sábado, 6 de mayo de 2017

Cuarto Domingo de Pascua (Monseñor Agrelo. Arzobispo de Tanger)

El Señor es mi pastor:

Para acercaros al misterio de este domingo, el domingo de Cristo buen pastor, os pido que lo consideréis primero desde vosotros mismos, y después desde Jesús.  Desde la Iglesia, desde nuestra experiencia de salvación, hemos cantado a Dios, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”; y después, como asamblea pascual, hemos cantado nuestro Aleluya, recordando la palabra del Mesías Jesús, que nos decía: “Yo soy el buen pastor”.
Intentaré expresar algo de lo que yo siento cuando, unidos en una sola voz, decimos: “El Señor es mi pastor”.
Se lo he susurrado a mi propio corazón, se lo he gritado a la creación entera, lo he derramado como un perfume delante de mi Dios: “El Señor es mi pastor”. Las palabras de mi canto son verdaderas si las digo desde mí mismo, pues en verdad “nada me falta”; y su verdad se manifiesta con mayor claridad si las canto contigo, Iglesia santa; y esa claridad me deslumbra si digo con Cristo resucitado: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. He oído resonar el eco de las palabras de este salmo en el corazón del hermano Francisco de Asís: “Mi Dios, mi todo”; y en el corazón de Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”. Con el Salmista, con Cristo resucitado, con el hermano Francisco y la hermana Teresa,  con todos los creyentes de todos los tiempos, también nosotros vamos diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.
¿Por qué digo: “nada me falta”? Si lo digo con el Salmista, hago mías sus palabras: “El Señor me hace recostar en verdes praderas… me conduce hacia fuentes tranquilas… repara mis fuerzas… me guía por el sendero justo”. Si lo digo con Cristo resucitado, entonces, contemplando el misterio pascual, reconozco las “verdes praderas” de la vida que no tiene fin, las “fuentes tranquilas” de la dicha eterna; en verdad, el Señor Dios ha reparado las fuerzas de su siervo Jesús, en verdad lo ha conducido por el sedero de la perfecta justicia.
En realidad, con el Salmista y con Jesús y con toda la Iglesia de Dios voy diciendo, “nada me falta”, sencillamente “porque tú, mi Señor, mi Pastor, vas conmigo”, porque “tu vara y tu cayado me sosiegan”, porque tú eres “todo bien, sumo bien, total bien”, porque no sólo has preparado una mesa ante mí, sino porque tú has querido ser anfitrión y alimento, porque me has ungido con el perfume de tu Espíritu Santo y en tu casa mi copa rebosa de gracia y santidad.
Hoy, sin embargo, no sólo hemos cantado, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. También hemos alabado a Dios con el cántico nuevo del tiempo pascual, recordando que Cristo dijo: “Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y las mías me conocen”.
Los discípulos se lo habían oído decir a Jesús; nosotros se lo oímos hoy al Señor resucitado. No sé lo que ellos entendieron entonces; os diré algo de lo que nosotros podemos entender ahora. Si miráis al buen pastor, veréis al que conoce vuestro nombre porque él os lo ha dado, un nombre bellísimo porque el pastor lo ha hecho verdadero, un nombre que encierra muchos nombres: perdonado, agraciado, justificado, reconciliado, hijo, heredero, pacificado, amado, glorificado… un nombre que todos los encierra y que todos los refiere de manera única y personal a cada uno de nosotros; si miráis al buen pastor, veréis al que ha dado su vida para que tengáis vida, veréis al que ha sido herido para curar vuestras heridas, veréis al que ha sido entregado para que fueseis rescatados; si miráis al buen pastor, veréis al que os apacienta con su amor, al que os nutre con su cuerpo y con su sangre, al que va delante de vosotros hacia la tierra de la vida. Vosotros sabéis de dónde ha venido para buscar su oveja perdida, sabéis de qué abismo os ha rescatado, sabéis cómo os ha llevado sobre sus hombros y cómo abrió para vosotros de nuevo las puertas del paraíso.
Pero aún os he de decir algo más: lo que sabéis del buen pastor de vuestras almas, no lo sabéis de oídas, sino que lo habéis experimentado cada día de vuestra vida, y lo experimentáis ahora en el sacramento que celebráis: reconoce, Iglesia santa, la voz de Cristo que te guía, recibe el pan de la vida que te ofrece, goza con el Espíritu que él solo puede darte, deja que corra por tu frente el ungüento de su alegría, abre las puertas de tu vida a la abundancia de su paz. ¡Déjale ser tu pastor, pues sólo quiere conducirte a la vida! ¡Recibe al que te ama! ¡Ama al que, por recibirte, ha dado la propia vida! Búscalo, para amarlo; ámalo, donde lo encuentres. Verás que está siempre muy cerca de ti.
Feliz domingo.


viernes, 5 de mayo de 2017

4º Pascua Ciclo A 7 de mayo 2017, domingo del Buen Pastor.




Domingo 4º de Pascua, ciclo A (2017). Este domingo es llamado el «domingo del buen pastor». Jesús se aplicó a sí mismo esta imagen. Él dijo también: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Esa  vida en abundancia es la participación en la misma vida divina. Se trata de la vida «según el Espíritu Santo», que se opone a la «vida según  la carne», es decir, a la vida según la precariedad y debilidad de la condición humana. Jesús, palabra de Dios hecha carne, es el pastor y el alimento, el verdadero «pasto»: nos da la vida entregándose a sí mismo. Es el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. Manifestaciones de amor a la vida.  Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. La vida se encuentra y madura cuando se entrega a los demás.


v     Cfr. 4º Pascua Ciclo A 7 de  mayo 2017, domingo del Buen Pastor.

