sábado, 17 de junio de 2017

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi (2017).



Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi (2017). Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre que no puede ser saciada con el alimento ordinario. Es hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. Jesús nos da el alimento que sacia la profunda hambre que hay en el hombre: su Cuerpo. El Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque su esencia es el Amor. Hay muchas ofertas de alimento, que no vienen del Señor, y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. El alimento que da el Señor es distinto de los demás, y quizá no nos parezca tan apetitoso como los manjares que nos ofrece el mundo. Y soñamos, como los hebreos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, olvidando que lo comían en la mesa de la esclavitud.


Juan 6, 51-58: En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: 51 -«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» 52 Disputaban los judíos entre sí: -«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» 53 Entonces Jesús les dijo: -«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 55 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 57 El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. 58 Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre. »
1Corintios 10, 16-17: 16 El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? 17 Puesto que el pan es uno, así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos participamos del mismo pan.

  • Cfr. Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo (2017)

Deuteronomio 8, 2-3.14-16; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-59;
18 de junio de 2017

La Eucaristía es alimento: el que me come vivirá por mí (Juan 6, 57).
Este alimento lleva consigo la comunión con Cristo
y la comunión de los cristianos entre sí (1 Corintios 10, 16-17).


  1. Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre que no puede ser

saciada con el alimento ordinario. Es hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad.

Cfr. Francisco, Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi 2014, en Roma. Jueves 19 de junio
de 2014
  • Jesús nos da el alimento que sacia la profunda hambre que hay en el hombre: su Cuerpo.

  • El Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque su esencia es el Amor.

Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre que no puede ser saciada con el alimento ordinario. Es hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. Y la señal del maná –como toda la experiencia del éxodo– contenía en sí esa dimensión: era figura del alimento que sacia la profunda hambre que hay en el hombre. Jesús nos da ese alimento; es más, Él mismo es el pan vivo que da la vida al mundo (cfr Jn 6,51). Su Cuerpo es el verdadero alimento, bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida, bajo la especie del vino. No es un simple alimento para saciar el cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque su esencia es el Amor.
  • En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor tan grande que nos nutre con Él mismo; amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de reponer fuerzas.
Vivir la experiencia de la fe significa dejarse nutrir por el Señor y construir la propia existencia, no sobre bienes materiales, sino sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.
En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor tan grande que nos nutre con Él mismo; amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de reponer fuerzas. Vivir la experiencia de la fe significa dejarse nutrir por el Señor y construir la propia existencia, no sobre bienes materiales, sino sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.

  • Si miramos alrededor, nos daremos cuenta de que hay muchas ofertas de alimento, que no vienen del Señor, y que aparentemente satisfacen más.

  • Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo.

  • El alimento que da el Señor es distinto de los demás, y quizá no nos parezca tan apetitoso como los manjares que nos ofrece el mundo. Y soñamos, como los hebreos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, olvidando que lo comían en la mesa de la esclavitud.
Si miramos alrededor, nos daremos cuenta de que hay muchas ofertas de alimento, que no vienen del Señor, y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. Pero el alimento que de verdad nos nutre y nos sacia es solo el que nos da el Señor. Ese alimento es distinto de los demás, y quizá no nos parezca tan apetitoso como los manjares que nos ofrece el mundo. Y entonces soñamos con otras comidas, como los hebreos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto 1, pero olvidaban que los comían en la mesa de la esclavitud. En esos momentos de tentación, tenían memoria, pero memoria enferma, memoria selectiva: una memoria esclava, no libre.

  • Preguntémonos: ¿dónde quiero comer? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con manjares apetitosos en la esclavitud?

  • Recuperemos la memoria y aprendamos a reconocer el pan falso, que engaña y corrompe.

Hoy, cada uno puede preguntarse: ¿Y yo, dónde quiero comer? ¿En qué mesa quiero alimentarme? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer manjares apetitosos, pero en la esclavitud? Y también: ¿Cuál es mi memoria? ¿La del Señor que me salva o la del ajo y las cebollas de la esclavitud? ¿Con qué memoria sacio mi alma?
El Padre nos dice: «Te he alimentado con un maná que no conocías». Recuperemos la memoria. Esa es la tarea, recuperar la memoria. Y aprendamos a reconocer el pan falso, que engaña y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado. (…)

  1. Comer su carne, beber su sangre (Juan 6, 53-56)


  • Jesús habla no en sentido figurado, sino con fuerte realismo (el realismo sacramental)

  • La reacción de los judíos (¿Cómo puede éste ....? (v. 52), deja claro que han entendido las palabras del
Señor no como una metáfora sino como palabras que suscitan escándalo porque parecen absurdas e imposibles.
  • Sus palabras son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado.

  • Los oyentes entienden el sentido propio y directo de las palabras de Jesús (v. 52), pero no creen que tal
afirmación pueda ser verdad. De haberlo entendido en sentido figurado o simbólico no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. De aquí también nace la fe de la Iglesia en que mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. ‘‘El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: ‘Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la sustancia de pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación’ (DS 1642)’’ (CEC 1376).” (Nuevo Testamento, eunsa, 1999).
  • Siempre que se celebra la Eucaristía, en el momento de la presentación de las ofrendas, se anuncia que el
pan y el vino serán “para nosotros pan de vida y bebida de salvación”. El pan y el vino son, en todas las culturas, “símbolos de comunión, de amistad, de intimidad”. En la Eucaristía el pan que da la vida es la carne-la vida de Cristo: «Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». (Jn 6, 51).
  • Como respuesta a la pregunta escandalizada de los oyentes (v. 52), Jesús no suaviza la expresión sino
que, por el contrario, la refuerza ulteriormente, añadiendo que también da su sangre para beber ... (vv. 53-56). No sólo la carne que da es «verdadera comida», sino que la sangre que derrama es «verdadera bebida».

  1. Cuando Jesús dice que quien come su carne y bebe su sangre “tiene la vida

eterna” (v. 54) o vivirá para siempre (v. 51), subraya la comunión vital que se establece entre Cristo, pan de vida, y aquél que come de Él. Nos transforma en Él: permanecemos en él, vivimos por él, etc.

  • La Eucaristía es un banquete: la comunión vital que se establece entre Cristo, pan de vida, y aquél que come de él.

  • San Juan Pablo II, 18-X-2000: (...) En el discurso pronunciado en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús
    dice explícitamente: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre" (Jn 6, 51). Todo el texto de ese discurso está orientado a subrayar la comunión vital que se establece, en la fe, entre Cristo, pan de vida, y aquel que come de él. En particular destaca el verbo griego típico del cuarto evangelio para indicar la intimidad mística entre Cristo y el discípulo, ménein, "permanecer, morar": "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56; cf. 15, 4-9).
  • La participación en la Eucaristía es el culmen de la asimilación a Cristo, produce una íntima transformación del fiel.

  • San Juan Pablo II, 18-X-2000: La palabra griega de la "comunión", koinonìa, aparece asimismo en
la reflexión de la primera carta a los Corintios, donde san Pablo habla de los banquetes sacrificiales de la idolatría, definiéndolos "mesa de los demonios" (1 Co 10, 21), y expresa un principio que vale para todos los sacrificios: "Los que comen de las víctimas están en comunión con el altar" (1 Co 10, 18). El Apóstol aplica este principio de forma positiva y luminosa con respecto a la Eucaristía: "El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión (koinonìa) con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión (koinonìa) con el cuerpo de Cristo? (...) Todos participamos de un solo pan" (1 Co 10, 16-17). "La participación (...) en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza, es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de "vida eterna", principio y fuerza del don total de sí mismo" (Veritatis splendor, 21).
Por consiguiente, esta comunión con Cristo produce una íntima transformación del fiel. San Cirilo de Alejandría describe de modo eficaz este acontecimiento mostrando su resonancia en la existencia y en la historia: "Cristo nos forma según su imagen de manera que los rasgos de su naturaleza divina resplandezcan en nosotros a través de la santificación, la justicia y la vida buena y según la virtud. La belleza de esta imagen resplandece en nosotros, que estamos en Cristo, cuando con nuestras obras nos mostramos hombres buenos" (Tractatus ad Tiberium diaconum sociosque, II, Responsiones ad Tiberium diaconum sociosque, en In divi Johannis Evangelium, vol. III, Bruselas 1965, p. 590).
  • La comunión con Cristo capacita al cristiano a vivir la caridad en todas sus actitudes y comportamientos en la vida.
"Participando en el sacrificio de la cruz, el cristiano comulga con el amor de entrega de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida. En la existencia moral se revela y se realiza también el servicio real del cristiano" (Veritatis splendor, 107). Ese servicio regio tiene su raíz en el bautismo y su florecimiento en la comunión eucarística. Así pues, el camino de la santidad, del amor y de la verdad es la revelación al mundo de nuestra intimidad divina, realizada en el banquete de la Eucaristía.
Dejemos que nuestro anhelo de la vida divina ofrecida en Cristo se exprese con las emotivas palabras de un gran teólogo de la Iglesia armenia, Gregorio de Narek (siglo X): "Tengo siempre nostalgia del Donante, no de sus dones. No aspiro a la gloria; lo que quiero es abrazar al Glorificado (...). No busco el descanso; lo que pido, suplicante, es ver el rostro de Aquel que da el descanso. Lo que ansío no es el banquete nupcial, sino estar con el Esposo" (Oración XII).

  • La comunión con Cristo

«¿Qué es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo». (San Juan Crisóstomo, In I Corinthios 24, ad loc).



Vida Cristiana

1 Nota de la redacción de VIDA CRISTIANA: la alusión de Francisco a las quejas del pueblo de Israel que añoraba las comidas en Egipto cuando vivía bajo la esclavitud se encuentra en el libro de los Números 11, 1-6: «1 El pueblo profería quejas amargas a los oídos de Yahveh, y Yahveh lo oyó. Se encendió su ira y ardió un fuego de Yahveh entre ellos y devoró un extremo del campamento. 2 El pueblo clamó a Moisés y Moisés intercedió ante Yahveh, y el fuego se apagó. 3 Por eso se llamó aquel lugar Taberá, porque había ardido contra ellos el fuego de Yahveh. 4 La chusma que se había mezclado al pueblo se dejó llevar de su apetito. También los israelitas volvieron a sus llantos diciendo: "¿Quién nos dará carne para comer? 5 ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! 6 En cambio ahora tenemos el alma seca. No hay de nada. Nuestros ojos no ven más que el maná."». Cfr. Antiguo Testamento, Eunsa 2000, comentarios a Números cap. 11: La protesta del pueblo de Israel “desemboca en lamentarse de haber salido de Egipto, querer echarse atrás del camino emprendido y desear volver a la esclavitud» (cfr. 11, 18-20) (Comentario a Números 11,1-12-16). En las tradiciones de Israel, el lugar de nombre Taberá está unido al relato de la queja del pueblo, desanimado en su camino, que encendió la ira del Señor. Lo que el pasaje viene a poner especialmente de relieve es la absoluta soberanía de Dios y de sus designios que el hombre debe secundar a pesar de las dificultades» (Cfr. ibídem, comentario a Números 11, 1-3). 

