sábado, 29 de abril de 2017

 Domingo 3º de Pascua, Ciclo A. El significado de la fracción del Pan (2017). El encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús, en la Palabra y en la Eucaristía. Evangelio: Lucas 24, 13-35.




Ø Domingo 3º de Pascua, Ciclo A. El significado de la fracción del Pan (2017). El encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús, en la Palabra y en la Eucaristía. Evangelio: Lucas 24, 13-35. 


Sentado a la mesa con ellos,
tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio.
A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
(Lucas 24, 30-31)

1. Significado del gesto: «partió el pan». No sólo distribución, también  inmolación. El pan de la obediencia y de amor por el Padre

Cfr. R. Cantalamessa, La Eucaristía, nuestra santificación, Edicep 1999, pp. 20-23 [1].

v     Haced esto en memoria mía: ofreced vuestro cuerpo – ofreceos a vosotros mismos - en sacrificio, como yo he hecho. Nosotros somos su cuerpo. pp. 20-21

o     Ofreceos también vosotros como sacrificio vivo y agradable a Dios.

·         “En la epístola a los Romanos leemos estas palabras del Apóstol: «Os exhorto, pues hermanos, por la
misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rom 12,1). Pero estas palabras, irremediablemente, nos recuerdan a las pronunciadas por Jesús en la última cena: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Por ello, cuando san Pablo nos exhorta a ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio, es como si dijera: haced también vosotros lo mismo que hizo Jesucristo; haceos también vosotros eucaristía para Dios. Él se ofreció a Dios como sacrificio de suave perfume; ofreceos también vosotros como sacrificio vivo y agradable a Dios.
            Pero no sólo es el apóstol Pablo quien nos exhorta a obrar así, sino el mismo Jesús. Cuando Jesucristo, al instituir la eucaristía, dio el mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19), no sólo quería decir: haced exactamente los gestos que yo he hecho, repetid el rito que he realizado; sino que con aquellas palabras quería expresar también lo más importante: haced la esencia de lo que yo he realizado; ofreced vuestro cuerpo en sacrificio como habéis visto que yo he hecho. «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13,15). Aún más, hay algo todavía más urgente y doloroso en aquel mandato de Jesús. Nosotros somos «su» cuerpo, «sus» miembros (cfr. 1 Co 12, 12ss); por ello es como si Jesús nos dijera: Permitidme ofrecer al Padre mi propio cuerpo que sois vosotros; no me impidáis ofrecerme a mí mismo al Padre; yo no puedo ofrecerme totalmente al Padre hasta que no haya ni un solo miembro de mi cuerpo que se resista a ser ofrecido conmigo. Completad, pues, lo que falta a mi ofrenda; haced plena mi alegría.

o     Significado del gesto: «partió el pan». No sólo distribución, también  inmolación. El pan de la obediencia y de amor por el Padre.  pp. 21-22

Miremos, pues, con nuevos ojos el momento de la consagración eucarística, porque ahora sabemos - como decía san Agustín – que «sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos» (San Agustín, Sermones, 272). He dicho que para celebrar de verdad la eucaristía es necesario «hacer» también nosotros lo mismo que hizo Jesús. ¿Qué hizo Jesús aquella noche? Ante todo, realizó un gesto: partió el pan; todos los relatos de la institución resaltan este gesto, tanto es así, que  la eucaristía tomó, bien pronto, el nombre de «fracción del pan» (fractio panis).
Pero el significado de aquel gesto, quizás, no lo hemos comprendido todavía plenamente. ¿Por qué Jesús partió el pan? ¿Sólo para darle un trozo a los discípulos, es decir, sólo por consideración hacia ellos? Es evidente que no. Aquel gesto, ante todo, tenía un significado sacrificial que se consumaba entre Jesús y el Padre; no indicaba solamente repartición, sino también inmolación. El pan es el propio Jesús; al partir el pan, se «partía» a sí mismo, en el sentido con el que Isaías había hablado del Siervo de Yahvé: ha sido molido (attritus) por nuestras culpas (cfr. Isaías 53, 5). Una criatura humana  - que, sin embargo, es el mismo Hijo eterno de Dios – se parte a sí mismo ante Dios, es decir, «obedece hasta la muerte» para reafirmar los derechos de Dios violados por el pecado; para proclamar que Dios es Dios y basta.
Es imposible explicar con palabras la esencia del acto interior que acompaña a este gesto de partir el pan. A nosotros nos parece un acto duro, cruel, y, en cambio, es el acto supremo de amor y de ternura que nunca antes se había realizado o que pueda llegar a realizarse alguna vez en la tierra. Cuando, en la consagración sostengo entre las manos la frágil hostia, y repito las palabras «partió el pan...», me parece intuir algo de los sentimientos que, en aquel momento, albergaba el corazón de Jesús: cómo su voluntad humana se entregaba por entero al Padre, venciendo toda resistencia, y repetía para sí las bien conocidas palabras de la Escritura: Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron, pero me has preparado un cuerpo; he aquí que te ofrezco este cuerpo que me has dado: vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad (cfr. Hebreos 10, 5-9). Lo que Jesús da de comer a sus discípulos es el pan de su obediencia y de su amor por el Padre.

o     Hacer yo lo mismo que hizo Jesús: «partirme» a mí mismo, decir «sí» a lo que Dios me pide.  pp. 22-23

Entonces comprendo que para «hacer» también yo lo que hizo Jesús aquella noche, debo ante todo «partirme» a mí mismo, es decir, deponer todo tipo de resistencia ante Dios, toda rebelión hacia él o hacia los hermanos; debo someter mi orgullo, doblegarme y decir «sí» hasta el final, sí a todo aquello que Dios me pide; debo repetir también yo aquellas palabras: ¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad! Tú no quieres muchas cosas de mí; me quieres a mí y yo te digo «sí». Ser eucaristía como Jesús significa estar totalmente abandonado a la voluntad del Padre.”

2. Acoger, invitar al Señor.

v     Cfr. S. Agustín, 354-430, Sermón 235, 1-4

o     Le reconocieron en la fracción del pan. Jesús premia la hospitalidad, la acogida.

El Señor Jesús, después de haber  resucitado de los muertos, encontró en el camino dos de sus discípulos, que conversaban sobre los hechos del día, y les dijo: "Qué son estos discursos que vais haciendo entre de vosotros, y por qué estáis tristes"?, etcétera; el hecho es contado sólo por el evangelista Lucas. Marcos se limita a decir que se apareció a dos discípulos a lo largo del  camino (cf. Mc 16,12.13), pero omitió lo que ellos dijeron al Señor, y también lo que éste les dijo. ¿Cristo con los discípulos por "camino". ¿Qué cosa nos ha aportado esta lección? Algo grande, si procuramos comprender. Jesús apareció: fue visto con los ojos, pero no fue reconocido. (...) 
"Nosotros", dicen ellos, "esperábamos que habría realizado la redención de Israel". O discípulos, vosotros esperabais; es decir, ¿ya no esperáis más? ¡He aquí que Cristo vive, mientras la esperanza ha muerto en vosotros! Ciertamente Cristo vive. Y Cristo vivo encontró muertos los corazones de los discípulos: a sus ojos apareció y no apareció; y fue visto y se escondió. (...) Sin duda lo vieron, pero no lo reconocieron. "Sus ojos, en efecto, estaban pesados y eran incapaces de reconocerlo", como hemos sentido. No dice que fueron incapaces de ver, sino que fueron incapaces de reconocerlo. 
"Por qué Cristo quiso ser reconocido en la fracción del pan. ¿Fue  el premio de la hospitalidad". Ánimo, hermanos, ¿dónde quiso ser reconocido el Dios? En la fracción del pan. Estemos seguros, si partimos el pan conoceremos al Señor. Él sólo ha querido ser conocido allí. (...) Aquellos dos, cuando hablaba con ellos el Señor, no tenían fe: porque no creían que había resucitado,  no esperaban que pudiera resurgir. Habían perdido la fe,  habían  perdido la esperanza. Caminaban muertos junto a la misma vida. Caminaba con ellos la vida, pero, en sus corazones,  la vida todavía no había sido reclamada. 
También tú, por lo tanto, si quieres tener la vida, haz lo que ellos hicieron, para que tú conozcas al Señor. Ellos le ofrecieron hospitalidad. El Señor, en efecto, era como alguien que quiere continuar su camino, pero ellos lo retuvieron. Y después de haber llegado al lugar donde se dirigían, le dijeron: "Quédate aquí con nosotros, ya que está atardeciendo, y el día se está acabando". Acoge al huésped, si quieres conocer al Salvador. Lo que se llevó la infidelidad, lo devolvió la hospitalidad. El Señor, pues, se hizo conocer en la fracción del pan.

v     Cfr. San Gregorio Magno (Papa, 540-604) , Hom. 23.

o     Vivir la caridad para reconocer al Señor. Invitaron al Señor con sentido de la hospitalidad, con insistencia, como peregrino.

