos da dos fórmulas ni dos preceptos: no son preceptos ni fórmulas; nos enseña dos caras, es más, un solo rostro, el de Dios que se refleja en tantas caras, porque en el rostro de cada hermano, especialmente el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la misma imagen de Dios. Tendríamos que preguntarnos, cuando encontremos a uno de esos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Dios: ¿somos capaces de eso? De este modo, Jesús ofrece a cada hombre el criterio fundamental para dirigir su vida. Pero, sobre todo, nos da al Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios y al prójimo como Él, con corazón libre y generoso. Por intercesión de María, nuestra Madre, abrámonos para acoger ese don del amor, y caminar siempre por la ley de los dos rostros, que son uno solo: la ley del amor. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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