Hechos 2, 14a. 36-41;  Salmo 22; 1 Pedro 2, 20b-25; Juan 10, 1-10

Juan 10, 1-10: 1. « En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; 2  pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. 3. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera.  4 . Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. 5 . Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. » 6. Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. 7. Entonces Jesús les dijo de nuevo: « En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.8. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. 9. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. 10. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
Salmo responsorial, 22,1-3a.3b-4.5.6: El Señor es mi pastornada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.  ///  Me guía por el sendero justo; por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo tu vara y tu cayado me sosiegan. ///  Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. /// Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.
Hechos 2, 14a.36-41: 14 Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra: 36 sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis. 37 Al oír esto se dolieron de corazón y les dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos. 38 Pedro les dijo: convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. 39 Porque la promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que estén lejos, para todos los que quieran llamar el Señor Dios nuestro. 40 Con otras muchas palabras dio testimonio y les exhortaba diciendo: Salvaos de esta generación perversa. 41 Ellos aceptaron su palabra y fueron bautizados; y aquel día se les unieron unas tres mil almas.
Yo soy el buen Pastor - dice el Señor -, conozco a mis ovejas,
y las mías me conocen
(Aleluya antes del Evangelio: Juan 10 ,14)
“Yo – dijo el Señor Jesús – he venido para que tengan vida
y la tengan en abundancia” .
(Juan 10,10)
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea,
sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona,
que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

1. El Señor es mi pastor, nada me falta.

    Del Salmo responsorial (Salmo 22).
·         Este domingo es llamado “domingo del buen pastor”;  Jesús se aplica a sí mismo esta imagen (vid.
Juan 10, 11: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”), apreciada por la tradición cristiana. Cristo, muriendo en la cruz, da la vida por sus ovejas. Hay una profunda comunión entre el buen pastor y el rebaño: Jesús, escribe el evangelista, “llama a sus ovejas por su nombre …  y las ovejas atienden su voz … y le siguen porque conocen su voz ” (…) (Juan 10, 3-4). Él las cuida y ellas confían en él, y le siguen fielmente. Jesús afirma expresamente, “he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Juan 10,10); hay un vínculo entre Cristo y su rebaño cuyo fundamento, son el conocimiento y el amor recíprocos  que llevan a la nueva vida que nos da el Señor.  
·         Con lenguaje propio de los salmos, se dice en el Salmo Responsorial de hoy (salmo 22): El Señor
es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo …  Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

2. El buen pastor da la vida. ¿De qué vida se trata?


v     A. Es la participación en la misma vida divina, en la vida de Jesús

·         Juan Pablo II, 16-12-1998: “Esta «vida eterna» no es más que la participación de los creyentes en
la misma vida de Jesús resucitado y consiste en ser insertados en la circulación de amor que une al Padre y al Hijo que son uno (Juan 10, 30; 17, 21-22)”.
·         Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, IV domenica di Pascua: “En el lenguaje de
Juan «vida eterna» no alude tanto a una infinita prolongación de los años, a una inmortalidad del alma como era enseñado por los Griegos; en cambio, es la misma vida divina, y la comunión de vida, de paz, de ser con Dios mismo”.

·         En el Catecismo de la Iglesia Católica se dice:  
-          que “la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida  divina” (n.
       541); que todos los hombres estamos llamados “a la unión con Cristo” (n. 542);
-     que “llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios” (n.
       2046), “aunque esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino que, fieles a su Maestro,
       las cumplan con rectitud, paciencia y amor” (ibídem);
-     que “para entrar en el Reino de Dios es necesario acoger la palabra de Jesús” (nn. 543 y 764);
-     que “convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida” (n.
       1470);
-      que “es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús” y “hacerse
       discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en
       conformidad con su manera de vivir” (n. 2232);
-     que “los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las
       realidades temporales y ordenándolas según Dios….”(n. 898).  

v     B. Se trata de la vida «según el Espíritu Santo», que se opone a la «vida según  la carne», es decir, a la vida según la precariedad y debilidad de la condición humana [1]. Es el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cfr. Romanos 5,5).

·         Biblia de Jerusalén [Romanos 5,5]: “El Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1,13; Gálatas
3,14; Hechos 2,33+) que caracteriza la nueva alianza (Romanos 2,29; 7,6; 2 Corintios 3,6; ver Gálatas 3,3; 4,29; Ezequiel 36,27 +), (…)
-          es sobre todo un principio interior de vida nueva que Dios da (1 Tesalonicenses 4,8, etc.
       ver: Lucas 11,13; Juan 3,34; 14, 16 ss; Hechos 1,5; 2,38; etc.;  1 Juan 3,24),
-          que envía (Gálatas 4,6; ver Lucas 24,49; Juan 14,26; 1 Pedro 1,12);  
-          que suministra (Gálatas 3,5; Filipenses 1,19),
-          que derrama (Romanos aquí; Tt 3, 5ss; ver Hechos 2,33+). Recibido por la fe  (Gálatas 3, 2.14; ver Juan 7, 38s; Hechos  11,17), y el bautismo (1 Corintios 6,11; Tito 3,5; ver Juan 3,5; Hechos 2,38; 19, 2-6),
-          que habita en el cristiano (Romanos 8,9; 1 Corintios 3,16; 2 Timoteo 1,14; ver Santiago 4,5), en su espíritu (Romanos 8,16; ver Rm 1,9+) y aún en su cuerpo (1 Corintios 6,19).
-          Este Espíritu, que es el Espíritu de Cristo (Romanos 8,9; Filipenses 1,19;  Gálatas 4,6; ver 2
Corintios 3,17; Hechos 16,7; Juan 14,26; 15, 26; 16, 7.14), hace hijo de Dios al cristiano (Romanos 8, 14-16; Gálatas 4, 6s), y hace habitar a Cristo en su corazón (Efesios 3,16).
-          Es para el cristiano (como para el mismo Cristo Romanos 1,4+) principio de resurrección
(Romanos 8,11+), por un don escatológico que desde ahora le marca como con sello (2 Corintios 1,22; Efesios 1,13; 4,30), y se encuentra en él a título de arras (2 Corintios 1,22; Efesios 1,13; 4,30), y de primicias (Romanos 8,23.
-          Sustituyendo el principio malo de la carne (Romanos 7,5+), se hace en el hombre principio de
fe (1 Corintios 12,3; 2 Corintios 4,13; ver 1 Juan 4 2s), de conocimiento sobrenatural (1 Corintios 2, 10-16; 7,40; 12,8s; 14,2 ss;  Efesios 1,17; 3, 16.18; Col 1,9; ver Juan 14, 26+), de amor (Romanos 5,5; 15,30; Col 1,8), de santificación (Romanos 15,16; 1 Corintios 6,11; 2 Tesaloncenses 2,13; ver 1 Pedro 1,2), de conducta moral (Romanos 8, 4-9.13; Gálatas 5, 16-25), de intrepidez apostólica (Filipenses 1,19; 2 Timoteo 1,7s; ver Hechos 1,8+), de esperanza (Romanos 15,13; Gálatas 5,5; Efesios 4,4), y de oración (Romanos 8, 26s; ver Santiago 4, 3-5; Judas 20).
-          No hay que extinguirlo (1 Tesalonicenses  5,19), ni contristarlo (Efesios 4,30). Uniéndonos con
Cristo (1 Corintios  6,17), realiza la unidad de su Cuerpo (1 Corintios 12,13e; Efesios 2,16.18; 4,4).

