sábado, 8 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (Monseñor Agrelo, Arzobispo de Tánger)

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén:
Tal vez sea oportuno subrayar que la comunidad cristiana, en sus celebraciones litúrgicas, no se limita a recordar cosas que pertenecen al pasado de su historia, sino que vive lo que recuerda.
La palabra que escuchamos en nuestra asamblea dominical, es la palabra en la que el Señor se nos comunica, se nos manifiesta, se nos entrega, porque, en su amor, él quiere estar con nosotros, y, en nuestra fe, nosotros queremos estar con él.
«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti”.» Decidle a la Iglesia: Jesús de Nazaret, que entra en Jerusalén, “humilde, montado en un asno”, es para ti el Hijo de David, el profeta de Nazaret, el que viene a ti en el nombre del Señor. Detrás de él va nuestro corazón; con él se llena de fiesta nuestra vida; a él rinden honor los ramos que agita nuestra esperanza, y los cantos que entona nuestra fe.

Conmemoración de la pasión del Señor:
Aunque, según el ciclo litúrgico en que nos encontremos, se proclame cada año una narración distinta de la pasión del Señor, el sentido que la Iglesia quiere dar a la celebración eucarística del domingo de Ramos, está definido por las primeras lecturas, que son las mismas para los tres ciclos litúrgicos del Leccionario. Estas lecturas nos dan la perspectiva adecuada para escuchar el relato de la pasión.
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el discípulo a quien el Señor “espabilaba el oído” para que escuchase como los iniciados.
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el siervo de Dios que rechazado no retrocede, agredido no se avergüenza, abandonado mantiene intacta y firme la esperanza en el Señor.
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es Cristo Jesús, el Hijo que, “a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo”, el Hijo que, aun siendo igual a Dios, “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”, el Hijo a quien Dios exaltó sobre todo, y a quien “concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».”
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el primer hombre de una humanidad de hijos de Dios, de siervos del Señor que escuchan cada día su palabra “para saber decir al abatido una palabra de aliento”, para llevar a los que viven en tinieblas una palabra de luz, para anunciar a los contritos de corazón un evangelio de esperanza.
La palabra que nos revela quién es Cristo, esa misma palabra nos revela lo que estamos llamados a ser nosotros, que somos de Cristo y que, por la fe, estamos en Cristo Jesús.

Cristo, el Rey humilde:
Con la liturgia de este domingo comienza la Semana Santa, la celebración anual de la Pascua, la memoria solemne y festiva de la pasión-muerte-resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Considerad el misterio que se nos concede revivir.
Nos lo revela la palabra del profeta, que dice a la Iglesia: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”. Eres pobre, y viene a ti tu rey, el que es para ti el bien, todo bien, sumo bien. Necesitas paz, y viene a ti tu rey, se acerca humilde a tu necesidad, trae la paz en su mirada, y llena de paz los corazones de tus hijos. Esperas la salvación, y viene a ti tu rey, Jesús de Nazaret, humanidad de Hijo, en la que Dios ha puesto la salvación del mundo: nació de María, nació para ti en Belén, estuvo en brazos de Simeón, y hoy viene a ti, humilde, tu rey, tu salvador. Y porque lo has reconocido, porque lo has visto llegar humilde y venir a ti, lo has aclamado con gritos de júbilo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.
He ahí a tu rey”: viene a ti, humilde, el que un día ha de venir con gloria sobre las nubes del cielo.
He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio y ves a tu rey en el trono de la cruz; y aunque lo veas allí clavado de pies y manos, sabes que está viniendo a ti, humilde, para quedarse contigo, para traerte su paz, para ofrecerte su justicia, para hacer contigo una alianza eterna de amor.
He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio, y ves a tu rey que combate por tu vida, por tu libertad, por tu salvación; lo ves cubierto de heridas y abandonado; lo ves, y dejas de aclamarlo con cantos para que lo aclame tu compasión y tu gratitud, dejas de ofrecerle el homenaje de tus ramos para ofrecerle la ternura de tu abrazo, el refugio de tu corazón.
He ahí a tu rey”. Lo verás, humilde como el pan, sobre el altar de la Eucaristía. Si aún no habías entendido la palabra del profeta, que te decía, “mira a tu rey, que viene a ti”, ahora puedes entender que tu rey viene para ti, para ser tuyo, para ser tu pan, para ser tu alimento, para ser tu vida.
No dejes que se oscurezca la luz de la fe para reconocer a tu rey, pues viene a ti en su palabra, en su Eucaristía, en sus hermanos, en sus pobres. Y porque lo ves en todas partes, en todas partes lo aclamas, lo acoges, lo sirves, lo amas.
Un día será la Pascua, y verás la gloria de aquel con quien has sufrido y a quien has ayudado.


La fuerza del amor (Monseñor Agrelo, Arzobispo de Tánger)



La fuerza del amor

A los fieles laicos, a los religiosos y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Queridos: Se acercan las fiestas de Pascua, y mi deseo es que todos nosotros, como si fuésemos uno solo, pues lo somos, nos pongamos a la escucha del Señor y guardemos en el corazón sus palabras y su ejemplo.
Él es la Palabra eterna, pronunciada en el silencio de Dios, que se hizo carne y, habitando entre nosotros, se nos hizo evangelio, buena noticia para los pobres, don de Dios para los pecadores.
Esa Palabra que se hizo carne de amar para salvar al hombre, ha sido rechazada. La Palabra que vino al mundo para que tuviésemos vida en abundancia, ha sido condenada. La Palabra que se nos hizo camino, verdad y vida, ha sido clavada en una cruz.
Así, rechazada, condenada, crucificada, la Palabra que vino a reconciliar al hombre con Dios, tiene ante sus ojos todas las formas del verbo pecar; el que vino a buscar ovejas perdidas, tiene ante sus ojos todas las formas del verbo perder: la crucifican aquellos a quienes ama, los mismos a quienes vino a salvar, los mismos por quienes descendió a lo más hondo de la condición humana.
Ahora todo está en sus manos. Ahora todo está perdido si él no lo salva. Ahora se ha abierto para siempre el infierno si Jesús no lo cierra con palabras divinas:
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Ves que el pastor no habla del propio dolor sino de las ovejas que vino a buscar. Ves que el crucificado no habla de sí mismo sino del perdón que quiere ofrecer.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
El que creó el mundo con un “¡hágase!”, crea un mundo nuevo con un “¡perdónalos!”
Y dice: “¡Padre!”, la palabra más dulce que el Hijo puede pronunciar, pues va a pedir un infinito amor para quienes no han sabido amar, un perdón creador para quienes han invocado sobre sí mismo la nada crucificando al más amado.
Delante de tus ojos, Iglesia cuerpo de Cristo, el sufrimiento de los hijos de Dios, de sus pequeños, de sus pobres, parece hacer evidente la derrota de la vida frente a la muerte, el fracaso del bien frente al mal.
Pero tú sabes –lo has contemplado en tu Señor- que el amor es más fuerte que la muerte, tú sabes que el perdón lleva dentro el germen de una tierra nueva, de una nueva humanidad.
 La celebración de los misterios pascuales es un tiempo de gracia para aprender amor, para hacernos expertos en perdón.
A todos os exhorto a participar animosos en ellas, a haceros discípulos del que nos amó hasta el extremo.
Y a los presbíteros que prestan servicio pastoral en la diócesis de Tánger, los invito a participar en el Consejo presbiteral que se reunirá en Tánger, el martes día 11 de abril, a las 10:00 de la mañana.
Será una buena ocasión para informar de la situación en las diversas parroquias, de las actividades de la Delegación de Migraciones en Tánger y Nador, de la última reunión de la Conferencia Episcopal del Norte de África.
Para la comida, espero tenerlos a todos alrededor de mi mesa.