Habló con ellos, los regañó por su dureza en entender, les explicó los secretos de la Sagrada Escritura que se referían a él; y, sin embargo, ya que en sus corazones todavía era peregrino en cuanto a la fe, fingió ir más lejano. (...) Quiso probar si ellos, que no lo amaban todavía como Dios, al menos podían quererlo como peregrino. Pero como no podían ser extraños a la caridad aquellos con los que caminó la misma Verdad, he aquí que lo invitaron hospitalariamente como peregrino. Pero ¿por qué decimos lo "invitaron", cuando está escrito: "Lo obligaron"? De este  ejemplo se entiende que los peregrinos no  sólo tienen que ser invitados, sino atraídos con insistencia. Pusieron la mesa, ofrecieron la comida, y al partir el pan reconocen aquel Dios que no reconocieron mientras explicó la Sagrada Escritura. 
            Escuchando, pues, las preceptos de Dios no fueron iluminados, mientras que lo fueron  cuando los  llevaron a la práctica, ya que está escrito: "No son  justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los que cumplen la Ley: éstos son los que serán justificados" (Romanos 2,13). Por tanto, quién quiere comprender las cosas oídas, se apresure a llevar a la práctica las que ya ha entendido. He aquí que el Señor no fue conocido mientras hablaba, y se dignó hacerse conocer mientras era servido en la mesa. Amad, pues, la hospitalidad, queridos hermanos, amad las obras de la caridad. A este propósito, en efecto, Pablo nos dice: "Mantened el amor fraterno. No olvidéis la hospitalidad, gracias a la cual algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles" (Hebreos 13, 1-2). Pedro dice: "Sed hospitalarios unos con otros, sin quejaros" (1 Pedro 4,9). Y la misma Verdad afirma: "Era peregrino y me acogisteis" (Mateo 25,35).

3. El Espíritu Santo nos hace vivir la vida de Cristo resucitado.

    Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica

v     Actúa de múltiples maneras: por la Palabra de Dios, por los sacramentos, etc. Es quien nos hace vivir la vida de Cristo resucitado.

·         CEC 798: El Espíritu Santo es «el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas
las partes del cuerpo» (Pío XII, enc. «Mystici Corporis»: DS 3808). Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad (Cf Ef 4, 16): por la Palabra de Dios, «que tiene el poder de construir el edificio» (Hch 20, 32), por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo (Cf 1 Co 12, 13); por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por «la gracia concedida a los apóstoles» que «entre estos dones destaca» (LG 7), por las virtudes que hacen obrar según el bien, y por las múltiples gracias especiales [llamadas «carismas»] mediante las cuales los fieles quedan «preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia» (LG 12; cf AA 3).
·         CEC 737: (…) El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia
Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den «mucho fruto» (Jn 15, 5. 8. 16).

4. El icono de Emaús como clave de lectura del presente y del futuro.

     Cfr. Francisco, Discurso en el Encuentro con el Episcopado Brasileño, Jornada
     Mundial de la Juventud en Río, 27 de julio de 2013..

v     No hay que ceder al desencanto, al desánimo, a las lamentaciones. Hemos trabajado mucho, y a veces nos parece que hemos fracasado, y tenemos el sentimiento de quien debe hacer balance de una temporada ya perdida, viendo a los que se han marchado o ya no nos consideran creíbles, relevantes.

o     Los dos discípulos huyen de Jerusalén. Se alejan de la «desnudez» de Dios. Están escandalizados por el fracaso del Mesías en quien habían esperado y que ahora aparece irremediablemente derrotado, humillado, incluso después del tercer día (Lucas 24,17-21).

§         El misterio difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen que la Iglesia —su Jerusalén— ya no puede ofrecer algo significativo e importante.
Ante todo, no hemos de ceder al miedo del que hablaba el Beato John Henry Newman: «El mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena».[3] No hay que ceder al desencanto, al desánimo, a las lamentaciones. Hemos trabajado mucho, y a veces nos parece que hemos fracasado, y tenemos el sentimiento de quien debe hacer balance de una temporada ya perdida, viendo a los que se han marchado o ya no nos consideran creíbles, relevantes.
Releamos una vez más el episodio de Emaús desde este punto de vista (Lc 24, 13-15). Los dos discípulos huyen de Jerusalén. Se alejan de la «desnudez» de Dios. Están escandalizados por el fracaso del Mesías en quien habían esperado y que ahora aparece irremediablemente derrotado, humillado, incluso después del tercer día (vv. 24,17-21). Es el misterio difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen que la Iglesia —su Jerusalén— ya no puede ofrecer algo significativo e importante. Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión. Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta.[4] El hecho es que actualmente hay muchos como los dos discípulos de Emaús; no sólo los que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino también aquellos que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica.

o     Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido.

Ante esta situación, ¿qué hacer?
Hace falta una Iglesia que no tenga miedo a entrar en la noche de ellos. Necesitamos una Iglesia capaz de encontrarlos en su camino. Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en su conversación.
Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido. (…)

o     Muchos han buscado atajos, porque la «medida» de la gran Iglesia parece demasiado alta. Hay aún los que reconocen el ideal del hombre y de la vida propuesto por la Iglesia, pero no se atreven a abrazarlo.

Y como no hay quien los acompañe y muestre con su vida el verdadero camino, muchos han buscado atajos, porque la «medida» de la gran Iglesia parece demasiado alta. Hay aún los que reconocen el ideal del hombre y de la vida propuesto por la Iglesia, pero no se atreven a abrazarlo. Piensan que el ideal es demasiado grande para ellos, está fuera de sus posibilidades, la meta a perseguir es inalcanzable. Sin embargo, no pueden vivir sin tener al menos algo, aunque sea una caricatura, de eso que les parece demasiado alto y lejano. Con la desilusión en el corazón, van en busca de algo que les ilusione de nuevo o se resignan a una adhesión parcial, que en definitiva no alcanza a dar plenitud a sus vidas. (…)

o     Ante este panorama hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar. Jesús le dio calor al corazón de los discípulos de Emaús.

Ante este panorama hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente; una Iglesia que pueda descifrar esa noche que entraña la fuga de Jerusalén de tantos hermanos y hermanas; una Iglesia que se dé cuenta de que las razones por las que hay gente que se aleja, contienen ya en sí mismas también los motivos para un posible retorno, pero es necesario saber leer el todo con valentía. Jesús le dio calor al corazón de los discípulos de Emaús.

v     ¿Somos una Iglesia que pueda hacer volver a Jerusalén? ¿De acompañar a casa?

Quisiera que hoy nos preguntáramos todos: ¿Somos aún una Iglesia capaz de inflamar el corazón? ¿Una Iglesia que pueda hacer volver a Jerusalén? ¿De acompañar a casa? En Jerusalén residen nuestras fuentes: Escritura, catequesis, sacramentos, comunidad, la amistad del Señor, María y los Apóstoles... ¿Somos capaces todavía de presentar estas fuentes, de modo que se despierte la fascinación por su belleza? (…)
Quieren olvidarse de Jerusalén, donde están sus fuentes, pero terminan por sentirse sedientos. Hace falta una Iglesia capaz de acompañar también hoy el retorno a Jerusalén. Una Iglesia que pueda hacer redescubrir las cosas gloriosas y gozosas que se dicen en Jerusalén, de hacer entender que ella es mi Madre, nuestra Madre, y que no están huérfanos. En ella hemos nacido. ¿Dónde está nuestra Jerusalén, donde hemos nacido? En el bautismo, en el primer encuentro de amor, en la llamada, en la vocación.[5] Se necesita una Iglesia que vuelva a traer calor, a encender el corazón.
Se necesita una Iglesia que también hoy pueda devolver la ciudadanía a tantos de sus hijos que caminan como en un éxodo.
Vida Cristiana




[1] Cfr. Félix M. Arocena, En el corazón de la liturgia, Palabra 1999, pp. 190-192.