o     Es la vida eterna que da Jesús

·         Apocalipsis  7,17: “El Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los
manantiales de las aguas de la vida”.
·         La vida eterna, la da Jesús (Jn 3, 16.36; 5,40; Jn 6, 33.35.48.51; 14,6; 20,31) y con magnificencia
(Apocalipsis 7,17; Mateo 25,29; Lucas 6,38).

v     C. Benedicto XVI dice:


o     Estamos en la vida si estamos en relación con Aquel que no muere.

·         Encíclica Spe salvi, 27: Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos
la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. JN 10,10), nos explicó también qué significa « vida »: « Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo » (JN 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces « vivimos ».

o     ¿Cómo lo podemos entender? Nuestra asociación a una nueva dimensión de la vida. «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí». Nuestro yo ha sido transformado.

·         Homilía de la Vigilia Pascual de 2006: ¿Cómo lo podemos entender? Pienso que lo que ocurre
en el Bautismo se puede aclarar más fácilmente para nosotros si nos fijamos en la parte final de la pequeña autobiografía espiritual que san Pablo nos ha dejado en su Carta a los Gálatas. Concluye con las palabras que contienen también el núcleo de dicha biografía: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (2, 20).
Vivo, pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre --de este hombre, Pablo-- ha cambiado. (…) Esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el Bautismo. Se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia. (...) 

v     D. ¿Dónde encontramos la  vida? [2]

o     ¿Es cuando vivimos como el hijo pródigo, derrochando toda la dote de Dios? ¿Cuando vivimos como el ladrón y el salteador, tomando todo para nosotros?

·         Jesús de Nazaret, pp. 326-328: El verdadero pastor no quita la vida, sino que la da: «Yo he
venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (10, 10).
Esta es la gran promesa de Jesús: dar vida en abundancia. Todo hombre desea la vida en abundancia. Pero, ¿qué es, en qué consiste la vida? ¿Dónde la encontramos? ¿Cuándo y cómo tenemos «vida en abundancia»? ¿Es cuando vivimos como el hijo pródigo, derrochando toda la dote de Dios? ¿Cuando vivimos como el ladrón y el salteador, tomando todo para nosotros? Jesús promete que mostrará a las ovejas los «pastos», aquello de lo que viven, que las conducirá realmente a las fuentes de la vida. Podemos escuchar aquí como un eco las palabras del Salmo 22/23: «En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas... preparas una mesa ante mí... tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida...» (2.5s). Resuenan más directas las palabras del pastor en Ezequiel: «Las apacentaré en pastizales escogidos, tendrán su dehesa en lo alto de los montes de Israel...» (34, 14).

o     ¿De qué vive el hombre? Del alimento que da la vida, que es la palabra de Dios.

Ahora bien, ¿qué significa todo esto? Ya sabemos de qué viven las ovejas, pero, ¿de qué vive el hombre? Los Padres han visto en los montes altos de Israel y en los pastizales de sus camperas, donde hay sombra y agua, una imagen de las alturas de la Sagrada Escritura, del alimento que da la vida, que es la palabra de Dios. Y aunque éste no sea el sentido histórico del texto, en el fondo lo han visto adecuadamente y, sobre todo, han entendido correctamente a Jesús. El hombre vive de la verdad y de ser amado, de ser amado por la Verdad. Necesita a Dios, al Dios que se le acerca y que le muestra el sentido de su vida, indicándole así el camino de la vida. Ciertamente, el hombre necesita pan, necesita el alimento del cuerpo, pero en lo más profundo necesita sobre todo la Palabra, el Amor, a Dios mismo. Quien le da todo esto, le da «vida en abundancia». Y así libera también las fuerzas mediante las cuales el hombre puede plasmar sensatamente la tierra, encontrando para sí y para los demás los bienes que sólo podemos tener en la reciprocidad.
§         Jesús, palabra de Dios hecha carne, es el pastor y el alimento, el verdadero «pasto»: nos da la vida entregándose a sí mismo.
En este sentido, hay una relación interna entre el sermón sobre el pan del capítulo 6 y el del pastor: siempre se trata de aquello de lo que vive el hombre. Filón, el gran filósofo judío contemporáneo de Jesús, dijo que Dios, el verdadero pastor de su pueblo, había establecido como pastor a su «hijo primogénito», al Logos (Barrett,p. 374). (…) Jesús, como palabra de Dios hecha carne, no es sólo el pastor, sino también el alimento, el verdadero «pasto»; nos da la vida entregándose a sí mismo, a El, que es la Vida (cf. 1, 4; 3, 36; 11,25).

v     E. Francisco, algunas afirmaciones sobre la vida:


o     La vida se encuentra y madura cuando se entrega a los demás.