Que nadie quede fuera de tu amor, que nadie quede fuera de tus desvelos, Iglesia amada del Señor.

Tánger, 3 de abril de 2017.





viernes, 7 de abril de 2017

Celebración del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor (2014), homilía, de Papa Francisco.



Ø      Domingo de Ramos de 2014. 13 de abril. Homilía de Papa Francisco. ¿Quién soy yo ante mi

Señor? ¿Cómo Judas … Barrabás … el Cireneo … los soldados …. las mujeres valientes … la Madre de Jesús …  José … las dos Marías …  ¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.

v     Cfr. Celebración del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor (2014), homilía, de Papa Francisco.

                  13 de abril, en la Plaza de San Pedro,  29 Jornada Mundial de la Juventud.
Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús.
Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?
Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?
También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?
¿Soy yo como Pilato? Cuando veo  que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen – o condenando yo mismo – a las personas?
¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.
¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?
¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?
¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús : «¡Él era tan valiente!... Que baje de la cruz y  creeremos en él»? Mofarse de Jesús...
¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?
¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?
¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?
¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?
¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.





Vida Cristiana

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Ciclo A, 9 de abril de 2017



Domingo de Ramos 2017, año A (9 de abril). Dos aspectos principales en la liturgia: las palmas y los mantos del triunfo; y las aclamaciones de júbilo que acompañan al Señor, y su pasión y su muerte.

«¡Jesucristo es el Señor!»: significa entrar libremente en el ámbito de su dominio.  Conocer el día

del Señor, levantar a Jesús en alto en las actividades humanas, seguir a Jesús.


v     Cfr. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Ciclo A,  9 de abril de 2017

La Pasión: Mateo 26,14 – 27,66; forma breve: Mateo 27, 11-54;  Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11: Salmo 21 (22), 8-9; 17-18a; 19-20; 23-24.

Isaías 50, 4-7 : 4 El Señor Dios  me ha dado una lengua de discípulo, para saber alentar  al abatido una palabra de aliento. Cada mañana incita mi oído, para que escuche como los discípulos. 5 El Señor me ha abierto el oído,  yo no resistí ni me eché atrás: 6  ofrecí la espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la  barba.  No he ocultado mi rostro a las afrentas y  salivazos. 7 El Señor me sostiene, por eso no me siento avergonzado; por eso he endurecido mi rostro como el pedernal, y sé que no quedaré avergonzado. 
Filipenses 2, 6-11: 6 Cristo, siendo de  condición divina, no codició el ser igual a Dios,  7 sino que se anonadó a sí  mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y mostrándose igual que los demás hombres,   8 se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.  9  Por  eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre;  10 para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, 11 y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!,» para gloria de Dios Padre.
Salmo Responsorial  22 (21): 8  Al verme se burlan de mí, tuercen los labios, mueven la cabeza: 9 «Confió en el  Señor: que lo salve Él; que lo libre si es que lo ama». 17 Me rodea una jauría de perros, me asedia una banda de malhechores. Han taladrado mis manos y mis pies, 18 Puedo contar mis huesos. 19 Se reparten mis ropas, y echan a suertes mi túnica. 20 Pero tú, Señor, no te alejes. Fuerza mía, date prisa en socorrerme. 23  Anunciaré tu Nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. 24 Los que teméis al Señor, alabadle;  estirpe toda de Jacob, glorificadle, temedlo, estirpe toda de Israel.

Domingo de Ramos. Dos aspectos principales:
las palmas del triunfo y la cruz de la Pasión y la muerte.

1. Dos aspectos principales: «¡Hosanna!» («sálvanos», «danos tu salvación») y «¡crucifícale!».


celebración de la Eucaristía, se proclama  la Pasión del Señor, según san Mateo.   
Las  palmas  y las aclamaciones («¡Hosanna!», que quiere decir «sálvanos»  «danos tu salvación»)  con  que acompañan al Señor son  señal del triunfo. Cristo es aclamado como el rey de Israel, que llega en nombre del Señor.  Esta aclamación es recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística.
En la oración de la bendición de las palmas o ramos pedimos al Señor que “quienes alzamos hoy los ramos en honor de Cristo victorioso, permanezcamos en él dando fruto abundante de buenas obras”. Es evidente la referencia a unas conocidas afirmaciones de Jesús: “Yo soy la vida, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Juan 15, 5).      
En la Pasión, Jesús es tratado como se trata a los últimos en la tierra: fue crucificado y matado, y, antes, “fue rodeado por un desprecio agresivo, insultos y escupitajos” y “sometido a violencias y a torturas”.

v     Jesús, ciertamente está siguiendo el designio de Dios Padre.

Cfr. Homilía, Juan Pablo II, 8 de abril de 2001
Con la aclamación: "Bendito el que viene", en un arrebato de entusiasmo, la gente de Jerusalén, agitando ramos de palma, acoge a Jesús que entra en la ciudad montado en un borrico. Con  la palabra: "¡Crucifícale!", gritada dos veces con creciente vehemencia, la multitud reclama del gobernador romano la condena del acusado que, en silencio, está de pie en el pretorio.

o     No hay un contrasentido

Por tanto, nuestra celebración comienza con un "¡Hosanna!" y concluye con un "¡Crucifícale!". La palma del triunfo y la cruz de la Pasión: no es un contrasentido; es, más bien, el centro del misterio que queremos proclamar. Jesús se entregó voluntariamente a la Pasión, no fue oprimido por fuerzas mayores que él. Afrontó libremente la muerte en la cruz, y en la muerte triunfó.
            Jesús ciertamente está siguiendo el designio de Dios Padre. En este designio hay ciertamente un tiempo breve de exaltación, al que seguirá la pasión  hasta la cruz, y después vendrá la resurrección. En la introducción se nos pide que «acompañemos con fe y devoción a nuestro Salvador en su entrada triunfal a la ciudad santa, para que, participando ahora de su cruz, podamos participar un día, de su gloriosa resurrección y de su vida».
-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 559. (…) Los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (Cf
Mateo 21, 15-16; Salmo 8, 3) y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (Cf Lucas 19, 38; 2, 14). Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Salmo 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