Domingo 3º Pascua Ciclo A 30 de abril 2017


Ø     Domingo 3º de Pascua (2017). Emaús: un encuentro de Jesús con dos discípulos, en la Palabra yen la Eucaristía. Este encuentro es fruto de la acción del Espíritu Santo. La conversación con Jesús reanima a los discípulos, el reconocimiento del Señor cambia su vida y van a Jerusalén para contar a los demás lo que les había sucedido.

v     cfr. Domingo 3º Pascua Ciclo A  30 de abril 2017

Lucas 24, 13-35; 1 Pedro 1, 17- 21; Hechos 2, 14.22-28
Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno A, Piemme III Edizione, noviembre 1995, pp. 108-113.
Lucas 24, 13-35: 13 Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; 14 iban comentando todo lo que había sucedido. 15 Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. 16 Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 17 Él les dijo: -«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron preocupados. 18Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: -«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?» 19 El les preguntó: -«¿Qué?» Ellos le contestaron: -«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; 20 cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. 21 Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. 22 Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, 23 no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. 24 Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron. » 25 Entonces Jesús les dijo: ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! 26 ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »  27 Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.  28 Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; 29 pero ellos le retuvieron, diciendo: -«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.» Y entró para quedarse con ellos. 30 Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. 31 A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. 32 Ellos comentaron: -«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» 33 Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, 34 que estaban diciendo: -«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» 35 Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

EMAÚS: UN ENCUENTRO DE JESUCRISTO CON DOS DE SUS DISCÍPULOS

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre,
a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo
o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él,
de intentarlo cada día sin descanso.
(Francisco, Evangelii  gaudium, n. 3)
La Iglesia es comunión con Jesús.
Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida.
(Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n.  787)

1. Una conversación con Jesús, que reanima a esos dos discípulos, y que acaba con el reconocimiento del Señor que cambia su vida.


v     Algunos puntos que se pueden contemplar

·         El inicio de esa conversación es una iniciativa del Señor.
v. 15: “Mientras conversaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos. Jesús
va de camino con todos nosotros, aunque, misteriosamente, no se dé a conocer de entrada.
·         v. 16: “Sus ojos eran incapaces de reconocerlo”
Biblia de Jerusalén: “En las apariciones referidas por Lucas y Juan, los discípulos no reconocen al Señor
a la primera, sino sólo a consecuencia de una palabra o de un signo (Lucas 24,30s.35.37 y 39-43; Juan 20, 14.16.20; 21, 4 y 6-7: comp. Mateo 28,17). Y es que, aun manteniéndose idéntico a sí mismo, el cuerpo del Resucitado se encuentra en un estado nuevo que modifica su figura exterior (Marcos 16,12), y lo libra de las condiciones sensibles de este mundo (Jn 20,19). Sobre el estado de los cuerpos gloriosos, ver 1 Corintios 15,44+.”
·         v. 25: Jesús les reprende: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!”; y v. 27:
“y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura”.
·         El corazón de esos discípulos quedó afectado por las palabras de Jesús y “le retuvieron
diciendo: quédate con nosotros” (v. 29); y más tarde comentaron: “¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”(v. 32).
·         Se les abren los ojos y le reconocen  en la fracción del pan (vv. 30-31 y 35).
      Biblia de Jerusalén, v. 35: “Lucas, al emplear aquí este término técnico que repetirá en los Hechos (2, 42+), piensa sin duda en la Eucaristía”.
·         Cambia su vida, y vuelven a Jerusalén para referir lo que les había sucedido: Y levantándose al
momento se volvieron a Jerusalén (v. 33) y contaron lo que les había pasado por el camino (v 35).  

v     Otros comentarios


o     A.  “Iban caminando … mientras conversaban y discutían … Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos … pero no eran capaces de reconocerlo”  (vv. 13-16) [1]

§         Jesús va de camino con todos nosotros, aunque, misteriosamente, no se dé a conocer de entrada.
- “Es un retrato vivísimo de la crisis de fe, de la desilusión, de la vana discusión para llenar un vacío que se hace siempre más angustioso. Pero se enciende una pequeña luz: hay otro hombre con quien hablar”. (Ravasi, o.c. p. 108). 
- “Aquel Cristo en el que habían esperado era “un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante el pueblo (v. 19), pero ha acabado en un fracaso” (vv. 19-20), al máximo en una desilusión de mujeres” (vv. 22-23).
- “El extraño, a través de un «viaje» por la Escrituras, les propone el Credo cristiano (v. 27), y, ante sus palabras, el corazón de los dos discípulos vuelve a «arder» (v. 32).
- “No es todavía la fe pero es como revivir los sentimientos de aquel día en el que habían oído hablar de Jesús de Nazaret por primera vez” (Ravasi, o.c. p. 109). Además invitan a Jesús a que se quede con ellos (vv. 29, 32).

o     B. Se les abren los ojos, lo reconocen en la fracción del pan, y van a Jerusalén para contar a los demás lo que les había sucedido. (vv. 31-33)

- Biblia de Jerusalén (v. 35): “Lucas, al emplear aquí este término técnico que repetirá en los Hechos (2, 42+), piensa sin duda en la Eucaristía”.
- Cambia su vida, y vuelven a Jerusalén para referir lo que les había sucedido:  Y al instante se levantaron
y regresaron a Jerusalén (v. 33)  .... y se pusieron a contar lo que había pasado en el camino (v 35).
- Ravasi , o.c., p. 109: “La chispa que había comenzado a «arder» durante el viaje, ahora es como un incendio. Ellos no pueden tener entre los muros de su casa y de su conciencia la experiencia vivida y «levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén» para anunciar  también a Jerusalén su alegría”.  
- Francisco, Evangelii gaudium, n. 8: “Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?”.  

o     C. Emaús se convierte en un grande símbolo de nuestro encuentro con nuestro Señor.

§         Las apariciones de Jesús son, sobre todo, acontecimientos de fe.
Cristo actúa, se pone en camino a nuestro lado, y el hombre puede reconocerle, acogerle con fe.
- Ravasi, o.c. pp. 112-113: “Emaús se convierte en un grande símbolo del continuo encuentro de la Iglesia con su Señor. Un encuentro que se realiza también en este domingo a través de la escucha de la Biblia y de la Eucaristía. Un encuentro que tal vez florece después de una semana de incertidumbres y de desánimos, de sombras y de esperas. Las apariciones de Jesús, como sabemos, lejos de ser experiencias mágicas o parapsicológicas, son, sobre todo, acontecimientos de fe.  Ciertamente, es necesario no reducirlas a puro evento subjetivo, interior, personal. (…) Por una parte hay una acción externa al hombre y es la de Cristo que se pone en el camino de Emaús, también cuando el hombre no lo busca o no espera ya en él. Por otra parte, hay una acción interna del hombre que «reconoce» al Señor, es decir, lo acoge en la fe. Son dos los componentes indispensables, la acción del Yo de Cristo y la reacción del yo del hombre. Las apariciones son, precisamente, estos encuentros misteriosos pero reales entre dos libertades, la del Resucitado y la del hombre. Esas libertades imprimen un cambio eficaz en la vida, como sucedió a Cleofás y al desconocido compañero de viaje y como sucederá a Saulo de Tarso.
            » También nosotros podemos ser protagonistas de este acontecimiento porque Cristo se hace presente  continuamente en nuestras vidas llamando a nuestra puerta. Depende de nosotros el saber «reconocerle» y acogerle. Podemos identificarnos todos en aquel discípulo anónimo de Emaús”.

o      D. Jesús se hace presente primero con sus palabras y, después, con el gesto de partir el pan.

Cfr. Benedicto XVI, Exhortación apostólica «Verbum Domini», 30/09/2010, nn. 54-55

- “El relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús nos permite una reflexión ulterior sobre la unión entre la escucha de la Palabra y el partir el pan (cf. Lc 24,13-35). Jesús salió a su encuentro el día siguiente al sábado, escuchó las manifestaciones de su esperanza decepcionada y, haciéndose su compañero de camino, «les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (24,27). Junto con este caminante que se muestra tan inesperadamente familiar a sus vidas, los dos discípulos comienzan a mirar de un modo nuevo las Escrituras. Lo que había ocurrido en aquellos días ya no aparece como un fracaso, sino como cumplimiento y nuevo comienzo. Sin embargo, tampoco estas palabras les parecen aún suficientes a los dos discípulos. El Evangelio de Lucas  nos dice que sólo cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (24,31), mientras que antes «sus ojos no eran capaces de reconocerlo» (24,16). La presencia de Jesús, primero con las palabras y después con el gesto de partir el pan, hizo posible que los discípulos lo reconocieran, y que pudieran revivir de un modo nuevo lo que antes habían experimentado con él: « ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (24,32)”.

o     E. Nosotros nos encontramos con Jesús en la Escritura y en la fracción del Pan, gracias a la acción del Espíritu Santo.  

