viernes, 2 de junio de 2017

Solemnidad de Pentecostés (1917). Podemos vivir nuestra vida según «la carne» o según el Espíritu.



  • Solemnidad de Pentecostés (1917). Podemos vivir nuestra vida según «la carne» o según el Espíritu.

El Espíritu de Dios desciende sobre el Señor, que lo da a la Iglesia; el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre. Se trata del fortalecimiento del hombre interior, del que habla San Pablo en la Carta a los Efesios. La «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo que hay de perecedera debilidad en la condición humana. San Pablo en la Carta a los Gálatas, habla claramente de los frutos de la carne y los del Espíritu en nuestra existencia. Los frutos de la carne y los del Espíritu. Por la influencia del Espíritu, el hombre «interior» o «espiritual» es capaz de renovarse cada día, aunque el hombre «exterior» vaya «decayendo». La diferencia que existe entre la madurez connatural a las capacidades del alma humana y la madurez propiamente cristiana, que implica el desarrollo de la vida del Espíritu, la madurez de la fe, de la esperanza y de la caridad. San Pablo atribuye al Espíritu Santo la capacidad de hacernos incluso “sobreabundar en la esperanza”. Abundar en la esperanza significa no desanimarse jamás; significa esperar «contra toda esperanza». También nos hace capaces de ser sembradores de esperanza

A. Podemos vivir nuestra vida según «la carne» o según el Espíritu.

  • Como veremos enseguida, la «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo
que hay de perecedera debilidad en la condición humana. La vida según el Espíritu se refiere a la vida movida por la fuerza y el amor de Dios, por la fuerza y el amor de Cristo.
  • A este respecto, son muy importantes las palabras de san Pablo en la Carta a los Romanos (8, 5-
27), acerca de la lucha entre la carne y el Espíritu:

5 Pues los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu. 6 El deseo de la carne es muerte; en cambio el deseo del Espíritu, vida y paz. 7 Por ello, el deseo de la carne es hostil a Dios, pues no se somete a la ley de Dios; ni puede someterse. 8 Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. 9 Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. 10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. 11 Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. 12 Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. 13 Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. El don de la adopción filial 14 Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. (…) 26 Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. 27 Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

  • El Espíritu Santo nos hace capaces de Dios.

Cfr. San Ireneo, contra las herejías (Libro 3, 17,1-3), 2ª Lectura del Oficio de Lectura
del Domingo de Pentecostés.
  • Nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo.

El Señor prometió que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto.
Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.

  • El Espíritu de Dios desciende sobre el Señor, que lo da a la Iglesia; el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre

El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y de valentía, Espíritu de ciencia y temor del Señor, y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo; por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y, ya que tenemos quien nos acusa, tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses.
  • Se trata del fortalecimiento del hombre interior, del que habla San Pablo en la Carta a los Efesios 1.

  • El Padre de nuestro Señor Jesucristo ... Os conceda fortaleceros firmemente en el hombre interior mediante su Espíritu (Efesios 3, 16)