v     El centurión tuvo una intuición lúcida de la realidad de Cristo

                  Cfr. Juan Pablo II: 14-XII-88
-          El Evangelista Marcos escribe que, cuando Jesús murió, el centurión que estaba al lado viéndolo
expirar de aquella forma, dijo: 'Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios' (Marcos 15, 39). Esto significa que en aquel momento el centurión romano tuvo una intuición lúcida de la realidad de Cristo, una percepción inicial de la verdad fundamental de la fe.
El centurión había escuchado los improperios e insultos que habían dirigido a Jesús sus adversarios, y, en particular, las mofas sobre el título de Hijo de Dios reivindicado por aquel que ahora no podía descender de la cruz ni hacer nada para salvarse a sí mismo.
Mirando al Crucificado, quizá ya durante la agonía pero de modo más intenso y penetrante en el momento de su muerte, y quizá, quién sabe, encontrándose con su mirada, siente que Jesús tiene razón. Sí, Jesús es un hombre, y muere de hecho; pero en El hay más que un hombre, es un hombre que verdaderamente, como el mismo dijo, es Hijo de Dios. Ese modo de sufrir y morir, ese poner el espíritu en manos del Padre, esa inmolación evidente por una causa suprema a la que ha dedicado toda su vida, ejercen un poder misterioso sobre aquel soldado, que quizá ha llegado al calvario tras una larga aventura militar y espiritual, como ha insinuado algún escritor, y que en ese sentido puede representar a cualquier pagano que busca algún testimonio revelador de Dios.
El hecho es notable también porque en aquella hora los discípulos de Jesús están desconcertados y turbados en su fe (Cfr. Marcos 14, 50; Juan 16, 32). El centurión, por el contrario, precisamente en esa hora inaugura la serie de paganos que, muy pronto, pedirán ser admitidos entre los discípulos de aquel Hombre en el que, especialmente después de su resurrección, reconocerán al Hijo de Dios, como lo testifican los Hechos de los Apóstoles. (…)

2. Otros comentarios a la celebración de la entrada  de Jesús en Jerusalén y a cada una de las lecturas de la Misa.


v     A. Celebración de la entrada de Jesús en Jerusalén.

Cfr. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Ediciones Encuentro 2011, capítulo 1 La entrada en Jerusalén, pp. 11-22.

o     Los mantos que echaron los discípulos encima del borrico y las aclamaciones de júbilo de la muchedumbre que se une al cortejo.

§         Los mantos
-          (…) El echar los mantos tiene su sentido en la realeza de Israel (cf. 2 R 9,13). Lo que hacen los
discípulos es un gesto de entronización en la tradición de la realeza davídica y, así, también en la esperanza mesiánica que se ha desarrollado a partir de ella. Los peregrinos que han venido con Jesús a Jerusalén se dejan contagiar por el entusiasmo de los discípulos; ahora alfombran con sus mantos el camino por donde pasa. Cortan ramas de los árboles y gritan palabras del Salmo 118, palabras de oración de la liturgia de los peregrinos de Israel que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,9s; cf. Sal 118,25s).
§         Las aclamaciones de júbilo: «¡Hosanna!» y «bendito el que viene en el nombre del Señor».
-          (…) Ante todo, aparece la exclamación: «¡Hosanna!». (…) Podemos reconocer en la exclamación
«¡Hosanna!» una expresión de múltiples sentimientos, tanto de los peregrinos que venían con Jesús como de sus discípulos: una alabanza jubilosa a Dios en el momento de aquella entrada; la esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías, y al mismo tiempo la petición de que fuera instaurado de nuevo el reino de David y, con ello, el reinado de Dios sobre Israel. (…)
-          (…) «Bendito el que viene en nombre del Señor».  Era una bendición que los sacerdotes dirigían y casi
imponían sobre los peregrinos a su llegada. (…) Pero con el tiempo la expresión «que viene en el nombre del Señor» había adquirido un sentido mesiánico. Más aún, se había convertido incluso en la denominación de Aquel que había sido prometido por Dios. De este modo, de una bendición para los peregrinos la expresión
se transformó en una alabanza a Jesús, al que se saluda como al que viene en nombre de Dios, como el
Esperado y el Anunciado por todas las promesas. (…)

v     B. Comentarios a las lecturas de la Misa


o     1. Primera Lectura, Isaías 50, 4-7.

§         La docilidad del siervo a la  palabra del Señor. La fortaleza del siervo: si sufre en silencio no es por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos.  
-          Libros proféticos, Eunsa 2002, Isaías 50, 4-9: La primera estrofa (v. 4) subraya la docilidad
del siervo a la  palabra del Señor; es decir, no es presentado como un maestro autodidacta y original sino como un discípulo obediente. La segunda (vv. 5-6) señala los sufrimientos que esa docilidad le ha acarreado y que el siervo h aceptado sin rechistar. La tercera (vv. 7-8) destaca la fortaleza del siervo: si sufre en silencio no es por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos.  

o     2. Segunda Lectura: Carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6-11

§         Es como un  eco de la primera lectura. Jesús se humilla voluntariamente, y por tanto Dios Padre  lo ha exaltado. Se canta la humillación y la exaltación de Cristo.
Cfr. Nuevo Testamento, EUNSA 1999, pp. 771-772:
-          “Es uno de los textos más antiguos del  Nuevo Testamento sobre la divinidad de Jesucristo. Quizá es un
himno utilizado por los primeros cristianos que San Pablo retoma. En él se canta la humillación y la exaltación de Cristo. El  Apóstol, teniendo presente la divinidad de Cristo, centra su atención en la muerte de cruz como ejemplo supremo de humildad y de obediencia. Los vv. 6-8 evocan el contraste entre Jesucristo y Adán, que siendo hombre ambicionó ser como Dios (cfr Génesis 3,5). Por el contrario, Jesucristo, siendo Dios, «se anonadó a sí mismo» (v 7). La obediencia de Cristo hasta la cruz repara así la desobediencia del primer hombre, y por eso Dios le exaltó sobre todos los seres creados. El v. 9 expresa que Dios Padre, al resucitar a Jesús y sentarlo a su derecha, concedió a su Humanidad el poder manifestar la gloria de la divinidad que le corresponde - «el nombre que está sobre todo nombre» - , es decir, el nombre de Dios. «Esta expresión “le exaltó” no pretende significar que haya sido exaltada la naturaleza del Verbo (...) Términos como “humillado” y “exaltado” se refieren únicamente a la dimensión humana. Efectivamente, sólo lo que es humilde es susceptible de ser ensalzado» ( S. Atanasio, Or. Contr. Arian. 1,41). Todas las criaturas quedaron sometidas a su poder, y los hombres deberán confesar la verdad fundamental de la doctrina cristiana: «Jesucristo es el Señor», es decir, Jesucristo es Dios”.
§         Toda lengua confiese: « ¡Jesucristo es el Señor!» (v. 11)
                                        Significa entrar libremente en el ámbito de su dominio
                                                      Cfr. R. Cantalamessa, La fuerza de la Cruz, Monte Carmelo 2000, p. 16
-          “Decir «¡Jesús es el Señor!» significa entrar libremente en el ámbito de su dominio. Es como decir:
Jesucristo es «mi» Señor; él es la razón de mi vida; yo vivo «para él», y ya no «para mí». «Ninguno de nosotros – escribía Pablo a los Romanos – vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor» (Rom 14, 7-8).  (...) Ahora la contradicción más radical no se da entre el vivir y el morir, sino entre el vivir «para el Señor»  y el vivir «para sí mismos». Vivir para sí mismos es el nuevo nombre de la muerte.” 
                                         Conocer el día del Señor, levantar a Jesús en alto en las
                                         actividades humanas, seguir a Jesús.
                                                 Cfr. Josemaría Escrivá, Via Crucis 1ª Estación:
-          Quedan lejanos aquellos días en que la palabra del Hombre-Dios ponía luz y esperanza en los corazones,
aquellas largas procesiones de enfermos que eran curados, los clamores triunfales de Jerusalén cuando llegó el Señor montado en un manso pollino. ¡Si los hombres hubieran querido dar otro curso al amor de Dios! ¡Si tú y yo hubiésemos conocido el día del Señor!
-          Ibidem, Estación 11: Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres,
en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas.

