sábado, 1 de abril de 2017

5º domingo de cuaresma - Ciclo A 2 de abril de 2017



Ø     5º Domingo de Cuaresma (2 de abril de 2017). En la  segunda lectura de hoy  se explican las dosmaneras en las que se puede vivir en este mundo. La vida según el espíritu, con arreglo a la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con su gracia, contra las inclinaciones de la concupiscencia. La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. No olvidemos jamás que para todos - para cada uno de nosotros, por tanto - sólo hay dos modos de estar en la tierra: se vive vida divina, luchando para agradar a Dios; o se vive vida animal, más o menos humanamente ilustrada, cuando se prescinde de Él. Dos modos de nacer, de vivir y de morir. La vida sobrenatural de los hijos de Dios.  Se trata de la vida según el Espíritu no según la precariedad de la condición humana (vivir según la carne).

v     Cfr. 5º domingo de cuaresma - Ciclo A  2 de abril de 2017

               Ezequiel 37, 12-14; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 1-45
Romanos 8, 8-11:  8 Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.9 Ahora bien vosotros no vivís según  la
 carne, sino según  el espíritu, si es  que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo ese no es de él. 10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu tiene vida a causa de  la justicia. 11 Y si el Espíritu de Aquel  que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó de entre los muertos a Cristo dará vida  también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros.
Juan 11, 1-45: 1 Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. 2 María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. 3 Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». (…) 11 Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». 12 Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». 13 Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. 14 Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, 15 y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». (…) 17 Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. (…)  21 Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. 22 Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». 23 Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». 24 Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». 25 Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; 26 y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». 27 Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». (…) 38 Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. 39 Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». 40 Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». 41 Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; 42 yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». 43 Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». 44 El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». La condena a muerte de Jesús por el Sanedrín 45 Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

«Yo soy la Resurrección y la Vida»

(Evangelio, Juan 11,25).

Nacer, vivir y morir según la carne o según el Espíritu.


Vosotros no vivís según  la  carne, sino según  el espíritu,
si es  que el Espíritu de Dios habita en vosotros.
(Segunda lectura, Romanos 8, 9)
1. Introducción

v     Dos imágenes de los dos domingos anteriores: Jesús, agua y luz. En este domingo: Jesús es la vida.

·         En los dos domingos anteriores de la Cuaresma (3º ciclo A y 4º ciclo A), el Evangelio nos habla del agua y de la luz,
refiriéndolos  al Señor Jesús y a la vida cristiana. Se hablaba de dos tipos de agua y de dos tipos de luz, la física y la que trae Jesús. Hoy la liturgia nos habla de la vida física (que devuelve Jesús a Lázaro por medio de un milagro, pues había muerto), y de otra vida, diferente a la biológica, a la que alude Jesús cuando dice «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (Juan 11, 25)».
2. Dos maneras en la que se puede vivir en este mundo.

v     En la  segunda lectura de hoy  (Romanos 8, 8-11) se explican las dos maneras en las que se puede vivir en este mundo.

·         Nuevo Testamento, Eunsa 2004, Romanos 8, 1-13: “San Pablo especifica dos maneras en las que puede vivir en
este mundo (vv. 5-8). La primera es la vida según el espíritu, con arreglo a la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con su gracia, contra las inclinaciones de la concupiscencia. La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. La vida según el Espíritu, que tiene su raíz en la gracia, no se reduce al mero estar pasivo y a unas cuantas prácticas piadosas. La vida según el Espíritu es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajusta a lo que Dios pide en cada instante y se realizan al impulso de las mociones del Espíritu Santo”.
·         Cfr. Nuevo Testamento ibídem ..., 8,14-30“Gracias al Espíritu, el cristiano puede participar en la vida de Cristo,
Hijo de Dios por naturaleza. Esta participación viene a ser entonces una «adopción filial» (v. 15) y por eso puede llamar individualmente a Dios: «¡Abbá, Padre!», como lo hacía Jesús. Al ser, por adopción, verdaderamente hijo de Dios, el cristiano tiene – por decirlo así – un derecho a participar también en su herencia: la vida gloriosa en el Cielo (vv. 14-18). (…) El sentido de la filiación divina nos hace descubrir que los acontecimientos de nuestra vida están dirigidos por la amable Voluntad de Dios y nos llena de esperanza y paz”.
·         San Pablo señala con fuerza que la vida según el Espíritu que inhabita en los cristianos es la verdadera y única
vida, contrapuesta a la vida según la carne, que es una vida sólo aparente, o que, más bien, es muerte. Con la palabra «carne» no habla de cuerpos mortales, sino de los vicios y del pecado, que alejan de Dios única fuente de la vida. “Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8,8). “Ahora bien, vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros” (Romanos 8, 9). (cfr. 1 Corintios 3,16; 1 Juan 3,24).
·         En otra carta (Gálatas 2, 20), San Pablo afirma que no se trata de salir de la condición mortal sino de vivir en la fe: “Vivo,
pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne  la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”.  Y en la misma carta (5, 16-24), hace una alusión explícita a los frutos de la carne y los del Espíritu: “Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne, pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley. Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgias y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el Reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la Ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos» (Ga 5, 16-24)”.  
·         Es interesante observar, a propósito de cuanto dice san Pablo en este texto (Gálatas 2,20), lo que comenta la
Biblia de Jerusalén: “(a) Por la fe  (Romanos 1,16), Cristo se convierte, en cierto sentido, en sujeto de todas las acciones vitales del cristiano (Romanos 8, 10-11+; Filipenses 1,21; ver Colosenses 3,3+). (b) Aunque todavía «en la carne» (Romanos 7,5+), la vida del cristiano está ya espiritualizada por la fe (ver Ef 3,17); sobre esta condición paradójica, ver Rm 8, 18-27).”
·         Amigos de Dios, 206: No olvidemos jamás que para todos - para cada uno de nosotros, por tanto - sólo hay dos
modos de estar en la tierra: se vive vida divina, luchando para agradar a Dios; o se vive vida animal, más o menos humanamente ilustrada, cuando se prescinde de El. Nunca he concedido demasiado peso a los santones que alardean de no ser creyentes: los quiero muy de veras, como a todos los hombres, mis hermanos; admiro su buena voluntad, que en determinados aspectos puede mostrarse heroica, pero los compadezco, porque tienen la enorme desgracia de que les falta la luz y el calor de Dios, y la inefable alegría de la esperanza teologal.
Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en
mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo. Nos lo confirma San Pablo: quæ sursum sunt quærite; buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboread las cosas del Cielo, no las de la tierra. Porque muertos estáis ya - a lo que es mundano, por el Bautismo-, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3, 1-3).