  • El Espíritu Santo es la fuerza y la potencia que actúa en los creyentes conduciéndolos a la plenitud de la madurez humana y cristiana en la relación con Dios
  • El Espíritu del Señor, BAC Madrid 1997, cap. III, pp. 49-59: “Cuando en el lenguaje cristiano
se habla de la «vida espiritual» del hombre, no se entiende referirse simplemente a una vida superior, en contraposición a la corporal o biológica, sino, precisamente, a la «Vida en el Espíritu». Todo el hombre es «espiritual», vive en el Espíritu y por el Espíritu de Dios, como su destino último y su plenitud. «La unión del alma y de la carne, recibiendo el Espíritu de Dios, constituye al hombre espiritual», afirma San Ireneo (Contra las herejías, V, 8,2), concepto que se encuentra todavía más explícitamente en la misma obra: «Estos son los hombres que el Apóstol llama espirituales (I Corintios 2, 15; 3, 1 ), siendo espirituales gracias a la participación del Espíritu, no gracias a la privación y eliminación de la carne» (Contra las herejías, V, 6,1).”
  • El Espíritu del Señor, BAC Madrid 1997, cap. III, pp. 49-59Los Padres han buscado
siempre la forma de explicar cómo es posible que Dios y el hombre formen una unidad en el Espíritu. San Basilio sostiene que el Espíritu Santo es la fuerza y la potencia que actúa en los creyentes conduciéndolos a la plenitud de la madurez humana y cristiana en la relación con Dios: «Aquel que no vive ya más según la carne, sino que es conducido por el Espíritu de Dios y es llamado hijo de Dios, hecho conforme a la imagen del Hijo de Dios, es llamado espiritual. Y de la misma manera que en el ojo sano se encuentra la capacidad de ver, así en el alma purificada se encuentra la fuerza operante del Espíritu»” (San Basilio, El Espíritu Santo, XXVI, 61).
  • La «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo que hay de perecedera debilidad en la condición humana.

  • La «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo que hay de perecedera
debilidad en la condición humana. Cf. Juan 3,6: «lo nacido de la carne, carnes es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es». Se ha escrito que la carne es el nombre de la debilidad humana; y caminar/vivir según la carne es caminar/vivir solamente con los propios recursos, sin aceptar el don gratuito de Dios, su gracia, su Espíritu. Vida “carnal” es una vida apoyada en la propia autosuficiencia. Por el contrario, en la vida en el Espíritu, por la inhabitación del Espíritu en el creyente, se da la instauración del señorío del Espíritu de Cristo, según leemos en el evangelio según Juan (17,1-2, oración sacerdotal de Jesús): “Padre ha llegado ya la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; ya que le diste potestad sobre toda carne, que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado”.

De la alternativa de vivir con la confianza puesta en Dios o en nosotros, habló ya el profeta Jeremías:
«Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien: habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jr 17, 5-8).
  • San Pablo en la Carta a los Gálatas, habla claramente de los frutos de la carne y los del Espíritu en nuestra existencia.

  • Los frutos de la carne y los del Espíritu

Gálatas 5, 16-24: “Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne, pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley. Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgias y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el Reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, espíritu de servicio, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la Ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos» (Ga 5, 16-24)”.
  • Por la influencia del Espíritu, el hombre «interior» o «espiritual» es capaz de renovarse cada día, aunque el hombre «exterior» vaya «decayendo».
  • Por tanto, «el hombre interior» o «espiritual» es la parte de nosotros mismos que está bajo
la influencia del Espíritu... que es capaz de renovarse de día en día, aun cuando «el hombre exterior» vaya «decayendo» (Cf. II Corintios, 4-16) San Pablo, en la Carta a los Romanos, explica con toda claridad la contradicción que hay entre el hombre «interior» y el «exterior»: (7, 18-23):
18 Querer el bien está a mi alcance, pero ponerlo por obra, no. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. 20 Y si yo hago lo que no quiero, no soy yo quien lo realiza, sino el pecado que habita en mí. 21 Así pues, al querer yo hacer el bien encuentro esta ley: que el mal está en mí; 22 pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, 23 pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu y me esclaviza bajo la ley del pecado que está en mis miembros”.
  • La influencia del Espíritu en nuestras vidas se da en cuanto que el Espíritu Santo sustituye el principio malo de la carne.
  • Romanos 7,5: «Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, ocasionadas
por la Ley, actuaban en nuestros miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte»: 6 ahora, muertos a la Ley en la que estábamos presos, hemos sido liberados para servir con un espíritu nuevo y no según la antigua letra.
  • Biblia de Jerusalén, Comentario de Romanos 7,5: (...) La carne sirve así, según el uso bíblico
de basar, para recalcar lo que hay de perecedera debilidad en la condición humana. (Romanos 6,19; 2 Corintios 7,5; 12,7; Gálatas 4, 13s; ver Mateo 26, 41s), y para designar al hombre en su pequeñez ante Dios (Romanos 3, 20 y Gálatas 1,16; 1 Corintios 1,29; ver Mateo 24, 22p; Lucas 3,6; Jn 17,2; Hechos 2,17; 1 Pedro 1,24). De ahí el uso de expresiones como: según la carne (1 Corintios 1,26; 2 Corintios 1,17; Efesios 6,5; Colosenses 3,22; ver Filemón 16; Juan 8,15; la carne y la sangre (1 Corintios 15,50; Gálatas 1,16; Efesios 6,12; Hebreos 2,14; ver Mateo 16,17), y carnal (Romanos 15,27; 1 Corintios 3,1.3; 9,11; 2 Corintios 1,12; 10,4) para contraponer, el orden de la naturaleza al orden de la gracia. etc.
  • La concupiscencia