Transustanciados (Fr. Santiago Agrelo. Arzobispo de Tánger)

A los fieles laicos, a los religiosos y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

El domingo después de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. En la divina Eucaristía, bajo el velo del sacramento, la fe aprendió a ver a Cristo resucitado, aprendió a reconocer su vida entregada en obediencia al Padre y a los necesitados de amor, aprendió a honrar su presencia, a contemplar la gloria de su pequeñez, a imitar su abajamiento, su solidaridad con los últimos, la perfección de su misericordia.
Hoy, de la mano del apóstol Pablo, quiero entrar con vosotros en la luz de este admirable misterio.

El pan que partimos, es comunión con el cuerpo de Cristo:
Es una paradoja, pero es la realidad de este sacramento: Partimos el pan –lo dividimos, lo separamos, lo repartimos-, y, aunque somos muchos los que comemos, nos hacemos uno, formamos un solo cuerpo.
Partimos el pan,  pero no se divide Cristo. Partimos el pan,  pero no se divide el cuerpo de Cristo. Comemos todos de ese único pan partido, y así comulgamos todos con el único cuerpo de Cristo –nos hacemos uno con el único cuerpo de Cristo, nos hacemos uno en el único cuerpo de Cristo-.
La Eucaristía ha sido instituida para nosotros, para nuestro camino hacia la consumación del reino de Dios, para nuestra transformación en Cristo, para nuestra humanización-divinización en Cristo.
Adoraremos a Cristo en el sacramento, pero el Señor no se ha quedado de esa manera con nosotros para recibir nuestra adoración, sino para hacer real y verdadera aunque misteriosa –mística- nuestra comunión con él y con los hermanos.
En vosotros, en vuestra vida, el Señor ha hecho resplandecer esa admirable unidad y comunión. Dentro de la comunidad eclesial, la luz de vuestra comunión con Cristo brilla en la familiaridad de vuestro trato, en vuestro reconocimiento mutuo, en vuestra hermosa solidaridad. Y brilla también para quienes, no siendo todavía de la Iglesia por la fe profesada, lo son ya por el amor que les tenéis, por la generosidad con que los acogéis, por la esperanza que mantenéis viva en sus corazones.

Vosotros sois el cuerpo de Cristo”:
No dejéis la mano del apóstol que nos guía. Pues está para hacernos una declaración asombrosa: Vosotros sois el cuerpo de Cristo”.
Esa declaración evoca las palabras de Jesús en la última cena con sus discípulos, palabras que el mismo apóstol recuerda de esta manera:
El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros».
Jesús dijo: «Esto es mi cuerpo». El Apóstol dice: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo”.
Nadie lo podrá ver, ni siquiera vosotros. Sólo la fe permite saber lo que pertenece al mundo de la gracia de Dios en vosotros, al mundo de la misericordia de Dios en vuestras vidas, al mundo de la acción del Espíritu de Dios en vuestro corazón.
Lo que en la Eucaristía se realiza en la verdad del sacramento –la transustanciación en Cristo de un pan inerte-, en vosotros, a la sombra de vuestra libertad, lo va realizando el Espíritu Santo de Dios. ¡Dejaos transformar en Cristo Jesús! ¡Dejaos hacer por las manos de Dios! ¡Dejad que el Espíritu de Dios os haga de Cristo, miembros de su cuerpo!
Ésta es nuestra principal misión: Dejar que se refleje en nuestra vida la belleza humilde de la “conversión en Cristo”, dejar que el amor de Dios nos transustancie en cuerpo de Cristo, de modo que todos vean a Cristo en nuestras vidas, todos lo reconozcan en lo que somos, todos den gloria a Dios porque reconocen sus obras en lo que hacemos.

Nadie jamás ha odiado su propia carne”:
Nuestras relaciones mutuas están regidas, no ya por una ley que nos viene de fuera, sino por la naturaleza misma de lo que somos según la fe: Somos un solo cuerpo. Somos el cuerpo de Cristo.
La deducción que hace el Apóstol es bien sencilla: “Nadie jamás ha odiado su propia carne”. Y añade: No sólo no la odia, sino que “le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo”.
Esa relación de Cristo con cada uno de nosotros –somos su carne que él alimenta y a la que él da calor- es el modelo de nuestra relación con los demás miembros del cuerpo de Cristo.
No busquéis otra referencia para vuestras opciones morales, no dejéis que entren en vuestra vida otros maestros, pues no los hay verdaderos –ni referencias ni maestros-fuera de Cristo.
Cerrad cuidadosamente el paso a las ideologías del odio, sobre todo a las que se presentan fundamentadas en supuestas verdades religiosas –muy presentes hoy en determinados ambientes supuestamente cristianos-. Cerradles con decisión la puerta de vuestra vida, pues si entran en vosotros, con ese bocado habrá entrado en vosotros también Satanás.
Recibid a Cristo en su palabra y en la Eucaristía, alimentadlo y dadle calor en vuestros hermanos, cuidad de él en los pobres, pues el mismo que dijo: “Esto es mi cuerpo”, el mismo que hizo de nosotros su cuerpo, dijo que de él cuidamos cuando acudimos a uno cualquiera de sus hermanos más pequeños.
Feliz y dichosa transformación, con la fuerza del Espíritu, en Cristo Jesús.
Tánger, 15 de junio de 2017.


viernes, 16 de junio de 2017

Resurrección de la carne (1). El sentido cristiano de la muerte. Si se la entiende como el final de todo, la muerte asusta, aterroriza, se transforma en amenaza que quebranta cada sueño, cada perspectiva, que rompe toda relación e interrumpe todo camino. Cuando no creemos en un horizonte que va más allá de la vida presente; cuando se vive como si Dios no existiese. Si vivimos unidos a Jesús, fieles a Él, seremos capaces de afrontar con esperanza y serenidad incluso el paso de la muerte. Estamos cerca de Jesús con la oración, con los sacramentos y también con la práctica de la caridad. Quien practica la misericordia no teme la muerte.



1 Resurrección de la carne (1). El sentido cristiano de la muerte. Si se la entiende como el final de todo, la muerte asusta, aterroriza, se transforma en amenaza que quebranta cada sueño, cada perspectiva, que rompe toda relación e interrumpe todo camino. Cuando no creemos en un horizonte que va más allá de la vida presente; cuando se vive como si Dios no existiese. Si vivimos unidos a Jesús, fieles a Él, seremos capaces de afrontar con esperanza y serenidad incluso el paso de la muerte. Estamos cerca de Jesús con la oración, con los sacramentos y también con la práctica de la caridad. Quien practica la misericordia no teme la muerte. Cfr. Papa Francisco, Catequesis (26) sobre la resurrección de la carne (que tiene dos aspectos: nuestro morir y nuestro resucitar en Cristo). El primero: «morir en Cristo. El sentido cristiano de la muerte. Cómo mirarla. 27 de noviembre de 2013 o Aunque el Año de la Fe concluyó el domingo pasado, 24 de noviembre, el Papa continúa la catequesis sobre la fe. Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días y felicidades porque sois valientes con este frío en la plaza! ¡Muchas felicidades! Deseo llevar a término las catequesis sobre el «Credo», desarrolladas durante el Año de la fe, que concluyó el domingo pasado. En esta catequesis y en la próxima quisiera considerar el tema de la resurrección de la carne, tomando dos aspectos tal como los presenta el Catecismo de la Iglesia católica, es decir, nuestro morir y nuestro resucitar en Jesucristo. Hoy me centro en el primer aspecto, «morir en Cristo». o Un modo erróneo de mirar la muerte Si se la entiende como el final de todo, la muerte asusta, aterroriza, se transforma en amenaza que quebranta cada sueño, cada perspectiva, que rompe toda relación e interrumpe todo camino. Cuando no creemos en un horizonte que va más allá de la vida presente; cuando se vive como si Dios no existiese. Si nos dejamos llevar por esta visión errónea de la muerte, no tenemos otra opción que la de ocultar la muerte, negarla o banalizarla, para que no nos cause miedo. Entre nosotros, por lo general, existe un modo erróneo de mirar la muerte. La muerte nos atañe a todos, y nos interroga de modo profundo, especialmente cuando nos toca de cerca, o cuando golpea a los pequeños, a los indefensos, de una manera que nos resulta «escandalosa». A mí siempre me ha impresionado la pregunta: ¿por qué sufren los niños?, ¿por qué mueren los niños? Si se la entiende como el final de todo, la muerte asusta, aterroriza, se transforma en amenaza que quebranta cada sueño, cada perspectiva, que rompe toda relación e interrumpe todo camino. Esto sucede cuando consideramos nuestra vida como un tiempo cerrado entre dos polos: el nacimiento y la muerte; cuando no creemos en un horizonte que va más allá de la vida presente; cuando se vive como si Dios no existiese. Esta concepción de la muerte es típica del pensamiento ateo, que interpreta la existencia como un encontrarse casualmente en el mundo y un caminar hacia la nada. Pero existe también un ateísmo práctico, que es un vivir sólo para los propios intereses y vivir sólo para las cosas terrenas. Si nos dejamos llevar por esta visión errónea de la muerte, no tenemos otra opción que la de ocultar la muerte, negarla o banalizarla, para que no nos cause miedo. A esa falsa solución se rebela el «corazón» del hombre, el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno. Pero a esta falsa solución se rebela el «corazón» del hombre, el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno. Entonces, ¿cuál es el sentido cristiano de la muerte? Si miramos los momentos más dolorosos de nuestra vida, cuando hemos perdido una persona querida —los padres, un hermano, una hermana, un cónyuge, un hijo, un amigo—, nos damos cuenta que, incluso en el drama de la pérdida, incluso desgarrados por la separación, sube desde el corazón la convicción de que no puede acabarse todo, que el bien dado y recibido no fue inútil. Hay un instinto poderoso dentro de nosotros, que nos dice que nuestra vida no termina con la muerte. 2 o Si vivimos unidos a Jesús, fieles a Él, seremos capaces de afrontar con esperanza y serenidad incluso el paso de la muerte. Si mi vida fue un camino con el Señor, un camino de confianza en su inmensa misericordia, estaré preparado para aceptar el momento último de mi vida terrena como el definitivo abandono confiado en sus manos acogedoras, a la espera de contemplar cara a cara su rostro. Esta sed de vida encontró su respuesta real y confiable en la resurrección de Jesucristo. La resurrección de Jesús no da sólo la certeza de la vida más allá de la muerte, sino que ilumina también el misterio mismo de la muerte de cada uno de nosotros. Si vivimos unidos a Jesús, fieles a Él, seremos capaces de afrontar con esperanza y serenidad incluso el paso de la muerte. La Iglesia, en efecto, reza: «Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la promesa de la inmortalidad futura». Es ésta una hermosa oración de la Iglesia. Una persona tiende a morir como ha vivido. Si mi vida fue un camino con el Señor, un camino de confianza en su inmensa misericordia, estaré preparado para aceptar el momento último de mi vida terrena como el definitivo abandono confiado en sus manos acogedoras, a la espera de contemplar cara a cara su rostro. Esto es lo más hermoso que nos puede suceder: contemplar cara a cara el rostro maravilloso del Señor, verlo como Él es, lleno de luz, lleno de amor, lleno de ternura. Nosotros vayamos hasta este punto: contemplar al Señor. En este horizonte se comprende la invitación de Jesús a estar siempre preparados, vigilantes, sabiendo que la vida en este mundo se nos ha dado también para preparar la otra vida, la vida con el Padre celestial. Estamos cerca de Jesús Con la oración, los sacramentos y también con la práctica de la caridad. Quien practica la misericordia no teme la muerte. En este horizonte se comprende la invitación de Jesús a estar siempre preparados, vigilantes, sabiendo que la vida en este mundo se nos ha dado también para preparar la otra vida, la vida con el Padre celestial. Y por ello existe una vía segura: prepararse bien a la muerte, estando cerca de Jesús. Ésta es la seguridad: yo me preparo a la muerte estando cerca de Jesús. ¿Cómo se está cerca de Jesús? Con la oración, los sacramentos y también con la práctica de la caridad. Recordemos que Él está presente en los más débiles y necesitados. Él mismo se identificó con ellos, en la famosa parábola del juicio final, cuando dice: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme... Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 35-36.40). Por lo tanto, una vía segura es recuperar el sentido de la caridad cristiana y de la participación fraterna, hacernos cargo de las llagas corporales y espirituales de nuestro prójimo. La solidaridad al compartir el dolor e infundir esperanza es prólogo y condición para recibir en herencia el Reino preparado para nosotros. Quien practica la misericordia no teme la muerte. Pensad bien en esto: ¡quien practica la misericordia no teme la muerte! ¿Estáis de acuerdo? ¿Lo decimos juntos para no olvidarlo? Quien practica la misericordia no teme a la muerte. ¿Por qué no teme a la muerte? Porque la mira a la cara en las heridas de los hermanos, y la supera con el amor de Jesucristo. Si abrimos la puerta de nuestra vida y de nuestro corazón a los hermanos más pequeños, entonces incluso nuestra muerte se convertirá en una puerta que nos introducirá en el cielo, en la patria bienaventurada, hacia la cual nos dirigimos, anhelando morar para siempre con nuestro Padre Dios, con Jesús, con la Virgen y con los santos. www.parroquiasantamonbica.com Vida Cristiana

Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (24). El perdón de los pecados en relación con el «poder de las llaves». El sacerdote instrumento de misericordia. El sacerdote es instrumento para el perdón de los pecados. También él es un hombre que, como nosotros, necesita de misericordia, y se convierte verdaderamente en instrumento de misericordia, donándonos el amor sin límites de Dios Padre. Disposiciones que debe tener el sacerdote. Quien no las tenga es mejor que, hasta que se corrija, no administre este Sacramento.



1 Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (24). El perdón de los pecados en relación con el «poder de las llaves». El sacerdote instrumento de misericordia. El sacerdote es instrumento para el perdón de los pecados. También él es un hombre que, como nosotros, necesita de misericordia, y se convierte verdaderamente en instrumento de misericordia, donándonos el amor sin límites de Dios Padre. Disposiciones que debe tener el sacerdote. Quien no las tenga es mejor que, hasta que se corrija, no administre este Sacramento. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la fe (24), El perdón de los pecados en relación con el «poder de las llaves», el sacerdote instrumento de misericordia. 20 de noviembre de 2013 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El miércoles pasado hablé del perdón de los pecados, referido de modo especial al Bautismo. Hoy continuamos con el tema del perdón de los pecados, pero en relación al así llamado «poder de las llaves», que es un símbolo bíblico de la misión que Jesús confió a los Apóstoles. o 1. El protagonista del perdón de los pecados es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos trae el perdón de Dios «pasando a través» de las llagas de Jesús. Nuestros pecados son perdonados por la fuerza de esas llagas. Ante todo debemos recordar que el protagonista del perdón de los pecados es el Espíritu Santo. En su primera aparición a los Apóstoles, en el cenáculo, Jesús resucitado hizo el gesto de soplar sobre ellos diciendo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Jesús, transfigurado en su cuerpo, es ya el hombre nuevo, que ofrece los dones pascuales fruto de su muerte y resurrección. ¿Cuáles son estos dones? La paz, la alegría, el perdón de los pecados, la misión, pero sobre todo dona el Espíritu Santo que es la fuente de todo esto. El soplo de Jesús, acompañado por las palabras con las que comunica el Espíritu, indica la transmisión de la vida, la vida nueva regenerada por el perdón. Pero antes de hacer el gesto de soplar y donar el Espíritu, Jesús muestra sus llagas, en las manos y en el costado: estas heridas representan el precio de nuestra salvación. El Espíritu Santo nos trae el perdón de Dios «pasando a través» de las llagas de Jesús. Estas llagas que Él quiso conservar. También en este momento Él, en el Cielo, muestra al Padre las llagas con las cuales nos rescató. Por la fuerza de estas llagas, nuestros pecados son perdonados: así Jesús dio su vida para nuestra paz, para nuestra alegría, para el don de la gracia en nuestra alma, para el perdón de nuestros pecados. Es muy bello contemplar a Jesús de este modo. o 2. Jesús da a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Me alcanza la misericordia de Dios a través del ministerio apostólico. La Iglesia, que es santa y a la vez necesitada de penitencia, acompaña nuestro camino de conversión durante toda la vida. Y llegamos al segundo elemento: Jesús da a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Es un poco difícil comprender cómo un hombre puede perdonar los pecados, pero Jesús da este poder. La Iglesia es depositaria del poder de las llaves, de abrir o cerrar al perdón. Dios perdona a todo hombre en su soberana misericordia, pero Él mismo quiso que quienes pertenecen a Cristo y a la Iglesia reciban el perdón mediante los ministros de la comunidad. A través del ministerio apostólico me alcanza la misericordia de Dios, mis culpas son perdonadas y se me dona la alegría. De este modo Jesús nos llama a vivir la reconciliación también en la dimensión eclesial, comunitaria. Y esto es muy bello. La Iglesia, que es santa y a la vez necesitada de penitencia, acompaña nuestro camino de conversión durante toda la vida. La Iglesia no es dueña del poder de las llaves, sino que es sierva del ministerio de la misericordia y se alegra todas las veces que puede ofrecer este don divino. La dimensión eclesial del perdón. Dios perdona a todo pecador arrepentido, personalmente, pero el cristiano está vinculado a Cristo, y Cristo está unido a la Iglesia. Muchas personas tal vez no comprenden la dimensión eclesial del perdón, porque domina siempre el individualismo, el subjetivismo, y también nosotros, los cristianos, lo experimentamos. Cierto, Dios perdona a todo pecador arrepentido, personalmente, pero el cristiano está vinculado a Cristo, y Cristo está unido a la Iglesia. Para nosotros cristianos hay un don más, y hay también un compromiso más: pasar humildemente a 2 través del ministerio eclesial. Esto debemos valorarlo; es un don, una atención, una protección y también es la seguridad de que Dios me ha perdonado. Yo voy al hermano sacerdote y digo: «Padre, he hecho esto...». Y él responde: «Yo te perdono; Dios te perdona». En ese momento, yo estoy seguro de que Dios me ha perdonado. Y esto es hermoso, esto es tener la seguridad de que Dios nos perdona siempre, no se cansa de perdonar. Y no debemos cansarnos de ir a pedir perdón. Se puede sentir vergüenza al decir los pecados, pero nuestras madres y nuestras abuelas decían que es mejor ponerse rojo una vez que no amarillo mil veces. Nos ponemos rojos una vez, pero se nos perdonan los pecados y se sigue adelante. o 3. El sacerdote es instrumento para el perdón de los pecados. También él es un hombre que, como nosotros, necesita de misericordia, y se convierte verdaderamente en instrumento de misericordia, donándonos el amor sin límites de Dios Padre. Al final, un último punto: el sacerdote instrumento para el perdón de los pecados. El perdón de Dios que se nos da en la Iglesia, se nos transmite por medio del ministerio de un hermano nuestro, el sacerdote; también él es un hombre que, como nosotros, necesita de misericordia, se convierte verdaderamente en instrumento de misericordia, donándonos el amor sin límites de Dios Padre. También los sacerdotes deben confesarse, también los obispos: todos somos pecadores. También el Papa se confiesa cada quince días, porque incluso el Papa es un pecador. Y el confesor escucha las cosas que yo le digo, me aconseja y me perdona, porque todos tenemos necesidad de este perdón. A veces sucede que escuchamos a alguien que afirma que se confiesa directamente con Dios... Sí, como decía antes, Dios te escucha siempre, pero en el sacramento de la Reconciliación manda a un hermano a traerte el perdón, la seguridad del perdón, en nombre de la Iglesia. Disposiciones que debe tener el sacerdote. Quien no las tenga es mejor que, hasta que se corrija, no administre este Sacramento. El servicio que el sacerdote presta como ministro de parte de Dios para perdonar los pecados es muy delicado y exige que su corazón esté en paz, que el sacerdote tenga el corazón en paz; que no maltrate a los fieles, sino que sea apacible, benévolo y misericordioso; que sepa sembrar esperanza en los corazones y, sobre todo, que sea consciente de que el hermano o la hermana que se acerca al sacramento de la Reconciliación busca el perdón y lo hace como se acercaban tantas personas a Jesús para que les curase. El sacerdote que no tenga esta disposición de espíritu es mejor que, hasta que se corrija, no administre este Sacramento. Los fieles penitentes tienen el derecho, todos los fieles tienen el derecho, de encontrar en los sacerdotes a los servidores del perdón de Dios. Queridos hermanos, como miembros de la Iglesia, ¿somos conscientes de la belleza de este don que nos ofrece Dios mismo? ¿Sentimos la alegría de este interés, de esta atención maternal que la Iglesia tiene hacia nosotros? ¿Sabemos valorarla con sencillez y asiduidad? No olvidemos que Dios no se cansa nunca de perdonarnos. Mediante el ministerio del sacerdote nos estrecha en un nuevo abrazo que nos regenera y nos permite volver a levantarnos y retomar de nuevo el camino. Porque ésta es nuestra vida: volver a levantarnos continuamente y retomar el camino. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (23). «Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados». El Bautismo es en cierto sentido el carné de identidad del cristiano, su certificado de nacimiento y el certificado de nacimiento en la Iglesia. Cconstituye una auténtica inmersión espiritual en la muerte de Cristo, de la cual se resucita con Él como nuevas criaturas.