-          Evangelii gaudium, n. 10: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la
comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás». (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida, 360) Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». (ibid)

o     La Eucaristía y la vida

-          Evangelii gaudium, n. 47: La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no
es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. [3]

o     Manifestaciones de cristianos que dan la vida por amor.

-          Papa Francisco, Evangelii gaudium, n. 76: (…) Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los
pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más.

o     Nadie  puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social.

§         Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra.
-          Papa Francisco, Evangelii gaudium, n. 183:  Nadie  puede exigirnos que releguemos la religión
a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia». (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28) Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. (…)

o     Los cristianos no se dejarán devorar por un estilo de vida individualista

-          Evangelii gaudium, n. 195: Cuando san Pablo se acercó a los Apóstoles de Jerusalén para
discernir «si corría o había corrido en vano» (Gálatas 2,2), el criterio clave de autenticidad que le indicaron fue que no se olvidara de los pobres (cf. Gálatas 2,10). Este gran criterio, para que las comunidades paulinas no se dejaran devorar por el estilo de vida individualista de los paganos, tiene una gran actualidad en el contexto presente, donde tiende a desarrollarse un nuevo paganismo individualista. La belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha.

o     Queremos cuidar con predilección los niños por nacer.

§         La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana.
-  Evangelii gaudium, n. 213: Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, «toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre». (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 37)
§         Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones». No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana.
También es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias.
-          Ibidem, n. 214. Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna de nuestro
 mensaje sobre el valor de la persona humana, no debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto. Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones». No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana. Pero también es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?



Vida Cristiana




[1] Uso bíblico: Lo que hay de perecedera debilidad en la condición humana.. [Romanos 6,19; 2 Corintios 7,5; 12,7; Gálatas 4, 13ss; ver Mateo 26, 41 ss] y para designar al hombre en su pequeñez ante Dios. [Romanos 3,20 y Gálatas 1,16; 1 Corintios 1, 29; ver  Mateo 24,22p; Lucas 3,6; Juan 17,2; Hechos 2,17; 1 Pedro 1, 24]

[2] Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 1, Capítulo 8, Las grandes imágenes del Evangelio de Juan, el pastor, pp. 320-335
[3] Cf. San Ambrosio, De Sacramentis, IV, 6, 28: PL 16, 464: «Tengo que recibirle siempre, para que siempre perdone mis pecados. Si peco continuamente, he de tener siempre un remedio»; ibíd., IV, 5, 24: PL 16, 463: «El que comió el maná murió; el que coma de este cuerpo obtendrá el perdón de sus pecados»; San Cirilo de Alejandría, In Joh. Evang. IV, 2: PG 73, 584-585: «Me he examinado y me he reconocido indigno. A los que así hablan les digo: ¿y cuándo seréis dignos? ¿Cuándo os presentaréis entonces ante Cristo? Y si vuestros pecados os impiden acercaros y si nunca vais a dejar de caer –¿quién conoce sus delitos?, dice el salmo–, ¿os quedaréis sin participar de la santificación que vivifica para la eternidad?».

jueves, 4 de mayo de 2017

Benedicto XVI, Homilía “Eucaristía para la vida cotidiana”, Ancona 11 de septiembre de 2011 24 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A Clausura del XXVV Congreso Eucarístico Nacional Italiano