  • Por ello entendemos la petición al Señor: ¡Haznos fuertes con tu fuerza, Señor! Que sería lo
mismo que decir: envíanos tu Espíritu; con el fin de superar la inclinación que se opone a la ley del espíritu (Rom. 7, 23). Esa inclinación se llama «concupiscencia» en la tradición cristiana, que se explica así en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1426:
La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho «santos e inmaculados ante El» (Ef 1, 4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es «santa e inmaculada ante El» (Ef 5, 27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama ö concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (Cf DS 1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (Cf DS 1545; LG 40).
  • Es necesario recordar que la «concupiscencia o ley del pecado» que se haya en nosotros no tiene
un poder irresistible; lo que hace es desordenar nuestra vida moral, y, sin ser falta en sí misma, nos inclina a cometer los pecados. San Pablo no niega la responsabilidad personal del hombre, de cada uno de nosotros, frente al mal. Nuestra naturaleza, como consecuencia del pecado original, está debilitada e inclinada al mal - pero no está totalmente corrompida -, y somos llamados a un combate espiritual (Cfr. Catecismo… n. 405).

B. El Espíritu Santo, raíz de la vida interior

Cfr. Juan Pablo II, Audiencia general del miércoles 10/04/1991

La diferencia que existe entre la madurez
connatural a las capacidades del alma humana
y la madurez propiamente cristiana,
que implica el desarrollo de la vida del Espíritu,
la madurez de la fe, de la esperanza y de la caridad.

  • La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús

1. San Pablo nos ha hablado en la catequesis anterior de la «ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8, 2): una ley según la cual hay que vivir, si se quiere «caminar según el Espíritu» (cf. Ga 5, 25), realizando las obras del Espíritu, no las de la «carne».
El Apóstol pone de relieve la contraposición entre «carne» y «Espíritu», y entre los dos tipos de obras, de pensamientos y de vida que dependen de ella: «Los que viven según la carne, desean lo carnal; mas los que viven según el Espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del Espíritu, vida y paz» (Rm 8, 5-6).
El espectáculo de las «obras de la carne» y de las condiciones de decadencia espiritual y cultural a la que llega el homo animalis es desolador. Sin embargo ello no debe hacer olvidar la realidad de la vida «según el Espíritu», que es muy diversa y que también está presente en el mundo y se opone a la expansión de las fuerzas del mal. San Pablo habla de ello en la carta a los Gálatas poniendo de relieve el «fruto del Espíritu», que es «amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (cf. 5, 19-22), en contraposición a las «obras de la carne», que excluyen del «reino de Dios». Estas cosas - también según san Pablo- se le dictan al creyente desde el interior, es decir, desde la «ley del Espíritu» (Rm 8, 2), que está en él y lo guía en la vida interior (cf. Ga 5, 18. 25).
  • Es un principio de vida espiritual y de la conducta cristiana, que es interior al hombre y transcendente