1 Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (23). «Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados». El Bautismo es en cierto sentido el carné de identidad del cristiano, su certificado de nacimiento y el certificado de nacimiento en la Iglesia. Cconstituye una auténtica inmersión espiritual en la muerte de Cristo, de la cual se resucita con Él como nuevas criaturas. Cfr. Papa Francisco, Catequesis (23), Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Catequesis, 13 de noviembre de 2013. o La misión de la Iglesia es evangelizar y perdonar los pecados a través del sacramento bautismal. Las palabras del Credo. La expresión se puede dividir en tres puntos: «confieso»; «un solo bautismo»; «para el perdón de los pecados». En el Credo, a través del cual cada domingo hacemos nuestra profesión de fe, afirmamos: «Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados». Se trata de la única referencia a un Sacramento en todo el Credo. En efecto, el Bautismo es la «puerta» de la fe y de la vida cristiana. Jesús Resucitado dejó a los Apóstoles esta consigna: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16, 15-16). La misión de la Iglesia es evangelizar y perdonar los pecados a través del sacramento bautismal. Pero volvamos a las palabras del Credo. La expresión se puede dividir en tres puntos: «confieso»; «un solo bautismo»; «para el perdón de los pecados». o 1. Confieso. El Bautismo es en cierto sentido el carné de identidad del cristiano, su certificado de nacimiento y el certificado de nacimiento en la Iglesia. Al mismo tiempo, al Bautismo está ligada nuestra fe en el perdón de los pecados. El Sacramento de la Penitencia o Confesión es, en efecto, como un «segundo bautismo», que remite siempre al primero para consolidarlo y renovarlo. La Confesión no es una sesión en una sala de tortura, sino que es una fiesta. La Confesión es para los bautizados, para tener limpio el vestido blanco de nuestra dignidad cristiana. «Confieso». ¿Qué quiere decir esto? Es un término solemne que indica la gran importancia del objeto, es decir, del Bautismo. En efecto, pronunciando estas palabras afirmamos nuestra auténtica identidad de hijos de Dios. El Bautismo es en cierto sentido el carné de identidad del cristiano, su certificado de nacimiento y el certificado de nacimiento en la Iglesia. Todos vosotros sabéis el día que nacisteis y festejáis el cumpleaños, ¿verdad? Todos nosotros festejamos el cumpleaños. Os hago una pregunta, que ya hice otras veces, pero la hago una vez más: ¿quién de vosotros recuerda la fecha de su Bautismo? Levante la mano: son pocos (y no pregunto a los obispos para no hacerles pasar vergüenza...). Pero hagamos una cosa: hoy, cuando volváis a casa, preguntad qué día habéis sido bautizados, buscad, porque este es el segundo cumpleaños. El primer cumpleaños es el nacimiento a la vida y el segundo cumpleaños es el nacimiento en la Iglesia. ¿Haréis esto? Es una tarea para hacer en casa: buscar el día que nací para la Iglesia, y dar gracias al Señor porque el día del Bautismo nos abrió la puerta de su Iglesia. Al mismo tiempo, al Bautismo está ligada nuestra fe en el perdón de los pecados. El Sacramento de la Penitencia o Confesión es, en efecto, como un «segundo bautismo», que remite siempre al primero para consolidarlo y renovarlo. En este sentido el día de nuestro Bautismo es el punto de partida de un camino bellísimo, un camino hacia Dios que dura toda la vida, un camino de conversión que está continuamente sostenido por el Sacramento de la Penitencia. Pensad en esto: cuando vamos a confesarnos de nuestras debilidades, de nuestros pecados, vamos a pedir el perdón de Jesús, pero vamos también a renovar el Bautismo con este perdón. Y esto es hermoso, es como festejar el día del Bautismo en cada Confesión. Por lo tanto la Confesión no es una sesión en una sala de tortura, sino que es una fiesta. La Confesión es para los bautizados, para tener limpio el vestido blanco de nuestra dignidad cristiana. o 2. «Un solo bautismo». La palabra «bautismo» significa literalmente «inmersión», y, en efecto, este Sacramento constituye una auténtica inmersión espiritual en la muerte de Cristo, de la cual se resucita con Él como nuevas criaturas. Es un baño de Regeneración, porque actúa ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual nadie puede entrar en el reino de los cielos. Es un baño de Iluminación porque, a través del Bautismo, la persona humana 2 se colma de la gracia de Cristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» y expulsa las tinieblas del pecado. ¿Te sientes iluminado, con esa luz que viene de Cristo? ¿Eres hombre o mujer de luz? ¿O eres una persona oscura, sin la luz de Jesús? Segundo elemento: «un solo bautismo». Esta expresión remite a la expresión de san Pablo: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4, 5). La palabra «bautismo» significa literalmente «inmersión», y, en efecto, este Sacramento constituye una auténtica inmersión espiritual en la muerte de Cristo, de la cual se resucita con Él como nuevas criaturas (cf. Rm 6, 4). Se trata de un baño de regeneración y de iluminación. Regeneración porque actúa ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual nadie puede entrar en el reino de los cielos (cf. Jn 3, 5). Iluminación porque, a través del Bautismo, la persona humana se colma de la gracia de Cristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y expulsa las tinieblas del pecado. Por esto, en la ceremonia del Bautismo se les da a los padres una vela encendida, para significar esta iluminación; el Bautismo nos ilumina desde dentro con la luz de Jesús. En virtud de este don el bautizado está llamado a convertirse él mismo en «luz» —la luz de la fe que ha recibido— para los hermanos, especialmente para aquellos que están en las tinieblas y no vislumbran destellos de resplandor en el horizonte de su vida. Podemos preguntarnos: el Bautismo, para mí, ¿es un hecho del pasado, aislado en una fecha, esa que hoy vosotros buscaréis, o una realidad viva, que atañe a mi presente, en todo momento? ¿Te sientes fuerte, con la fuerza que te da Cristo con su muerte y su resurrección? ¿O te sientes abatido, sin fuerza? El Bautismo da fuerza y da luz. ¿Te sientes iluminado, con esa luz que viene de Cristo? ¿Eres hombre o mujer de luz? ¿O eres una persona oscura, sin la luz de Jesús? Es necesario tomar la gracia del Bautismo, que es un regalo, y llegar a ser luz para todos. o 3. «Para el perdón de los pecados». En el sacramento del Bautismo se perdonan todos los pecados, el pecado original y todos los pecados personales, como también todas las penas del pecado. Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. No puedo bautizarme más de una vez, pero puedo confesarme y renovar así la gracia del Bautismo. Es como si hiciera un segundo Bautismo. Por último, una breve referencia al tercer elemento: «para el perdón de los pecados». En el sacramento del Bautismo se perdonan todos los pecados, el pecado original y todos los pecados personales, como también todas las penas del pecado. Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. Esta intervención salvífica no quita a nuestra naturaleza humana su debilidad —todos somos débiles y todos somos pecadores—; y no nos quita la responsabilidad de pedir perdón cada vez que nos equivocamos. No puedo bautizarme más de una vez, pero puedo confesarme y renovar así la gracia del Bautismo. Es como si hiciera un segundo Bautismo. El Señor Jesús es muy bueno y jamás se cansa de perdonarnos. Incluso cuando la puerta que nos abrió el Bautismo para entrar en la Iglesia se cierra un poco, a causa de nuestras debilidades y nuestros pecados, la Confesión la vuelve abrir, precisamente porque es como un segundo Bautismo que nos perdona todo y nos ilumina para seguir adelante con la luz del Señor. Sigamos adelante así, gozosos, porque la vida se debe vivir con la alegría de Jesucristo; y esto es una gracia del Señor. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Año de la fe: clausura. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (25). Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey. Cristo es el centro de la creación, del pueblo de Dios, de la historia de la humanidad y de cada hombre. La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo. En Él nosotros somos uno: un solo pueblo; unidos a él, participamos de un solo camino, un solo destino. Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.