2.      Evangelio: Yo soy la  Resurrección y la Vida (v. 25)

·         Jesús es la Resurrección porque su victoria sobre la muerte es causa de la resurrección de todos los hombres.
Es la Vida no solamente porque abre la puerta a la vida eterna, sino también porque concede la gracia al hombre viador. Ciertamente está hablando de la vida en Él, de la vida según el Espíritu Santo, de la vida de los Hijos de Dios, que Él concede por medio de nuestra fe y del Bautismo. En la segunda lectura S. Pablo dice a los Romanos, en el capítulo 8 dedicado a la vida del creyente en el Espíritu: “vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros”, v. 9). La palabra «espíritu» “designa o bien la misma persona del Espíritu Santo (más claramente en el v.9), o bien el espíritu del hombre renovado por esta presencia (ver 5,5+ y 1,9+)” (Biblia de Jerusalén, Romanos 8,2).
·         La resurrección de Lázaro es un «signo» muy preciso. Lázaro morirá de nuevo, y podemos estar seguros de que
el milagro  realizado por Jesús no tenía como finalidad garantizar a Lázaro algún mes o algunos años más de vida en esta tierra, sino la de atraer  a todos  hacia la fe en el Mesías.
·         El Espíritu Santo, que Jesús nos envía para que vivamos como Hijos de Dios, hace  - si no ponemos obstáculos
- que vivamos la vida cristiana en esta tierra, que es preludio, incoación de la vida eterna. «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (Prefacio de Difuntos, en el Misal Romano).

v     Algunas afirmaciones en el Catecismo de la Iglesia Católica

·         La fe es ya comienzo de la vida eterna (cfr. CEC 163).
·         CEC 168: (...) Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el bautismo. En el Ritual
Romano, el ministro del bautismo pregunta al catecúmeno: «¿Qué pides a la Iglesia de Dios?» Y la respuesta es: «La fe». «¿Qué te da la fe?» «La vida eterna».  
·         CEC 265: Por la gracia del bautismo «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» somos
llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (Cf Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 9).
·         CEC 1709: (...) La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.
·         CEC 1996: (...) La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a
ser hijos de Dios (46), hijos adoptivos (47), partícipes de la naturaleza divina (48), de la vida eterna (Cf Juan 17, 3).
·         CEC 2820: Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de
Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (Cf Gaudium et spes, 22; 32; 39; 45; Evangelii nuntiandi, 31).

3.  La vida sobrenatural de los hijos de Dios.  ¿De qué vida se trata?: de la vida según el Espíritu no según la precariedad de la condición humana (vivir según la carne).

v     Estar o vivir en el Espíritu, equivale en la práctica estar o vivir «en Cristo». Carne y Espíritu: dos modos de nacer, de vivir y de morir

            Cfr. Raniero Cantalamessa, El misterio de Pentecostés, Edicep 1998, pp. 85-92:
“El apóstol Pablo, en sus cartas, nunca expone el misterio cristiano, sin que el anuncio vaya seguido de la exhortación práctica, y el kerygma de la parénesis. En el caso del Espíritu santo, el paso del kerygma a la parénesis y del don al deber, es admirablemente resumido por el Apóstol con estas palabras: Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu (Ga 5, 25). El primer verbo está en indicativo e indica lo que Dios ha «hecho» por nosotros, esto es, indica el don de la vida nueva en el Espíritu, o también el «estado» en que nos encontramos gracias al bautismo. El segundo verbo es un subjuntivo exhortativo e indica «lo que hay que hacer» por parte nuestra; con él se nos exhorta a comportamos de manera coherente con lo que hemos llegado a ser. Es como si el Apóstol se dirigiera al cristiano, diciéndole: «sé aquello en lo que te has convertido». El don se convierte en norma. El Espíritu Santo, vida nueva, se convierte también en la nueva ley del cristiano.
San Pablo se sirve de la oposición carne-Espíritu para delinear una visión completa de la vida cristiana, esto es, para trazar un primer esbozo de antropología teológica. En particular, dicha oposición sirve para explicar los tres hechos fundamentales de la existencia: el nacimiento, la vida, la muerte. En otras palabras, hay dos modos de nacer, según la palabra de Dios: de la carne y del Espíritu; dos modos de vivir: según la carne y según el Espíritu; y dos resultados finales: la muerte o la vida eterna: Pues las tendencias de la carne -dice- son muerte;  mas las del Espíritu, vida y paz (Rm 8, 6).

v     Clarificación del significado de los dos términos carne y Espíritu. Uso cotidiano y uso bíblico. (pp. 86-88)

Tratemos de clarificar, ante todo, el significado de los dos términos carne y Espíritu, En el uso cotidiano «carne» indica el componente corporal del hombre, con una referencia concreta a la esfera sexual; mientras que «espíritu» indica la razón, o el alma, esto es, el componente espiritual del hombre. En este sentido se habla, por ejemplo, de los placeres o pecados de la carne, o también de cultivar el propio espíritu. Este uso ha ensombrecido a menudo el genuino significado bíblico de los dos términos. En la Biblia, la oposición carne-espíritu, aun incluyendo este primer significado, no queda limitado a él, sino que es mucho más radical. Carne indica tanto el cuerpo como el alma, esto es, la inteligencia y la voluntad del hombre en cuanto  realidades puramente naturales, marcadas, además, por la experiencia del pecado que los hace proclives al mal. En otras palabras, carne indica a todo el hombre en su precariedad, tanto física como moral, en cuanto infinitamente distante de Dios que es Espíritu (cfr. Jn 4,24). Para utilizar una expresión moderna, carne indica las «condición humana». Decir que el Verbo se ha hecho carne (Jn 1,14), significa decir que se ha hecho hombre, que ha asumido la condición humana. ¿Y qué indica, entonces, la palabra Espíritu? Indica la realidad divina, la gracia y todo aquello que el hombre es y hace cuando está movido por este principio nuevo y superior. En la contraposición carne-Espíritu, Espíritu indica siempre, directa o indirectamente, al Espíritu Santo, y por ello debería escribirse con letra mayúscula.
            Para hacernos una idea de la diversidad de usos – el común y el bíblico -, basta decir que el acto que normalmente es considerado como el más «carnal» de todos, puede ser, en la visión bíblica, un acto psíquicamente espiritual, un gesto según el Espíritu, si se realiza en el seno del matrimonio, con amor y en el respeto a la voluntad del Creador. Por el contrario, el acto que se considera como el más espiritual de todos – el filosofar -, juzgado con el patrón de la Biblia, es una obra de la carne, si uno lo realiza siguiendo una lógica egoísta, para exaltarse a sí mismo o sus propias dotes, o si con él se enseña el error y la mentira. San Pablo denomina a todo esto, en efecto, «sabiduría de la carne» (Rm 8,7). Por otra lado, sabemos que lo que se entiende normalmente con la palabra «espíritu», cuando se habla del «espíritu de los tiempos», o del «espíritu del mundo», es exactamente eso que la Biblia llamaría «carne».
                En la oposición carne-Espíritu de la Biblia no está, pues, en juego tan sólo la oposición entre instintos y razón, o entre cuerpo y alma, sino también aquella otra más radical entre naturaleza y gracia, entre lo humano y lo divino, entre lo terreno y lo eterno, entre el egoísmo y el amor. Carne y Espíritu indican dos mundos y dos esferas distintas de acción. Aclarado este significado diverso de los términos, podemos ahora ilustrar la afirmación hecha más arriba de que según la Biblia existen dos modos de nacer: de la carne o del Espíritu; dos modos de vivir: según la carne o según el Espíritu; dos modos de concluir la vida: con  la muerte o con la vida eterna.