Cfr. Benedicto XVI, Exhortac. Ap. Verbum Domini, nn. 15-16
§         No se comprende auténticamente la revelación cristiana sin tener en cuenta la acción del Paráclito en la historia en la historia de la salvación y, en particular, en la vida de Jesús.
15. (…) No se comprende auténticamente la revelación cristiana sin tener en cuenta la acción del Paráclito. (…)  Por lo demás, la Sagrada Escritura es la que nos indica la presencia del Espíritu Santo en la historia de la salvación y, en particular, en la vida de Jesús, a quien la Virgen María concibió por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,18; Lc1,35); al comienzo de su misión pública, en la orilla del Jordán, lo ve que desciende sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3,16); Jesús actúa, habla y exulta en este mismo Espíritu (cf. Lc10,21); y se ofrece a sí mismo en el Espíritu (cf. Hb 9,14).
            Cuando estaba terminando su misión, según el relato del Evangelista Juan, Jesús mismo pone en clara relación el don de su vida con el envío del Espíritu a los suyos (cf. Jn 16,7). Después, Jesús resucitado, llevando en su carne los signos de la pasión, infundió el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos partícipes de su propia misión (cf. Jn 20,21). El Espíritu Santo enseñará a los discípulos y les recordará todo lo que Cristo ha dicho (cf. Jn 14,26), puesto que será Él, el Espíritu de la Verdad (cf. Jn 15,26), quien llevará los discípulos a la Verdad entera (cf. Jn 16,13). Por último, como se lee en los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu desciende sobre los Doce, reunidos en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y les anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la Buena Nueva. [2]
(…) El mismo Espíritu que actúa en la encarnación del Verbo, en el seno de la Virgen María, es el mismo que guía a Jesús a lo largo de toda su misión y que será prometido a los discípulos. El mismo Espíritu, que habló por los profetas, sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de anunciar la Palabra de Dios y en la predicación de los Apóstoles; es el mismo Espíritu, finalmente, quien inspira a los autores de las Sagradas Escrituras.
§         Sin la acción eficaz del «Espíritu de la Verdad» no se pueden comprender las palabras del Señor.
16. (…) Sin la acción eficaz del «Espíritu de la Verdad» (Juan 14,16) no se pueden comprender las palabras del Señor. Como recuerda san Ireneo: «Los que no participan del Espíritu no obtienen del pecho de su madre (la Iglesia) el nutrimento de la vida, no reciben nada de la fuente más pura que brota del cuerpo de Cristo».[3] Puesto que la Palabra de Dios llega a nosotros en el cuerpo de Cristo, en el cuerpo eucarístico y en el cuerpo de las Escrituras, mediante la acción del Espíritu Santo, sólo puede ser acogida y comprendida verdaderamente gracias al mismo Espíritu.  
§         El testimonio de grandes escritores de la tradición cristiana sobre la función del Espíritu Santo en la relación de los creyentes con las Escrituras.
            Los grandes escritores de la tradición cristiana consideran unánimemente la función del Espíritu Santo en la relación de los creyentes con las Escrituras. San Juan Crisóstomo afirma que la Escritura «necesita de la revelación del Espíritu, para que descubriendo el verdadero sentido de las cosas que allí se encuentran encerradas, obtengamos un provecho abundante». [4] También san Jerónimo está firmemente convencido de que «no podemos llegar a comprender la Escritura sin la ayuda del Espíritu Santo que la ha inspirado». [5]  San Gregorio Magno, por otra parte, subraya de modo sugestivo la obra del mismo Espíritu en la formación e interpretación de la Biblia: «Él mismo ha creado las palabras de los santos testamentos, él mismo las desvela». [6] Ricardo de San Víctor recuerda que se necesitan «ojos de paloma», iluminados e ilustrados por el Espíritu, para comprender el texto sagrado. [7]
§         El testimonio de los textos litúrgicos: oraciones que invocan al Espíritu Santo antes de la proclamación de las Escrituras.
Quisiera subrayar también, con respecto a la relación entre el Espíritu Santo y la Escritura, el testimonio significativo que encontramos en los textos litúrgicos, donde la Palabra de Dios es proclamada, escuchada y explicada a los fieles. Se trata de antiguas oraciones que en forma de epíclesis  invocan al Espíritu antes de la proclamación de las lecturas: «Envía tu Espíritu Santo Paráclito sobre nuestras almas y haznos comprender las Escrituras inspiradas por él; y a mí concédeme interpretarlas de manera digna, para que los fieles aquí reunidos saquen provecho». Del mismo modo, encontramos oraciones al final de la homilía que invocan a Dios pidiendo el don del Espíritu sobre los fieles: «Dios salvador… te imploramos en favor de este pueblo: envía sobre él el Espíritu Santo; el Señor Jesús lo visite, hable a las mentes de todos y disponga los corazones para la fe y conduzca nuestras almas hacia ti, Dios de las Misericordias».[55] De aquí resulta con claridad que no se puede comprender el sentido de la Palabra si no se tiene en cuenta la acción del Paráclito en la Iglesia y en los corazones de los creyentes.

5. Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra.

Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, nn. 313 -314.

o     Jesús, en el camino: nos busca en nuestro ajetreo diario, sin ningún signo exterior de su gloria.

313. Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!
                Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con  naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.
                Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria.

o     Jesús no se impone nunca, quiere que le roguemos que se quede con nosotros.

314. Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que - sin darse cuenta - han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante (Lc 24, 28). No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída (Lc 24, 29), se hace de noche.
Así somos: siempre poco atrevidos, quizá por insinceridad, o quizá por pudor. En el fondo, pensamos: quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas, y sólo Tú eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume. Porque entre las cosas hermosas, honestas, no ignoramos cuál es la primera: poseer siempre a Dios (S. Gregorio Nacianzeno, Epistolae, 212).
Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque El vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha – anochece -, para hablar a los demás de El, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.
Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra.

Vida Cristiana




[1] Biblia de Jerusalén: “En las apariciones referidas  por Lucas y Juan, los discípulos no reconocen al
Señor a la primera, sino sólo a consecuencia de una palabra o de un signo (Lucas 24,30s.35.37 y 39-43; Juan 20, 14.16.20; 21, 4 y 6-7: comp. Mateo 28,17). Y es que, aun manteniéndose idéntico a sí mismo, el cuerpo del Resucitado se encuentra en un estado nuevo que modifica su figura exterior (Marcos 16,12), y lo libra de las condiciones sensibles de este mundo (Juan 20,19). Sobre el estado de los cuerpos gloriosos, ver 1 Corintios 15,44+”.

[2] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 12
[3] Adversus haereses, III, 24,1
[4] Homiliae in Genesim, 22
[5] Epistula 120, 10
[6] Homiliae in Ezechielem, 1, 7,17
[7] «Oculi ergo devotae animae sunt columbarum quia sensus eius per Spiritum sanctum sunt illuminati et edocti, spiritualia sapientes… Nunc quidem aperitur animae talis sensus, ut intellegat Scripturas»: Ricardo de San Víctor, Explicatio in Cantica canticorum, 15: PL 196, 450 B. D.