1 Año de la fe: clausura. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (25). Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey. Cristo es el centro de la creación, del pueblo de Dios, de la historia de la humanidad y de cada hombre. La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo. En Él nosotros somos uno: un solo pueblo; unidos a él, participamos de un solo camino, un solo destino. Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy. Cfr. Francisco, Homilía en la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, en la clausura del Año de la Fe. Domingo, 24 de noviembre de 2013 Ciclo C. Lucas 23, 35-43; Colosenses 1,12-20; Samuel 5, 1-3 El camino de fe. Cristo es el centro de la creación, del pueblo, de la historia. La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico, señala también la conclusión del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, a quien recordamos ahora con afecto y reconocimiento por este don que nos ha dado. Con esa iniciativa providencial, nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón. Dirijo también un saludo cordial y fraternal a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales católicas, aquí presentes. El saludo de paz que nos intercambiaremos quiere expresar sobre todo el reconocimiento del Obispo de Roma a estas Comunidades, que han confesado el nombre de Cristo con una fidelidad ejemplar, pagando con frecuencia un alto precio. Del mismo modo, y por su medio, deseo dirigirme a todos los cristianos que viven en Tierra Santa, en Siria y en todo el Oriente, para que todos obtengan el don de la paz y la concordia. Las lecturas bíblicas que se han proclamado tienen como hilo conductor la centralidad de Cristo. Cristo está al centro. Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia. 1. Jesús es el centro de la creación o La actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, nos ofrece una visión muy profunda de la centralidad de Jesús. Nos lo presenta como el Primogénito de toda la creación: en Él, por medio de Él y en vista de Él fueron creadas todas las cosas. Él es el centro de todo, es el principio. Jesucristo, el Señor. Dios le ha dado la plenitud, la totalidad, para que en Él todas las cosas sean reconciliadas (cf. 1,12- 20). Señor de la Creación, Señor de la reconciliación. Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Es así, nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo. Nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, la pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo. 2 2. Jesús está en medio de nosotros. Es centro del pueblo de Dios. o Primera lectura: En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismo: un Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo. En Él nosotros somos uno: un solo pueblo; unidos a él, participamos de un solo camino, un solo destino. Además de ser centro de la creación y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios. Y precisamente hoy está aquí, al centro de nosotros. Ahora está aquí, en la Palabra, y estará aquí, en el altar, vivo, presente, en medio de nosotros, su pueblo. Nos lo muestra la primera lectura, en la que se habla del día en que las tribus de Israel se acercaron a David y ante el Señor lo ungieron rey sobre todo Israel (cf. 2S 5,1-3). En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismo: un Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo. Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En Él nosotros somos uno: un solo pueblo; unidos a él, participamos de un solo camino, un solo destino. Solamente en Él, en Él como centro, tenemos la identidad como pueblo. 3. Cristo es el centro de la historia o Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy. Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy. Mientras todos los otros se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a tí mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida hasta el final pero se arrepiente, se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja jamás de atender una petición como esa. Hoy todos nosotros podemos pensar a nuestra historia, a nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno de nosotros también tiene sus errores, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos oscuros. Nos hará bien, en esta jornada, pensar en nuestra historia y mirar a Jesús y desde el corazón repetirle tanta veces, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: "¡acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino!". Nos hará bien, en esta jornada, pensar en nuestra historia y mirar a Jesús y desde el corazón repetirle tanta veces, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: "¡acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino!". Jesús, acuérdate de mí, porque yo tengo ganas de ser bueno, tengo ganas de ser buena, pero no tengo fuerza, no puedo: ¡soy pecador, soy pecador! Pero acuérdate de mí, Jesús: ¡Tú puedes acordarte de mí, porque Tú estás al centro, Tú estás precisamente en tu Reino! ¡Qué bello! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, tantas veces. "¡Acuérdate de mí Señor, Tú que estás al centro, Tú que estás en tu Reino!" La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la oración que la ha solicitado. El Señor siempre da más de lo que se le pide, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: ¡le pides que se acuerde de ti y te lleva a su Reino! Jesús está precisamente al centro de nuestros deseos de alegría y de salvación. Vayamos todos juntos por este camino. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (22). La comunión entre los cristianos crece mediante la participación en los bienes espirituales. En particular consideramos: los Sacramentos, los carismas y la caridad. A En los sacramentos encontramos a Cristo Salvador y, a través de Él, a nuestros hermanos en la fe. Los Sacramentos no son apariencias, no son ritos, sino que son la fuerza de Cristo; es Jesucristo presente en los Sacramentos. B La comunión de los carismas. Los carismas — palabra un poco difícil— son los regalos que nos da el Espíritu Santo, habilidad, posibilidad... Regalos dados no para que queden ocultos, sino para compartirlos con los demás. No se dan para beneficio de quien los recibe, sino para utilidad del pueblo de Dios. C La comunión de la caridad, la unidad entre nosotros que produce la caridad, el amor. Sin amor, en efecto, incluso los dones más extraordinarios son vanos. Este hombre cura a la gente, tiene esta cualidad, esta otra virtud... pero, ¿tiene amor y caridad en su corazón? Si lo tiene, bien; pero si no lo tiene, no es útil a la Iglesia. ¿Podemos vivir en comunión y en paz, si todos nosotros somos egoístas? Vivir la unidad en la Iglesia y la comunión de la caridad significa no buscar el propio interés, sino compartir los sufrimientos y las alegrías de los hermanos.



1 Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (22). La comunión entre los cristianos crece mediante la participación en los bienes espirituales. En particular consideramos: los Sacramentos, los carismas y la caridad. A En los sacramentos encontramos a Cristo Salvador y, a través de Él, a nuestros hermanos en la fe. Los Sacramentos no son apariencias, no son ritos, sino que son la fuerza de Cristo; es Jesucristo presente en los Sacramentos. B La comunión de los carismas. Los carismas — palabra un poco difícil— son los regalos que nos da el Espíritu Santo, habilidad, posibilidad... Regalos dados no para que queden ocultos, sino para compartirlos con los demás. No se dan para beneficio de quien los recibe, sino para utilidad del pueblo de Dios. C La comunión de la caridad, la unidad entre nosotros que produce la caridad, el amor. Sin amor, en efecto, incluso los dones más extraordinarios son vanos. Este hombre cura a la gente, tiene esta cualidad, esta otra virtud... pero, ¿tiene amor y caridad en su corazón? Si lo tiene, bien; pero si no lo tiene, no es útil a la Iglesia. ¿Podemos vivir en comunión y en paz, si todos nosotros somos egoístas? Vivir la unidad en la Iglesia y la comunión de la caridad significa no buscar el propio interés, sino compartir los sufrimientos y las alegrías de los hermanos. Cfr. Papa Francisco, Catequesis, La comunión entre los cristianos crece mediante la participación en los bienes espirituales, en particular, en los Sacramentos, los carismas y la caridad. Catequesis, 6 de noviembre de 2013. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! o La comunión de los santos: otro aspecto de la realidad. La comunión entre los santos crece mediante la participación en los bienes espirituales, en particular, en los Sacramentos, los carismas y la caridad. El miércoles pasado hablé de la comunión de los santos, entendida como comunión entre las personas santas, es decir, entre nosotros creyentes. Hoy desearía profundizar otro aspecto de esta realidad: ¿recordáis que había dos aspectos: uno la comunión, la unidad entre nosotros, y, el otro aspecto, la comunión con las cosas santas, con los bienes espirituales. Las dos realidades están estrechamente relacionadas entre sí. En efecto, la comunión entre los cristianos crece mediante la participación en los bienes espirituales. En particular consideramos: los Sacramentos, los carismas y la caridad. (cf. Catecismo de la Iglesia católica nn. 949-953). Nosotros crecemos en unidad, en comunión con: los Sacramentos, los carismas que cada uno tiene del Espíritu Santo y con la caridad. o A. La comunión con los sacramentos Los Sacramentos expresan y realizan una comunión efectiva y profunda entre nosotros, puesto que en ellos encontramos a Cristo Salvador y, a través de Él, a nuestros hermanos en la fe. Los Sacramentos no son apariencias, no son ritos, sino que son la fuerza de Cristo; es Jesucristo presente en los Sacramentos. Ante todo, la comunión con los Sacramentos. Los Sacramentos expresan y realizan una comunión efectiva y profunda entre nosotros, puesto que en ellos encontramos a Cristo Salvador y, a través de Él, a nuestros hermanos en la fe. Los Sacramentos no son apariencias, no son ritos, sino que son la fuerza de Cristo; es Jesucristo presente en los Sacramentos. Cuando celebramos la Eucaristía es Jesús vivo quien nos congrega, nos hace comunidad, nos hace adorar al Padre. Cada uno de nosotros, en efecto, mediante el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, está incorporado a Cristo y unido a toda la comunidad de los creyentes. Por lo tanto, si por un lado es la Iglesia la que «hace» los Sacramentos, por otro son los Sacramentos que «hacen» a la Iglesia, la edifican, generando nuevos hijos, agregándolos al pueblo santo de Dios, consolidando su pertenencia. Cada encuentro con Cristo, que en los Sacramentos nos dona la salvación, nos invita a «ir» y comunicar a los demás una salvación que hemos podido ver, tocar, encontrar, acoger, y que es verdaderamente creíble porque es amor. 2 Cada encuentro con Cristo, que en los Sacramentos nos dona la salvación, nos invita a «ir» y comunicar a los demás una salvación que hemos podido ver, tocar, encontrar, acoger, y que es verdaderamente creíble porque es amor. De este modo los Sacramentos nos impulsan a ser misioneros, y el compromiso apostólico de llevar el Evangelio a todo ambiente, incluso a los más hostiles, constituye el fruto más auténtico de una asidua vida sacramental, en cuanto que es participación en la iniciativa salvífica de Dios, que quiere donar a todos la salvación. La gracia de los Sacramentos alimenta en nosotros una fe fuerte y gozosa, una fe que sabe asombrarse ante las «maravillas» de Dios y sabe resistir a los ídolos del mundo. Por ello, es importante recibir la Comunión, es importante que los niños estén bautizados pronto, que estén confirmados, porque los Sacramentos son la presencia de Jesucristo en nosotros, una presencia que nos ayuda. Es importante, cuando nos sentimos pecadores, acercarnos al sacramento de la Reconciliación. Alguien podrá decir: «Pero tengo miedo, porque el sacerdote me apaleará». No, no te apaleará el sacerdote. ¿Tú sabes a quién te encontrarás en el sacramento de la Reconciliación? ¡Encontrarás a Jesús que te perdona! Es Jesús quien te espera allí; y éste es un Sacramento que hace crecer a toda la Iglesia. o B. Un segundo aspecto de la comunión con las cosas santas es el de la comunión de los carismas. Los carismas —palabra un poco difícil— son los regalos que nos da el Espíritu Santo, habilidad, posibilidad... Regalos dados no para que queden ocultos, sino para compartirlos con los demás. No se dan para beneficio de quien los recibe, sino para utilidad del pueblo de Dios. Un segundo aspecto de la comunión con las cosas santas es el de la comunión de los carismas. El Espíritu Santo concede a los fieles una multitud de dones y de gracias espirituales; esta riqueza, digamos, «fantasiosa» de los dones del Espíritu Santo tiene como fin la edificación de la Iglesia. Los carismas — palabra un poco difícil— son los regalos que nos da el Espíritu Santo, habilidad, posibilidad... Regalos dados no para que queden ocultos, sino para compartirlos con los demás. No se dan para beneficio de quien los recibe, sino para utilidad del pueblo de Dios. Si un carisma, en cambio, uno de estos regalos, sirve para afirmarse a sí mismo, hay que dudar si se trata de un carisma auténtico o de que sea vivido fielmente. Los carismas son gracias particulares, dadas a algunos para hacer el bien a muchos otros. Son actitudes, inspiraciones e impulsos interiores que nacen en la conciencia y en la experiencia de determinadas personas, quienes están llamadas a ponerlas al servicio de la comunidad. En especial, estos dones espirituales favorecen a la santidad de la Iglesia y de su misión. Todos estamos llamados a respetarlos en nosotros y en los demás, a acogerlos como estímulos útiles para una presencia y una obra fecunda de la Iglesia. San Pablo exhortaba: «No apaguéis el espíritu» (1 Ts 5, 19). No apaguemos el espíritu que nos da estos regalos, estas habilidades, estas virtudes tan bellas que hacen crecer a la Iglesia. ¿Les consideramos una ayuda espiritual, a través de la cual el Señor sostiene nuestra fe y refuerza nuestra misión en el mundo? ¿Cuál es nuestra actitud ante estos dones del Espíritu Santo? ¿Somos conscientes de que el Espíritu de Dios es libre de darlos a quien quiere? ¿Les consideramos una ayuda espiritual, a través de la cual el Señor sostiene nuestra fe y refuerza nuestra misión en el mundo? o C. La comunión de la caridad, la unidad entre nosotros que produce la caridad, el amor. Sin amor, en efecto, incluso los dones más extraordinarios son vanos. Este hombre cura a la gente, tiene esta cualidad, esta otra virtud... pero, ¿tiene amor y caridad en su corazón? Si lo tiene, bien; pero si no lo tiene, no es útil a la Iglesia. ¿Podemos vivir en comunión y en paz, si todos nosotros somos egoístas? Vivir la unidad en la Iglesia y la comunión de la caridad significa no buscar el propio interés, sino compartir los sufrimientos y las alegrías de los hermanos. Y llegamos al tercer aspecto de la comunión con los casas santas, es decir, la comunión de la caridad, la unidad entre nosotros que produce la caridad, el amor. Los paganos, observando a los primeros cristianos, decían: ¡cómo se aman, cómo se quieren! No se odian, no hablan mal unos de otros. Esta es la caridad, el amor de Dios que el Espíritu Santo nos pone en el corazón. Los carismas son importantes en la vida de la comunidad cristiana, pero son siempre medios para crecer en la caridad, en el amor, que san Pablo 3 sitúa sobre los carismas (cf. 1 Cor 13, 1-13). Sin amor, en efecto, incluso los dones más extraordinarios son vanos. Este hombre cura a la gente, tiene esta cualidad, esta otra virtud... pero, ¿tiene amor y caridad en su corazón? Si lo tiene, bien; pero si no lo tiene, no es útil a la Iglesia. Sin amor todos estos dones y carismas no sirven a la Iglesia, porque donde no hay amor hay un vacío que lo llena el egoísmo. Y me pregunto: ¿podemos vivir en comunión y en paz, si todos nosotros somos egoístas? No se puede, por esto es necesario el amor que nos une. El más pequeño de nuestros gestos de amor tiene efectos buenos para todos. Por lo tanto, vivir la unidad en la Iglesia y la comunión de la caridad significa no buscar el propio interés, sino compartir los sufrimientos y las alegrías de los hermanos (cf. 1 Cor 12, 26), dispuestos a llevar los pesos de los más débiles y pobres. Esta solidaridad fraterna no es una figura retórica, un modo de decir, sino que es parte integrante de la comunión entre los cristianos. Si lo vivimos, somos en el mundo signo, «sacramento» del amor de Dios. Lo somos los unos para los otros y lo somos para todos. No se trata sólo de esa caridad menuda que nos podemos ofrecer mutuamente, se trata de algo más profundo: es una comunión que nos hace capaces de entrar en la alegría y en el dolor de los demás para hacerlos sinceramente nuestros. A menudo somos demasiado áridos, indiferentes, distantes y en lugar de transmitir fraternidad, transmitimos malhumor, frialdad y egoísmo A menudo somos demasiado áridos, indiferentes, distantes y en lugar de transmitir fraternidad, transmitimos malhumor, frialdad y egoísmo. Y con malhumor, frialdad y egoísmo no se puede hacer crecer la Iglesia; la Iglesia crece sólo con el amor que viene del Espíritu Santo. El Señor nos invita a abrirnos a la comunión con Él, en los Sacramentos, en los carismas y en la caridad, para vivir de manera digna nuestra vocación cristiana. Y ahora me permito pediros un acto de caridad: podéis estar tranquilos que no se hará una colecta. Antes de venir a la plaza fui a ver a una niña de un año y medio con una enfermedad gravísima. Su papá y su mamá rezan, y piden al Señor la salud para esta hermosa niña. Se llama Noemi. Sonreía, pobrecita. Hagamos un acto de amor. No la conocemos, pero es una niña bautizada, es una de nosotros, es una cristiana. Hagamos un acto de amor por ella y en silencio pidamos que el Señor le ayude en este momento y le conceda la salud. En silencio, un momento, y luego rezaremos el Avemaría. Y ahora todos juntos recemos a la Virgen por la salud de Noemí. Avemaría... Gracias por este acto de caridad. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (21). La comunión de los santos: la comunión en las cosas santas y la comunión entre las personas santas. La comunión entre las personas santas nos recuerda que no estamos solos, sino que existe una comunión de vida entre todos aquellos que pertenecen a Cristo. Si estamos íntimamente introducidos en la relación entre Jesús y el Padre, en este horno ardiente de amor, entonces podemos hacernos verdaderamente un solo corazón y una sola alma entre nosotros, porque el amor de Dios quema nuestros egoísmos, nuestros prejuicios, nuestras divisiones interiores y exteriores. Y la experiencia de la comunión fraterna me conduce a la comunión con Dios. Estar unidos entre nosotros nos conduce a estar unidos con Dios, nos conduce a este vínculo con Dios que es nuestro Padre. En los momentos de dificultad es necesario confiar en la ayuda de Dios, mediante la oración filial, y, al mismo tiempo, es importante hallar el valor y la humildad de abrirse a los demás, para pedir ayuda, para pedir que nos echen una mano. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre cuantos son aún peregrinos en este mundo —entre nosotros— y quienes han atravesado el umbral de la muerte para entrar en la eternidad. Todos los bautizados aquí abajo, en la tierra, las almas del Purgatorio y todos los bienaventurados que están ya en el Paraíso forman una sola gran Familia.