v     Dos modos de nacer (pp. 88-90)

o        Nacimiento natural

Dos modos de nacer. La Biblia designa de distintos modos el nacimiento natural del padre o de la madre. Lo llama nacimiento «de la carne» (Jn 3, 6), «de sangre, de voluntad de la carne o de deseo del hombre» (Jn I, 13), «de germen corruptible» (I P 1,23). Es necesario prestar atención para no ver en ello ningún juicio negativo, o de condenación del acto de engendrar o del nacimiento humano en sí mismo. La Biblia no ignora que, a fin de cuentas, también el nacimiento natural viene de Dios que creó al hombre, macho y hembra, precisamente para que fueran fecundos y llenaran la tierra. Venir al mundo es un don, no una condena, como pensaban en la antigüedad  platónicos y gnósticos. Si hay un matiz negativo en aquellas expresiones, no se debe tanto a lo que el nacimiento humano es en sí mismo, cuanto a lo que no es; se debe no tanto a lo que posee cuanto a lo que le falta todavía La mejor confirmación de ello es que también de Jesús se dice que nació «del linaje de David, según la carne» (Rm 1,3). Ni siquiera  la fe en el pecado original anula este valor fundamentalmente positivo de la vida humana y, por tanto, del nacimiento natural. Por otra  parte, en las fuentes bíblicas, el pecado original nunca está tan estrechamente ligado al modo de transmisión de la vida por generación sexual, como lo estará más tarde, a partir de san Agustín.

o        Nacimiento según el Espíritu. (pp. 89-90)

                Y vayamos al nacimiento según el Espíritu. También el nacimiento del Espíritu es designado con expresiones distintas: «de Dios» (Jn 1, 13), « de lo alto» (Jn 3,3,d « de un germen incorruptible, por medio de la palabra de Dios» (1 P 1,23). Este nacimiento,  o renacimiento, tiene lugar por iniciativa y voluntad de Dios Padre, que lo obra mediante el Espíritu. La vida que se da como resultado de este nuevo nacimiento es vida «en Cristo», o vida «en el Espíritu». El «germen» con el que se transmite dicha nueva vida es la palabra de Dios, acogida mediante la fe. El nuevo nacimiento está siempre vinculado a la fe: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios» (1 Jn 5,1). Esto mismo se dice, también, de otro modo: no somos nosotros los que en realidad nacemos de nuevo, sino que es Cristo quien es concebido y nace en nosotros «por obra del Espíritu Santo». Pero, en realidad, es lo mismo, visto desde un ángulo distinto. Todo ello se realiza concretamente en el bautismo, por eso el nuevo nacimiento es denominado «de agua y de Espíritu» (Jn 3,5). Quien pasa a través de esta experiencia , llamada de iniciación, es llamado «nueva criatura» y, del mismo modo en que por el nacimiento natural somos hijos de hombre, hijos de un padre y de una madre, así también, con este renacimiento, llegamos a ser hijos de Dios (Rm 8,14; 1 Jn 3,1).

v     Dos modos de vivir (pp. 90-91)

Dos modos de vivir. En continuidad con estos dos tipos de nacimiento – de la carne o del Espíritu -, la Biblia habla también de dos formas o estilos distintos de vida, que define, respectivamente, vida según la carne y vida según el Espíritu. San Pablo nos ofrece una descripción con el estilo de las «vidas paralelas»: Los que viven según la carne, desean lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las tendencias del espíritu, vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio a Dios: no se someten a la ley de Dios, ni siquiera pueden; así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios (Rm 8, 5-8).

o        Vivir según la carne.

Vivir según la carne significa vivir a un nivel natural, sin la fe. Viven según la carne aquellos que viven según la naturaleza, pero no la naturaleza originaria, creada buena y gobernada por Dios que todavía hace oir su voz, por debilitada que esté, a través de la conciencia; sino la naturaleza corrompida por el pecado, que se expresa a través de las distintas concupiscencias y, sobre todo, mediante el egoísmo. Las manifestaciones típicas de una vida planteada de este modo, son las así llamadas «obras de la carne»: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes» (Ga 5,19).

o        Vivir según el Espíritu

Vivir según el Espíritu significa, por el contrario, pensar, querer y obrar, movidos interiormente por ese principio de vida nueva que en el bautismo es introducido en nosotros, que es el Espíritu de Jesús. Vivir según el Espíritu equivale por ello a imitar a Cristo. Las manifestaciones propias de esta vida nueva son los así llamados «frutos del Espíritu»: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22).

v     Dos modos de morir (pp. 91-92)

o        Según la carne y según el Espíritu

Dos modos de morir. Y llegamos, finalmente, a los dos resultados a los que dan lugar respectivamente el vivir según la carne o el vivir según el Espíritu: la muerte o la vida: Si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis (Rm 8,13). Si uno vive según la carne, esto es, en una perspectiva puramente natural y terrena – ya que la «carne» es, por definición, lo perecedero, lo corruptible, aquello que tiene un comienzo, un desarrollo y un final -, el horizonte último de una vida así no puede ser más que la muerte. Toda carne – dice la Biblia – es hierba y todo su esplendor como flor del campo. La flor se marchita (Is 40, 6-8). Desde este punto de vista, tiene mucha razón aquel filósofo que definió al hombre como un «ser – para – la – muerte»; alguien que acaba de nacer y que ya empieza a morir (M. Heidegger, El ser y el Tiempo, 51. Fondo Cultura Económica, México 1974, 275-278). No se va más allá de este horizonte: el hombre nace y vive para morir.
                Pero si uno vive según el Espíritu – dado que el Espíritu es, por definición, lo que no se corrompe, lo eterno – el horizonte, en este caso, no se cierra con la muerte. La vida nueva del Espíritu tiene un comienzo, pero no tiene un final: El que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna (Ga 6,8). Visto desde una perspectiva «espiritual», el hombre ya no aparece como un ser – para – la – muerte, sino más bien como un ser – para – la – eternidad. Ni siquiera la carne, ciertamente, acabará para siempre en la corrupción, en virtud de la resurrección de los muertos. Pero esto – es decir, devolverle la vida también a nuestro cuerpo, al final de los tiempos – será, precisamente, la última gran obra del Espíritu: Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8,11). 

4. La vida divina, una nueva experiencia, una visión luminosa de la existencia por la que estaban dispuestos los primeros cristianos a dar testimonio público hasta el final”

Cfr. Francisco, Encíclica Lumen fidei, 29 de junio de 2013

o        En los primeros cristianos: una nueva experiencia de la que están dispuestos a dar testimonio.