viernes, 28 de abril de 2017

ANTOLOGÍA DE TEXTOS SOBRE EL ESPÍRITU EN LOS DISCURSOS Y HOMILÍAS DE BENEDICTO XVI EN SU VIAJE A ESTADOS UNIDOS



1 ANTOLOGÍA DE TEXTOS SOBRE EL ESPÍRITU EN LOS DISCURSOS Y HOMILÍAS DE BENEDICTO XVI EN SU VIAJE A ESTADOS UNIDOS o La Iglesia ha nacido de los dones del Espíritu Santo: el arrepentimiento y la fe en el Señor resucitado. Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 En el ejercicio de mi ministerio de Sucesor de Pietro, he venido a América para confirmaros, queridos hermanos y hermanas, en la fe de los Apóstoles (cf. Lc 22,32). He venido para proclamar de nuevo, como lo hizo san Pedro el día de Pentecostés, que Jesucristo es Señor y Mesías, resucitado de la muerte, sentado a la derecha del Padre en la gloria y constituido juez de vivos y muertos (cf. Hch 2,14ss). He venido para reiterar la llamada urgente de los Apóstoles a la conversión para el perdón de los pecados y para implorar al Señor una nueva efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia en este País. Como hemos oído en este tiempo pascual, la Iglesia ha nacido de los dones del Espíritu Santo: el arrepentimiento y la fe en el Señor resucitado. Ella se ve impulsada por el mismo Espíritu en cada época a llevar la buena nueva de nuestra reconciliación con Dios en Cristo a hombres y a mujeres de toda raza, lengua y nación (cf. Ap 5,9). o La Iglesia está llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la unidad mediante una constante conversión a Cristo; esta unidad comporta una "expansión continua", porque el Espíritu incita a los creyentes a proclamar "las grandes obras de Dios" y a invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida nueva en su Espíritu. Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 Las lecturas de la Misa de hoy nos invitan a considerar el crecimiento de la Iglesia en América como un capítulo en la historia más grande de la expansión de la fe en el Señor resucitado y el don del Espíritu para el perdón de los pecados y el misterio de la Iglesia. Cristo ha constituido su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles (cf. Ap 21,14), como comunidad estructurada visible, que es a la vez comunión espiritual, cuerpo místico animado por los múltiples dones del Espíritu y sacramento de salvación para toda la humanidad (cf. Lumen gentium, 8). La Iglesia está llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la unidad mediante una constante conversión a Cristo, cuya obra redentora es proclamada por los Sucesores de los Apóstoles y celebrada en los sacramentos. Por otro lado, esta unidad comporta una "expansión continua", porque el Espíritu incita a los creyentes a proclamar "las grandes obras de Dios" y a invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida nueva en su Espíritu. Ruego también para que este aniversario significativo en la vida de la Iglesia en los Estados Unidos y la presencia del Sucesor de Pedro entre vosotros sean para todos los católicos una ocasión para reafirmar su unidad en la fe apostólica, para ofrecer a sus contemporáneos una razón convincente de la esperanza que los inspira (cf. 1 P 3,15) y para renovar su celo misionero al servicio de la difusión del Reino de Dios. o "Señor, manda tu Espíritu y renueva la faz de la tierra" (cf. Sal 104,30): renueva la Iglesia en América Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 "Señor, manda tu Espíritu y renueva la faz de la tierra" (cf. Sal 104,30). Las palabras del Salmo responsorial de hoy son una plegaria que, siempre y en todo lugar, brota del corazón de la Iglesia. Nos recuerdan que el Espíritu Santo ha sido infundido como primicia de una nueva creación, de "cielos nuevos y tierra nueva" (cf. 2 P 3,13; Ap 21, 1) en los que reinará la paz de Dios y la familia humana será reconciliada en la justicia y en el amor. Hemos oído decir a san Pablo que toda la creación "gime" hasta hoy, en espera de la verdadera libertad, que es el don de Dios para sus hijos (cf. Rm 8,21-22), una libertad que nos hace capaces de vivir conforme a su voluntad. Oremos hoy insistentemente para que la Iglesia en América sea renovada en este mismo Espíritu y ayudada en su misión de anunciar el Evangelio a un mundo que tiene nostalgia de una genuina libertad (cf. Jn 8,32), de una felicidad auténtica y del cumplimiento de sus aspiraciones más profundas. o Emprender el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio en el poder del Espíritu Santo de inspirar la conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas. Los dones del Espíritu los tenemos cerca en el Sacramento de la Penitencia. Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 2 San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de una especie de oración que brota de las profundidades de nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para expresarlos con palabras, con "gemidos" (Rm 8,26) inspirados por el Espíritu. Ésta es una oración que anhela, en medio de la tribulación, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una plegaria de esperanza inagotable, pero también de paciente perseverancia y, a veces, acompañada por el sufrimiento por la verdad. A través de esta plegaria participamos en el misterio de la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en América, con esta oración, emprenda cada vez más el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los católicos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones de la alegría y la fuerza infundidos por el Espíritu. En el relato evangélico de hoy, el Señor resucitado otorga a los Apóstoles el don del Espíritu Santo y les concede la autoridad para perdonar los pecados. Mediante el poder invencible de la gracia de Cristo, confiado a frágiles ministros humanos, la Iglesia renace continuamente y se nos da a cada uno de nosotros la esperanza de un nuevo comienzo. Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas. ¡Cuánta necesidad tenemos de estos dones! ¡Y qué cerca los tenemos, particularmente en el Sacramento de la penitencia! La fuerza libertadora de este Sacramento, en el que nuestra sincera confesión del pecado encuentra la palabra misericordiosa de perdón y paz de parte de Dios, necesita ser redescubierta y hecha propia por cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América depende de la renovación de la práctica de la penitencia y del crecimiento en la santidad: ambas realidades son inspiradas y realizadas por este Sacramento. o “El aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas”. Estas palabras nos invitan a una fe cada vez más profunda en la potencia infinita de Dios, que transforma toda situación humana, crea vida desde la muerte e ilumina también la noche más oscura. Homilía en la Catedral de San Patricio, 19 de abril 2008 Sin embargo, la palabra de Dios nos recuerda que, en la fe, vemos los cielos abiertos y la gracia del Espíritu Santo que ilumina a la Iglesia y que lleva una esperanza segura a nuestro mundo. “Señor, Dios mío”, canta el salmista, “envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 104,30). Estas palabras evocan la primera creación, cuando “el Aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2). Y ellas impulsan nuestra mirada hacia la nueva creación, hacia Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles e instauró la Iglesia como primicia de la humanidad redimida (cf. Jn 20,22-23). Estas palabras nos invitan a una fe cada vez más profunda en la potencia infinita de Dios, que transforma toda situación humana, crea vida desde la muerte e ilumina también la noche más oscura. Y nos hacen pensar en otra bellísima frase de san Ireneo: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia” (Adv. Haer. III, 24,1). o A los jóvenes: abrir los corazones a la llamada de Dios; trabajar, fortalecidos por el Espíritu Santo, con renovado ardor por la extensión del Reino de Dios. Homilía, Yankee Stadium, 20 abril 2008 En el Evangelio de hoy1 , el Señor promete a los discípulos que realizarán obras todavía más grandes que las suyas (cf. Jn 14,12). Queridos amigos, sólo Dios en su providencia sabe lo que su gracia debe realizar todavía en vuestras vidas y en la vida de la Iglesia de los Estados Unidos. Mientras tanto, la promesa de Cristo nos colma de esperanza firme. Unamos, pues, nuestras plegarias a la suya, como piedras vivas del templo espiritual que es su Iglesia una, santa, católica y apostólica. Dirijamos nuestra mirada hacia él, pues también ahora nos está preparando un sitio en la casa de su Padre. Y, fortalecidos por el Espíritu Santo, trabajemos con renovado ardor por la extensión de su Reino. “Dichosos los creyentes” (cf. 1 P 2,7). Dirijámonos a Jesús. Sólo Él es el camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos más profundos de todo corazón, y la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y para todo el mundo. Amén. www.parroquiasantamonica.com 1 5 Domingo de Pascua Año A

Antología de textos sobre el Espíritu Santo en los discursos y homilías de Benedicto XVI en Australia, durante la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, que se celebró del 13 al 21 de julio de 2008.