1 Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (21). La comunión de los santos: la comunión en las cosas santas y la comunión entre las personas santas. La comunión entre las personas santas nos recuerda que no estamos solos, sino que existe una comunión de vida entre todos aquellos que pertenecen a Cristo. Si estamos íntimamente introducidos en la relación entre Jesús y el Padre, en este horno ardiente de amor, entonces podemos hacernos verdaderamente un solo corazón y una sola alma entre nosotros, porque el amor de Dios quema nuestros egoísmos, nuestros prejuicios, nuestras divisiones interiores y exteriores. Y la experiencia de la comunión fraterna me conduce a la comunión con Dios. Estar unidos entre nosotros nos conduce a estar unidos con Dios, nos conduce a este vínculo con Dios que es nuestro Padre. En los momentos de dificultad es necesario confiar en la ayuda de Dios, mediante la oración filial, y, al mismo tiempo, es importante hallar el valor y la humildad de abrirse a los demás, para pedir ayuda, para pedir que nos echen una mano. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre cuantos son aún peregrinos en este mundo —entre nosotros— y quienes han atravesado el umbral de la muerte para entrar en la eternidad. Todos los bautizados aquí abajo, en la tierra, las almas del Purgatorio y todos los bienaventurados que están ya en el Paraíso forman una sola gran Familia. Cfr. Papa Francisco, Catequesis, La comunión de los santos. 30 de octubre de 2013. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! o Una realidad que comprende dos realidades: la comunión en las cosas santas y la comunión entre las personas santas. El segundo significado: se trata de una verdad entre las más consoladoras de nuestra fe, pues nos recuerda que no estamos solos, sino que existe una comunión de vida entre todos aquellos que pertenecen a Cristo. Hoy desearía hablar de una realidad muy bella de nuestra fe, esto es, de la «comunión de los santos». El Catecismo de la Iglesia católica nos recuerda que con esta expresión se entienden dos realidades: la comunión en las cosas santas y la comunión entre las personas santas (cf. n. 948). Me detengo en el segundo significado: se trata de una verdad entre las más consoladoras de nuestra fe, pues nos recuerda que no estamos solos, sino que existe una comunión de vida entre todos aquellos que pertenecen a Cristo. Una comunión que nace de la fe; en efecto, el término «santos» se refiere a quienes creen en el Señor Jesús y están incorporados a Él en la Iglesia mediante el Bautismo. Por esto los primeros cristianos eran llamados también «los santos» (cf. Hch 9, 13.32.41; Rm 8, 27; 1 Cor6, 1). o Antes de su Pasión, Jesús rogó al Padre por la comunión entre los discípulos, con estas palabras: «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». La Iglesia, en su verdad más profunda, es comunión con Dios, familiaridad con Dios, comunión de amor con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, que se prolonga en una comunión fraterna. Si estamos íntimamente introducidos en la relación entre Jesús y el Padre, en este horno ardiente de amor, entonces podemos hacernos verdaderamente un solo corazón y una sola alma entre nosotros, porque el amor de Dios quema nuestros egoísmos, nuestros prejuicios, nuestras divisiones interiores y exteriores. El Evangelio de Juan muestra que, antes de su Pasión, Jesús rogó al Padre por la comunión entre los discípulos, con estas palabras: «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (17, 21). La Iglesia, en su verdad más profunda, es comunión con Dios, familiaridad con Dios, comunión de amor con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, que se prolonga en una comunión fraterna. Esta relación entre Jesús y el Padre es la «matriz» del vínculo entre nosotros cristianos: si estamos íntimamente introducidos en esta «matriz», en este horno 2 ardiente de amor, entonces podemos hacernos verdaderamente un solo corazón y una sola alma entre nosotros, porque el amor de Dios quema nuestros egoísmos, nuestros prejuicios, nuestras divisiones interiores y exteriores. El amor de Dios quema también nuestros pecados. Y la experiencia de la comunión fraterna me conduce a la comunión con Dios. Estar unidos entre nosotros nos conduce a estar unidos con Dios, nos conduce a este vínculo con Dios que es nuestro Padre. En los momentos de dificultad es necesario confiar en la ayuda de Dios, mediante la oración filial, y, al mismo tiempo, es importante hallar el valor y la humildad de abrirse a los demás, para pedir ayuda, para pedir que nos echen una mano. Si existe este enraizamiento en la fuente del Amor, que es Dios, entonces se verifica también el movimiento recíproco: de los hermanos a Dios. La experiencia de la comunión fraterna me conduce a la comunión con Dios. Estar unidos entre nosotros nos conduce a estar unidos con Dios, nos conduce a este vínculo con Dios que es nuestro Padre. Este es el segundo aspecto de la comunión de los santos que desearía subrayar: nuestra fe tiene necesidad del apoyo de los demás, especialmente en los momentos difíciles. Si nosotros estamos unidos la fe se hace fuerte. ¡Qué bello es sostenernos los unos a los otros en la aventura maravillosa de la fe! Digo esto porque la tendencia a cerrarse en lo privado ha influenciado también el ámbito religioso, de forma que muchas veces cuesta pedir la ayuda espiritual de cuantos comparten con nosotros la experiencia cristiana. ¿Quién de nosotros no ha experimentado inseguridades, extravíos y hasta dudas en el camino de la fe? Todos hemos experimentado esto, también yo: forma parte del camino de la fe, forma parte de nuestra vida. Todo ello no debe sorprendernos, porque somos seres humanos, marcados por fragilidades y límites; todos somos frágiles, todos tenemos límites. Sin embargo, en estos momentos de dificultad es necesario confiar en la ayuda de Dios, mediante la oración filial, y, al mismo tiempo, es importante hallar el valor y la humildad de abrirse a los demás, para pedir ayuda, para pedir que nos echen una mano. ¡Cuántas veces hemos hecho esto y después hemos conseguido salir del problema y encontrar a Dios otra vez! En esta comunión —comunión quiere decir común-unión— somos una gran familia, donde todos los componentes se ayudan y se sostienen entre sí. o La comunión de los santos va más allá de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre cuantos son aún peregrinos en este mundo —entre nosotros— y quienes han atravesado el umbral de la muerte para entrar en la eternidad. Todos los bautizados aquí abajo, en la tierra, las almas del Purgatorio y todos los bienaventurados que están ya en el Paraíso forman una sola gran Familia. Y llegamos a otro aspecto: la comunión de los santos va más allá de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre. Esta unión entre nosotros va más allá y continúa en la otra vida; es una unión espiritual que nace del Bautismo y no se rompe con la muerte, sino que, gracias a Cristo resucitado, está destinada a hallar su plenitud en la vida eterna. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre cuantos son aún peregrinos en este mundo —entre nosotros— y quienes han atravesado el umbral de la muerte para entrar en la eternidad. Todos los bautizados aquí abajo, en la tierra, las almas del Purgatorio y todos los bienaventurados que están ya en el Paraíso forman una sola gran Familia. Esta comunión entre tierra y cielo se realiza especialmente en la oración de intercesión. Queridos amigos, ¡tenemos esta belleza! Es una realidad nuestra, de todos, que nos hace hermanos, que nos acompaña en el camino de la vida y hace que nos encontremos otra vez allá arriba, en el cielo. Vayamos por este camino con confianza, con alegría. Un cristiano debe ser alegre, con la alegría de tener muchos hermanos bautizados que caminan con él; sostenido con la ayuda de los hermanos y de las hermanas que hacen este mismo camino para ir al cielo; y también con la ayuda de los hermanos y de las hermanas que están en el cielo y ruegan a Jesús por nosotros. ¡Adelante por este camino con alegría! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (20). María es imagen y modelo de la Iglesia. A. María como modelo de fe. María vivió la en la sencillez de las mil ocupaciones y preocupaciones cotidianas. La pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y sólo nuestro bien? B. María, modelo de caridad. La disponibilidad de María respecto a su pariente Isabel. La Virgen quiere traernos también a nosotros, a todos nosotros, el gran don que es Jesús. ¿Nos tratamos como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal los unos de los otros, nos ocupamos cada uno de la propia «huertecita», o nos cuidamos el uno al otro? C. María modelo de unión con Cristo. Cada acción de María se cumplía siempre en unión perfecta con Jesús. ¿Nos acordamos de Jesús sólo cuando algo no marcha y tenemos necesidad, o la nuestra es una relación constante, una amistad profunda, también cuando se trata de seguirle por el camino de la cruz?