·         n. 5: “La convicción de una fe que hace grande y plena la vida, centrada en Cristo y en la fuerza de su gracia, animaba la
misión de los primeros cristianos. En las Actas de los mártires leemos este diálogo entre el prefecto romano Rústico y el cristiano Hierax: « ¿Dónde están tus padres? », pregunta el juez al mártir. Y éste responde: « Nuestro verdadero padre es Cristo, y nuestra madre, la fe en él »[5]. Para aquellos cristianos, la fe, en cuanto encuentro con el Dios vivo manifestado en Cristo, era una « madre », porque los daba a luz, engendraba en ellos la vida divina, una nueva experiencia, una visión luminosa de la existencia por la que estaban dispuestos a dar testimonio público hasta el final”.
§        La fe nos transforma interiormente, y nos da la luz que ilumina el origen y el final de la vida.
·         n. 20: “La fe sabe que Dios se ha hecho muy cercano a nosotros, que Cristo se nos ha dado como un gran don
que nos transforma interiormente, que habita en nosotros, y así nos da la luz que ilumina el origen y el final de la vida, el arco completo del camino humano”.

5. La psique que anima el cuerpo humano, es principio natural. El Espíritu Santo es principio sobrenatural. Los dos son principios diferentes de vida: cada uno transmite la vida que posee.

·         Biblia de Jerusalén, 1 Corintios 15,44: “Para Pablo, como para la tradición bíblica, la psijê (hebr.
Nefeš: ver Gen 2,7) es el principio vital que anima el cuerpo humano (1 Co 15,45). Es su vida (Romanos 16,4; Filipenses 2,30; 1 Tesalonicenses 2,8; ver Mateo 2,20; Marcos 3,4; Lucas 12,20; Juan 10,11; Hechos 20,10, etc.), su alma viviente (2 Corintios 1,23), y puede servir para designar al hombre entero (Romanos 2,9; 13,1; 2 Corintios 12,15; Hechos 2, 41.43,etc.). Pero no es más que un principio natural (1 Corintios 2,14; ver Judas 19), que ha de desaparecer ante el  pneuma  para que el hombre encuentre de nuevo la vida divina. Esta sustitución, que se inicia ya durante la vida mortal por el don del Espíritu (Romanos 5,5+; ver 1,9+), consigue la plenitud de su efecto después de la muerte. Mientras que la filosofía griega esperaba una supervivencia inmortal de sólo el alma superior (nus), liberada finalmente del cuerpo, el cristianismo sólo concibe la inmortalidad como restauración íntegra del hombre, es decir, como la resurrección del cuerpo por el Espíritu, principio divino que Dios había retirado del hombre a consecuencia del pecado (Génesis 6,3), y que se lo devuelve por la unión con Cristo resucitado (Romanos 1,4+; 8,11+), hombre celeste y Espíritu vivificante (1 Corintios 15, 45-49). De natural o psíquico el cuerpo se hace entonces pneumático, incorruptible, inmortal (1 Corintios 15, 53), glorioso (1 Corintios 15,43; ver Romanos 8,18; 2 Corintios 4,17; Filipenses 3,212; Colosenses 3,4), liberado de las leyes de la materia terrestre (Juan 20, 19.26), y de sus apariencias (Lucas 24,16).  – En un sentido más amplio, la psyjê  puede designar, en contraposición al cuerpo, (Mateo10, 28), la sede de la vida moral y de los sentimientos (Filipenses 1,27; Efesios 6,6; Colosenes 3,23; ver Mateo  22,37p; 26,38p; Lucas 1, 46; Juan 12,27; Hechos 4,32; 14,2; 1 Pedro 2,11, etc.), y aun el alma espiritual e inmortal (Hechos 2,27; Santiago 1,21; 5,20; 1 Pedro 1,9; Apocalipsis 6,9, etc.; 15,45). Es decir un ser dotado de vida por su psyjê, pero de una vida puramente natural, y sometida a las leyes del desgaste y de la corrupción”.

6. Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne.

·         CEC, n. 2796: Cuando la Iglesia ora diciendo «Padre nuestro que estás en el cielo», profesa que somos el Pueblo de
Dios «sentado en el cielo, en Cristo Jesús» (Efesios 2, 6), «ocultos con Cristo en Dios» (Colosenses 3, 3), y, al mismo tiempo, «gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celestial» (2 Corintios 5, 2) (Cf Filipenses 3, 20; Hebreos 13, 14):
Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo (Epístola a Diogneto 5, 8-9).

Vida Cristiana                                                                                             


viernes, 31 de marzo de 2017

Sacramentos para resucitar: por Monseñor Agrelo

Aquel otro día, “al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Todavía resuenan en nuestro corazón las palabras que le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.whatsapp://send?text=Hello World!&phone=+9198********1
Esas palabras evocan el misterio de nuestro encuentro con Jesús, cuando la Luz nos dijo: “Ve a lavarte a la fuente bautismal”, “ve a Siloé”, “al Enviado”, “a Cristo Jesús”...
Fuimos, nos lavamos, y volvimos con ojos de ver, unos ojos que sólo Dios puede dar.
Hoy, el que es nuestra luz, dice de sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, no morirá para siempre”.
Y esas palabras, que nos revelan el misterio de Jesús, revelan al mismo tiempo el misterio del bautismo que los catecúmenos se disponen a recibir y que el pueblo de Dios ya ha recibido, y revelan también el misterio de la eucaristía que hoy celebramos: Hoy, a ti que has creído en él, viene “el que es la resurrección y la vida”.
Tu fe lo recuerda con asombro y agradecimiento: “En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.
Tu fe dice: “La Palabra habitó entre nosotros”; y el evangelio que se proclama en tu celebración, te ayuda a comprender el significado de lo que dices: La Palabra que es la vida ha venido a ti, ha abrazado tu debilidad, se ha llegado a tu sepulcro, ha descendido a lo hondo de tu mortalidad. La Palabra que es la vida, por amor a ti, habitó contigo en el lugar de los muertos.
Y tú, por la fe y los sacramentos de la fe, has acogido a la Palabra y te has abrazado a la vida: creyendo, vives; comulgando, resucitas.
La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”: Viniendo a ti, la Vida ha apartado la losa de tu sepulcro; viniendo a ti, la Resurrección te liberó de tus ataduras y te dejó andar.
A ti, que gritabas desde lo hondo, te ha visitado la misericordia de Dios, a ti ha venido la redención copiosa. El Señor ha abierto nuestros sepulcros y nos ha hecho salir de nuestros sepulcros, y nos ha infundido el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Creyendo, Iglesia cuerpo de Cristo, un día fuiste bautizada en el que es la resurrección y la vida. Creyendo y comulgando, hoy, en la Eucaristía, te haces una con el que es la resurrección y la vida.
Feliz domingo.
I

jueves, 30 de marzo de 2017

Cuaresma , 5º Domingo Año C. (2016). Diálogo de Jesús con los escribas y fariseos a propósito de una mujer sorprendida en adulterio. Jesús, con sus palabras, obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. La conversión lleva a un corte neto con el pasado para emprender un nuevo camino. Todo es pérdida ante la nueva vida en Cristo.