1 La Eucaristía sostiene y transforma toda la vida cotidiana, nos arranca de nuestro individualismo. (2011). Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma lógica de amor y de donación del sacrificio de la cruz. Lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas. No hay nada auténticamente humano que no encuentre en la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Benedicto XVI, Homilía “Eucaristía para la vida cotidiana”, Ancona 11 de septiembre de 2011 24 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A Clausura del XXVV Congreso Eucarístico Nacional Italiano Queridísimos hermanos y hermanas: Hace seis años, el primer viaje apostólico en Italia de mi pontificado me llevó a Bari, con ocasión del 24° Congreso eucarístico nacional. Hoy he venido a clausurar solemnemente el 25°, aquí en Ancona. Doy gracias al Señor por estos intensos momentos eclesiales que refuerzan nuestro amor a la Eucaristía y nos ven reunidos en torno a la Eucaristía. Bari y Ancona, dos ciudades que se asoman al mar Adriático; dos ciudades ricas de historia y de vida cristiana; dos ciudades abiertas a Oriente, a su cultura y su espiritualidad; dos ciudades que los temas de los Congresos eucarísticos han contribuido a acercar: en Bari hemos hecho memoria de cómo «sin el Domingo no podemos vivir»; hoy, nuestro reencuentro se caracteriza por la «Eucaristía para la vida cotidiana». Antes de ofreceros alguna reflexión, quiero agradecer vuestra coral participación: en vosotros abrazo espiritualmente a toda la Iglesia que está en Italia. Dirijo un saludo agradecido al presidente de la Conferencia episcopal, cardenal Angelo Bagnasco, por las cordiales palabras que me ha dirigido también en nombre de todos vosotros; a mi legado para este Congreso, cardenal Giovanni Battista Re; al arzobispo de Ancona-Ósimo, monseñor Edoardo Menichelli, a los obispos de la provincia eclesiástica de Las Marcas y a los que han acudido numerosos de cada parte del país. Junto con ellos, saludo a los sacerdotes, los diáconos, los consagrados y las consagradas, y a los fieles laicos, entre los cuales veo muchas familias y muchos jóvenes. Mi agradecimiento va también a las autoridades civiles y militares y a cuantos, de diversas maneras, han contribuido al buen éxito de este acontecimiento. o «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» (Jn 6, 60). «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» (Jn 6, 60). Ante el discurso de Jesús sobre el pan de vida, en la Sinagoga de Cafarnaún, la reacción de los discípulos, muchos de los cuales abandonaron a Jesús, no está muy lejos de nuestras resistencias ante el don total que él hace de sí. Porque acoger verdaderamente este don quiere decir perderse a sí mismo, dejarse fascinar y transformar, hasta vivir de él, como nos ha recordado el apóstol san Pablo en la segunda lectura: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor» (Rm 14, 8). Es duro porque con frecuencia confundimos la libertad con la ausencia de vínculos, con la convicción de poder actuar por nuestra cuenta, sin Dios, a quien se ve como un límite para la libertad. «Este modo de hablar es duro»; es duro porque con frecuencia confundimos la libertad con la ausencia de vínculos, con la convicción de poder actuar por nuestra cuenta, sin Dios, a quien se ve como un límite para la libertad. Y esto es una ilusión que no tarda en convertirse en desilusión, generando inquietud y miedo, y llevando, paradójicamente, a añorar las cadenas del pasado: «Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto», decían los israelitas en el desierto (Ex 16, 3), como hemos escuchado. En realidad, sólo en la apertura a Dios, en la acogida de su don, 2 llegamos a ser verdaderamente libres, libres de la esclavitud del pecado que desfigura el rostro del hombre, y capaces de servir al verdadero bien de los hermanos. Es duro porque el hombre cae con frecuencia en la ilusión de poder «transformar las piedras en pan». «Este modo de hablar es duro»; es duro porque el hombre cae con frecuencia en la ilusión de poder «transformar las piedras en pan». Después de haber dejado a un lado a Dios, o haberlo tolerado como una elección privada que no debe interferir con la vida pública, ciertas ideologías han buscado organizar la sociedad con la fuerza del poder y de la economía. La historia nos demuestra, dramáticamente, cómo el objetivo de asegurar a todos desarrollo, bienestar material y paz prescindiendo de Dios y de su revelación concluyó dando a los hombres piedras en lugar de pan. El pan, queridos hermanos y hermanas, es «fruto del trabajo del hombre», y en esta verdad se encierra toda la responsabilidad confiada a nuestras manos y nuestro ingenio; pero el pan es también, y ante todo, «fruto de la tierra», que recibe de lo alto sol y lluvia: es don que se ha de pedir, quitándonos toda soberbia y nos hace invocar con la confianza de los humildes: «Padre (...), danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6, 11). El hombre es incapaz de darse la vida a sí mismo, él se comprende sólo a partir de Dios: es la relación con él lo que da consistencia a nuestra humanidad y lo que hace buena y justa nuestra vida. El hombre es incapaz de darse la vida a sí mismo, él se comprende sólo a partir de Dios: es la relación con él lo que da consistencia a nuestra humanidad y lo que hace buena y justa nuestra vida. En el Padrenuestro pedimos que sea santificado su nombre, que venga su reino, que se cumpla su voluntad. Es ante todo el primado de Dios lo que debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida, porque es este primado lo que nos permite reencontrar la verdad de lo que somos; y en el conocimiento y seguimiento de la voluntad de Dios donde encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia. o Hemos de partir de la Eucaristía como de la fuente para recuperar y reafirmar el primado de Dios. Dios se hace tan cercano que se convierte en nuestro alimento, aquí él se hace fuerza en el camino con frecuencia difícil, aquí se hace presencia amiga que transforma. Dios se dona a nosotros para abrir nuestra existencia a él. ¿De dónde partir, como de la fuente, para recuperar y reafirmar el primado de Dios? De la Eucaristía: aquí Dios se hace tan cercano que se convierte en nuestro alimento, aquí él se hace fuerza en el camino con frecuencia difícil, aquí se hace presencia amiga que transforma. Ya la Ley dada por medio de Moisés se consideraba como «pan del cielo», gracias al cual Israel se convierte en el pueblo de Dios; pero en Jesús, la palabra última y definitiva de Dios, se hace carne, viene a nuestro encuentro como Persona. Él, Palabra eterna, es el verdadero maná, es el pan de la