1 Antología de textos sobre el Espíritu Santo en los discursos y homilías de Benedicto XVI en Australia, durante la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, que se celebró del 13 al 21 de julio de 2008. «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra (Hechos 1,8), [Es el tema de esta XXIII Jornada Mundial de la Juventud] o El Espíritu Santo desciende sobre nosotros en cada Misa, no sólo para transformar nuestros dones del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, sino también para transformar nuestras vidas, haciéndonos con su fuerza un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo. (Hipódromo de Randwick, 20 julio 2008) «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza». Estas palabras del Señor resucitado tienen un significado especial para los jóvenes que serán confirmados, sellados con el don del Espíritu Santo, durante esta Santa Misa. Pero estas palabras están dirigidas también a cada uno de nosotros, es decir, a todos los que han recibido el don del Espíritu de reconciliación y de la vida nueva en el Bautismo, que lo han acogido en sus corazones como su ayuda y guía en la Confirmación, y que crecen cotidianamente en sus dones de gracia mediante la Santa Eucaristía. En efecto el Espíritu Santo desciende nuevamente en cada Misa, invocado en la plegaria solemne de la Iglesia, no sólo para transformar nuestros dones del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, sino también para transformar nuestras vidas, para hacer de nosotros, con su fuerza, «un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo». o El Espíritu Santo es el poder de la vida de Dios, que nos conduce hacia la llegada del Reino de Dios, fuente de vida nueva en Cristo y alma de la Iglesia. (Hipódromo de Randwick, 20 julio 2008) Pero, ¿qué es este «poder» del Espíritu Santo? Es el poder de la vida de Dios. Es el poder del mismo Espíritu que se cernía sobre las aguas en el alba de la creación y que, en la plenitud de los tiempos, levantó a Jesús de la muerte. Es el poder que nos conduce, a nosotros y a nuestro mundo, hacia la llegada del Reino de Dios. En el Evangelio de hoy, Jesús anuncia que ha comenzado una nueva era, en la cual el Espíritu Santo será derramado sobre toda la humanidad (cf. Lc 4,21). Él mismo, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, vino entre nosotros para traernos este Espíritu. Como fuente de nuestra vida nueva en Cristo, el Espíritu Santo es también, de un modo muy verdadero, el alma de la Iglesia, el amor que nos une al Señor y entre nosotros y la luz que abre nuestros ojos para ver las maravillas de la gracia de Dios que nos rodean. Aquí en Australia, esta «gran tierra meridional del Espíritu Santo», todos nosotros hemos tenido una experiencia inolvidable de la presencia y del poder del Espíritu en la belleza de la naturaleza. Nuestros ojos se han abierto para ver el mundo que nos rodea como es verdaderamente: «colmado», como dice el poeta, «de la grandeza de Dios», repleto de la gloria de su amor creativo. También aquí, en esta gran asamblea de jóvenes cristianos provenientes de todo el mundo, hemos tenido una experiencia elocuente de la presencia y de la fuerza del Espíritu en la vida de la Iglesia. Hemos visto la Iglesia como es verdaderamente: Cuerpo de Cristo, comunidad viva de amor, en la que hay gente de toda raza, nación y lengua, de cualquier edad y lugar, en la unidad nacida de nuestra fe en el Señor resucitado. o La fuerza del Espíritu Santo, a través de los Sacramentos, llena la vida de la Iglesia y fluye en el interior de todas las criaturas. (Hipódromo de Randwick, 20 julio 2008) La fuerza del Espíritu Santo jamás cesa de llenar de vida a la Iglesia. A través de la gracia de los Sacramentos de la Iglesia, esta fuerza fluye también en nuestro interior, como un río subterráneo que nutre el espíritu y nos atrae cada vez más cerca de la fuente de nuestra verdadera vida, que es Cristo. San Ignacio de Antioquía, que murió mártir en Roma al comienzo del siglo segundo, nos ha dejado una descripción espléndida de la fuerza del Espíritu que habita en nosotros. Él ha hablado del 2 Espíritu como de una fuente de agua viva que surge en su corazón y susurra: «Ven, ven al Padre» (cf. A los Romanos, 6,1-9). Esa gracia del Espíritu Santo es puro don. Debemos permitirle entrar en nosotros. Importancia de la oración. Sin embargo, esta fuerza, la gracia del Espíritu Santo, no es algo que podamos merecer o conquistar; podemos sólo recibirla como puro don. El amor de Dios puede derramar su fuerza sólo cuando le permitimos cambiarnos por dentro. Debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo. Sólo entonces podemos permitirle encender nuestra imaginación y modelar nuestros deseos más profundos. Por esto es tan importante la oración: la plegaria cotidiana, la privada en la quietud de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento, y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia. Ésta es pura receptividad de la gracia de Dios, amor en acción, comunión con el Espíritu que habita en nosotros y nos lleva, por Jesús y en la Iglesia, a nuestro Padre celestial. En la potencia de su Espíritu, Jesús está siempre presente en nuestros corazones, esperando serenamente que nos dispongamos en el silencio junto a Él para sentir su voz, permanecer en su amor y recibir «la fuerza que proviene de lo alto», una fuerza que nos permite ser sal y luz para nuestro mundo. o La fuerza del Espíritu Santo ilumina, consuela y encamina hacia el futuro (Hipódromo de Randwick , 20 de julio de 2008) La fuerza del Espíritu Santo no sólo nos ilumina y nos consuela. Nos encamina hacia el futuro, hacia la venida del Reino de Dios. ¡Qué visión magnífica de una humanidad redimida y renovada descubrimos en la nueva era prometida por el Evangelio de hoy! San Lucas nos dice que Jesucristo es el cumplimiento de todas las promesas de Dios, el Mesías que posee en plenitud el Espíritu Santo para comunicarlo a la humanidad entera. La efusión del Espíritu de Cristo sobre la humanidad es prenda de esperanza y de liberación contra todo aquello que nos empobrece. Dicha efusión ofrece de nuevo la vista al ciego, libera a los oprimidos y genera unidad en y con la diversidad (cf. Lc 4,18-19; Is 61,1-2). Esta fuerza puede crear un mundo nuevo: puede «renovar la faz de la tierra» (cf. Sal 104,30). o Fortalecida por el Espíritu y provista de una rica visión de fe, una nueva generación de cristianos está invitada a contribuir a la edificación de un mundo en el que sea acogida la vida; en el que el amor no sea ambicioso o egoísta. (Hipódromo de Randwick, 20 de julio de 2008) Fortalecida por el Espíritu y provista de una rica visión de fe, una nueva generación de cristianos está invitada a contribuir a la edificación de un mundo en el que la vida sea acogida, respetada y cuidada amorosamente, no rechazada o temida como una amenaza y por ello destruida. Una nueva era en la que el amor no sea ambicioso ni egoísta, sino puro, fiel y sinceramente libre, abierto a los otros, respetuoso de su dignidad, un amor que promueva su bien e irradie gozo y belleza. Una nueva era en la cual la esperanza nos libere de la superficialidad, de la apatía y el egoísmo que degrada nuestras almas y envenena las relaciones humanas. Queridos jóvenes amigos, el Señor os está pidiendo ser profetas de esta nueva era, mensajeros de su amor, capaces de atraer a la gente hacia el Padre y de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad. El mundo y la Iglesia tienen necesidad de renovación El mundo tiene necesidad de esta renovación. En muchas de nuestras sociedades, junto a la prosperidad material, se está expandiendo el desierto espiritual: un vacío interior, un miedo indefinible, un larvado sentido de desesperación. ¿Cuántos de nuestros semejantes han cavado aljibes agrietados y vacíos (cf. Jr 2,13) en una búsqueda desesperada de significado, de ese significado último que sólo puede ofrecer el amor? Éste es el don grande y liberador que el Evangelio lleva consigo: él revela nuestra dignidad de hombres y mujeres creados a imagen y semejanza de Dios. Revela la llamada sublime de la humanidad, que es la de encontrar la propia plenitud en el amor. Él revela la verdad sobre el hombre, la verdad sobre la vida. También la Iglesia tiene necesidad de renovación. Tiene necesidad de vuestra fe, vuestro idealismo y vuestra generosidad, para poder ser siempre joven en el Espíritu (cf. Lumen gentium, 4). En la segunda lectura de hoy, el apóstol Pablo nos recuerda que cada cristiano ha recibido un don que debe ser usado para edificar el Cuerpo de Cristo. La Iglesia tiene especialmente necesidad del don de los jóvenes, de todos los jóvenes. Tiene necesidad de crecer en la fuerza del Espíritu que también ahora os infunde gozo a vosotros, jóvenes, y os anima a servir al Señor con alegría. Abrid vuestro 3 corazón a esta fuerza. Dirijo esta invitación de modo especial a los que el Señor llama a la vida sacerdotal y consagrada. No tengáis miedo de decir vuestro «sí» a Jesús, de encontrar vuestra alegría en hacer su voluntad, entregándoos completamente para llegar a la santidad y haciendo uso de vuestros talentos al servicio de los otros. El sacramento de la Confirmación o Significado del «sello» del Espíritu Santo (Hipódromo de Randwick 20 de julio de 2008) Significa haber sido refrescados por la belleza del designio de Dios para nosotros y para el mundo, y llegar a ser nosotros mismos una fuente de frescor para los otros. Ser «sellados con el Espíritu» significa además no tener miedo de defender a Cristo. Dentro de poco celebraremos el sacramento de la Confirmación. El Espíritu Santo descenderá sobre los candidatos; ellos serán «sellados» con el don del Espíritu y enviados para ser testigos de Cristo. ¿Qué significa recibir la «sello» del Espíritu Santo? Significa ser marcados indeleblemente, inalterablemente cambiados, significa ser nuevas criaturas. Para los que han recibido este don, ya nada puede ser lo mismo. Estar «bautizados» en el Espíritu significa estar enardecidos por el amor de Dios. Haber «bebido» del Espíritu (cf. 1 Co 12,13) significa haber sido refrescados por la belleza del designio de Dios para nosotros y para el mundo, y llegar a ser nosotros mismos una fuente de frescor para los otros. Ser «sellados con el Espíritu» significa además no tener miedo de defender a Cristo, dejando que la verdad del Evangelio impregne nuestro modo de ver, pensar y actuar, mientras trabajamos por el triunfo de la civilización del amor. Al elevar nuestra oración por los confirmandos, pedimos también que la fuerza del Espíritu Santo reavive la gracia de la Confirmación de cada uno de nosotros. Que el Espíritu derrame sus dones abundantemente sobre todos los presentes, sobre la ciudad de Sydney, sobre esta tierra de Australia y sobre todas sus gentes. Que cada uno de nosotros sea renovado en el espíritu de sabiduría e inteligencia, el espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad, espíritu de admiración y santo temor de Dios. o Los dones del Espíritu Santo que recibimos en el sacramento de la confirmación: su actuación. (Hipódromo de Randwick 19 de julio de 2008) Son un don, y exigen solamente una respuesta. Lo que constituye nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos. Este mismo don del Espíritu Santo será mañana comunicado solemnemente a los candidatos a la Confirmación. Yo rogaré: «Llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor». Estos dones del Espíritu -cada uno de ellos, como nos recuerda san Francisco de Sales, es un modo de participar en el único amor de Dios- no son ni un premio ni un reconocimiento. Son simplemente dados (cf. 1 Co 12, 11). Y exigen por parte de quien los recibe sólo una respuesta: «Acepto». Percibimos aquí algo del misterio profundo de lo que es ser cristiano. Lo que constituye nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos. Después de todo, muchas personas generosas que no son cristianas pueden hacer mucho más de lo que nosotros hacemos. Amigos, ¿aceptáis entrar en la vida trinitaria de Dios? ¿Aceptáis entrar en su comunión de amor? Los dones del Espíritu que actúan en nosotros imprimen la dirección y definen nuestro testimonio. Los dones del Espíritu, orientados por su naturaleza a la unidad, nos vinculan todavía más estrechamente a la totalidad del Cuerpo de Cristo (cf. Lumen gentium, 11), permitiéndonos edificar mejor la Iglesia, para servir así al mundo (cf. Ef 4, 13). Nos llaman a una participación activa y gozosa en la vida de la Iglesia, en las parroquias y en los movimientos eclesiales, en las clases de religión en la escuela, en las capellanías universitarias o en otras organizaciones católicas. Sí, la Iglesia debe crecer en unidad, debe robustecerse en la santidad, rejuvenecer y renovarse constantemente (cf. Lumen gentium, 4). Pero ¿con qué 4 criterios? Con los del Espíritu Santo. Volveos a él, queridos jóvenes, y descubriréis el verdadero sentido de la renovación. o Estamos llamados a vivir los dones del Espíritu Santo en los altibajos de la vida cotidiana, para transformar las familias, las comunidades y las naciones. (Hipódromo de Randwick 19 de julio de 2008) Esta tarde, reunidos bajo este hermoso cielo nocturno, nuestros corazones y nuestras mentes se llenan de gratitud a Dios por el don de nuestra fe en la Trinidad. Recordemos a nuestros padres y abuelos, que han caminado a nuestro lado cuando todavía éramos niños y han sostenido nuestros primeros pasos en la fe. Ahora, después de muchos años, os habéis reunido como jóvenes adultos alrededor del Sucesor de Pedro. Me siento muy feliz de estar con vosotros. Invoquemos al Espíritu Santo: él es el autor de las obras de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 741). Dejad que sus dones os moldeen. Al igual que la Iglesia comparte el mismo camino con toda la humanidad, vosotros estáis llamados a vivir los dones del Espíritu entre los altibajos de la vida cotidiana. Madurad vuestra fe a través de vuestros estudios, el trabajo, el deporte, la música, el arte. Sostenedla mediante la oración y alimentadla con los sacramentos, para ser así fuente de inspiración y de ayuda para cuantos os rodean. En definitiva, la vida, no es un simple acumular, y es mucho más que el simple éxito. Estar verdaderamente vivos es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios. Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, también vosotros podréis transformar vuestras familias, las comunidades y las naciones. Liberad estos dones. Que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad sean los signos de vuestra grandeza. Cómo llegar a ser testigos de Jesucristo. Es el Espíritu Santo quien dirige y define nuestro testimonio. (Hipódromo de Randwick, 19 de julio de 2008) Esta tarde ponemos nuestra atención sobre el «cómo» llegar a ser testigos. Tenemos necesidad de conocer la persona del Espíritu Santo y su presencia vivificante en nuestra vida. No es fácil. En efecto, la diversidad de imágenes que encontramos en la Escritura sobre el Espíritu -viento, fuego, soplo- ponen de manifiesto lo difícil que nos resulta tener una comprensión clara de él. Y, sin embargo, sabemos que el Espíritu Santo es quien dirige y define nuestro testimonio sobre Jesucristo, aunque de modo silencioso e invisible. o El testimonio en un mundo dividido y fragmentario (Hipódromo de Randwick, 19 de julio 2008) Ya sabéis que nuestro testimonio cristiano es una ofrenda a un mundo que, en muchos aspectos, es frágil. La unidad de la creación de Dios se debilita por heridas profundas cuando las relaciones sociales se rompen, o el espíritu humano se encuentra casi completamente aplastado por la explotación o el abuso de las personas. De hecho, la sociedad contemporánea sufre un proceso de fragmentación por culpa de un modo de pensar que por su naturaleza tiene una visión reducida, porque descuida completamente el horizonte de la verdad, de la verdad sobre Dios y sobre nosotros. Por su naturaleza, el relativismo non es capaz de ver el cuadro en su totalidad. Ignora los principios mismos que nos hacen capaces de vivir y de crecer en la unidad, en el orden y en la armonía. Sólo en Dios y en su Iglesia podemos encontrar la unidad que buscamos. Y, sin embargo, frente a las imperfecciones y desilusiones, tanto individuales como institucionales, tenemos a veces la tentación de construir artificialmente una comunidad «perfecta». Como testigos cristianos, ¿cuál es nuestra respuesta a un mundo dividido y fragmentario? ¿Cómo podemos ofrecer esperanza de paz, restablecimiento y armonía a esas «estaciones» de conflicto, de sufrimiento y tensión por las que habéis querido pasar con esta 5 Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud? La unidad y la reconciliación no se pueden alcanzar sólo con nuestros esfuerzos. Dios nos ha hecho el uno para el otro (cf. Gn 2, 24) y sólo en Dios y en su Iglesia podemos encontrar la unidad que buscamos. Y, sin embargo, frente a las imperfecciones y desilusiones, tanto individuales como institucionales, tenemos a veces la tentación de construir artificialmente una comunidad «perfecta». No se trata de una tentación nueva. En la historia de la Iglesia hay muchos ejemplos de tentativas de esquivar y pasar por alto las debilidades y los fracasos humanos para crear una unidad perfecta, una utopía espiritual. Separar al Espíritu Santo de Cristo, presente en la estructura institucional de la Iglesia, pondría en peligro la unidad de la comunidad cristiana. La tentación de «ir por libre». Estos intentos de construir la unidad, en realidad la debilitan. Separar al Espíritu Santo de Cristo, presente en la estructura institucional de la Iglesia, pondría en peligro la unidad de la comunidad cristiana, que es precisamente un don del Espíritu. Se traicionaría la naturaleza de la Iglesia como Templo vivo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 3, 16). En efecto, es el Espíritu quien guía a la Iglesia por el camino de la verdad plena y la unifica en la comunión y en servicio del ministerio (cf. Lumen gentium, 4). Lamentablemente, la tentación de «ir por libre» continúa. Algunos hablan de su comunidad local como si se tratara de algo separado de la así llamada Iglesia institucional, describiendo a la primera como flexible y abierta al Espíritu, y la segunda como rígida y carente de Espíritu. La primera efusión del Espíritu Santo, hace casi dos mil años: los Apóstoles fueron transformados e impulsados a hablar de su encuentro con Jesús. (En el muelle de Barangaroo (Sydney) el 17 julio 2008) Hace casi dos mil años, los Apóstoles, reunidos en la sala superior de la casa, junto con María (cf. Hch 1,14) y algunas fieles mujeres, fueron llenos del Espíritu Santo (cf. Hch 2,4). En aquel momento extraordinario, que señaló el nacimiento de la Iglesia, la confusión y el miedo que habían agarrotado a los discípulos de Cristo, se transformaron en una vigorosa convicción y en la toma de conciencia de un objetivo. Se sintieron