1  Cuaresma , 5º Domingo Año C. (2016). Diálogo de Jesús con los escribas y fariseos a propósito de una mujer sorprendida en adulterio. Jesús, con sus palabras, obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. La conversión lleva a un corte neto con el pasado para emprender un nuevo camino. Todo es pérdida ante la nueva vida en Cristo. Cfr. Domingo 5º de Cuaresma Ciclo C 13/03/2016 Isaías 43, 16-21; Filipenses 3, 8-14; 8, 1-11; Juan 8, 1-11 Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, pp. 92-97 Isaías 43, 16-21: 16 Así dice el Señor, que abrió el camino en el mar y senda en las aguas impetuosas;que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantrse, se apagaron como mecha que se extingue. No recordeís las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. 19 Mirad voy a hacer algo nuevo, ya está brotando. ¿No lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, del pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza. Filipenses 3, 8-14: 8 Aún más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas, y las considero como basura con tal de ganar a Cristo 9 y vivir en él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe. 10 Y, de este modo, lograr conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, 11 con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos. 12 No es que ya la haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si la alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. 13 Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, 14 correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús. Juan 8, 1-11: 1 Jesús marchó al Monte de los Olivos. 2 De mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo venía a él; se sentó y se puso a enseñarles.3 Los escribas y fariseos trajeron una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio, 4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 Moisés en la Ley nos mandó lapidar a éstas; ¿tú qué dices? 6 Esto lo decían tentándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en la tierra. 7 Como ellos insistieran en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero. 8 E inclinándose de nuevo, seguía escribiendo en la tierra. 9 Al oírle, se iban marchando uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó solo Jesús y la mujer, de pie, en medio. 10 Jesús se incorporó y le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? 11 Ella respondió: Ninguno, Señor. Díjole Jesús: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más. No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. Mirad voy a hacer algo nuevo, ya está brotando. (Isaías 43, 16-19, primera Lectura) 1. La verdadera gran novedad de la historia: Cristo, que vino al mundo para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, del mal y de la muerte. Cfr. Juan Pablo II, 5 Domingo Cuaresma, año C, Homilía Parroquia N. Señora del Sufragio y S. Agustín de Canterbury (Roma) 1 de abril de 2001 Primera Lectura • (…) «En la primera lectura, tomada del llamado "Deutero-Isaías", el anónimo profeta del exilio babilónico anuncia la salvación preparada por Dios para su pueblo. La salida de Babilonia y el regreso a la patria serán como un nuevo y mayor Éxodo. »En aquella ocasión Dios había liberado a los judíos de la esclavitud de Egipto, superando el obstáculo del mar; ahora guía a su pueblo a la tierra prometida, abriendo en el desierto un camino seguro: "Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo" (Is 43,19). »"Algo nuevo": los cristianos sabemos que el Antiguo Testamento, cuando habla de "realidades nuevas", se refiere en última instancia a la verdadera gran "novedad" de la historia: Cristo, que vino al mundo para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, del mal y de la muerte.» o Jesús es puesto a prueba Evangelio • En el Evangelio. «"Mujer, (...) ¿ninguno te ha condenado? (...) Tampoco yo te condeno. Anda, y en 2 adelante no peques más" (Juan 8,10-11). Jesús es novedad de vida para el que le abre el corazón y, reconociendo su pecado, acoge su misericordia, que salva. En esta página evangélica, el Señor ofrece su don de amor a la adúltera, a la que ha perdonado y devuelto su plena dignidad humana y espiritual. Lo ofrece también a sus acusadores, pero su corazón permanece cerrado e impermeable.» o Jesús invita a la mujer a reconocer su culpa, y a los acusadores a que hagan examen de conciencia. Aquí el Señor nos invita a meditar en la paradoja que supone rechazar su amor misericordioso. Es como si ya comenzara el proceso contra Jesús, que reviviremos dentro de pocos días en los acontecimientos de la Pasión: ese proceso desembocará en su injusta condena a muerte en la cruz. Por una parte, el amor redentor de Cristo, ofrecido gratuitamente a todos; por otra, la cerrazón de quien, impulsado por la envidia, busca una razón para matarlo. Acusado incluso de ir contra la ley, Jesús es "puesto a prueba": si absuelve a la mujer sorprendida en flagrante adulterio, se dirá que ha transgredido los preceptos de Moisés; si la condena, se dirá que ha sido incoherente con el mensaje de misericordia dirigido a los pecadores. Pero Jesús no cae en la trampa. Con su silencio, invita a cada uno a reflexionar en sí mismo. Por un lado, invita a la mujer a reconocer la culpa cometida; por otro, invita a sus acusadores a no substraerse al examen de conciencia: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra" (Juan 8,7). o Cualquiera que sea la condición en la que uno se encuentre, siempre le será posible abrirse a la conversión y recibir el perdón de sus pecados Ciertamente, la situación de la mujer es grave. Pero precisamente de ese hecho brota el mensaje: cualquiera que sea la condición en la que uno se encuentre, siempre le será posible abrirse a la conversión y recibir el perdón de sus pecados. "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más" (Jn 8,11). En el Calvario, con el sacrificio supremo de su vida, el Mesías confirmará a todo hombre y a toda mujer el don infinito del perdón y de la misericordia de Dios. o La excelencia del conocimiento de Cristo Jesús • "Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Filipenses 3,8). ¡Conocer a Cristo! En este último tramo del itinerario cuaresmal nos sentimos más estimulados aún por la liturgia a profundizar nuestro conocimiento de Jesús y a contemplar su rostro doliente y misericordioso, preparándonos para experimentar el resplandor de su resurrección. No podemos quedarnos en la superficie. Es necesario hacer una experiencia personal y profunda de la riqueza del amor de Cristo. Sólo así, como afirma el Apóstol, llegaremos a "conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos" (Filipenses 3,10-11). (…) 2. Sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del hombre y, en consecuencia, de toda sociedad, porque sólo su amor infinito lo libra del pecado, que es la raíz de todo mal. o Jesús, con sus palabras, obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. Cfr. Juan Pablo II, 5 Domingo Cuaresma, año C, Homilía Parroquia de Santa Felicidad e Hijos Mártires (Roma) - 25 de marzo de 2007 Evangelio En la línea de lo que la liturgia nos propuso el domingo pasado, la página evangélica de hoy nos ayuda a comprender que sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del hombre y, en consecuencia, de toda sociedad, porque sólo su amor infinito lo libra del pecado, que es la raíz de todo mal. Si es verdad que Dios es justicia, no hay que olvidar que es, sobre todo, amor: si odia el pecado, es porque ama infinitamente a toda persona humana. Nos ama a cada uno de nosotros, y su fidelidad es tan profunda que no se desanima ni siquiera ante nuestro rechazo. Hoy, en particular, Jesús nos invita a la conversión interior: nos explica por qué perdona, y nos enseña a hacer que el perdón recibido y dado a los hermanos sea el "pan nuestro de cada día". El pasaje evangélico narra el episodio de la mujer adúltera en dos escenas sugestivas: en la primera, asistimos a una disputa entre Jesús, los escribas y fariseos acerca de una mujer sorprendida en flagrante adulterio y, según la prescripción contenida en el libro del Levítico (cf. Lv 20,10), condenada a la lapidación. En la segunda escena se desarrolla un breve y conmovedor diálogo entre Jesús y la pecadora. Los despiadados acusadores de la mujer, citando la ley de Moisés, provocan a Jesús —lo llaman "maestro" 3 (Didáskale)—, preguntándole si está bien lapidarla. Conocen su misericordia y su amor a los pecadores, y sienten curiosidad por ver cómo resolverá este caso que, según la ley mosaica, no dejaba lugar a dudas. Pero Jesús se pone inmediatamente de parte de la mujer; en primer lugar, escribiendo en la tierra palabras misteriosas, que el evangelista no revela, pero queda impresionado por ellas; y después, pronunciando la frase que se ha hecho famosa: "Aquel de vosotros que esté sin pecado (usa el término anamártetos, que en el Nuevo Testamento solamente aparece aquí), que le arroje la primera piedra" (Jn 8,7) y comience la lapidación. San Agustín, comentando el evangelio de san Juan, observa que "el Señor, en su respuesta, respeta la Ley y no renuncia a su mansedumbre". Y añade que con sus palabras obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. Por lo cual, "golpeados por estas palabras como por una flecha gruesa como una viga, se fueron uno tras otro" (In Io. Ev. tract. 