vida (cf. Jn 6, 32-35); y realizar las obras de Dios es creer en él (cf. Jn 6, 28-29). En la última Cena Jesús resume toda su existencia en un gesto que se inscribe en la gran bendición pascual a Dios, gesto que él, como hijo, vive en acción de gracias al Padre por su inmenso amor. Jesús parte el pan y lo comparte, pero con una profundidad nueva, porque él se dona a sí mismo. Toma el cáliz y lo comparte para que todos pueden beber de él, pero con este gesto él dona la «nueva alianza en su sangre», se dona a sí mismo. Jesús anticipa el acto de amor supremo, en obediencia a la voluntad del Padre: el sacrificio de la cruz. Se le quitará la vida en la cruz, pero él ya ahora la entrega por sí mismo. Así, la muerte de Cristo no se reduce a una ejecución violenta, sino que él la transforma en un libre acto de amor, en un acto de autodonación, que atraviesa victoriosamente la muerte misma y reafirma la bondad de la creación salida de las manos de Dios, humillada por el pecado y, al final, redimida. Este inmenso don es accesible a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía: Dios se dona a nosotros, para abrir nuestra existencia a él, para involucrarla en el misterio de amor de la cruz, 3 para hacerla partícipe del misterio eterno del cual provenimos y para anticipar la nueva condición de la vida plena en Dios, en cuya espera vivimos. o La comunión eucarística, queridos amigos, nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el espíritu de Cristo muerto y resucitado, nos conforma a él; nos une íntimamente a los hermanos en el misterio de comunión que es la Iglesia, donde el único Pan hace de muchos un solo cuerpo. La Eucaristía sostiene y transforma toda la vida cotidiana. ¿Pero qué comporta para nuestra vida cotidiana este partir de la Eucaristía a fin de reafirmar el primado de Dios? La comunión eucarística, queridos amigos, nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el espíritu de Cristo muerto y resucitado, nos conforma a él; nos une íntimamente a los hermanos en el misterio de comunión que es la Iglesia, donde el único Pan hace de muchos un solo cuerpo (cf. 1 Co 10, 17), realizando la oración de la comunidad cristiana de los orígenes que nos presenta el libro de la Didaché: «Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino» (ix, 4). La Eucaristía sostiene y transforma toda la vida cotidiana. Como recordé en mi primera encíclica, «en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros», por lo cual «una Eucaristía que no comporte un ejercicio concreto del amor es fragmentaria en sí misma» (Deus caritas est, 14). La historia bimilenaria de la Iglesia está constelada de santos y santas, cuya existencia es signo elocuente de cómo precisamente desde la comunión con el Señor, desde la Eucaristía nace una nueva e intensa asunción de responsabilidades a todos los niveles de la vida comunitaria. Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma lógica de amor y de donación del sacrificio de la cruz. La historia bimilenaria de la Iglesia está constelada de santos y santas, cuya existencia es signo elocuente de cómo precisamente desde la comunión con el Señor, desde la Eucaristía nace una nueva e intensa asunción de responsabilidades a todos los niveles de la vida comunitaria; nace, por lo tanto, un desarrollo social positivo, que sitúa en el centro a la persona, especialmente a la persona pobre, enferma o necesitada. Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma lógica de amor y de donación del sacrificio de la cruz. Quien sabe arrodillarse ante la Eucaristía, quien recibe el cuerpo del Señor no puede no estar atento, en el entramado ordinario de los días, a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse en primera persona hacia el necesitado, sabe partir el propio pan con el hambriento, compartir el agua con el sediento, vestir a quien está desnudo, visitar al enfermo y al preso (cf. Mt 25, 34-36). En cada persona sabrá ver al mismo Señor que no ha dudado en darse a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación. Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas. Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas 4 de aquellas desintegradas. Una espiritualidad eucarística es el alma de una comunidad eclesial que supera divisiones y contraposiciones y valora la diversidad de carismas y ministerios poniéndolos al servicio de la unidad de la Iglesia, de su vitalidad y de su misión. Una espiritualidad eucarística es el camino para restituir dignidad a las jornadas del hombre y, por lo tanto, a su trabajo, en la búsqueda de conciliación de los tiempos dedicados a la fiesta y a la familia y en el compromiso por superar la incertidumbre de la precariedad y el problema del paro. Una espiritualidad eucarística nos ayudará también a acercarnos a las diversas formas de fragilidad humana, conscientes de que ello no ofusca el valor de la persona, pero requiere cercanía, acogida y ayuda. Del Pan de la vida sacará vigor una renovada capacidad educativa, atenta a testimoniar los valores fundamentales de la existencia, del saber, del patrimonio espiritual y cultural; su vitalidad nos hará habitar en la ciudad de los hombres con la disponibilidad a entregarnos en el horizonte del bien común para la construcción de una sociedad más equitativa y fraterna. No hay nada auténticamente humano que no encuentre en la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud: que la vida cotidiana se convierta en lugar de culto espiritual, para vivir en todas las circunstancias el primado de Dios, en relación con Cristo y como donación al Padre. Queridos amigos, volvamos de esta tierra de Las Marcas con la fuerza de la Eucaristía en una constante ósmosis entre el misterio que celebramos y los ámbitos de nuestra vida cotidiana. No hay nada auténticamente humano que no encuentre en la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud: que la vida cotidiana se convierta en lugar de culto espiritual, para vivir en todas las circunstancias el primado de Dios, en relación con Cristo y como donación al Padre (cf. Exhort. ap. postsin. Sacramentum caritatis, 71). Sí, «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4): nosotros vivimos de la obediencia a esta palabra, que es pan vivo, hasta entregarnos, como Pedro, con la inteligencia del amor: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69). Como la Virgen María, seamos también nosotros «regazo» disponible que done a Jesús al hombre de nuestro tiempo, despertando el deseo profundo de aquella salvación que sólo viene de él. Buen camino, con Cristo Pan de vida, a toda la Iglesia que está en Italia. Amén. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