o     3. La proclamación del relato  de la pasión del Señor

                            Mateo 26,14-27,66.
                            Cfr. Juan Pablo II, Homilía, 8 de abril de 2001.
§         En esta celebración expresamos nuestra gratitud y amor hacia Aquel que se sacrificó por nosotros, que aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales.
-          La lectura de la página evangélica ha puesto ante nuestros ojos las escenas terribles de la pasión de
Jesús: su sufrimiento físico y moral, el beso de Judas, el abandono de los discípulos, el proceso en presencia de Pilato, los insultos y escarnios, la condena, la vía dolorosa y la crucifixión. Por último, el sufrimiento más misterioso: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Un fuerte grito, y luego la muerte.
¿Por qué todo esto? El inicio de la plegaria eucarística nos dará la respuesta: "El cual (Cristo), siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar, fuimos justificados" (Prefacio).
Así pues, en esta celebración expresamos nuestra gratitud y nuestro amor a Aquel que se sacrificó por nosotros, al Siervo de Dios que, como había dicho el profeta, no se rebeló ni se echó atrás, ofreció la espalda a los que lo golpeaban, y no ocultó su rostro a insultos y salivazos (cf. Is 50, 4-7).
§         La vida se afirma con la entrega sincera de sí a Dios y a los demás
Pero la Iglesia, al leer el relato de la Pasión, no se limita a considerar únicamente los sufrimientos de Jesús; se acerca con emoción y confianza a este misterio, sabiendo que su Señor ha resucitado. La luz de la Pascua hace descubrir la gran enseñanza que encierra la Pasión: la vida se afirma con la entrega sincera de sí hasta afrontar la muerte por los demás, por Dios.
§         Si el grano de trigo no cae en tierra y muere …
Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al proyecto del Padre hasta la muerte en la cruz. Y así dejó a sus discípulos y a la Iglesia una enseñanza muy valiosa: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24).

o     4. Jesús fue tratado como se trata a los últimos en la tierra [1].

                             cfr. Gianfranco Ravasi,  Secondo le Scritture anno A, Piemme 1995, pp. 90-91
-          Un autor moderno escribe que Jesús puede ser considerado como uno de los últimos en la tierra porque
se golpeaba sobre la espalda a los bufones de corte, a los estúpidos, según ciertas brutales costumbres antiguas y recientes, y también porque  “fue rodeado por un desprecio agresivo, insultos y escupitajos” y “sometido a violencias y a torturas”. Y luego se pregunta:   ¿acaso no se esperaba, según el sentir común, que el Mesías aparecería sobre una cabalgadura real, envuelto en una aureola de luz, preparado para conducir su pueblo al triunfo?


Vida Cristiana




[1] Nota de la Redacción de Vida Cristiana: Cfr. Salmo Responsorial de hoy 22 (21). 

¡He ahí a tu Rey! (Monseñor Agrelo)

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén:
Tal vez sea oportuno subrayar que la comunidad cristiana, en sus celebraciones litúrgicas, no se limita a recordar cosas que pertenecen al pasado de su historia, sino que vive lo que recuerda.
La palabra que escuchamos en nuestra asamblea dominical, es la palabra en la que el Señor se nos comunica, se nos manifiesta, se nos entrega, porque, en su amor, él quiere estar con nosotros, y, en nuestra fe, nosotros queremos estar con él.
«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti”.» Decidle a la Iglesia: Jesús de Nazaret, que entra en Jerusalén, “humilde, montado en un asno”, es para ti el Hijo de David, el profeta de Nazaret, el que viene a ti en el nombre del Señor. Detrás de él va nuestro corazón; con él se llena de fiesta nuestra vida; a él rinden honor los ramos que agita nuestra esperanza, y los cantos que entona nuestra fe.
Conmemoración de la pasión del Señor:
Aunque, según el ciclo litúrgico en que nos encontremos, se proclame cada año una narración distinta de la pasión del Señor, el sentido que la Iglesia quiere dar a la celebración eucarística del domingo de Ramos, está definido por las primeras lecturas, que son las mismas para los tres ciclos litúrgicos del Leccionario. Estas lecturas nos dan la perspectiva adecuada para escuchar el relato de la pasión.
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el discípulo a quien el Señor “espabilaba el oído” para que escuchase como los iniciados.
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el siervo de Dios que rechazado no retrocede, agredido no se avergüenza, abandonado mantiene intacta y firme la esperanza en el Señor.
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es Cristo Jesús, el Hijo que, “a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo”, el Hijo que, aun siendo igual a Dios, “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”, el Hijo a quien Dios exaltó sobre todo, y a quien “concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».”
Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el primer hombre de una humanidad de hijos de Dios, de siervos del Señor que escuchan cada día su palabra “para saber decir al abatido una palabra de aliento”, para llevar a los que viven en tinieblas una palabra de luz, para anunciar a los contritos de corazón un evangelio de esperanza.
La palabra que nos revela quién es Cristo, esa misma palabra nos revela lo que estamos llamados a ser nosotros, que somos de Cristo y que, por la fe, estamos en Cristo Jesús.
Cristo, el Rey humilde:
Con la liturgia de este domingo comienza la Semana Santa, la celebración anual de la Pascua, la memoria solemne y festiva de la pasión-muerte-resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Considerad el misterio que se nos concede revivir.
Nos lo revela la palabra del profeta, que dice a la Iglesia: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”. Eres pobre, y viene a ti tu rey, el que es para ti el bien, todo bien, sumo bien. Necesitas paz, y viene a ti tu rey, se acerca humilde a tu necesidad, trae la paz en su mirada, y llena de paz los corazones de tus hijos. Esperas la salvación, y viene a ti tu rey, Jesús de Nazaret, humanidad de Hijo, en la que Dios ha puesto la salvación del mundo: nació de María, nació para ti en Belén, estuvo en brazos de Simeón, y hoy viene a ti, humilde, tu rey, tu salvador. Y porque lo has reconocido, porque lo has visto llegar humilde y venir a ti, lo has aclamado con gritos de júbilo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.
He ahí a tu rey”: viene a ti, humilde, el que un día ha de venir con gloria sobre las nubes del cielo.
He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio y ves a tu rey en el trono de la cruz; y aunque lo veas allí clavado de pies y manos, sabes que está viniendo a ti, humilde, para quedarse contigo, para traerte su paz, para ofrecerte su justicia, para hacer contigo una alianza eterna de amor.
He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio, y ves a tu rey que combate por tu vida, por tu libertad, por tu salvación; lo ves cubierto de heridas y abandonado; lo ves, y dejas de aclamarlo con cantos para que lo aclame tu compasión y tu gratitud, dejas de ofrecerle el homenaje de tus ramos para ofrecerle la ternura de tu abrazo, el refugio de tu corazón.
He ahí a tu rey”. Lo verás, humilde como el pan, sobre el altar de la Eucaristía. Si aún no habías entendido la palabra del profeta, que te decía, “mira a tu rey, que viene a ti”, ahora puedes entender que tu rey viene para ti, para ser tuyo, para ser tu pan, para ser tu alimento, para ser tu vida.
No dejes que se oscurezca la luz de la fe para reconocer a tu rey, pues viene a ti en su palabra, en su Eucaristía, en sus hermanos, en sus pobres. Y porque lo ves en todas partes, en todas partes lo aclamas, lo acoges, lo sirves, lo amas.
Un día será la Pascua, y verás la gloria de aquel con quien has sufrido y a quien has ayudado.