33, 5). Así pues, uno tras otro, los acusadores que habían querido provocar a Jesús se van, "comenzando por los más viejos". Cuando todos se marcharon, el divino Maestro se quedó solo con la mujer. El comentario de san Agustín es conciso y eficaz:"relicti sunt duo: misera et misericordia", "quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia" (ib.). (…) Jesús no pide explicaciones. No es irónico cuando le pregunta: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" (Juan 8,10). Y su respuesta es conmovedora: "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más" (Juan 8,11). San Agustín, en su comentario, observa: "El Señor condena el pecado, no al pecador. En efecto, si hubiera tolerado el pecado, habría dicho: "Tampoco yo te condeno; vete y vive como quieras... Por grandes que sean tus pecados, yo te libraré de todo castigo y de todo sufrimiento". Pero no dijo eso" (In Io. Ev. tract. 33, 6). Dice: "Vete y no peques más". 3. Si Cristo decía algo distinto de lo ordenado por la ley, se le debería considerar injusto. Si ordena que sea lapidada, habrá perdido su mansedumbre. Cfr. San Agustín, Comentarios sobre el evangelio de San Juan 33,4-6 La ley ordenaba lapidar a las adúlteras; la ley que no podía ordenar injusticia alguna. Si él decía algo distinto de lo ordenado por la ley, se le debería considerar injusto. Cuchicheaban ellos entre sí: Se le considera amigo de la verdad y parece lleno de mansedumbre; debemos de tenderle una trampa respecto a la justicia; presentémosle una mujer sorprendida en adulterio y recordémosle lo que está mandado en la ley al respecto. Si ordena que sea lapidada, habrá perdido su mansedumbre, y si juzga que se la debe absolver, no salvará la justicia. Para no perder su mansedumbre, decían, por la que se ha hecho tan amable para el pueblo, dirá indudablemente que debe ser absuelta. Ésta será la ocasión de acusarle y declararle reo como trasgresor de la ley, objetándole: «Tú eres enemigo de la ley; sentencias contra Moisés; más aún, contra quien dio la ley; eres reo de muerte y has de ser apedreado con ella». (…) La respuesta no fue: «No se la lapide», para no dar la impresión de que actuaba contra la ley; tampoco esta otra: «Sea lapidada», pues no había venido a perder lo que había hallado, sino a buscar lo que se había perdido (Lc 10,10). ¿Qué respondió? Observad qué respuesta saturada de justicia, de mansedumbre y de verdad: El que de vosotros esté sin pecado, arroje el primero la piedra contra ella (Jn 8,7). ¡Contestación digna de la sabiduría! ¡Cómo les hizo entrar dentro de sí mismos! Dedicados a calumniar continuamente a los demás, no se examinaban a sí mismos; clavaban los ojos en la adúltera, pero no en sí mismos. (…) Todo el que dirige la mirada a su interior se descubre pecador. Está claro que es así. Luego, o tenéis que dejarla libre o tenéis que someteros juntamente con ella al peso de la ley. Si la sentencia del Señor hubiese ordenado que no se lapidara a la adúltera, pasaría por injusto. Si ordenaba la lapidación perdería la mansedumbre. La sentencia del justo y manso no podía ser otra: Quien de vosotros esté sin pecado, que arroje el primero la piedra contra ella. Es la justicia la que la sentencia: «Sufra el castigo la pecadora, pero no por manos de pecadores; cúmplase la ley, pero no por manos de sus transgresores». He aquí la sentencia de la justicia. Heridos por ella como por un grueso dardo, se miran a si mismos, se ven reos y salen todos de allí uno detrás de otro (Juan 8,9). (…) o El Señor dio la sentencia de condenación contra el pecado, no contra el hombre. Como ella le había oído decir: El que esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra, esperaba que ejecutase el castigo aquel en quien no podía hallarse pecado alguno. Mas el que había alejado de sí a sus enemigos con las palabras de la justicia, clava en ella los ojos de la mansedumbre y le pregunta: ¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor, confiesa ella. Y él: Ni yo mismo te condeno; ni yo 4 mismo, por quien tal vez temiste ser castigada, porque no hallaste en mí pecado alguno. Ni yo mismo te condeno. ¿Qué es esto? ¿Favoreces los pecados? Es claro que no es verdad. Mira lo que sigue: Vete y no peques más en adelante (Jn 8,10-11). El Señor dio la sentencia de condenación contra el pecado, no contra el hombre. Si fuera favorecedor del pecado, le habría dicho: «Ni yo mismo te condeno, vete y vive como quieras; bien segura puedes estar de mi absolución; peques lo que peques, yo mismo te libraré de las penas, incluidas las del infierno, y de sus verdugos». Pero no fue esta la sentencia. 4. El profeta empuja hacia algo que está naciendo. o La conversión lleva a un corte neto con el pasado para emprender un nuevo camino. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, pp. 92-97 Primera Lectura • p. 95: El profeta canta la vuelta del pueblo de Israel a Jerusalén al acabar el exilio de Babilonia; se trata de un «segundo éxodo». El profeta recuerda en los vv. 16 y 17 el grandioso paso del mar Rojo (Así dice el Señor, el que abrió un camino en el mar, una senda en las aguas impetuosas ...). Ahora no pasarán de nuevo por el Mar Rojo, sino que atravesarán el desierto para volver al hogar que abandonaron en el 586 a.C. con la destrucción de Jerusalén por el ejército de Babilonia, y que se prolongó hasta el 538 a.C. cuando Ciro el rey de Persia decretó la liberación de los hebreos. Será una nueva liberación. “Los hebreos de Babilonia tienen en su pasado los fulgores de las llamas que incendiaban la ciudad santa, los gritos de los moribundos, la sangre de las víctimas. Ahora están a punto de dejar la tierra del exilio donde se habían adaptado y resignado. Existe, pues, la atracción de la nostalgia o tal vez el terror del pasado oscuro que bloquea al hombre, haciéndolo incapaz de esperar, de aguardar, de hacer proyectos. El profeta, sin embargo, anuncia un grande viraje, provoca un movimiento en el cansancio y en la inercia, empuja hacia «algo nuevo» que está naciendo. La conversión se da precisamente en el corte neto con el pasado y en el emprender un nuevo camino. La imagen simbólica de la mujer de Lot es una lección para muchos cristianos: volver la mirada hacia atrás es la raíz de la muerte.” o San Pablo, segunda Lectura: olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama por Cristo Jesús. La meta es la fe en Cristo.  Todo es pérdida ante la nueva vida en Cristo. Cfr. Benedicto XVI, Catequesis, 25/10/2006 • San Pablo “Presenta su vida en los vv. anteriores (3, 5-6), exponiendo los títulos por los que él consideraba que había sido un cumplidor de la ley de Dios: “fui circuncidado al octavo día, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreos, y, ante la Ley, fariseo; a causa del celo por ella, perseguidor de la Iglesia. En lo que se refiere a la justicia de la Ley, llegué a ser irreprochable”. Como se ve, Pablo hace una lista de características religiosas que le autorizan en el judaísmo para estar orgulloso de su situación ante Dios y seguro. Hasta tal punto que cuando encuentra a la comunidad de cristianos que se profesaban discípulos de Jesús que no ponían “en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía la remisión de los pecados” como judío celoso que era “consideraba este mensaje inaceptable, es más, escandaloso, y sintió el deber de perseguir a los seguidores de Cristo incluso fuera de Jerusalén”». • “Sin embargo - añade en los vv. siguientes (7-11) – cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, Mi señor”. Y especifica: “todas las cosas son basura con tal de ganar a Cristo y vivir en Él” meta que se consigue no por las obras de la Ley sino por la fe en Cristo; y también precisará que lo importante es conocer a Cristo y la fuerza de su resurrección, participando en sus padecimientos y asemejándonos a Él en su muerte par alcanzar la resurrección de los muertos. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Cuaresma, 4º domingo Año C (2016). La parábola del hijo pródigo. Un momento decisivo en la conversión es recapacitar. El hijo pródigo recapacita: es el examen de conciencia. El padre lo recibe con alegría y hace una fiesta. El perdón y la reconciliación son fuente de alegría. Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Para reencontrar la identidad cristiana, aquello que cuenta no es la aprobación, la búsqueda del éxito o del consenso, sino la limpieza del corazón y de la vida.