El domingo y la Misa. Sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Homilía de Benedicto XVI al clausurar el Congreso Eucarístico Nacional Italiano - el domingo, 29 mayo 2005.


1 El domingo y la Misa. Sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Homilía de Benedicto XVI al clausurar el Congreso Eucarístico Nacional Italiano - el domingo, 29 mayo 2005. (…) Sin el domingo no podemos vivir: el domingo y la Eucaristía. o Una experiencia de los mártires del año 304 Este Congreso eucarístico, que hoy se concluye, ha querido volver a presentar el domingo como "Pascua semanal", expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión. El tema elegido, "Sin el domingo no podemos vivir", nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus"; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado. o Por qué es válida esa experiencia para los cristianos del siglo XXI: necesitamos también ese pan. Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI. Ni siquiera para nosotros es fácil vivir como cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que aquel "inmenso y terrible" (Dt 8, 15) del que nos ha hablado la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio. En ese desierto, Dios acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle comprender que "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3). En el evangelio de hoy, Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo. El precepto cristiano no es un deber impuesto desde fuera. Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Por lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo. El Señor no nos deja solos pero en el fondo queremos que esté más bien lejos de nosotros. El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa? Pero hemos escuchado que, ante aquel primer anuncio, la gente, en vez de alegrarse, comenzó a discutir y a protestar: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?" (Jn 6, 52). En realidad, esta actitud se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia. Se podría decir que, en el fondo, la gente no quiere tener a Dios tan cerca, tan a la mano, tan partícipe en sus acontecimientos. La gente quiere que [Dios] sea grande y, en definitiva, también nosotros queremos que esté más bien lejos de nosotros. Entonces, se plantean cuestiones que quieren demostrar, al final, que esa cercanía sería imposible. Pero son muy claras las palabras que Cristo pronunció en esa circunstancia: "Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros" (Jn 6, 53). Realmente, tenemos necesidad de un Dios cercano. Ante el murmullo de protesta, Jesús habría podido conformarse con palabras tranquilizadoras. Habría podido decir: "Amigos, no os preocupéis. He hablado de carne, pero sólo se trata de un símbolo. Lo que quiero decir es que se 2 trata sólo de una profunda comunión de sentimientos". Pero no, Jesús no recurrió a esa dulcificación. Mantuvo firme su afirmación, todo su realismo, a pesar de la defección de muchos de sus discípulos (cf. Jn 6, 66). Más aún, se mostró dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos Apóstoles, con tal de no cambiar para nada lo concreto de su discurso: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67), preguntó. Gracias a Dios, Pedro dio una respuesta que también nosotros, hoy, con plena conciencia, hacemos nuestra: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Tenemos necesidad de un Dios cercano, de un Dios que se pone en nuestras manos y que nos ama. En la Eucaristía Cristo nos hace salir de nosotros mismo para hacernos uno con él e insertarnos en la comunión con los demás. En la Eucaristía, Cristo está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con él. De este modo, nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor siempre es también comunión con las hermanas y los hermanos. Y vemos la belleza de esta comunión que nos da la santa Eucaristía. Aquí tocamos una dimensión ulterior de la Eucaristía, a la que también quisiera referirme antes de concluir. El Cristo que encontramos en el Sacramento es el mismo aquí, en Bari, y en Roma; en Europa y en América, en África, en Asia y en Oceanía. El único y el mismo Cristo está presente en el pan eucarístico de todos los lugares de la tierra. Esto significa que sólo podemos encontrarlo junto con todos los demás. Sólo podemos recibirlo en la unidad. ¿No es esto lo que nos ha dicho el apóstol san Pablo en la lectura que acabamos de escuchar? Escribiendo a los Corintios, afirma: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Co 10, 17). No podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos presentaros ante él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. La Eucaristía es sacramento de unidad. La consecuencia es clara: no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos presentaros ante él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias. La Eucaristía -repitámoslo- es sacramento de la unidad. Pero, por desgracia, los cristianos están divididos, precisamente en el sacramento de la unidad. Por eso, sostenidos por la Eucaristía, debemos sentirnos estimulados a tender con todas nuestras fuerzas a la unidad plena que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo. Precisamente aquí, en Bari, feliz Bari, ciudad que custodia los restos de san Nicolás, tierra de encuentro y de diálogo con los hermanos cristianos de Oriente, quisiera reafirmar mi voluntad de asumir el compromiso fundamental de trabajar con todas mis energías en favor del restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo. Soy consciente de que para eso no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Hacen falta gestos concretos que entren en los corazones y sacudan las conciencias, estimulando a cada uno a la conversión interior, que es el requisito de todo progreso en el camino del ecumenismo (cf. Mensaje a la Iglesia universal, en la capilla Sixtina, 20 de abril de 2005: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de abril de 2005, p. 6). Os pido a todos vosotros que emprendáis con decisión el camino del ecumenismo espiritual, que en la oración abre las puertas al Espíritu Santo, el único que puede crear la unidad. o Debemos redescubrir con orgullo el privilegio de participar en la Eucaristía, que es el sacramento del mundo renovado Queridos amigos que habéis venido a Bari desde diversas partes de Italia para celebrar este Congreso eucarístico, debemos redescubrir la alegría del domingo cristiano. Debemos redescubrir con orgullo el privilegio de participar en la Eucaristía, que es el sacramento del mundo renovado. La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la semana, que en la Escritura es el día de la creación del mundo. Precisamente por eso, la primitiva comunidad cristiana consideraba el domingo como el día en que había iniciado el mundo nuevo, el día en que, con la victoria de Cristo sobre la muerte, había iniciado la nueva creación. Al congregarse en torno a la mesa eucarística, la comunidad iba formándose como nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquía se refería a los cristianos como "aquellos que han llegado a la nueva esperanza", y los presentaba como personas "que viven según el domingo" ("iuxta dominicam viventes"). Desde esta perspectiva, el obispo antioqueno se preguntaba: "¿Cómo podríamos vivir sin él, a quien incluso los profetas esperaron?" (Ep. ad Magnesios, 9, 1-2). "¿Cómo podríamos vivir sin él?". En estas palabras de san Ignacio resuena la afirmación de los mártires de Abitina: "Sine dominico non possumus". Precisamente de aquí brota nuestra oración: que también nosotros, los cristianos de hoy, recobremos la conciencia de la importancia decisiva de la celebración dominical y tomemos de la participación en la Eucaristía el impulso necesario para un nuevo empeño en el anuncio de Cristo, "nuestra paz" (Ef 2, 14), al mundo. Amén. www.parroquiasantamonica.com