jueves, 6 de abril de 2017

Cuaresma 1981, Año A, Homilía de Juan Pablo II. Es tiempo de conversión interior del hombre - frágil, débil, pecador - , llamado por Dios a vivir en comunión con Él. Es un don de Dios que comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, para llegar al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo.


1 Cuaresma 1981, Año A, Homilía de Juan Pablo II. Es tiempo de conversión interior del hombre - frágil, débil, pecador - , llamado por Dios a vivir en comunión con Él. Es un don de Dios que comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, para llegar al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo. Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de S. Juan Bautista de los Florentinos, en Roma (8-III- 1981) o Debilidad del hombre y llamada de Dios La Cuaresma es tiempo de conversión interior, en cuanto que Dios llama al hombre a vivir en comunión con Él. Puesto que el hombre es frágil, débil, pecador, tiene necesidad de una actitud de humildad y de penitencia, «debe buscar el rostro de Dios». “Al Señor, tu Dios, adorarás, y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10). Estas categóricas palabras, dirigidas por nuestro Señor Jesucristo a Satanás, tentador, y colocadas por la liturgia en los umbrales de la Cuaresma, son un programa incisivo y perenne de vida para el hombre, llamado por la fuerza del Amor eterno al servicio de Dios y sólo de Dios, y sin embargo, desde el comienzo de su existencia contingente y durante toda su vida, tan expuesto y susceptible a todas las “tentaciones”, a las que le impulsan continuamente el “reino” de este mundo y el “príncipe de este mundo” (cfr. Jn. 12,31; 14,30; 16,11), que hacen todo lo posible para dominar y manipular al hombre tratando de ponerle en oposición a Dios. Frente a Satanás, que le promete incluso “todos los reinos del mundo y su esplendor”, en contrapartida de la adoración, Jesús responde con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, el cual había puesto en guardia al pueblo elegido contra la fascinante y peligrosa tentación de la idolatría: “ Guárdate de olvidarte de Yavé, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. Teme a Yavé, tu Dios; sírvele a Él... haz lo que es recto y bueno a los ojos de Yavé” (Dt. 6,12-13.18). La Cuaresma, tiempo litúrgico privilegiado, es tiempo de conversión interior. La Sagrada Escritura presenta la vida del hombre en sus relaciones con Dios como una continua conversión interior, en cuanto que Dios, en su infinito amor, llama al hombre a vivir en comunión con El. Pero el hombre es frágil, débil, pecador; por lo tanto, para ponerse en comunión con Dios, tiene necesidad de una actitud de humildad y de penitencia; debe orientarse hacia Dios, “buscar el rostro de Dios” (cfr. Os. 5,15; Sal 24,6); debe invertir el camino que lo lleva hacia el mal; cambiar el propio comportamiento ético; cambiar incluso concepciones y modos de pensar individuales, que estén en oposición a la voluntad y a la palabra de Dios. Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, ya desde el comienzo de su ministerio mesiánico lanza a los hombres su llamada a la conversión: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cercano; convertios y creed en el Evangelio” (Mc 1,15; cfr. Mt 4,17). La Cuaresma representa en la vida de la Iglesia como un grito a la conversión: “¡ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!” (Sal 94(95),8). Este "hoy" se refiere precisamente a la Cuaresma, que en la extraordinaria riqueza evocativa de sus textos litúrgicos es una continua, apremiante llamada a la urgencia de la auténtica conversión interior. o La conversión, que es fundamentalmente un alejarse del pecado, es un don de Dios que el hombre debe pedir con ferviente oración y que nos ha merecido Cristo. Es un paso continuo del «viejo» Adán al «nuevo» que es Cristo. La conversión es fundamentalmente un alejarse del pecado, y un dirigirse, un retornar al Dios viviente, al Dios de la Alianza. “Venid y volvamos a Yavé; Él desgarró, Él nos curará; Él hirió, Él nos vendará” (Os. 6,1): es la invitación del profeta Oseas, que insiste sobre el carácter interior de la auténtica conversión, que siempre debe estar animada e inspirada por el amor y por el conocimiento de Dios. Y el Profeta Jeremías, el gran maestro de la religiosidad interior, anuncia de parte de Dios una extraordinaria transformación espiritual de los miembros del Pueblo elegido: “Les daré un corazón capaz de conocerme, de saber que yo soy Yavé; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues se convertirán a mí de todo corazón” (Jer. 24,7). La conversión es un don de Dios, que el hombre debe pedir con ferviente oración y que nos ha merecido Cristo “nuevo Adán”. Esto es lo que la liturgia de hoy nos ha hecho meditar en el pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos: por la desobediencia del primer Adán el pecado y la muerte entraron en el mundo y dominan al hombre. Pero si es verdad que “por la culpa de aquél, que era uno solo (es decir Adán), la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo” (cfr. Rom 5,17). El cristiano, fuerte con la fuerza que le viene de Cristo, se aleja cada vez más del pecado, de los pecados concretos, mortales o veniales, superando las malas inclinaciones, los vicios, el pecado habitual y, al obrar así, hará cada vez más débil el “fomes” del pecado, esto es, la triste herencia de la desobediencia originaria. Esto ocurre en la medida en que abunda en nosotros cada vez más la gracia, don de Dios, concedido por los méritos “de un solo hombre, Jesucristo” (cfr. Rom 5,15). De este modo, la conversión es un paso casi gradual, eficaz, continuo, del “viejo” Adán, al “nuevo”, que es Cristo. Este exaltante proceso espiritual, en el período de la Cuaresma, debe hacerse en cada cristiano particularmente consciente e incisivo. 2 o La conversión sólo es posible con la superación de las tentaciones. La pluralidad y multiplicidad de las tentaciones encuentran su fundamento en la triple concupiscencia, de la que habla la primera carta de San Juan: los apetitos sensuales, la ansia excesiva de los bienes terrenos y la autosuficiencia orgullosa en relación con Dios. Pero la conversión sólo es posible basándose en la superación de las tentaciones, como pone en clara evidencia la Liturgia de la Palabra de este primer domingo de Cuaresma. La pluralidad y multiplicidad de las tentaciones encuentran su fundamento en esa triple concupiscencia, de la que habla la primera carta de San Juan: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo (1 Io 2:15-16)”. Como es sabido, en la concepción de San Juan, el “mundo” del que debe alejarse el cristiano, no es la creación, la obra de Dios, que ha sido confiada al dominio del hombre; sino que es el símbolo y el signo de todo lo que nos separa de Dios o que quiere excluir a Dios, esto es, lo opuesto al “Reino de Dios”. Por tanto, son tres los aspectos del mundo del que debe mantenerse alejado el cristiano para ser fiel al mensaje de Jesús: los apetitos sensuales; el ansia excesiva de los bienes terrenos, sobre los cuales el hombre cree ilusoriamente poder construir toda su vida; y finalmente la autosuficiencia orgullosa en relación con Dios (cfr 1 Jn 2,15 las tres concupiscencias). En las tres “tentaciones” con las que Satanás incita a Cristo en el desierto, se pueden encontrar fácilmente las “tres concupiscencias” ya mencionadas; son las tres grandes tentaciones, a las cuales también el cristiano será sometido en el curso de su vida terrena. En la base de esa triple tentación encontramos la primitiva tentación: Satanás prometió al hombre la Omnipotencia y Omniscencia de Dios (seréis como Dios), es decir la total autosuficiencia e independencia. Pero en la base de esta triple tentación encontramos de nuevo la primitiva y omnicomprensiva tentación, dirigida por el mismo Satanás a nuestros progenitores: “Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (cfr. Gen 3,5). Satanás promete al hombre la Omnipotencia y la Omnisciencia de Dios, es decir, la total autosuficiencia e independencia. Ahora bien, el hombre no es así sino por su posibilidad de “elegir” a Dios, a cuya imagen fue creado. Pero el mismo Adán se elige a sí mismo en lugar de Dios; cede a la tentación y se encuentra miserable, frágil, débil, “desnudo”, “esclavo del pecado” (cfr. Jn 8,34). El segundo Adán, Cristo, en cambio, afirma de nuevo contra Satanás la fundamental, estructural y ontológica dependencia del hombre en relación con Dios. El hombre -nos dice Cristo- no es humillado, sino más bien exaltado en su misma dignidad cada vez que se postra para adorar al Ser infinito, su Creador y Padre: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10). o La conversión comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, para llegar al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo. Esta llamada cuaresmal a la conversión comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, trabajo que llega al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo. A este trabajo, que requiere empeño y constancia, estamos llamados todos y cada uno, sin excepción, tanto a nivel personal, como a nivel comunitario, a fin de que podamos ayudarnos mutuamente en el camino de la conversión, la cual es siempre fruto de “volver a encontrar” a Dios Padre, rico en misericordia. “El auténtico conocimiento de Dios -he escrito en mi segunda Encíclica-, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo “ven” así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven, pues, in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre en la tierra in statu viatoris” (Dives in misericordia, 13). www.parroquiasantamonica.com