1 [Chiesa/Omelie1/Quaresima/4C16HijoPródigoRecapacitaExamenConcienciaCorazón]  Cuaresma, 4º domingo Año C (2016). La parábola del hijo pródigo. Un momento decisivo en la conversión es recapacitar. El hijo pródigo recapacita: es el examen de conciencia. El padre lo recibe con alegría y hace una fiesta. El perdón y la reconciliación son fuente de alegría. Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Para reencontrar la identidad cristiana, aquello que cuenta no es la aprobación, la búsqueda del éxito o del consenso, sino la limpieza del corazón y de la vida.  Cfr. 4º Domingo de Cuaresma, Año C Lucas 15, 1-3.11-32 - 6 de marzo de 2016 Lucas 15 1 Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, 2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: « Este acoge a los pecadores y come con ellos. ». 3 Entonces les dijo esta parábola. 11 « Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. 13 Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.14 « Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. 15 Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. 16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. 17 Recapacitando, se dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! 18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. 19 Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." 20 Y, levantándose, partió hacia su padre. « Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. 21 El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." 22 Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. 23 Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta. 25 « Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 El le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." 28 El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. 29 Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; 30. y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" 31 « Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; 32 pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado." El examen de conciencia: recapacitar. El hijo pródigo, recapacitando, se dijo: Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, ..." Y, levantándose, partió hacia su padre. (Cfr. Lucas 15, 17-20) A. Diversos aspectos sobre el itinerario del hijo pródigo  1. Una visión del conjunto: Catecismo de la Iglesia Católica, 1439 o El arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno. • “El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola 2 llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza”.  2. Un momento decisivo en la conversión: «Recapacitar». El examen de conciencia (vv. 17-20) • Recapacitando, se dijo: «¿Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre. • “En el inicio del cambio, está ese segundo en el que el joven «recapacita». Y después del instante en el que se dice a sí mismo «he pecado», hay ya una persona nueva. Todo lo que sigue después no es más que ejecutar una decisión que ha tomado. Cuántas cosas extraordinarias derivan, a veces, del coraje de recapacitar, de ponerse al desnudo delante de la propia conciencia”. (Cfr. R. Cantalamessa, Passa Gesù di Nazaret, Piemme, pp. 101 – 106). o Algunos de los puntos sobre el examen de conciencia en el Catecismo de la Iglesia Católica.  La conversión se realiza en la vida cotidiana, mediante gestos de reconciliación. Entre ellos está el examen de conciencia • CEC 1435: La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho (Cf Am 5, 24; Is 1, 17), por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (Cf Lc 9, 23). • CEC 1779: Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria en cuanto que la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización: Retorna a tu conciencia, interrógala... retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios (S. Agustín, ep. Jo. 8, 9). B. Dios «padre misericordioso» en el centro de la parábola del hijo pródigo. (vv. 20-21). o El hijo había renunciado a la comunión familiar; el padre lo acoge en la alegría de la comunión restablecida. • Juan Pablo II, Catequesis 8/09/1991: “El padre, por el contrario, al verlo llegar de lejos, le sale al encuentro, conmovido, (o, mejor, "conmoviéndose en sus entrañas", como dice literalmente el texto griego: Lucas 15,20), lo abraza con amor y quiere que todos lo festejen. La misericordia paterna resalta aún más cuando este padre, con un tierno reproche al hermano mayor, que reivindica sus propios derechos (Lucas 15,29 ss), lo invita al banquete común de alegría. La pura legalidad queda superada por el generoso y gratuito amor paterno, que va mas allá de la justicia humana, e invita a ambos hermanos a sentarse una vez mas a la mesa del padre. El perdón no consiste solo en recibir nuevamente en el hogar paterno al hijo que se había alejado, sino también en acogerlo en la alegría de una comunión restablecida, llevándolo de la muerte a la vida. Por eso, "convenía celebrar una fiesta y alegrarse" (Lucas 15,32). El Padre misericordioso que abraza al hijo perdido es el icono definitivo del Dios revelado por Cristo. Dios es, ante todo y sobre todo, Padre. Es el Dios Padre que extiende sus brazos misericordiosos para bendecir, esperando siempre, sin forzar nunca a ninguno de sus hijos. Sus manos sostienen, estrechan, dan fuerza y al mismo tiempo confortan, consuelan y acarician. Son manos de padre y madre a la vez. 3 El padre misericordioso de la parábola contiene en sí, trascendiéndolos, todos los rasgos de la paternidad y la maternidad. Al arrojarse al cuello de su hijo, muestra la actitud de una madre que acaricia al hijo y lo rodea con su calor. A la luz de esta revelación del rostro y del corazón de Dios Padre se comprenden las palabras de Jesús, desconcertantes para la lógica humana: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión" (Lucas 15,7). Así mismo: "Se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte" (Lucas 15,10). • “Si le vio «cuando aún estaba lejos» es porque desde el día en que su hijo se había marchado, no había dejado de escrutar frecuentemente el horizonte. «Y se compadeció, y corrió a su encuentro.» Ninguna alusión a la pena que tenía, a sus razones, ningún reproche”. (Cfr. R. Cantalamessa o.c.). o El perdón y la reconciliación son fuente de alegría. La