impulsados a hablar de su encuentro con Jesús resucitado, que ahora llamaban afectuosamente el Señor. Los Apóstoles eran en muchos aspectos personas ordinarias. Nadie podía decir de sí mismo que era el discípulo perfecto. No habían sido capaces de reconocer a Cristo (cf. Lc 24,13-32), tuvieron que avergonzarse de su propia ambición (cf. Lc 22,24-27) e incluso renegaron de él (cf. Lc 22,54-62). Sin embargo, cuando estuvieron llenos de Espíritu Santo, fueron traspasados por la verdad del Evangelio de Cristo e impulsados a proclamarlo sin temor. Reconfortados, gritaron: arrepentíos, bautizaos, recibid el Espíritu Santo (cf. Hch 2,37-38). Fundada sobre la enseñanza de los Apóstoles, en la adhesión a ellos, en la fracción del pan y la oración (cf. Hch 2,42), la joven comunidad cristiana dio un paso adelante para oponerse a la perversidad de la cultura que la circundaba (cf. Hch 2,40), para cuidar de sus propios miembros (cf. Hch 2,44-47), defender su fe en Jesús ante en medio hostil (cf. Hch 4,33) y curar a los enfermos (cf. Hch 5,12-16). Y, obedeciendo al mandato de Cristo mismo, partieron dando testimonio del acontecimiento más grande de todos los tiempos: que Dios se ha hecho uno de nosotros, que el divino ha entrado en la historia humana para poder transformarla, y que estamos llamados a empaparnos del amor salvador de Cristo que triunfa sobre el mal y la muerte. En su famoso discurso en el areópago, San Pablo presentó su mensaje de esta manera: «Dios da a cada uno todas las cosas, incluida la vida y el respiro, de manera que todos lo pueblos pudieran buscar a Dios, y siguiendo los propios caminos hacia Él, lograran encontrarlo. En efecto, no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos» (cf. Hch 17, 25-28). Desde entonces, hombres y mujeres se han puesto en camino para proclamar el mismo hecho, testimoniando el amor y la verdad de Cristo. Su llegada a Australia y otras zonas del Pacífico Desde entonces, hombres y mujeres se han puesto en camino para proclamar el mismo hecho, testimoniando el amor y la verdad de Cristo, y contribuyendo a la misión de la Iglesia. Hoy recordamos a aquellos pioneros -sacerdotes, religiosas y religiosos- que llegaron a estas costas y a otras zonas del Océano Pacífico, desde Irlanda, Francia, Gran Bretaña y otras partes de Europa. La 6 mayor parte de ellos eran jóvenes -algunos incluso con apenas veinte años- y, cuando saludaron para siempre a sus padres, hermanos, hermanas y amigos, sabían que sería difícil para ellos volver a casa. Sus vidas fueron un testimonio cristiano, sin intereses egoístas. Se convirtieron en humildes pero tenaces constructores de gran parte de la herencia social y espiritual que todavía hoy es portadora de bondad, compasión y orientación a estas Naciones. Y fueron capaces de inspirar a otra generación. Esto nos trae al recuerdo inmediatamente la fe que sostuvo a la beata Mary MacKillop en su neta determinación de educar especialmente los pobres, y al beato Peter To Rot en su firme convicción de que la guía de una comunidad ha de referirse siempre al Evangelio. Pensad también en vuestros abuelos y vuestros padres, vuestros primeros maestros en la fe. También ellos han hecho innumerables sacrificios, de tiempo y energía, movidos por el amor que os tienen. Ellos, con apoyo de los sacerdotes y los enseñantes de vuestra parroquia, tienen la tarea, no siempre fácil pero sumamente gratificante, de guiaros hacia todo lo que es bueno y verdadero, mediante su ejemplo personal y su modo de enseñar y vivir la fe cristiana. El descubrimiento de la belleza de la tierra y el del hombre o El descubrimiento de las bellezas naturales (En el muelle de Barangaroo (Sydney) el 17 julio 2008) Hoy me toca a mí. Para algunos puede parecer que, viniendo aquí, hemos llegado al fin del mundo. Ciertamente, para los de vuestra edad cualquier viaje en avión es una perspectiva excitante. Pero para mí, este vuelo ha sido en cierta medida motivo de aprensión. Sin embargo, la vista de nuestro planeta desde lo alto ha sido verdaderamente magnífica. El relampagueo del Mediterráneo, la magnificencia del desierto norteafricano, la exuberante selva de Asia, la inmensidad del océano Pacífico, el horizonte sobre el que surge y se pone el sol, el majestuoso esplendor de la belleza natural de Australia, todo eso que he podido disfrutar durante dos días, suscita un profundo sentido de temor reverencial. Es como si uno hojeara rápidamente imágenes de la historia de la creación narrada en el Génesis: la luz y las tinieblas, el sol y la luna, las aguas, la tierra y las criaturas vivientes. Todo eso es «bueno» a los ojos de Dios (cf. Gn 1, 1-2. 2,4). Inmersos en tanta belleza, ¿cómo no hacerse eco de las palabras del Salmista que alaba al Creador: «!Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2)? o El descubrimiento del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (En el muelle de Barangaroo (Sydney) el 17 julio 2008) Pero hay más, algo difícil de ver desde lo alto de los cielos: hombres y mujeres creados nada menos que a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). En el centro de la maravilla de la creación estamos nosotros, vosotros y yo, la familia humana «coronada de gloria y majestad» (cf. Sal 8,6). ¡Qué asombroso! Con el Salmista, susurramos: «Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (cf. Sal 8,5). Nosotros, sumidos en el silencio, en un espíritu de gratitud, en el poder de la santidad, reflexionamos. Las heridas que marcan la tierra Y ¿qué descubrimos? Quizás con reluctancia llegamos a admitir que también hay heridas que marcan la superficie de la tierra: la erosión, la deforestación, el derroche de los recursos minerales y marinos para alimentar un consumismo insaciable. Algunos de vosotros provienen de islas-estado, cuya existencia misma está amenazada por el aumento del nivel de las aguas; otros de naciones que sufren los efectos de sequías desoladoras. La maravillosa creación de Dios es percibida a veces como algo casi hostil por parte de sus custodios, incluso como algo peligroso. ¿Cómo es posible que lo que es «bueno» pueda aparecer amenazador? Las heridas y cicatrices en la humanidad, junto con los logros del ingenio humano Pero hay más aún. ¿Qué decir del hombre, de la cumbre de la creación de Dios? Vemos cada día los logros del ingenio humano. La cualidad y la satisfacción de la vida de la gente crece constantemente de muchas maneras, tanto a causa del progreso de las ciencias médicas y de la aplicación hábil de la tecnología como de la creatividad plasmada en el arte. También entre vosotros hay una disponibilidad atenta para acoger las numerosas oportunidades que se os ofrecen. Algunos de vosotros destacan en los estudios, en el deporte, en la música, la danza o el teatro; otros tienen un 7 agudo sentido de la justicia social y de la ética, y muchos asumen compromisos de servicio y voluntariado. Todos nosotros, jóvenes y ancianos, tenemos momentos en los que la bondad innata de la persona humana -perceptible tal vez en el gesto de un niño pequeño o en la disponibilidad de un adulto para perdonar- nos llena de profunda alegría y gratitud. Abuso del alcohol y de drogas; violencia y degradación sexual Sin embargo, estos momentos no duran mucho. Por eso, hemos de reflexionar algo más. Y así descubrimos que no sólo el entorno natural, sino también el social -el hábitat que nos creamos nosotros mismos- tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no está en su sitio. También en nuestra vida personal y en nuestras comunidades podemos encontrar hostilidades a veces peligrosas; un veneno que amenaza corroer lo que es bueno, modificar lo que somos y desviar el objetivo para el que hemos sido creados. Los ejemplos abundan, como bien sabéis. Entre los más evidentes están el abuso de alcohol y de drogas, la exaltación de la violencia y la degradación sexual, presentados a menudo en la televisión e internet como una diversión. Me pregunto cómo uno que estuviera cara a cara con personas que están sufriendo realmente violencia y explotación sexual podría explicar que estas tragedias, representadas de manera virtual, han de considerarse simplemente como «diversión». Libertad y tolerancia separadas de la verdad; confusión moral e intelectual; pérdida de la autoestima y desesperación. Hay también algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia están frecuentemente separadas de la verdad. Esto está fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestras vidas. El relativismo, dando en la práctica valor a todo, indiscriminadamente, ha hecho que la «experiencia» sea lo más importante de todo. En realidad, las experiencias, separadas de cualquier consideración sobre lo que es bueno o verdadero, pueden llevar, no a una auténtica libertad, sino a una confusión moral o intelectual, a un debilitamiento de los principios, a la pérdida de la autoestima, e incluso a la desesperación. La vida no está gobernada por el azar; el ejercicio de la libertad; no dejarse engañar. Queridos amigos, la vida no está gobernada por el azar, no es casual. Vuestra existencia personal ha sido querida por Dios, bendecida por él y con un objetivo que se le ha dado (cf. Gn 1,28). La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias, por útiles que pudieran ser. Es una búsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegría. No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad. www.parroquiasantamonica.com

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