Cuaresma, primer domingo Año A (2011). Jesús es tentado tres veces por el diablo. La finalidad fundamental de las tres tentaciones fue apartar a Jesús de la misión recibida por el Padre. También los hombres somos tentados y, por tanto, hemos de tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida. El diablo presenta a Dios como mentiroso y celoso de su propia sabiduría y potencia, que no quiere cedernos, o de las que no nos quiere hacer partícipes: pone a Dios en estado de sospecha. El diablo dice a la criatura: ¡atenta, que Dios te la está jugando, que no es tu padre sino tu enemigo! La raíz de la tentación de nuestros primeros padres fue la de querer ser como Dios, a través de una rebelión, de una desobediencia. La idolatría.


1 Cuaresma, primer domingo Año A (2011). Jesús es tentado tres veces por el diablo. La finalidad fundamental de las tres tentaciones fue apartar a Jesús de la misión recibida por el Padre. También los hombres somos tentados y, por tanto, hemos de tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida. El diablo presenta a Dios como mentiroso y celoso de su propia sabiduría y potencia, que no quiere cedernos, o de las que no nos quiere hacer partícipes: pone a Dios en estado de sospecha. El diablo dice a la criatura: ¡atenta, que Dios te la está jugando, que no es tu padre sino tu enemigo! La raíz de la tentación de nuestros primeros padres fue la de querer ser como Dios, a través de una rebelión, de una desobediencia. La idolatría. Cfr. 1º Cuaresma Ciclo A 13 marzo 2011 Génesis 2, 7-9; 3,1-7; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11 Génesis 2, 7-9; 3, 1-7: El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: -«¿Como es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?» La mujer respondió a la serpiente:-«Podernos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte."» La serpiente replicó a la mujer: -«No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal.» La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Salmo responsorial . Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17 (R.: cf. 3a) R. Misericordia, Señor: hemos pecado. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. R. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. R. Romanos 5, 12-19: [Si creció el pecado, más abundante fue la gracia]. Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria. Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo,, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos. Mateo 4, 1-11: 1 En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. 2 Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: - «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» 4 Pero él le contestó, diciendo: «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."» 5 Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y 6 le dice: -«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras."» 7 Jesús le dijo: -«También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios."» 8 Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, 9 le dijo: -«Todo esto te daré, si te postras y me adoras.» 10 Entonces le dijo Jesús: -«Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto."» 11 Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían. 2 1. JESÚS ES TENTADO Las tres tentaciones en general. o Catecismo de la Iglesia Católica: • CEC 538: Las Tentaciones de Jesús - Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (Cf Mc 1, 12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13). • CEC 539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto (245). Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado (246). ö La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre. • CEC 394: La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama «homicida desde el principio» (Jn 8, 44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (Cf Mt 4, 1-11). «El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo» (1 Jn 3, 8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios. o La finalidad fundamental de las tres tentaciones: apartar a Jesús de la misión recibida por el Padre. • En la raíz, como hace notar el CEC, Satanás, de un modo u otro, intentó «apartar a Jesús de la misión recibida por el Padre», «trata de poner a prueba su actitud filial hacia Dios», pero Cristo «se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina». La 1ª tentación es tener solamente el horizonte en la vida fisiológica. - 1ª: Tentación de los panes. Las criaturas tenemos que alimentarnos .. La tentación es tener solamente el horizonte en la vida fisiológica; esta tentación se vence con la adhesión a la Palabra de Dios. El hombre vive de pan, pero no sólo de pan material; también tiene necesidad del pan de la Palabra de Dios, alimento de nuestro espíritu. - Cfr. J. Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pp. 54-59 La 2ª tentación: en vez de servir al Señor nos servimos de Él - 2ª: Tentación del templo. Un autor dice que Jesús rechaza la «pseudoreligión» por la cual en vez de servir a Dios nos servimos de Él. El diablo pide a Jesús que haga algo espectacular para que Dios le socorra de un modo extraordinario: con la consecuencia – en el fondo, en nuestro caso – de servirnos de Dios o de crear un Dios a nuestra disposición; se trata del mesianismo fácil y espectacular por el que, dicho de otro modo, rechazamos, en nuestro camino de fe, el trabajo por el Reino de Dios, el encuentro con Dios en la vida normal cotidiana, las pruebas, las dificultades, las fatigas, etc. - Cfr. J. Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pp. 59-63 La 3ª tentación: la idolatría - 3ª: La tentación en el monte. La idolatría.. El diablo –presentándose como rey y señor del mundo - le ofrece los reinos del mundo, y Jesús rechaza esa idolatría y declara el verdadero señorío de Dios: - «Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto."». Cristo, durante su vida pública, multiplicará los panes, hará milagros, pero al leer el Evangelio descubrimos fácilmente, en numerosas ocasiones, que la finalidad de estas acciones era la gloria de Dios, y estaban hechas en perfecta adhesión a la voluntad de Dios Padre. - Cfr. J. Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pp. 63-71 2. LOS HOMBRES TAMBIÉN SOMOS TENTADOS. LA TENTACIÓN DE LA IDOLATRÍA. 