culminación de toda la historia salvífica se expresa en un banquete. vv.22-24 • Juan Pablo II, Catequesis 22/09/1999: “Como Jesús nos explica en la parábola del Padre misericordioso (Lucas 15,11-32), para él perdonar y reconciliar es una fiesta. El Padre, en ese pasaje evangélico, como en otros muchos, no solo ofrece perdón y reconciliación; también muestra que esos dones son fuente de alegría para todos.” En el Nuevo Testamento es significativo el vínculo que existe entre la paternidad divina y la gran alegría del banquete. Se compara el reino de Dios a un banquete donde el que invita es precisamente el Padre (Mateo 8,11 Mateo 22,4 Mateo 26,29). La culminación de toda la historia salvífica se expresa asimismo con la imagen del banquete preparado por Dios Padre para las bodas del Cordero (Apocalipsis 19,6-9). • Juan Pablo II, Catequesis 28/02/1990: “La alegría forma parte de la renovación incluida en la "creación de un corazón puro". Es el resultado del nacimiento a una nueva vida, como Jesús explicara en la parábola del hijo pródigo, en la que el padre que perdona es el primero en alegrarse y quiere comunicar a todos la alegría de su corazón (Lucas 15,20-32)”. o La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre, mediante la conversión. • Es Cristo que pasa, 64: (...) Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a El, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia. Mirad que no estoy inventando nada. Recordad aquella parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor del Padre que está en los cielos: la parábola del hijo pródigo 1 . Cuando aún estaba lejos, dice la Escritura, lo vio su padre, y enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos 2 . Estas son las palabras del libro sagrado: le dio mil besos, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres? Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo. La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios. Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos. 1 Cfr. Lucas 15, 11 ss 2 Lucas 15, 20 4 C. Para reencontrar la identidad cristiana, aquello que cuenta no es la aprobación, la búsqueda del éxito o del consenso, sino la limpieza del corazón y de la vida. Cfr. Papa Francisco, Homilía del Miércoles de Ceniza, 10 de febrero del 2016.  La importancia del corazón, de la conciencia, en la vida cristiana. «Dios vence el pecado y nos levanta de la miseria si nos confiamos a él. Está en nosotros reconocernos necesitados de misericordia: es el primer paso del camino del cristiano; se trata de entrar a través de la puerta abierta, que es Cristo, donde él nos espera, el salvador y nos ofrece una vida nueva y alegre. o Obstáculos o insidias que cierran la puerta del corazón: a) la tentación de blindar las puertas, convivir con el propio pecado, minimizarlo, justificarlo; b) la vergüenza - que se transforma en temor o miedo – de abrir la puerta secreta del corazón; c) alejarnos de la puerta. Sucede cuando nos escondemos en nuestras miserias. Cuando permanecemos solos en nosotros mismos. »Puede haber algunos obstáculos que cierran las puertas del corazón: está la tentación de blindar las puertas, o sea de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándonos siempre, pensando que no somos peores que los demás, y de esta manera se bloquea la cerradura del alma y permanecemos encerrados en nosotros mismos, prisioneros del mal. Otro obstáculo es la vergüenza de abrir la puerta secreta del corazón. La vergüenza, en realidad, es un buen síntoma porque indica que queremos cortar con el mal. Sin embargo, no debe jamás transformarse en temor o miedo. »Y existe una tercera insidia: aquella de alejarnos de la puerta. Sucede cuando nos escondemos en nuestras miserias. Cuando rumeamos continuamente relacionando entre ellas las cosas negativas hasta el punto de hundirnos en el sótano más oscuro del alma. Entonces nos convertimos en familiares de la tristeza que no queremos, nos acobardamos y somos débiles frente a las tentaciones. Esto sucede porque permanecemos solos en nosotros mismos, cerrándonos y huyendo de la luz. Solamente la gracia del Señor nos libera. »Dejémonos entonces reconciliar escuchando a Jesús, que dice a quien está cansado y oprimido: “Vengan a mí”. No permanecer en sí mismo sino ir hacia él. Ahí existe la Paz y el descanso. (…) o Los tres remedios, tres medicinas que curan del pecado. »En primer lugar la oración, expresión de apertura y de confianza en el Señor. Es el encuentro personal con Él, que reduce las distancias creadas por el pecado. Rezar significa decir: “no soy autosuficiente, tengo necesidad de Ti. Tú eres mi vida y mi salvación”. »En segundo lugar la caridad para superar lo extraño en relación a los demás. El amor verdadero de hecho, no es un acto exterior, no es dar algo en modo paternalista para calmar la conciencia, sino aceptar a quien tiene necesidad de nuestro tiempo, de nuestra amistad, de nuestra ayuda. Es vivir el servicio, venciendo la tentación de complacerse. »En tercer lugar, el ayuno, la penitencia para liberarnos de las dependencias en relación de aquello que pasa y ejercitarnos para ser más sensibles y misericordiosos. Es una invitación a la simplicidad y al compartir, quitar algo de nuestra mesa y de nuestros bienes para reencontrar el bien verdadero de la libertad. o La Cuaresma sea un tiempo de auténtica “podadura” de la falsedad, de la mundanidad, de la indiferencia, para entender que aquello que cuenta es la limpieza del corazón y de la vida. »Regresen a mí, dice el Señor, con todo el corazón”. No sólo con un acto externo sino desde lo profundo de nosotros mismos. De hecho Jesús nos llama a vivir la oración, la caridad y la penitencia con coherencia y autenticidad venciendo la hipocresía. La Cuaresma sea un tiempo de auténtica “podadura” de la falsedad, de la mundanidad, de la indiferencia, para no pensar que todo está bien y que yo estoy bien, para entender que aquello que cuenta no es la aprobación, la búsqueda del éxito o del consenso, sino la limpieza del corazón y de la vida para reencontrar la identidad cristiana, es decir el amor que sirve, no el egoísmo al que se sirve». www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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