2. Por tanto, se trata de un principio de la vida espiritual y de la conducta cristiana, que es interior y al mismo tiempo transcendente, como se deduce ya de las palabras de Jesús a los discípulos: «el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce... en vosotros está» (Jn 14, 17). El Espíritu Santo viene de lo alto, pero penetra y reside en nosotros para animar nuestra vida interior. Jesús no dice sólo: «él permanece junto a vosotros», lo cual puede sugerir la idea de una presencia que es solamente cercana, sino que añade que se trata de una presencia dentro de nosotros (cf. Jn 14, 17). San Pablo, a su vez, desea a los efesios que el Padre les conceda que sean «fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16): es decir, en el hombre que no se contenta con una vida externa, a menudo superficial, sino que trata de vivir en las «profundidades de Dios», escrutadas por el Espíritu Santo (cf. 1 Co 2, 10).
  • La distinción que hace Pablo entre el hombre «psíquico» y el hombre «espiritual».

La distinción que hace Pablo entre el hombre «psíquico» y el hombre «espiritual» (cf. 1 Co 2, 13-14) nos ayuda a comprender la diferencia y la distancia que existe entre la madurez connatural a las capacidades del alma humana y la madurez propiamente cristiana, que implica el desarrollo de la vida del Espíritu, la madurez de la fe, de la esperanza y de la caridad. La conciencia de esta raíz divina de la vida espiritual, que se expande desde lo íntimo del alma a todos los sectores de la existencia, incluso los externos y sociales, es un aspecto fundamental y sublime de la antropología cristiana. Fundamento de esa conciencia es la verdad de fe por la que creo que el Espíritu Santo habita en mí (cf. 1 Co 3, 16), ora en mí (cf. Rm 8, 26; Ga 4, 6), me guía (cf. Rm 8, 14) y hace que Cristo viva en mí (cf. Ga 2, 20).
  • El «agua viva» del que habla Jesús a la Samaritana, simboliza el manantial interior de la vida espiritual.

3. También la comparación que Jesús utiliza en el coloquio con la samaritana junto al «pozo de Jacob» sobre el «agua viva» que él dará a quien crea, agua que «se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna, (Jn 4, 14), simboliza el manantial interior de la vida espiritual. Lo aclara Jesús mismo con ocasión de la «fiesta de las Tiendas» (cf. Jn 7, 2), cuando, «puesto en pie, gritó: “si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”; como dice la Escritura (cf. Is 55, 1): de su seno correrán ríos de agua viva». Y el evangelista Juan comenta: «esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7, 37-39).
El Espíritu Santo desarrolla en el creyente todo el dinamismo de la gracia que da la vida nueva, y de las virtudes que traducen esta vitalidad en frutos de bondad. El Espíritu Santo actúa también desde el «seno» del creyente como fuego, según otra semejanza que utiliza el Bautista a propósito del bautismo: «él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11); y Jesús mismo sobre su misión mesiánica: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra» (Lc 12, 49). Por ello, el Espíritu suscita una vida animada por aquel fervor que san Pablo recomendaba en la carta a los Romanos: «sed fervorosos en el Espíritu» (12, 11). Es la «llama viva de amor» que pacífica, ilumina, abrasa y consuma, como tan bien explicó san Juan de la Cruz.
  • La acción del Espíritu Santo asume, eleva y lleva la perfección la personalidad de cada uno. La acción del Espíritu Santo varía según las diversas condiciones de la vida personal.