3 a) El primer domingo del itinerario cuaresmal es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida. • Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma (2011): El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal. b) La tentación de nuestros primeros padres: primera lectura. Génesis 2, 7-9.3, 1-7. o La serpiente La serpiente es en el Oriente Antiguo símbolo de la juventud perenne, de la inmortalidad, de la fecundidad, debido sobre todo al fenómeno de su muda de piel. Evoca, por tanto, la idolatría cananea, tan fascinante para los pueblos agrícolas y nómadas, que querían concretizar a Dios en algún dato experimental. En una civilización agrícola y pastoril, los hijos, los partos de los rebaños y la fertilidad de los campos eran considerados casi como el semen de la divinidad difundido en la vida y en la tierra. El tentador por excelencia es, por tanto, el ídolo. Y el pecado consiste precisamente en ponerse a sí mismo en el puesto del Dios vivo y creador. La serpiente es también, en el Oriente Antiguo, símbolo del caos: Tiamat, la divinidad negativa de las cosmogonías mesopotámicas, aparece representada como una serpiente gigantesca. Además, tal como indica ya el v. 1 de nuestra narración, se considera también a la serpiente como signo de la sabiduría. (Gianfranco Ravasi, Guía espiritual del Antiguo Testamento, ... p. 88) • Era un símbolo de la sabiduría en la cultura antigua. El tentador (satanás o diablo) viene expresado aquí bajo la figura de serpiente. • La serpiente se representaba, por ejemplo, sobre el sombrero del faráon, para indicar su sabiduría. Y en la parte del Génesis que se ha leído hoy, es definido como «el más astuto de todos los animales». Un animal listo y astuto. • Nos ayuda a entender cómo la tentación crece en nuestro corazón como reptando, tal vez, incluso con razonamientos falsos y solapados ..... • A veces el tentador hará una pregunta que sirve simplemente para iniciar el diálogo; una pregunta que servirá para – después – seducirnos. Y responder a esa pregunta (¿Cómo es que Dios os ha dicho: no comáis de ninguno de los árboles del jardín?), es ya una victoria a medias a favor del tentador. El diablo puso a Dios en estado de sospecha. Es una de las más corrientes tentaciones en las que podemos caer actualmente. • El tentador sembrará la duda, es más, la sospecha: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses”: que es como decirles que Dios les ha engañado y que si comen serán como dioses, es decir, decidirán ellos lo que es el bien y el mal. - Poner a Dios en estado de sospecha es una de las más corrientes tentaciones en las que podemos caer actualmente: “El espíritu de las tinieblas (cfr Ef 6,12; Lc 22,53) es capaz de mostrar a Dios como enemigo de la propia criatura y, ante todo, como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza para el hombre. De esta manera Satanás injerta en el ánimo del hombre el germen de la oposición a aquél que « desde el principio » debe ser considerado como enemigo del hombre y no como Padre. El hombre es retado a convertirse en el adversario de Dios”. (Dominum et vivificantem, 38). El diablo dice a la criatura: ¡atenta, que Dios te la está jugando, que no es tu padre sino tu enemigo!. - El diablo presenta a Dios como mentiroso y celoso de su propia sabiduría y potencia, que no quiere cedernos, o de las que no nos quiere hacer partícipes. 4 o Ese pecado llevó a Adán y Eva a la desnudez: símbolo de la humillación, de pobreza o miseria, de pérdida de la dignidad; representa la situación existencial de la criatura limitada. • “Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos” (Gen 3,7). La desnudez era un contravalor en el mundo cultural del Antiguo Testamento. Frecuentemente la desnudez se asociaba a la idea del fracaso que llevaba consigo la vergüenza; eran “desnudos” los esclavos, los pobres. De este modo, Adán y Eva descubrieron que eran pobres y tuvieron vergüenza; su sabiduría era falsa, habían fracasado. En el pasado se ha hecho hincapié en esta vergüenza para identificar el pecado «original» con una dimensión sexual. Incluso recientemente ha habido algún exegeta que ha insistido en esta línea. E.Testa comenta, de una manera más bien fantástica: «Los ojos de Eva, maliciosos, se posan concupiscentes sobre la desnudez de Adán y los de Adán en Eva. Desequilibrio físico, al que sigue el moral, interno.» Con mayor sobriedad, 0. Procksch escribe: «Una de las consecuencias del pecado es el descubrimiento del secreto del sexo en el sentido de vergüenza.» Pero, como ya se dijo a propósito de 2,25, el símbolo de la «desnudez» (como, por lo demás, el análisis precedente sobre el pecado) tiene, dentro de la literatura bíblica, dimensiones más teológicas. Mientras que el vestido es imagen de dignidad, despojarse o estar despojado de vestidos indica humillación, pobreza, miseria. «La desnudez se refiere de ordinario en el Antiguo Testamento - escribe el especialista J.A. Bailey - a la pérdida de la dignidad humana y social.» La desnudez representa ante todo la radicalidad humana en su situación existencial de criatura limitada. Resulta ejemplar en este sentido la declaración de Job: «Desnudo salí del seno de mi madre, y desnudo allá volveré» (1,21). 0 la del Qohélet: «Salió desnudo del seno de su madre y se marchará lo mismo que vino» (Ecl 5,14). El pecado consigue convertir en drama aquella limitación humana que antes, en cambio, había sido aceptada con serenidad. (Gianfranco Ravasi, Guía espiritual del Antiguo Testamento .... pp. 91-92).. c) Nosotros también somos tentados o Los pecados – denominados obras de la carne - en S. Pablo. La idolatría. • S. Pablo, en su carta a los Gálatas (5, 19-21) , incluye entre los pecados – que en ese texto denomina «obras de la carne» - a la idolatría: «Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios»(Cf Romanos 1, 28-32; 1 Corintios 6, 9-10; Efesios 5, 3-5; Colosenses 3, 5-8; 1 Timoteo 1, 9-10; 2 Timoteo 3, 2-5). o La idolatría en el Catecismo de la Iglesia Católica • Según el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. nn. 2112 y 2113), la idolatría es «una tentación constante de la fe» en cuanto que rechaza «el único Señorío de Dios» desde el momento en que «honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios», consiste en «divinizar lo que no es Dios». Los ídolos son criaturas que se toman como dioses: aparte del diablo, el poder, el placer, la raza, los antepasados, el dinero, el Estado, el bienestar, los afectos desordenados, etc. Quien los venera como divinidades y pone en ellos su confianza, se vuelve vano, superficial, esclavo (cfr. Sal 115, 4-5.8). Por último, la idolatría, al rechazar el único Señorío de Dios, es incompatible con la comunión divina (Cf Ga 5, 20; Ef 5, 5). Es incompatible con la fe. o La adoración de los ídolos. • Hay que precisar que la idolatría surge no porque el bienestar, el dinero, etc. en sí sean realidades malas, sino porque el primer mandamiento exige la adoración exclusiva del único verdadero Dios: «Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo a El darás culto» (Mt 4,10). La conversión que se nos pide de modo especial en la cuaresma, supone un nuevo modo de pensar y de obrar, para poner a Dios y su voluntad en primer lugar, liberándonos – precisamente – de los ídolos a los que adoramos, que son tales en cuanto que nos sugestionan y nos esclavizan, desviando nuestro corazón fuera del designio de Dios. Podemos constatar que hay idolatría cuando nos damos cuenta de que hay en nosotros avidez, con la consiguiente ansia. 