1 Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (20). María es imagen y modelo de la Iglesia. A. María como modelo de fe. María vivió la en la sencillez de las mil ocupaciones y preocupaciones cotidianas. La pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y sólo nuestro bien? B. María, modelo de caridad. La disponibilidad de María respecto a su pariente Isabel. La Virgen quiere traernos también a nosotros, a todos nosotros, el gran don que es Jesús. ¿Nos tratamos como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal los unos de los otros, nos ocupamos cada uno de la propia «huertecita», o nos cuidamos el uno al otro? C. María modelo de unión con Cristo. Cada acción de María se cumplía siempre en unión perfecta con Jesús. ¿Nos acordamos de Jesús sólo cuando algo no marcha y tenemos necesidad, o la nuestra es una relación constante, una amistad profunda, también cuando se trata de seguirle por el camino de la cruz? Cfr. Papa Francisco, Catequesis, María es imagen y modelo de la Iglesia. 23 de octubre de 2013. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Continuando con las catequesis sobre la Iglesia, hoy desearía mirar a María como imagen y modelo de la Iglesia. Lo hago retomando una expresión del Concilio Vaticano II. Dice la constitución Lumen gentium: «La madre de Dios es figura de la Iglesia, como ya enseñaba san Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo» (n. 63). o A. María como modelo de fe 1. Partamos del primer aspecto, María como modelo de fe. ¿En qué sentido María representa un modelo para la fe de la Iglesia? Pensemos en quién era la Virgen María: una muchacha judía, que esperaba con todo el corazón la redención de su pueblo. Pero en aquel corazón de joven hija de Israel había un secreto que ella misma todavía no conocía: en el proyecto de amor de Dios estaba destinada a convertirse en la Madre del Redentor. En la Anunciación, el Mensajero de Dios la llama «llena de gracia» y le revela este proyecto. María responde «sí» y desde aquel momento la fe de María recibe una luz nueva: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que de ella ha tomado carne y en quien se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel, en ella está precisamente concentrado todo el camino, toda la vía de aquel pueblo que esperaba la redención, y en este sentido es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, encarnación del amor infinito de Dios. María vivió la en la sencillez de las mil ocupaciones y preocupaciones cotidianas. ¿Nos dejamos iluminar por la fe de María, que es nuestra Madre? ¿O bien la pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y sólo nuestro bien? ¿Cómo vivió María esta fe? La vivió en la sencillez de las mil ocupaciones y preocupaciones cotidianas de cada mamá, como proveer al alimento, al vestido, la atención de la casa... Precisamente esta existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desarrolló una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su Hijo. El «sí» de María, ya perfecto al inicio, creció hasta la hora de la Cruz. Allí su maternidad se dilató abrazando a cada uno de nosotros, nuestra vida, para guiarnos a su Hijo. María vivió siempre inmersa en el misterio del Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando cada cosa en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para comprender y poner en práctica toda la voluntad de Dios. Podemos hacernos una pregunta: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María, que es nuestra Madre? ¿O bien la pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y sólo nuestro bien? Pensemos en esto, tal vez nos hará bien volver a encontrar a María como modelo y figura de la Iglesia en esta fe que ella tenía. o B. María, modelo de caridad La disponibilidad de María respecto a su pariente Isabel 2 2. Vamos al segundo aspecto: María modelo de caridad. ¿En qué modo María es para la Iglesia ejemplo viviente de amor? Pensemos en su disponibilidad respecto a su pariente Isabel. Visitándola, la Virgen María no le llevó sólo una ayuda material; también esto, pero llevó a Jesús, que ya vivía en su vientre. Llevar a Jesús a aquella casa quería decir llevar la alegría, la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban felices por el embarazo que parecía imposible a su edad, pero es la joven María quien les lleva la alegría plena, la que viene de Jesús y del Espíritu Santo y se expresa en la caridad gratuita, en compartir, en ayudarse, en comprenderse. La Virgen quiere traernos también a nosotros, a todos nosotros, el gran don que es Jesús. La Virgen quiere traernos también a nosotros, a todos nosotros, el gran don que es Jesús; y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así la Iglesia es como María: la Iglesia no es un negocio, no es una agencia humanitaria, la Iglesia no es una ONG, la Iglesia está enviada a llevar a todos a Cristo y su Evangelio; no se lleva a sí misma —sea pequeña, grande, fuerte, débil—, la Iglesia lleva a Jesús y debe ser como María cuando fue a visitar a Isabel. ¿Qué le llevaba María? Jesús. La Iglesia lleva a Jesús: esto es el centro de la Iglesia, ¡llevar a Jesús! Si por hipótesis una vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, esa sería una Iglesia muerta. La Iglesia debe llevar la caridad de Jesús, el amor de Jesús, la caridad de Jesús. Nosotros, que somos la Iglesia, ¿cuál es el amor que llevamos a los demás? ¿Es el amor de Jesús, que comparte, que perdona, que acompaña, o bien es un amor aguado, como se hace cundir el vino que parece agua? ¿Nos tratamos como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal los unos de los otros, nos ocupamos cada uno de la propia «huertecita», o nos cuidamos el uno al otro? Hemos hablado de María, de Jesús. ¿Y nosotros? Nosotros, que somos la Iglesia, ¿cuál es el amor que llevamos a los demás? ¿Es el amor de Jesús, que comparte, que perdona, que acompaña, o bien es un amor aguado, como se hace cundir el vino que parece agua? ¿Es un amor fuerte o débil, tanto que sigue las simpatías, que busca la correspondencia, un amor interesado? Otra pregunta: ¿a Jesús le gusta el amor interesado? No, no le gusta, porque el amor debe ser gratuito, como el suyo. ¿Cómo son las relaciones en nuestras parroquias, en nuestras comunidades? ¿Nos tratamos como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal los unos de los otros, nos ocupamos cada uno de la propia «huertecita», o nos cuidamos el uno al otro? ¡Son preguntas de caridad! o C. María modelo de unión con Cristo Cada acción de María se cumplía siempre en unión perfecta con Jesús. ¿Nos acordamos de Jesús sólo cuando algo no marcha y tenemos necesidad, o la nuestra es una relación constante, una amistad profunda, también cuando se trata de seguirle por el camino de la cruz? 3. Y brevemente un último aspecto: María modelo de unión con Cristo. La vida de la Virgen Santa fue la vida de una mujer de su pueblo: María oraba, trabajaba, iba a la sinagoga... Pero cada acción se cumplía siempre en unión perfecta con Jesús. Esta unión alcanza su culmen en el Calvario: aquí María se une al Hijo en el martirio del corazón y en el ofrecimiento de la vida al Padre para la salvación de la humanidad. La Virgen hizo propio el dolor del Hijo y aceptó con Él la voluntad del Padre, en aquella obediencia que da fruto, que da la verdadera victoria sobre el mal y sobre la muerte. Es muy bella esta realidad que María nos enseña: estar siempre unidos a Jesús. Podemos preguntarnos: ¿nos acordamos de Jesús sólo cuando algo no marcha y tenemos necesidad, o la nuestra es una relación constante, una amistad profunda, también cuando se trata de seguirle por el camino de la cruz? Pidamos al Señor que nos dé su gracia, su fuerza, para que en nuestra vida y en la vida de cada comunidad eclesial se refleje el modelo de María, Madre de la Iglesia. ¡Que así sea! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (19). Todos nosotros, si queremos ser apóstoles como explicaré ahora, debemos preguntarnos: ¿yo rezo por la salvación del mundo? ¿Anuncio el Evangelio? ¡Esta es la Iglesia apostólica! Tres significados del adjetivo «apostólica» aplicado a la Iglesia. 1. La Iglesia es apostólica porque está fundada en la predicación y la oración de los Apóstoles, en la autoridad que les ha sido dada por Cristo mismo. 2. La Iglesia es apostólica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 857). 3. La Iglesia es apostólica porque es enviada a llevar el Evangelio a todo el mundo. Continúa en el camino de la historia la misión misma que Jesús ha encomendado a los Apóstoles. Preguntémonos: ¿somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? ¿O somos cristianos encerrados en nuestro corazón y en nuestras iglesias, cristianos de sacristía? ¿Cristianos sólo de palabra, pero que viven como paganos?