En la fiesta del Corpus Christi el pueblo de Dios se congrega en torno al tesoro más valioso que heredó de Cristo, el sacramento de su misma presencia, y lo alaba, lo canta, lo lleva en procesión por las calles de la ciudad. Juan Pablo II, homilía en la Solemnidad del Corpus Christi, 14 junio 2001



En la fiesta del Corpus Christi el pueblo de Dios se congrega en torno al tesoro más valioso que heredó de Cristo, el sacramento de su misma presencia, y lo alaba, lo canta, lo lleva en procesión por las calles de la ciudad. Juan Pablo II, homilía en la Solemnidad del Corpus Christi, 14 junio 2001 La Eucaristía: presencia (1) 1. "Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum: vere panis filiorum": "Este es el pan de los ángeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos" (Secuencia). Hoy la Iglesia muestra al mundo el Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo. E invita a adorarlo: Venite, adoremus, Venid, adoremos. La mirada de los creyentes se concentra en el Sacramento, donde Cristo se nos da totalmente a sí mismo: cuerpo, sangre, alma y divinidad. Por eso siempre ha sido considerado el más santo: el "santísimo Sacramento", memorial vivo del sacrificio redentor. En la solemnidad del Corpus Christi volvemos a aquel "jueves" que todos llamamos "santo", en el que el Redentor celebró su última Pascua con los discípulos: fue la última Cena, culminación de la cena pascual judía e inauguración del rito eucarístico. Por eso, la Iglesia, desde hace siglos, ha elegido un jueves para la solemnidad del Corpus Christi, fiesta de adoración, de contemplación y de exaltación. Fiesta en la que el pueblo de Dios se congrega en torno al tesoro más valioso que heredó de Cristo, el sacramento de su misma presencia, y lo alaba, lo canta, lo lleva en procesión por las calles de la ciudad. 2. "Lauda, Sion, Salvatorem!" (Secuencia). La nueva Sión, la Jerusalén espiritual, en la que se reúnen los hijos de Dios de todos los pueblos, lenguas y culturas, alaba al Salvador con himnos y cantos. En efecto, son inagotables el asombro y la gratitud por el don recibido. Este don "supera toda alabanza, no hay canto que sea digno de él" (ib.). Se trata de un misterio sublime e inefable. Misterio ante el cual quedamos atónitos y silenciosos, en actitud de contemplación profunda y extasiada. 3. "Tantum ergo sacramentum veneremur cernui": "Adoremos, postrados, tan gran sacramento". En la santa Eucaristía está realmente presente Cristo, muerto y resucitado por nosotros. En el pan y en el vino consagrados permanece con nosotros el mismo Jesús de los evangelios, que los discípulos encontraron y siguieron, que vieron crucificado y resucitado, y cuyas llagas tocó Tomás, postrándose en adoración y exclamando: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28; cf. 20, 17-20). En el Sacramento del altar se ofrece a nuestra contemplación amorosa toda la profundidad del misterio de Cristo, el Verbo y la carne, la gloria divina y su tienda entre los hombres. Ante él no podemos dudar de que Dios está "con nosotros", que asumió en Jesucristo todas las dimensiones humanas, menos el pecado, despojándose de su gloria para revestirnos a nosotros de ella (cf. Jn 20, 21-23). www.parroquiasantamonica.com

El sacrificio de la Cruz se perpetúa en los siglos. Cuando la Iglesia celebra la eucaristía se realiza la obra de nuestra salvación. Juan Pablo II, Encíclica «La Iglesia vive de la Eucaristía», 17 abril de 2003



El sacrificio de la Cruz se perpetúa en los siglos. Cuando la Iglesia celebra la eucaristía se realiza la obra de nuestra salvación. Juan Pablo II, Encíclica «La Iglesia vive de la Eucaristía», 17 abril de 2003 El sacrificio de la Cruz se perpetúa en los siglos n.11. «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado» (1 Co 11, 23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos.9 Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales, en el rito latino, el pueblo responde a la proclamación del « misterio de la fe » que hace el sacerdote: «Anunciamos tu muerte, Señor». Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía se realiza la obra de nuestra salvación Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y «se realiza la obra de nuestra redención».11 Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don.12 La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor: en un contacto actual n.12. La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo, la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, «el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio».14 Ya lo decía elocuentemente san Juan Crisóstomo: «Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el sacrificio es siempre uno sólo [...]. También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces y que jamás se consumirá».15 La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica.16 Lo que se repite es su celebración memorial, la « manifestación memorial » (memorialis demonstratio),17 por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario. Cima y fuente: ofrecemos la Víctima divina y a nosotros mismos n. 13. Al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido además hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo. Por lo que concierne a todos los fieles, el Concilio Vaticano II enseña que «al participar en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con ella» 19. 9 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 47: «Salvator noster [...] Sacrificium Eucharisticum Corporis et Sanguinis sui instituit, quo Sacrificium Crucis in saecula, donec veniret, perpetuaret...». 11 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 3. 12 Cf. Pablo VI, El «credo» del Pueblo de Dios (30 junio 1968), 24: AAS 60 (1968), 442; Juan Pablo II, Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 9: AAS 72 (1980). 14 Catecismo de la Iglesia Católica, 1367. 15 Homilías sobre la carta a los Hebreos, 17, 3: PG 63, 131. 16 Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XXII, Doctrina de ss. Missae sacrificio, cap. 2: DS 1743: « En efecto, se trata de una sola e idéntica víctima y el mismo Jesús la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, Él que un día se ofreció a sí mismo en la cruz: sólo es diverso el modo de ofrecerse ». 17 Cf. Pío XII, Carta enc. Mediator Dei (20 noviembre 1947): AAS 39 (1947), 548. 19 Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11. www.parroquiasantamonica.com

Printfriendly