5 d) La raíz de la tentación de nuestros primeros padres fue la de querer ser como Dios, a través de una rebelión, de una desobediencia. • La tentación de nuestros primeros padres: una desobediencia cuya raíz es querer superar un límite insuperable para un ser creado, dejar de ser criatura para ser como Dios, es decir, pretender decidir por sí mismos lo que es bueno y malo. La libertad humana se cierra a Dios y se abre al «padre de la mentira». Y a lo largo de la historia el «padre de la mentira» tentará a la humanidad para que rechace a Dios. “Aquí está la raíz de todos nuestros pecados. Paradójicamente, el «ser como Dios» es también el origen de toda santidad. Pero con una diferencia decisiva. En el pecado se quiere «ser como Dios» a través de una rebelión, un acto de orgullo, un gesto violento y humano. En la santidad, el hombre «se hace como Dios» en virtud de la obediencia, de la aceptación de la fe, del don divino de la gracia, confiándose al Señor y a sus mandatos.” (Gianfranco Ravasi, Guía espiritual del Antiguo Testamento, El libro del Génesis (1-11), Herder-Ciudad Nueva 1992, p. 90). o Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 36. Una desobediencia. Según el Génesis, « el árbol de la ciencia del bien y del mal » debía expresar y constantemente recordar al hombre el « límite » insuperable para un ser creado. “Según el testimonio del principio, que encontramos en la Escritura y en la Tradición, después de la primera (y a la vez más completa) descripción del Génesis, el pecado en su forma originaria es entendido como « desobediencia », lo que significa simple y directamente transgresión de una prohibición puesta por Dios.( Génesis 2, 16 s) Pero a la vista de todo el contexto es también evidente que las raíces de esta desobediencia deben buscarse profundamente en toda la situación real del hombre. Llamado a la existencia, el ser humano —hombre o mujer— es una criatura. La « imagen de Dios », que consiste en la racionalidad y en la libertad, demuestra la grandeza y la dignidad del sujeto humano, que es persona. Pero este sujeto personal es también una criatura: en su existencia y esencia depende del Creador. Según el Génesis, « el árbol de la ciencia del bien y del mal » debía expresar y constantemente recordar al hombre el « límite » insuperable para un ser creado. En este sentido debe entenderse la prohibición de Dios: el Creador prohíbe al hombre y a la mujer que coman los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal. Las palabras de la instigación, es decir de la tentación, como está formulada en el texto sagrado, inducen a transgredir esta prohibición, o sea a superar aquel « límite »: « el día en que comiereis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal ».( Gén 3, 5) Dios creador es, en efecto, la fuente única y definitiva del orden moral en el mundo creado por él. El hombre no puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, no puede « conocer el bien y el mal como dioses». La « desobediencia » significa precisamente pasar aquel límite que permanece insuperable a la voluntad y a la libertad del hombre como ser creado. Dios creador es, en efecto, la fuente única y definitiva del orden moral en el mundo creado por él. El hombre no puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, no puede « conocer el bien y el mal como dioses ». Sí, en el mundo creado Dios es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la íntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consubstancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el mundo. La « desobediencia », como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal.” o Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 37. Dar la espalda a Dios y apertura al «padre de la mentira». (...) “Esta desobediencia significa también dar la espalda a Dios y, en cierto modo, el cerrarse de la libertad humana ante él. Significa también una determinada apertura de esta libertad – del conocimiento y de la voluntad humana – hacia el que es el «padre de la mentira». (...). Dios Creador es puesto en estado de sospecha, más aún incluso en estado de acusación ante la conciencia de la criatura. Por vez primera en la historia del hombre aparece el perverso « genio de la sospecha ». (...) o Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 38. El hombre rechaza a Dios por considerar que es una limitación y no la fuente de la liberación. • “El análisis del pecado en su dimensión originaria indica que, por parte del « padre de la mentira », se dará a lo largo de la historia de la humanidad una constante presión al rechazo de Dios por parte del hombre, hasta llegar al odio: « Amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios », como se expresa San Agustín. (Cf. De Civitate Dei XIV, 28: CCL 48, p. 451). El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Esto lo vemos confirmado en nuestros días, en los que las ideologías ateas intentan desarraigar la religión en base al presupuesto de que determina la radical « alienación » del hombre, como si el hombre fuera 6 expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. Surge de aquí una forma de pensamiento y de praxis histórico-sociológica donde el rechazo de Dios ha llegado hasta la declaración de su « muerte ». Esto es un absurdo conceptual y verbal. Pero la ideología de la « muerte de Dios » amenaza más bien al hombre, como indica el Vaticano II, cuando, sometiendo a análisis la cuestión de la « autonomía de la realidad terrena », afirma: « La criatura sin el Creador se esfuma ... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».( Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en e1 mundo actual, 36) La ideología de la « muerte de Dios » en sus efectos demuestra fácilmente que es, a nivel teórico y práctico, la ideología de la « muerte del hombre ».” 3. COMENTARIO DE SAN AGUSTÍN SOBRE LA TENTACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA 1er. Domingo de Cuaresma, De los Comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos (…) Nuestra vida mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones. Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones. Aquel que invoca desde los confines de la tierra está abatido, mas no queda abandonado. Pues quiso prefigurarnos a nosotros, su cuerpo, en su propio cuerpo, en el cual ha muerto ya y resucitado, y ha subido al cielo, para que los miembros confíen llegar también adonde los ha precedido su cabeza. Así, pues, nos transformó en sí mismo, cuando quiso ser tentado por Satanás. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para tí; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti. Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla. www.parroquiasantamonica.com

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