1 Año de la fe. Papa Francisco. Catequesis sobre la fe (19). Todos nosotros, si queremos ser apóstoles como explicaré ahora, debemos preguntarnos: ¿yo rezo por la salvación del mundo? ¿Anuncio el Evangelio? ¡Esta es la Iglesia apostólica! Tres significados del adjetivo «apostólica» aplicado a la Iglesia. 1. La Iglesia es apostólica porque está fundada en la predicación y la oración de los Apóstoles, en la autoridad que les ha sido dada por Cristo mismo. 2. La Iglesia es apostólica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 857). 3. La Iglesia es apostólica porque es enviada a llevar el Evangelio a todo el mundo. Continúa en el camino de la historia la misión misma que Jesús ha encomendado a los Apóstoles. Preguntémonos: ¿somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? ¿O somos cristianos encerrados en nuestro corazón y en nuestras iglesias, cristianos de sacristía? ¿Cristianos sólo de palabra, pero que viven como paganos? Papa Francisco, Catequesis, La Iglesia es apostólica, 16 de octubre de 2013. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Cuando recitamos el Credo decimos «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». No sé si habéis reflexionado alguna vez sobre el significado que tiene la expresión «la Iglesia es apostólica». Tal vez en alguna ocasión, viniendo a Roma, habéis pensado en la importancia de los Apóstoles Pedro y Pablo que aquí dieron su vida por llevar y testimoniar el Evangelio. o Profesar que la Iglesia es apostólica significa subrayar el vínculo constitutivo que ella tiene con los Apóstoles, con aquel pequeño grupo de doce hombres que Jesús un día llamó a sí, les llamó por su nombre, para que permanecieran con Él y para enviarles a predicar. Hemos de preguntarnos si los Obispos, incluido el Papa, en primer lugar rezan y si anuncian el Evangelio. Esto es ser Apóstol y por esto la Iglesia es apostólica. Todos nosotros, si queremos ser apóstoles como explicaré ahora, debemos preguntarnos: ¿yo rezo por la salvación del mundo? ¿Anuncio el Evangelio? ¡Esta es la Iglesia apostólica! Es un vínculo constitutivo que tenemos con los Apóstoles. Pero es más. Profesar que la Iglesia es apostólica significa subrayar el vínculo constitutivo que ella tiene con los Apóstoles, con aquel pequeño grupo de doce hombres que Jesús un día llamó a sí, les llamó por su nombre, para que permanecieran con Él y para enviarles a predicar (cf. Mc 3, 13-19). «Apóstol», en efecto, es una palabra griega que quiere decir «mandado», «enviado». Un apóstol es una persona que es mandada, es enviada a hacer algo y los Apóstoles fueron elegidos, llamados y enviados por Jesús, para continuar su obra, o sea orar —es la primera labor de un apóstol— y, segundo, anunciar el Evangelio. Esto es importante, porque cuando pensamos en los Apóstoles podríamos pensar que fueron sólo a anunciar el Evangelio, a hacer muchas obras. Pero en los primeros tiempos de la Iglesia hubo un problema porque los Apóstoles debían hacer muchas cosas y entonces constituyeron a los diáconos, para que los Apóstoles tuvieran más tiempo para orar y anunciar la Palabra de Dios. Cuando pensemos en los sucesores de los Apóstoles, los Obispos, incluido el Papa, porque también él es Obispo, debemos preguntarnos si este sucesor de los Apóstoles en primer lugar reza y después si anuncia el Evangelio: esto es ser Apóstol y por esto la Iglesia es apostólica. Todos nosotros, si queremos ser apóstoles como explicaré ahora, debemos preguntarnos: ¿yo rezo por la salvación del mundo? ¿Anuncio el Evangelio? ¡Esta es la Iglesia apostólica! Es un vínculo constitutivo que tenemos con los Apóstoles. o Tres significados del adjetivo «apostólica» aplicado a la Iglesia. Partiendo precisamente de esto desearía subrayar brevemente tres significados del adjetivo «apostólica» aplicado a la Iglesia. 2 1. La Iglesia es apostólica porque está fundada en la predicación y la oración de los Apóstoles, en la autoridad que les ha sido dada por Cristo mismo. San Pablo escribe a los cristianos de Éfeso: «Vosotros sois conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular». 1. La Iglesia es apostólica porque está fundada en la predicación y la oración de los Apóstoles, en la autoridad que les ha sido dada por Cristo mismo. San Pablo escribe a los cristianos de Éfeso: «Vosotros sois conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular» (2, 19-20); o sea, compara a los cristianos con piedras vivas que forman un edificio que es la Iglesia, y este edificio está fundado sobre los Apóstoles, como columnas, y la piedra que sostiene todo es Jesús mismo. ¡Sin Jesús no puede existir la Iglesia! ¡Jesús es precisamente la base de la Iglesia, el fundamento! Los Apóstoles vivieron con Jesús, escucharon sus palabras, compartieron su vida, sobre todo fueron testigos de su muerte y resurrección. Nuestra fe, la Iglesia que Cristo quiso, no se funda en una idea, no se funda en una filosofía, se funda en Cristo mismo. Y la Iglesia es como una planta que a lo largo de los siglos ha crecido, se ha desarrollado, ha dado frutos, pero sus raíces están bien plantadas en Él y la experiencia fundamental de Cristo que tuvieron los Apóstoles, elegidos y enviados por Jesús, llega hasta nosotros. Desde aquella planta pequeñita hasta nuestros días: así la Iglesia está en todo el mundo. 2. La Iglesia es apostólica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 857). ¿Pensamos alguna vez en cómo es precisamente la Iglesia en su camino a lo largo de estos siglos —no obstante las dificultades, los problemas, las debilidades, nuestros pecados— la que nos transmite el auténtico mensaje de Cristo? 2. Pero preguntémonos: ¿cómo es posible para nosotros vincularnos con aquel testimonio, cómo puede llegar hasta nosotros aquello que vivieron los Apóstoles con Jesús, aquello que escucharon de Él? He aquí el segundo significado del término «apostolicidad». El Catecismo de la Iglesia católica afirma que la Iglesia es apostólica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles» (n. 857). La Iglesia conserva a lo largo de los siglos este precioso tesoro, que es la Sagrada Escritura, la doctrina, los Sacramentos, el ministerio de los Pastores, de forma que podamos ser fieles a Cristo y participar en su misma vida. Es como un río que corre en la historia, se desarrolla, irriga, pero el agua que corre es siempre la que parte de la fuente, y la fuente es Cristo mismo: Él es el Resucitado, Él es el Viviente, y sus palabras no pasan, porque Él no pasa, Él está vivo, Él hoy está entre nosotros aquí, Él nos siente y nosotros hablamos con Él y Él nos escucha, está en nuestro corazón. Jesús está con nosotros, ¡hoy! Esta es la belleza de la Iglesia: la presencia de Jesucristo entre nosotros. ¿Pensamos alguna vez en cuán importante es este don que Cristo nos ha dado, el don de la Iglesia, dónde lo podemos encontrar? ¿Pensamos alguna vez en cómo es precisamente la Iglesia en su camino a lo largo de estos siglos —no obstante las dificultades, los problemas, las debilidades, nuestros pecados— la que nos transmite el auténtico mensaje de Cristo? ¿Nos da la seguridad de que aquello en lo que creemos es realmente lo que Cristo nos ha comunicado? 3. La Iglesia es apostólica porque es enviada a llevar el Evangelio a todo el mundo. Continúa en el camino de la historia la misión misma que Jesús ha encomendado a los Apóstoles. Preguntémonos: ¿somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? ¿O somos cristianos encerrados en nuestro 3 corazón y en nuestras iglesias, cristianos de sacristía? ¿Cristianos sólo de palabra, pero que viven como paganos? 3. El último pensamiento: la Iglesia es apostólica porque es enviada a llevar el Evangelio a todo el mundo. Continúa en el camino de la historia la misión misma que Jesús ha encomendado a los Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-21). Esto es lo que Jesús nos ha dicho que hagamos. Insisto en este aspecto de la misionariedad porque Cristo invita a todos a «ir» al encuentro de los demás, nos envía, nos pide que nos movamos para llevar la alegría del Evangelio. Una vez más preguntémonos: ¿somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? ¿O somos cristianos encerrados en nuestro corazón y en nuestras iglesias, cristianos de sacristía? ¿Cristianos sólo de palabra, pero que viven como paganos? Debemos hacernos estas preguntas, que no son un reproche. También yo lo digo a mí mismo: ¿cómo soy cristiano, con el testimonio realmente? La Iglesia tiene sus raíces en la enseñanza de los Apóstoles, testigos auténticos de Cristo, pero mira hacia el futuro, tiene la firme conciencia de ser enviada —enviada por Jesús—, de ser misionera, llevando el nombre de Jesús con la oración, el anuncio y el testimonio. Una Iglesia que se cierra en sí misma y en el pasado, una Iglesia que mira sólo las pequeñas reglas de costumbres, de actitudes, es una Iglesia que traiciona la propia identidad; ¡una Iglesia cerrada traiciona la propia identidad! Entonces redescubramos hoy toda la belleza y la responsabilidad de ser Iglesia apostólica. Y recordad: Iglesia apostólica porque oramos — primera tarea— y porque anunciamos el Evangelio con nuestra vida y con nuestras palabras. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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