4. De esta forma se desarrolla en el creyente, bajo la acción del Espíritu Santo, una santidad original, que asume, eleva y lleva a la perfección la personalidad de cada uno, sin destruirla. Así cada santo tiene su fisonomía propia. Stella differt a stella, se puede decir con san Pablo: «una estrella difiere de otra en resplandor» (1 Co 15, 41): no sólo en la «resurrección futura» a la que se refiere el Apóstol, sino también en la condición actual del hombre, que no es ya sólo psíquico (dotado de vida natural), sino espiritual (animado por el Espíritu Santo) (cf. 1 Co 15, 44 ss.).
La santidad está en la perfección del amor. Y sin embargo varía según la multiplicidad de aspectos que el amor adquiere en las diversas condiciones de la vida personal. Bajo la acción del Espíritu Santo, cada uno vence en el amor el instinto del egoísmo, y desarrolla las mejores fuerzas en su modo original de darse. Cuando la fuerza expresiva y expansiva de la originalidad es muy poderosa, el Espíritu Santo hace que en torno a esas personas (aunque a veces permanezcan escondidas) se formen grupos de discípulos y seguidores. De este modo nacen corrientes de vida espiritual, escuelas de espiritualidad, institutos religiosos, cuya variedad en la unidad es, pues, efecto de esa divina intervención. El Espíritu Santo valora las capacidades de todos en las personas y en los grupos, en las comunidades y en las instituciones, entre los sacerdotes y entre los laicos.
  • De la fuente interior del Espíritu deriva también el nuevo valor de libertad, que caracteriza la vida cristiana.

5. De la fuente interior del Espíritu deriva también el nuevo valor de libertad, que caracteriza la vida cristiana. Como dice san Pablo: «donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Co 3, 17). El Apóstol se refiere directamente a la libertad adquirida por los seguidores de Cristo respecto a la ley judaica, en sintonía con la enseñanza y la actitud de Jesús mismo. Pero el principio que él enuncia tiene un valor general. Efectivamente, él habla repetidas veces de la libertad como vocación del cristiano: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5, 13). Y explica bien de qué se trata. Según el Apóstol, «el que camina según el Espíritu» (Ga 5, 13) vive en la libertad, porque no se halla ya bajo el yugo opresor de la carne: «Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne» (Ga 5, 16). «Las tendencias de la carne son muerte; mas las del Espíritu, vida y paz» (Rm 8, 6).
Las «obras de la carne», de las que está libre el cristiano fiel al Espíritu, son las del egoísmo y las pasiones, que impiden el acceso al reino de Dios. En cambio, las obras del Espíritu son las del amor: «Contra tales cosas - observa san Pablo- no hay ley» (Ga 5, 23).
Se deriva de aquí - según el Apóstol- que «si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (Ga 5, 18). Al escribir a Timoteo, no duda en decir: «La ley no ha sido instituida para el justo» (1 Tm 1, 9). Y santo Tomás explica: «La ley no tiene fuerza coactiva sobre los justos, sino sobre los malos» (I-II, q. 96 a. 5, ad. 1), puesto que los justos no hacen nada contrario a la ley. Más aún guiados por el Espíritu Santo, hacen libremente más de lo que pide la ley (cf. Rm 8, 4; Ga 5, 13-16).
  • Admirable conciliación de la libertad y de la ley. El cristiano es el ferviente y fiel realizador del designio de Dios.

6. Ésta es la admirable conciliación de la libertad y de la ley, fruto del Espíritu Santo que actúa en el justo, como habían predicho Jeremías y Ezequiel al anunciar la interiorización de la ley en la Nueva Alianza (cf. Jr 31, 31-34; Ez 36, 26-27).

«Infundiré mi Espíritu en vosotros» (Ez 36, 27). Esta profecía se ha verificado y sigue realizándose siempre en los fieles de Cristo y en el conjunto de la Iglesia. El Espíritu Santo da la posibilidad de ser, no meros observantes de la ley, sino libres, fervientes y fieles realizadores del designio de Dios. Se realiza así cuanto dice el Apóstol: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 14-15). Es la libertad de hijos que anunció Jesús como la verdadera libertad (cf. Jn 8, 36). Se trata de una libertad interior, fundamental, pero orientada siempre hacia el amor, que hace posible y casi espontáneo el acceso al Padre en el único Espíritu (cf. Ef 2, 18). Es la libertad guiada que resplandece en la vida de los santos.

C. San Pablo atribuye al Espíritu Santo la capacidad de sobreabundar en la esperanza.

Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la esperanza cristiana, Audiencia General del 31 de mayo de 2017.
  • San Pablo atribuye al Espíritu Santo la capacidad de hacernos incluso “sobreabundar en la esperanza”.
Abundar en la esperanza significa no desanimarse jamás; significa esperar «contra toda esperanza» (Rom 4,18), es decir, esperar incluso cuando disminuye todo motivo humano para esperar, como fue para Abraham cuando Dios le pidió sacrificar a su único hijo, Isaac, y como fue, aún más, para la Virgen María bajo la cruz de Jesús.
El Espíritu Santo hace posible esta esperanza invencible dándonos el testimonio interior que somos hijos de Dios y sus herederos (Cfr. Rom 8,16). ¿Cómo podría Aquel que nos ha dado a su propio Hijo único no darnos toda cosa con Él? (Cfr. Rom 8,32). «La esperanza – hermanos y hermanas – no defrauda: la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Por esto no defrauda, porque está el Espíritu Santo dentro que nos impulsa a ir adelante, siempre adelante. Y por esto la esperanza no defrauda.
  • También nos hace capaces de derrochar esperanza con los más necesitados.

Hay más: el Espíritu Santo no nos hace sólo capaces de esperar, sino también de ser sembradores de esperanza, de ser también nosotros – como Él y gracias a Él – los “paráclitos”, es decir, consoladores y defensores de los hermanos. Sembradores de esperanza. Un cristiano puede sembrar amargura, puede sembrar perplejidad, y esto no es cristiano, y tú, si haces esto, no eres un buen cristiano. Siembra esperanza: siembra el bálsamo de esperanza, siembre el perfume de esperanza y no vinagre de amargura y de des-esperanza.
El Beato Cardenal Newman, en uno de sus discursos, decía a los fieles: «Instruidos por nuestro mismo sufrimiento, por el mismo dolor, es más, por nuestros mismos pecados, tendremos la mente y el corazón ejercitados a toda obra de amor hacia aquellos que tienen necesidad. Seremos, según nuestra capacidad, consoladores a imagen del Paráclito – es decir, del Espíritu Santo – y en todos los sentidos que esta palabra comporta: abogados, asistentes, dispensadores de consolación. Nuestras palabras y nuestros consejos, nuestro modo de actuar, nuestra voz, nuestra mirada, serán gentiles y tranquilizantes» (Parochial and plain Sermons, vol. V, Londra 1870, pp. 300s.). Son sobre todo los pobres, los excluidos, los no amados los que necesitan de alguien que se haga para ellos “paráclito”, es decir, consoladores y defensores, como el Espíritu Santo se hace para cada uno de nosotros, que estamos aquí en la Plaza, consolador y defensor. Nosotros debemos hacer lo mismo por los más necesitados, por los descartados, por aquellos que tienen necesidad, aquellos que sufren más. Defensores y consoladores. (…)
Hermanos y hermanas, la próxima fiesta de Pentecostés – que es el cumpleaños de la Iglesia: Pentecostés – esta próxima fiesta de Pentecostés nos encuentre concordes en la oración, con María, la Madre de Jesús y nuestra. Y el don del Espíritu Santo nos haga sobreabundar en la esperanza. Les diré más: nos haga derrochar esperanza con todos aquellos que son los más necesitados, los más descartados y por todos aquellos que tienen necesidad. Gracias.

Vida Cristiana

1 Efesios 3, 14-19: “14 Por este motivo, me pongo de rodillas ante el Padre, 15 de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, 16 para que, conforme a las riquezas de su gloria, os conceda fortaleceros firmemente en el hombre interior mediante su Espíritu. 17 Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe, para que, arraigados y fundamentados en la caridad, 18 podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad; 19 y conocer también el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para que os llenéis por completo de toda la plenitud de Dios”.   

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